
Andrea Villa Franco
AMELIA
Cuando Amelia se dio cuenta de que ya no podía ver ni a su tía ni a sus primas entre los parasoles coloridos, que ahora parecían más bien como puntitos de plástico salpicados sobre la arena blanca de la playa, no sintió temor. Ella estaba muy bien ajustada en su flotador de jirafa que le habían obsequiado especialmente para esa ocasión. Es un regalo de su papá, le había dicho su tía. Una caja grande de cartón, sucia y magullada, había llegado a la finca apenas unos días antes de la excursión familiar hacia la costa.