domingo, 1 de noviembre de 2026

La barrera líquida que propició la caída de Tenochtitlan

Indígenas construyen naves bajo la supervisión de los castellanos en una ilustración de1579 de Diego Durán.
Indígenas construyen naves bajo la supervisión de los castellanos en una ilustración de1579 de Diego Durán

La barrera líquida que propició la caída de Tenochtitlan

Cortés libró una batalla naval en la antigua ciudad mexica, asentada en un islote del gran lago que se desecó hace siglos


Carmen Morán Breña
México, 21 de noviembre de 2019

El agua fue el mejor soldado de Hernán Cortés en su conquista de Tenochtitlan, la actual Ciudad de México, en el corazón interior del país. Sí, el agua. Cuando Cuauhtémoc es apresado, el 13 de agosto de 1520, tras más de dos meses de asedio, en la Venecia de los mexicas se habían librado terribles batallas navales con fuerzas muy desiguales. Cortés atacó con 13 bergantines encañonados a miles de canoas indígenas blindadas con escudos para repeler flechas. El imperio de Moctezuma (anterior a Cuauhtémoc) se asentaba sobre un islote del archipiélago que se extendía sobre cinco enormes lagos. Los mexicas controlaban a la perfección el sofisticado sistema de canales que permitía aprovechar la gran riqueza del agua, pero las tácticas y la ingeniería de guerra navales de los españoles les resultaban desconocidas. El soldado líquido resultó mortal.

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Carlos Monsiváis / Escuchar con los ojos a las muertas

 


Escuchar con los ojos a las muertas



Carlos Monsiváis
31 enero 2003

Contra delito, exculpación
La misoginia jactanciosa y violenta ha sido el más perdurable de los regímenes feudales. La violencia aísla, deshumaniza, frena el desarrollo civilizatorio, le pone sitio militar a las libertades, mutila física y anímicamente, eleva el temor a las alturas de lo inexpugnable, es en síntesis la distopía perfecta. El peso del patriarcado y las resignaciones aledañas igualan la violencia ejercida sobre un género con la negación de la democracia, y desde los gobiernos y las leyes y los criterios sociales no reconocerlo o admitirlo ambiguamente es señal inequívoca del atraso.