William Somerset Maugham
Un cuento bien narrado
Julio Serrano
1 de julio de 2016Contar bien una historia, suscitando la voracidad lectora, con el equilibrio justo para evitar caer en la morosidad sin ser en exceso sucinto, con los oportunos giros y desembocando en un final que regocije al lector por su ingenio, es algo grato de encontrar. Siempre habrá lectores que quieran, sencillamente, un cuento bien contado, sin final abierto a elucubraciones, sin pretensiones de grandeza, carente incluso de una especial originalidad narrativa que le haga tener demasiado presente el talento del escritor en cuestión. Sencillamente, un cuento de corte clásico en el que su autor modestamente desaparezca a favor de lo narrativo y nos haga adentrarnos en una atmósfera –mejor si es algo exótica– que prácticamente podamos ver con unos personajes atractivos en su idiosincrasia. Un cuento que quizá no deje el impacto de lo novedoso, pero que acompaña en la noche como un eco de los cuentos que nos han contado, en otras ocasiones, en otro tiempo. Relatos de esta índole los podemos encontrar en la obra de Somerset Maugham (París, 1874-Niza, 1965), un autor con una vida sumamente novelesca. Fue novelista y dramaturgo de éxito –uno de los pocos que pudo preciarse de haber tenido en los teatros londinenses hasta cuatro obras simultáneamente–, ensayista y autor de numerosos cuentos. Viajero infatigable, ambientó muchos de sus relatos en Samoa, Borneo, Malasia, China, India o Tahití, mostrando siempre una fascinación por la vida salvaje. Él, que fue una suerte de gentleman semejante al adinerado y amigo del lujo tío Elliott de su célebre Al filo de la navaja, despreciaba muchas de las convenciones de la sociedad burguesa parisina o londinense y prefería unas maneras menos sometidas al imperio de lo virtuoso. Fue espía –probablemente el primer escritor espía– al servicio de la inteligencia británica durante la Primera Guerra Mundial en países como Suiza, Italia, Francia o la Rusia revolucionaria de 1917. Algunos de sus relatos basados en estas experiencias sentarían las bases de la literatura de género que después tendrá a Graham Greene, John LeCarré o Ian Fleming como grandes representantes. Aunque fue fundamentalmente homosexual, se casó y tuvo una hija, y continuó casado hasta 1927, cuando se hizo pública su relación sentimental con el norteamericano Gerald Haxton. Desde ese momento, el escritor asumió su homosexualidad y se exilió en Cap Ferrat, en la Riviera Francesa, en una suerte de palacete decorado con obras de Picasso, Matisse, Gauguin –cuya vida es el trasunto de su novela La Luna y seis peniques–, Léger, Renoir o Monet, y que acabaría siendo un importante salón literario y social de los años veinte y treinta. Tolerante con los vicios ajenos y crítico con los valores de la sociedad victoriana, no tardó en adquirir cierta aura de escritor decadente. Algunos lectores lamentaron que no condenara suficientemente a los personajes más turbios de sus obras. Maugham replicó en 1938: «Puede ser un defecto mío que no me preocupan mucho los pecados de otros, a excepción de los que me afectan a mí en persona». Lo que sí le afectó personalmente fue un matrimonio erosionado y vacío, rasgo que comparten muchos de sus personajes, quienes, bajo una aparente bendición conyugal, sufren la mentira, el engaño o la indiferencia.