Pablo Castro
La seño
Imaginate un viaje. Uno más o menos largo. Son kilómetros que pasan, más rápidos o más lentos, pero pasan. De a poco, te acercás a tu destino. Pero hay un momento en que todo se detiene. O al menos se frena de repente. ¿Y sabés cuándo? Cuando estás más cerca de la llegada. Cuando según los carteles de la ruta el fin del viaje está ahí nomás, a pocos kilómetros. Y si vas manejando, querés hundir hasta el fondo el acelerador. Y si el chofer es otro, en silencio rogás que se apure. No te bancás más el viaje, el estar sentado. Querés llegar, estirar las piernas, acomodar los bolsos o lo que sea. Pero el problema radica en que pese a tus esfuerzos, la ruta se hace cada vez más larga. Y el viaje, por más que hagas todo lo necesario, en su última parte se lentifica.
