domingo, 18 de octubre de 2026

Thierry Ways / Quesos, drones y geopolítica


Quesos, drones y geopolítica

Cualquier país que quiera tener algo de autonomía debe avanzar hacia un cierto grado de soberanía digital.


Thierry Ways
17 de octubre de 2026

“¿Cómo se puede gobernar un país que tiene 246 variedades de queso?”, dicen que dijo el general De Gaulle alguna vez. Hablaba de la complejidad de administrar el Estado francés. Pero hay algo peor que una pluralidad de quesos: una pluralidad de quesos podridos. Eso ocurrió en Francia esta semana, luego de que ‘hackers’ atacaran los sistemas centralizados de las neveras de cientos de supermercados. Las apagaron o les subieron los termostatos a 50 grados centígrados, provocando una descomposición masiva de quesos, fiambres y otros perecederos. Las pérdidas se calculan en decenas de millones de euros.

A miles de kilómetros de allí, en la frontera entre Rusia y Ucrania, otra plataforma digital causaba estragos más graves. Starshield, un servicio de internet satelital controlado por el Pentágono, que el ejército ucraniano utiliza para teledirigir sus drones, desconectó de su red a todo aparato que viaje a más de 100 km/h. La restricción entorpece enormemente las capacidades drónicas de las fuerzas ucranianas, que han sido cruciales para defenderse de los rusos. Kiev acusa a la Casa Blanca de ordenar la medida por las tensiones entre Donald Trump y Volodimir Zelenski.
¿Qué tienen en común las neveras desobedientes de Francia con los drones ralentizados del frente ruso-ucraniano? Que ambas tecnologías dependen de sistemas centralizados que pueden ser intervenidos a distancia por criminales o agentes extranjeros: desde simples piratas informáticos hasta el gobierno de la mayor potencia del mundo.
La coincidencia de estos dos hechos en una misma semana sirve de señal de alerta para todos los países, como Colombia, que no son potencias digitales. Los delitos informáticos no son nuevos. Pero nunca antes tantas organizaciones, tanto públicas como privadas, les habían confiado tanta información y procesos esenciales a servicios alojados “en la nube”. Es decir, en plataformas tecnológicas controladas por entidades en su mayoría gringas.
Cuando los servicios en cuestión son necesarios para la supervivencia misma del Estado, como en el caso ucraniano, la dependencia se torna existencial. Como ya vimos, un desacuerdo con la Casa Blanca puede derivar en la decisión de aislar a un país de las provisiones digitales que necesita para funcionar. O incluso para salvarse.
En un Estado como el nuestro, que no ha superado necesidades del siglo pasado, e incluso del antepasado, hablar de 'soberanía digital' puede parecer un lujo que aún no nos podemos dar
Imaginemos no más las consecuencias si un actor terrorista enfila un ataque cibernético no contra supermercados, sino contra sistemas hospitalarios. O si, en un eventual realinderamiento geopolítico, EE. UU. (u otra potencia) decide cortarnos el acceso al ‘software’ del que depende el armamento cada vez más digital que usamos para enfrentar a los grupos armados en el país. El lector puede imaginar con facilidad muchos otros escenarios de este tipo, a cuál más escalofriante.
La inteligencia artificial va a complicar todavía más el asunto. Pues prácticamente todas las personas y organizaciones en el planeta incorporarán a su cotidianidad esta tecnología, hoy en manos de un puñado de firmas chinas californianas. ¿Qué pasará el día en que una empresa privada o entidad estatal, que dependa de la IA para funcionar, se quede sin acceso a Claude o Gemini por razones ajenas a su control, como una disputa entre naciones?
En un Estado como el nuestro, que no ha superado necesidades del siglo pasado, e incluso del antepasado, hablar de “soberanía digital” puede parecer un lujo que aún no nos podemos dar. Hay tanto por hacer en materia de salud, nutrición, educación, infraestructura, justicia, seguridad, etc. Pero el mundo está cambiando a toda velocidad, y las amenazas del siglo XXI no nos van a conceder un periodo de gracia mientras nos actualizamos.
Por eso Colombia, como cualquier otro país que quiera tener algo de autonomía en los tiempos que corren, debe avanzar con rapidez hacia un cierto grado de soberanía o independencia digital. No al estilo parlanchín del gobierno anterior, alucinando absurdos “ ‘datacenters’ de megacomputadores de tecnología cuántica” en la cálida Santa Marta, sino a través de una política de Estado seria e informada. Es otra de las tareas en las que nos cogió la noche y debemos ponernos al día lo más pronto posible.






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