sábado, 6 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Una mañana kafkiana


Triunfo Arciniegas
UNA MAÑANA KAFKIANA


Voy a la oficina de Movistar porque ayer me robaron el celular en Cuatro Esquinas y me interesa mantener el número. Necesito conseguir una nueva simcard y otro aparato. Necesito acordarme de un montón de claves para recuperar mis asuntos. Presento la cédula pero no es suficiente: exigen las huellas dactilares. El lector óptico no consigue leerlas. No es mi culpa: cumplo con traer las huellas. Las de siempre. No me gusta improvisar en este campo. Me chorrean alcohol en los dedos una y otra vez y me pregunto si no será mejor beberlo: me pondré oscuro pero tal vez las huellas se aclaren. Me lamo el dedo de turno sin ningún propósito erótico, me lo restriego en la camisa y el cabello, con el afán de quien requiere aliviar la vejiga y no encuentra las llaves de la casa, y nada. Me mandan al baño a lavarme las manos. "No es cuestión de mugre", digo. Tengo el hábito indígena de bañarme todos los días. “De paso, hace chichí.” No lo dijeron, pero oí una vocecita.

Aparto un trapero y un balde para alcanzar la llave y, como cualquier político, como una lady Macbeth que no acaba de despertar, me lavo las manos. Que se vayan las culpas o que se noten menos que las huellas. El agua sucia del balde me da mala espina. Pienso en los ríos de la patria pero no consigo redondear la frase. ¿Habrán llorado ahí otros usuarios de Movistar con problemas peores que el mío? O ocaso más culpables. Me siento como en un sueño, un cristal me separa de las cosas. Tal vez sólo sea mala suerte: la novia me deja, pierdo al mismo tiempo el celular y las huellas, no he podido escribir en forma, sólo hace falta que me muerda un perro. Un baño de flores me caería bien. Sacudo las manos como peluquero en aprietos porque no hay aire ni papel, vuelvo y lo mismo: el lector no me lee. 

Se me ocurre decirles que a mí me leen mucho pero temo que no lo entiendan. "Voy a dedicarme a asaltar bancos", digo, aunque en el fondo me aflige pasar sin dejar huella. Me fusilan con las preguntas del computador sobre números telefónicos y cuentas bancarias, y resulta que repruebo. Caigo, herido de muerte, me desangro, estoy a punto de viajar al paraíso y nadie sabrá nunca cómo me fue porque no tendré a la mano un celular para comunicarme. Ni siquiera podré enviar una foto. ¿Qué gracia tiene viajar entonces? Acá no saben que la gente de antes visitaba otros países por el placer de enviar una postal a la familia. ¿Cómo explicarles que a veces necesito un año para memorizar un número? ¿Cómo hacerles ver que, si el presente me resulta confuso, el pasado es una telaraña? No ven que cada día veo menos. 

Total, ese computador (le dicen sistema) sabe más que yo de mi propia vida, qué manera que restregarle a uno la ignorancia y en estos miserables tiempos de coronavirus, putas y ladrones, cuando uno anda tan sensible y más desorientado que virgen en orgía, cuidando con extremo recelo lo poco o mucho que tiene y aun así se deja robar un celular que para nada le estorbaba y con el cual mantenía el cariño limpio y puro de los boleros, más profundo o al menos más constante que el de algunas novias. Me veo en aprietos para demostrar que soy yo. Parece que estuviera razonando con policías, que sólo piensan, dicen y hacen lo que les enseñaron: lucen uniformes y la misma cara de palo. Como los policías, ni más ni menos, pero sin bolillo. Ando en modo budista y no me quiero desbordar al territorio de los insultos. Llamarían a los aguacates como me sucedió en la fila del supermercado en los primeros días de la pandemia y seríamos uno contra todos y todos contra uno, este bebedor de relámpagos contra el mundo. "Soy yo, ahí está la cédula", digo, sin levitar, y me contestan con la misma cara de palo que cualquiera puede presentarse con mi cédula. Al carajo con la cédula entonces. Derogada con una sola frase. Pero que miren la foto mientras la cosa se hace oficial en el País del Desangrado Corazón, ese señor se parece a mí, digo apartando el tapabocas, puedo firmar muy parecido si quieren. ¿La cara del santo no hace el milagro? ¿Y qué pasó con el sagrado principio de darle la razón al cliente? Qué más puedo decir. Soy yo. Encontré mi epitafio: Soy yo. Si estoy aquí, en carne y hueso, cómo demonios unas preguntas de seguridad pueden deducir que yo no soy yo. Soy el hijo de mi madre. No lo digo porque en este templo sin dioses han perdido la fe y, además, si se ponen exigentes, me queda difícil traerles a mi santa madre desde el más allá. Tan imbéciles. Tengo el budista a punto de mentarles la madre. Las preguntas de seguridad se justifican en un trámite a distancia, por teléfono, para verificar la identidad de la voz.

Perdí un iPhone de tres millones, es decir, tres putos salarios mínimos, tres meses de pegar ladrillo bajo el sol y la lluvia o más de noventa días de madrugar con la mujer a hacer empanadas para repartirlas por la ciudad hasta las seis de la tarde, perdí miles de fotos, audios, contactos, preciosas conversaciones, quedé desconectado de medio mundo como bien sabe cualquiera que pasa por este trance, y ahora estoy perdiendo el tiempo. Y la identidad. Les confieso que me están haciendo dudar y que cuando salga de ahí no sabré para dónde coger porque ya no soy quien solía ser. 

Estoy sudando, cansado, exasperado. Me duele la espalda. Entonces, más iluminado que el árbol de Navidad, digo que si no me van a vender la simcard que cancelen mi plan, y me voy con la competencia, a la vuelta de la esquina. Como por arte de magia, vamos a una máquina, pago seis mil pesos, el mismo precio de tres refrescos, y me dan la pinche simcard.

23 de enero de 2021




Triunfo Arciniegas / Borrachos con tapabocas


Triunfo Arciniegas
BORRACHOS CON TAPABOCAS

En realidad, desde que se puso de moda la expresión “medidas de bioseguridad”, todo el mundo hace lo que se le da la gana. En las filas de los bancos se establece la sana distancia de dos metros pero en los aviones los pasajeros viajan uno al lado del otro, compartiendo por igual el aire y el destino.

La gente no se aguanta las ganas de sacar a relucir su propia estupidez, como si se tratara de un objeto precioso que los demás se mueren por ver. En plena pandemia, con semejante cantidad de muertos, alguien anuncia que le dará la vuelta al país con su novia en motocicleta y, para que no haya dudas, tan vanidoso como imbécil, enseña el mapa del recorrido. Este tipo, en vez de encerrarse a explorar los infinitos senderos de su amada, se creyó la frase de un comercial reciente: “Las carreteras están esperando que las recorras”. Ya nada debe extrañarnos si nos llegan noticias de conciertos y orgías.

Otra cosa es la pandemia de ciclistas. Gente que nunca había salido a correr se compró una bicicleta. Las carreteras solitarias de antes ahora parecen hormigueros. ¿Por qué lo hacen? Si es por vivir más años diría que en realidad están reduciéndolos a meses o tal vez días. ¿O se trata de bienestar? A la gente no le basta con estar bien: necesita estar mejor. Mata por esa cosa extra. Sacrifica su vida por ese añadido. A este desmedido afán de nuestro tiempo Fran Lewobitz lo considera “codicia”. ¿Qué hay de insoportable en quedarse en casa unos cuantos meses dedicándonos a otros placeres? Nadie puede alegar que sale a trotar o montar en bicicleta a ganarse la vida porque, en las actuales circunstancias, en realidad sale a "correr" riesgos. Como en una película de dibujos animados, pedalean como locos hacia el abismo.

¿Pero puede haber algo más estúpido que ese otro comercial sobre gente que, en plena pandemia, se reúne en un bar a beber cerveza con tapabocas? ¿A qué publicista se le ocurrió la idea?  Un comercial es una labor colectiva. ¿Por qué nadie en el proceso pensó que era una idea estúpida? Uno se pregunta si la gente se emborracha así, usando el tapabocas de colador. Por supuesto que no. ¿Una vez borrachos, a la hora de los abrazos o las peleas, todavía se acordarán del tapabocas? Al día siguiente no recordarán ni siquiera dónde estuvieron. Tan miserable es el comercial como la gente que se lo cree y lo lleva cabo. Por imbéciles así, después de todas esas fiestas y reuniones, estamos como estamos.

20 de enero de 2021

viernes, 5 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Pedazos



Triunfo Arciniegas
PEDAZOS

Abre los ojos y espera que los pedazos se reúnan, se junten, se adhieran con fuerza suficiente para soportar la vigilia. Las mujeres se desvanecen con el rumor del agua, el tibio abrazo se aleja y las palabras felices se confunden en enjambres de abejas. Amanece. Es el mismo país de la amargura y las heridas abiertas, las mismas manchas en la pared y los libros desparramados en el otro lado de la cama. Se levanta y algunos pedazos rezagados le dan alcance. Al fin, casi completo, se dispone a sobrevivir otro de sus miserables días.

21 de enero de 2021

Triunfo Arciniegas / Manzanero

Amarrados
Armando Manzanero y Susana Zabaleta

Triunfo Arciniegas
MANZANERO


El 7 de diciembre de 2020, el maestro Armando Manzanero viajó de Mérida a Oaxaca a celebrar su cumpleaños en el restaurante La Capilla de Zaachila, donde se contagió de coronavirus. Lo mismo les sucedió a sus hijos Diego, Armando y Mainca. En una de las fotos del festejo se ve al maestro entre la gente con el tapabocas de corbatín. Su última esposa ni siquiera lo lleva en el cuello o colgado de una oreja. Juan Pablo Manzanero, que no asistió a la fiesta, menciona con tristeza la foto que su padre se tomó con una treintena de personas sin tapabocas. El 7 de diciembre el maestro inauguró en Yucatán la Casa Manzanero, el 14 cayó enfermo y falleció dos semanas después.

En un mundo dominado por la devastadora fuerza del rock y luego, en estos tiempos, por una monotonía de ruidos que algunos consideran música, con frases obscenas, prosaicas y ridículas, mal escritas y peor pronunciadas, Manzanero se distinguió con melodías suaves y lentas como la luz al final de la tarde, y letras limpias, precisas e inspiradas, que envidiaría cualquier poeta, hazaña nada fácil en un México lindo y querido que ha forjado con la música popular la educación sentimental del continente entero y cuyos compositores mantienen su vigencia: Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Joan Sebastian. "Dormir contigo es el camino más directo al paraíso" y "Es sólo el corazón que desayuna, come y cena de tu amor" son dos líneas suyas.


Armando Manzanero y Susana Zabaleta


No poseía una gran voz. "Me considero un cantante frustrado", dijo. Ni pinta ni voz. Bromeaba que le hubiese gustado ser Luis Miguel, con quien mantuvo una difícil relación. Lo admiraba demasiado como cantante pero poco como persona. “Es más fácil que un elefante logre pasar por el ojo de una aguja a que Luis Miguel haga algo por el prójimo”, dijo Manzanero. El Sol de México, dándole la razón, ni siquiera se manifestó tras la muerte del maestro.

Poseía poesía y formación musical y, por lo tanto, como compositor era otro cuento. Sus canciones suenan mejor en otras voces, es cierto, pero es por su armazón tan perfecta, por el exquisito maridaje de letra y melodía, que resultan perdurables. “Para mí componer es como respirar”, dijo en una entrevista de 2017. “Si tengo una canción que hace falta la compongo, y si no, la guardo. Le voy a decir que como algunos entran a tomarse un trago o se meten a la computadora, yo me siento en mi piano.” Así, noche tras noche, día tras día, compuso más de cuatrocientas canciones. Juan Pablo Manzanero precisa que hay 450 registradas y entre ciento cincuenta y doscientas inéditas. Unas cincuenta fueron éxitos internacionales. Se trata del trabajo de toda la vida, desde los años cincuenta, intenso, constante y bien remunerado. La fortuna de Armando Manzanero se calcula en 45 millones de dólares.




Aparte de su innegable talento, de sus inmortales boleros, que agregaron felicidad a nuestras vidas, Manzanero era un caballero, todo un señor, agradecido, amable y generoso, y por supuesto, una persona muy querida. “En el arte, nadie es más amado que los músicos”, dijo Fran Lebowitz. Manzanero se paseó por la vida sin la arrogancia de los genios. Él mismo cuenta que cuando preguntaba cuánto le faltaba para el metro, la gente hacía una seña con el pulgar  y el índice antes de responderle: "Un tantito así".

Nunca perdió el acento. De niño hablaba maya y luego lo olvidó. Pero siempre mantuvo esa manera de hablar lenta y reposada tan propia de su gente. "Los yucatecos somos mal hablados", dijo más de una vez, pero no lo demostraba. Sabía que hay lugares para maldecir, y que maldecir resulta inevitable. Disciplinado, estricto, puntual, amante de la buena comida, la armonía y la belleza. Si viajaba, por ejemplo, le encargaba a alguien el cuidado de las plantas. Era un enamorado. "Siempre que me he enamorado me he casado", confesó alguna vez. Se enamoró cinco veces entonces. Sus mujeres fueron blancas, altas, hermosas, como si la una fuera el retrato de la otra. "Lo único mejor que una mujer son dos", dijo. 

No creo que el maestro haya sido exacto en cuanto al asunto del enamoramiento y los matrimonios. En la cuenta oficial no entra la bellísima Susana Zabaleta. Brotaban chispas en Amarrados, el espectáculo que montaron juntos y, diez años después, la pandemia echó a perder la gira que se llamaría Contigo aprendí. "Me quedé con las ganas", dijo Susana. Y en cámara, junto a Manzanero, precisó: "Yo aprendí mi vida con este señor". Si fue real, si fue platónico, poco importa en las páginas de la eternidad: se amaron.

La gente abrazaba a Manzanero en la calle y él, feliz como un niño, y no solo por su breve estatura, posaba para cuanta foto le pidieran, hasta que su mujer, alta y enorme a su lado, se lo llevaba de la mano. Así vivía, en su Mérida natal.

Así llegaron los ochenta y cinco, y el maestro no resistió la tentación del festejo. En México todo se hace en grande, todos van a todas partes. “Vivimos amontonados, es que somos tantos”, me dijo alguna vez la princesa de Copilco Elia Crotte. No conozco gente más generosa y más hospitalaria que los mexicanos. Su mesa es de una exuberancia embriagadora. Abren su corazón y su casa sin restricciones, “mi casa suya de usted”, convirtiendo a los extraños en parte de la familia.

"Oye, pa, no andes saliendo", le dijo Juan Pablo al maestro. Y menos con diabetes y el riñón "jodido". Pero el destino estaba escrito. “Si no salgo, me muero”, dijo Manzanero.

17 de enero de 2021



Armando Manzanero: cuando la vida transcurre a ritmo de un bolero




Armando Manzanero: cuando la vida transcurre a ritmo de un bolero



El icono mexicano del género romántico consolidó su vida privada al ritmo de su prolífica carrera: seis esposas, siete hijos, 16 nietos y la sombra de una sospecha


Elena Reina
29 de diciembre de 2020

La época del cine de oro mexicano no se lo había puesto fácil. Después de unos años, los cincuenta, de hombres robustos, botas con espuelas, cinturón y sombrero, voces de chorro inagotable que enamoraban con sus serenatas a millones de espectadoras y lloraban con sus canciones el despecho —de la pantalla y de la vida— junto a una botella de tequila, apareció un joven chaparrito, de poco más de 1,50 metros de estatura, que no le cantaba a la hombría, sino al amor. Al amor romántico, edulcorado, Somos novios, Adoro, Contigo aprendí; y también al realista y desengañado, No. A finales de esa etapa dorada, hombres apuestos como aquellos, y millones de hispanohablantes más, acabaron coreando sus canciones. Armando Manzanero elevó el bolero a un himno universal, que se interpreta en teatros y se desafina en las cantinas. Su vida fue un reflejo de aquellas baladas.

jueves, 4 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Fran Lebowitz

 


Triunfo Arciniegas
FRAN LEBOWITZ


El bloqueo creativo de Fran Lebowitz cumple cuarenta años. Publicó su primer libro, Metropolitan life, en 1979, y dos años después el segundo y último, Social Studies. En 1991 firmó un contrato para una novela sobre los ricos que quieren ser artistas y los artistas que quieren ser ricos, pero hasta el momento no la ha escrito. Fran Lebowitz, exitosa y famosa como pocos, demuestra que no escribir no sólo es divertido sino rentable.

En el último texto de su último libro, “To Have and Do Not”, trata sobre escritores que firman acuerdos económicos por libros que no han escrito y que incluso venden los derechos cinematográficos, Lebowitz bromea con su agente literario: "El año pasado gané cuatrocientos dólares por las cosas que escribí. Este año me han ofrecido dos sumas de seis cifras por las cosas que no he escrito. Obviamente, me he movido en este negocio en la dirección equivocada. Resulta que no escribir no solo es divertido, sino que también parece enormemente lucrativo. Llama al tipo de la película y dile que tengo algunos libros todavía no escritos, quizás unos veinte".

Hablando un poco más en serio, se aconseja a sí misma que debe pensar un poco más en el dinero. “Mi problema es que odio el dinero, pero me encantan las cosas. Es una combinación horrible. Me encantan las cosas, me encanta la ropa, me encantan los muebles. Y si te gustan las cosas, debería gustarte el dinero. Si odias el dinero, deberías odiar las cosas, pero yo no soy un monje budista."

Nació en Nueva Jersey en 1950 y llegó con doscientos dólares a Nueva York a los dieciocho años. "Trae dinero", le dijo muchos años después a la veintiañera que en alguna charla solicitó su consejo antes de viajar a la misma ciudad. Como los doscientos dólares pronto se acabaron, Lebowitz fue limpiadora, vendedora, taxista e incluso poeta. Escribió un libro de poemas que nunca le publicaron. No lo lamenta: la poesía no era lo suyo.

Fran Lebowitz
Foto de Peter Hujar

Pero de la importancia de Lebowitz no hay duda. The Paris Review le dedicó en 1993 una de sus famosas y consagratorias entrevistas: "A Humorist a Work". Andy Warhol y David Letterman la contrataron en su época, y Peter Hujar la fotografió cuando era una muchacha bella. Jueza en la serie La ley y el orden desde 2001 hasta 2007, y en la película de Scorsese, El lobo de Wall Street, donde le impone una fianza de diez millones de dólares a Leonardo DiCaprio. La Biblioteca Pública de Nueva York destaca una cita suya: "Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar". Vanity Fair la considera una de las mujeres mejor vestidas del mundo. Su gusto es muy preciso y peculiar: jeans y trajes masculinos. Sus gafas de pasta y sus botas de vaquero recién lustradas. Y el cigarrillo. Así la inmortalizó Annie Leibovitz para el mes de mayo de 2016 del calendario Pirelli. Desde otros meses la acompañan mujeres poderosas: la escritora y cantante Patti Smith, la humorista Amy Schumer, la productora de cine Katheleen Kennedy, la escritora y actriz Tavi Gevinson, la polifacética Yoko Ono, la artista Sharon Neshat, la campeona Serena Williams, la modelo Natalia Vodianova. Tal es la talla de esta mujer.


Fran Lebowitz
Foto de Annie Leibovitz


Fran Lebowitz es su propio personaje, una Dorothy Parker de nuestro tiempo, una especie de Oscar Wilde. "No tengo poder, pero estoy llena opiniones", dice. Las opiniones son su poder. La gente paga por oírla, y la cara de regocijo de su público no tiene precio. El mismo Oscar Wilde envidiaría sus deslumbrantes frases: "Mi animal favorito es el filete", "Las verduras son interesantes, pero carecen de sentido cuando no van acompañadas de un buen corte de carne", "Si usted es de la opinión de que la contemplación del suicidio es prueba suficiente de carácter poético, no se olvide de que las acciones hablan más que las palabras", "El éxito no me estropeó, siempre he sido insufrible". Lebowitz aconseja no hablar de sexo con los niños pequeños: "Rara vez tienen algo que añadir". Observa que muy pocas personas tienen verdadera capacidad artística y es indecoroso y poco productivo forzar la situación: "Si usted tiene un ardiente deseo de escribir o pintar, simplemente coma algo dulce y la sensación pasará". 

Martin Scorsese la retrató en el documental de 2011 para HBO, Public Speaking, y vuelve hacerlo ahora, con la misma estructura y esta vez para Netflix, en Pretend It’s a City (Supongamos que Nueva York es una ciudad): durante siete deliciosos capítulos de media hora Lebowitz habla y Scorsese ríe a carcajadas. Por una parte, considera a Times Square como el peor barrio del mundo y, por otra, se ofrece como alcaldesa nocturna de Nueva York. Las frases para enmarcar son numerosísimas, y su habilidad para construirlas resulta asombrosa.

En este segundo documental,  sazonado con conversaciones de otras épocas con Alec Baldwin, Spike Lee, Toni Morrison, David Letterman y Olivia Wilde, y caminatas por las calles de Nueva York, no aparecen dos escritores que vimos en Public Speaking: James Baldwin y Truman Capote. Ni el precioso auto de Lebowitz, un Marathon Checker gris plateado de 1979. En el rostro y el caminado de Lebowitz se siente la década que separa los documentales. La escritora ahora tiene setenta años y sigue sin celular, sin tablet, sin internet. Pero viva, no obstante: "A algunos les molesta que esté tan viva". 

Rememorando su amistad con músicos famosos, Lebowitz cuenta que Charles Mingus suspendió su propio concierto y la  persiguió, furioso, por las calles de Nueva York, y explica de paso por qué en el mundo del arte nadie es más amado que los músicos. "De verdad creo que los músicos y los cocineros son responsables por la mayor cantidad de placer en los humanos", precisa. Y suelta otra frase para enmarcar: "La música es una droga que no mata".

Sobre Warhol apunta, venenosa: "Nunca me llevé bien con Andy y él nunca se llevó bien conmigo. Le ha ido mucho mejor desde que murió". Y explica de inmediato: "Vendí todos los Warhol antes de su muerte. Los vendí para pagar los arreglos del apartamento. No sólo tomo malas decisiones con propiedades. Y la verdad, creo que por eso Andy murió. Porque apenas murió los precios subieron".

Su apartamento es otro divertido tema de conversación o al menos prueba una virtud de Lebowitz: hacer reír a la gente con sus desgracias cotidianas. Después de un año de búsqueda, viendo propiedades cada día más caras, pagó un precio excesivo que luego se vino abajo por un apartamento lo suficientemente grande para darle cabida a sus diez mil libros. Ni la poesía ni los bienes raíces son lo suyo. Y, como para repetir el caso de Warhol, arrojó a la basura montones de fotos de Robert Mapplethorpe, un artista que nunca quiso pero que no demoró en cotizarse.

Uno de los momentos más deliciosos del documental está dedicado a Picasso: "Si vas a una subasta y sale un Picasso, silencio. Baja el mazo y dan el precio, aplausos. Es un mundo que aplaude el precio y no el Picasso. Todo dicho". Lebowitz riega sal en la herida: "Es decir, aplauden el precio. Deberían aplaudir el Picasso. ¿Acaso no pintaba bien? No se trata de si tú compras bien".

Scorsese sabe lo que hace. El documental es una maravilla de principio a fin. De hecho, ya se considera uno de los estrenos más importantes de la historia de Netflix. No sólo vale la pena verlo sino volverlo a ver. Y ojalá haya otro más cuando Lebowitz cumpla los ochenta.

14 de enero de 2021



Triunfo Arciniegas / Una frase de Tolstói



Triunfo Arciniegas
UNA FRASE DE TOLSTÓI

Como no sé ni sabré nunca ruso debo resignarme a leer en español a Chejov, Babel, Bulgákov, Dostoiesvki y Tolstói. Leyendo Guerra y paz, encuentro esta frase en la edición de Edimat (Madrid, 2016): “La mañana era clara y su caballo oscuro”. Me pregunto si es posible que Tolstói haya escrito tal cosa, más digna de Snoopy, "Dogstoevski", el perro de la historieta de Charles Shulz que sueña con volverse escritor. Sigo leyendo y la duda me carcome. Por suerte tengo otra traducción en casa (Bruguera, Barcelona, 1977), pero se me va casi una hora en localizar la bendita frase. La división de capítulos es distinta, así como los nombres de los personajes, percance común con los rusos. Según la edición, un solo personaje es llamado Pedro, Pierre, Pëtr, Petrushka, y no mencionemos el lío de los apellidos o el asunto de los títulos. Se trata de una novela de 1350 páginas y centenares de personajes. Encuentro cartas y detalles que no aparecen en la edición de Edimat. No creo que me haya metido en otro libro por arte de magia o locura. Al fin localizo la nueva traducción: “La mañana era clara y luminosa, su caballo magnífico, y su estado de ánimo, dichoso y optimista”.

Triunfo Arciniegas / Otra lectura de Soldados de Salamina




Triunfo Arciniegas
Otra lectura de Soldados de Salamina

Casi de un tirón, apenas con las debidas pausas para darle de comer al perro o prepararme un café, he vuelto a leer una de las grandes novelas de lo que va del siglo XXl: Soldados de Salamina, de Javier Cercas.

La obra se publicó a principios de 2001 y tuve la suerte de comprarla el 14 de enero de 2004 en Caracas. Entonces todavía se podía viajar a Venezuela. Dos días después la había leído, absolutamente fascinado. Años después se hizo una película que me negué a ver para no echar a perder la relectura. 

Conservo dos o tres recuerdos de ese viaje a Caracas. Escribí en esos días El perfume del viento, un texto para niños, y Altagracia, un cuento erótico sobre los encuentros de una muchacha con un hombre mayor. Estaba enamorado. Pero si la lectura de Soldados de Salamina no fue el hecho más importante, si acaso no lo fue, impregnó poderosamente la atmósfera de aquellos días. Recuerdo el hotel donde leí la novela, recuerdo la avenida, el puente más cercano, las maravillosas librerías debajo del puente. No olvidé nunca la escena del fusilamiento, el encuentro del narrador con el escritor chileno Roberto Bolaño y sobre todo el momento que da origen y sostiene la obra, cuando el soldado se niega a disparar o delatar al prófugo Rafael Sánchez Mazas.

Hay novelas que se desmoronan con las nuevas lecturas, hay otras que mantienen su encanto y que incluso se agigantan aún más. Soldados de Salamina pertenece, por suerte, a este último caso. Aparte del regocijo de la prosa y la sabia arquitectura, de la magia de Cercas para construir frases, me quedo ahora con el remate de la historia. Vale la pena devorar una vez más estas doscientas páginas para volver al encuentro que cierra la novela y sobre todo a las conmovedoras reflexiones del narrador, y esas frases largas que envuelven al lector como agua pura de la montaña y que no son otra cosa que magia, esencia la literatura verdadera, hueso y sustancia de la vida misma.

2 de enero de 2021

miércoles, 3 de febrero de 2021

Triunfo Arciniegas / Once


Triunfo Arciniegas
ONCE

La ventaja más grande de la relectura es la certeza del placer. Asegurada la calidad, uno puede relamerse por anticipado. La trama se ha desdibujado con los años. Más que el libro, uno suele recordar la dicha que acompañó la lectura, así como conserva en la memoria el brillo de las piernas de la profesora de cuarto grado en vez de sus palabras. Todo se va aclarando y hay sorpresas, detalles y conexiones que pasaron desapercibidos en lecturas anteriores. El libro nunca es el mismo porque la mirada no es la misma. La primera vez que leí El túnel, de Ernesto Sábato, en mi adolescencia, me espantó el crimen del protagonista. La segunda vez, diez años más tarde, me pareció tan natural que el hombre hubiera asesinado a la mujer, y en la tercera, otros diez años después, prácticamente entendí que no tenía otro camino. No se asombren: en la ficción cometemos los crímenes que nos acobardan en la realidad. Por otro lado, con los años empeoramos en todos los sentidos.

Si bien disfruto y agradezco los senderos inesperados y riesgosos de un libro nuevo o de un texto encontrado al azar o recomendado por alguien, me encanta la certeza de los parajes cuya belleza he saboreado en otros tiempos. Con la infinita e inagotable oferta del universo de las librerías y las bibliotecas, no creo que nadie sea tan imbécil como para releer un libro que considera malo. Uno vuelve una y otra vez a la dicha de beber el tequila destilado ciento por ciento de agave, con denominación de origen: Flaubert y Tolstói, Capote y Hemingway, Borges y García Márquez, Rubem Fonseca y Roald Dahl, Rulfo y Chejov, pero no a la obra de Carlos Fuentes o las novelas de R.H. Moreno Durán. Ni menos a la mayoría de los títulos que nos obligaron a leer los profesores para cumplir con los programas de literatura. La literatura, ante todo, significa embriaguez.

Está madrugada terminé de leer Once, de Patricia Highsmith. No hay un solo cuento malo o regular en esta colección. Por algo se trata de mi tercera lectura. Cuatro o cinco de estos cuentos son obras maestras.

"Highsmith es una autora de novelas de detectives cuyos libros
se pueden leer una y otra vez. De muy pocos se puede decir esto."

Por el prólogo, un texto muy citado, la escritora pagó cuatrocientos de los quinientos dólares que cobró Graham Greene, y no creo que se haya arrepentido. "Patricia Highsmith es una poeta de la aprensión y el recelo más bien que del miedo", dice Greene. "Es una escritora que ha creado su propio mundo, un mundo claustrofóbico e irracional", señala, y remata con una observación certera, a propósito del protagonista de "El observador de caracoles": "El señor Knoppert tiene, respecto a sus caracoles, la misma actitud que Patricia Highsmith respecto a los seres humanos". Tal vez de aquí provenga la famosa frase anónima que considera que la Highsmith escribe sobre los seres humanos como lo haría una araña sobre las moscas.




En inglés, antes de Eleven, el libro se tituló The Snail-Watcher (El observador de caracoles), que es precisamente el cuento inaugural y que trata de un coleccionista de estos babosos moluscos al que no le saldrán bien las cosas. Y no es el único. En otro cuento, un pretencioso profesor de zoología de una universidad de California se entera de la existencia de los caracoles gigantes de  Kuwa por una nota de pie de página: "Los indígenas de las islas Matusas dicen que existen caracoles aún mayores que éstos en la isla deshabitada de Kuwa, que dista cuarenta kilómetros de las Matusas. Los matusanos afirman que esos caracoles tienen una concha de seis metros de diámetro y devoran a los hombres". Apenas faltan tres meses para las vacaciones sabáticas cuando el profesor concibe la mala idea de visitar la isla. Es sabido que a Patricia Highsmith le fascinaban los caracoles, más que las personas. Podía llegar a una cena, sacarlos como si nada de su bolso y dejarlos pasear por la mesa, ante el asombro mudo de los demás. Un caracol suele ilustrar la tapa de las distintas ediciones de este libro.

Advertencia para el lector: hay dos muchachas locas, muy locas, en estas páginas. La primera es la protagonista de "Cuando la escuadra llegó a Mobile", el cuento favorito de Graham Greene y una de las obras maestras de Highsmith. Solo vemos por los ojos de Geraldine y sabemos que no estamos viendo todo. Fascinados y al mismo tiempo recelosos, permanecemos en su cabeza. Percibimos el peligro pero no acertamos a explicarlo. Unas líneas: "Volvería a adoptar su propio nombre, Geraldine Ann Lewis, liso y llano, y alquilaría un apartamento pequeño y por las noches cocinaría, acaso iría al cine una vez por semana y a la iglesia los domingos por la mañana, y se mostraría muy precavida a la hora de trabar amistad, especialmente con hombres".

Highsmith refina la técnica de mantener la cámara a escasos centímetros del personaje en "La heroína", un cuento digno de cualquier antología y uno de los más memorables. Su protagonista, otra loca de remate, es una muchacha entusiasta y desbocada que se dirige ciegamente al abismo, arrastrando a quienes pretende amar. Se dice frente al espejo, abrochándose el cinturón de su uniforme de niñera: "Esto es como volver a empezar, Lucille. Desde ahora, tendrás una vida feliz y útil, y olvidarás todo lo de antes..." El libro tiembla en las manos del lector.

Con una mujer madura que va al siquiatra para hablar de su marido, Highsmith construye una historia sorprendente y, en "La pajarera vacía", una pareja es atormentada por un extraño animal, casi una criatura de la mente. En el mundo de Patricia Highsmith los límites se confunden.

"La tortuga de agua dulce" es un cuento cruel, Highsmith en estado puro. Un niño resolverá de la manera más inesperada la conflictiva relación con su madre, que lo ridiculiza y lo obliga a llevar pantalones cortos y a memorizar poemas:

"Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; sólo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar."

Acá se vale la advertencia: el lector se enfrenta a estas páginas bajo su propio riesgo. Así como a nadie se obliga a la lectura, tampoco se responde por las consecuencias.

En "Los pájaros a punto de volar", un hombre solitario y desgraciado responde las cartas de amor de una mujer dirigidas a otro. ¿Quién no lee una historia que desarrolla semejante idea?

En "Gritos de amor", dos viejas viven juntas para hacerse daño. ¿Se precisa decir algo más? Así comienza la historia: "Hattie tiró de la cadenita de la lámpara de mesa, estiró la sábana hacia sus hombres y permaneció tendida, tensa, esperando que se calmara la tos y los resuellos de Alice". Y apenas en la segunda página: "Con los dedos de los pies doblados hacia arriba, tiesos, Hattie se dirigió despacio hacia el sillón del lado de la ventana, por la que entraba, oblicuamente, un rayo de luna; se sentó con las tijeras y la chaqueta de angora en su regazo. A la luz de la luna, su rostro brillaba, desdentado y diabólico. Examinó la chaqueta al modo de quien tienta un pedazo de carne antes de decidir por dónde meter el cuchillo".

En "Otro puente por cruzar", al protagonista en apariencia no le sucede nada y es el cuento que más me sorprendió en esta lectura. Puede decirse que antes no lo había entendido. Merrick, un hombre que ha perdido a su esposa Helena y a su único hijo, Adam, en un accidente, recorre Europa para aliviar la pena. Italia, tierra de pintores, se come con los ojos. La narración, exquisita, se detiene en los detalles, en una canción, en la belleza del paisaje, en un jardín:

"Se dejó oír el tañido de una guitarra. La música parecía venir de abajo, donde el terreno se hundía en oscuras masas de árboles y matorrales, aunque no había nada ni ninguna luz en aquella parte. Sólo sonaba la guitarra, pero tenía la riqueza de tres instrumentos que tocaran juntos. La canción se deslizaba con naturalidad y seguridad. Su línea melódica era lenta e intrincada, hasta desembocar en una nota baja que parecía vibrar en la sangre de Merrick cuando el músico llegaba a ella una y otra vez. Se dio cuenta de que a lo mejor se trataba de un slow foxtrot popular, pero ahora parecía mucho más que esto, casi un aria destinada a la fama, de la ópera de un gran compositor. Merrick respiró hondo. Había oído una canción parecida en Amalfi, cuando Helena y él estuvieron allí. Nunca más la había oído, pues ni él ni Helena se preocuparon de conocer su título o de comprar un disco para llevárselo a los Estados Unidos. Simplemente, la tocaban, de vez en cuando por la noche, en su hotel, y también en una guitarra. Sabían que aparecería, como cierto pájaro en el crepúsculo, en algún momento, y no encontraron apropiado preguntar por su título o pedir a un músico que se la tocara, porque aparecía a su propio tiempo."

Pasan cosas, por supuesto: un hombre se suicida arrojándose a un vehículo, un ladrón hace su agosto en el hotel. Merrick elude cierto acercamiento femenino pero entabla amistad con un niño travieso y simpático que tal vez le recuerda a su hijo desaparecido. La vida pasa, día tras día. Pasado y presente se conjugan en la mente del protagonista. A partir de hechos tan duros y dolorosos, y con pulso de cirujano, Patricia Highsmith construye una historia que conmueve, que en cierta forma explica por qué la vida, terca y ciega, continúa.

martes, 2 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / La pajarera vacía

 


Patricia Highsmith 

LA PAJARERA VACÍA

(The Empty Birdcage)


La primera vez que Edith lo vio, se rió. No podía creer lo que veía.
    Se apartó a un lado y volvió a mirar. Estaba todavía allí, pero algo menos preciso. Un rostro como de ardilla —pero diabólico por su intensidad— la miraba por el agujero redondo de la pajarera. Una ilusión, desde luego, algo que tenía que ver con las sombras, o un nudo de la madera del fondo de la pajarera. El sol caía de lleno sobre la pajarera de quince por veintitrés centímetros, situada en el ángulo que formaban el cobertizo de las herramientas y la pared de ladrillos del jardín. Edith se acercó, hasta quedar a tres metros de distancia. El rostro desapareció.
    Era curioso, pensó, mientras volvía a la casa. Por la noche tendría que contárselo a Charles.

Patricia Highsmith / Los bárbaros

 


Patricia Highsmith 

LOS BÁRBAROS 
  (The Barbarians)


Stanley Hubbell pintaba los domingos, único día en que podía hacerlo. Los sábados ayudaba a su padre en su ferretería de Brooklyn. Los demás días de la semana se dedicaba a trabajos de investigación en una editorial especializada en publicaciones sobre industrias. Stanley no se tomaba muy en serio su pintura; era una especie de terapéutica para los nervios, recomendada por su médico. Al cabo de seis meses, no pintaba del todo mal.
    Un domingo, a comienzos de junio, Stanley estaba terminando un autorretrato en camisa blanca sobre un fondo verde. Era mayor y mucho mejor que su primer autorretrato. Había captado el fruncimiento preocupado de su ceja izquierda. Los ojos ya estaban castaño claro, algo tristes, intensos, esperanzados. ¿Esperanzas de qué? Stanley no lo sabía. Pero los ojos en la tela eran tan sus propios ojos que, al mirarlos, sonreía complacido. Quedaba por poner un toque de luz en la larga nariz, algo ganchuda, y luego oscurecer el fondo.
    Habría estado trabajando unos veinte minutos, tiempo apenas suficiente para humedecer los pinceles y preparar los colores en la paleta, cuando los oyó correr ruidosamente por el callejón contiguo a su edificio. Vaciló, mientras todavía imaginaba el efecto de la luz, aún no pintada, a lo largo de la nariz, y al mismo tiempo escuchaba para adivinar cuántos serían aquella tarde.

Patricia Highsmith / Otro puente por cruzar


Patricia Highsmith 

OTRO PUENTE 
POR CRUZAR 

    (Another Bridge to Cross)

El auto llevaba la capota bajada y Merrick vio al hombre en el puente desde más de un kilómetro de distancia. El coche en el cual iba Merrick rodaba velozmente hacia él, y Merrick pensó: «Es como en una película de Bergman. El hombre tiene una pistola en la mano, y cuando el auto esté tan cerca del puente que no pueda fallar el blanco, disparará contra mí, me dará en el pecho y probablemente más valdría así». Merrick seguía mirando a la figura encorvada —puesto que el hombre descansaba sobre sus brazos apoyados en el pretil del puente—, tanto porque esperaba una catástrofe cuanto porque el hombre era la única figura humana en el paisaje a la que pudiera mirar. Estaban en Italia, en la Riviera meridional. El sereno azul del Mediterráneo quedaba a su izquierda y a la derecha había polvorientos campos de olivares que parecían sedientos y que subían por las colinas hasta que los detenían las rocosas laderas de la montaña. El puente cruzaba por encima de la carretera, por él pasaba otro camino y tenía una altura de por lo menos tres pisos.

lunes, 1 de febrero de 2021

Patricia Highsmith / La heroína



Ilustración de Viktor Sheleg

Patricia Highsmith 

LA HEROÍNA
Traducción de P. Elías


La muchacha estaba tan segura de que le darían el empleo, que se fue con desenvoltura a Westchester llevando ya su maleta. La invitaron a sentarse en un cómodo sillón del salón de los Christiansen. Con su abrigo y boina azul marino, parecía aún más joven que sus veintiún años y contestaba con toda seriedad a las preguntas.
—¿Ha trabajado usted antes como niñera? —inquirió el señor Christiansen.
Estaba sentado en el sofá, al lado de su esposa, con los codos apoyados en las rodillas enfundadas en pantalones de franela gris, y con las manos apretadas una contra la otra.
—Quiero decir, ¿tiene usted referencias?
—Durante los últimos siete meses fui doncella en casa de la señora Howell, en Nueva York.

Patricia Highsmith / Señora Afton, entre tus verdes laderas

 


Patricia Highsmith 
Señora Afton, entre tus verdes laderas
(Mrs. Afton, Among Thy Green Braes)


Para el doctor Félix Bauer, mientras miraba por la ventana de su despacho de los bajos de un edificio de la avenida Lexington, en Nueva York, la tarde era como un río perezoso que ha perdido su corriente o que fluye lo mismo hacia abajo que hacia arriba. El tránsito había aumentado, pero bajo el sol en fusión los coches sólo avanzaban unos palmos detrás de las luces rojas de los que les precedían, con sus adornos cromados centelleando como metal calentado al blanco. El despacho del doctor Bauer estaba climatizado, era agradablemente fresco, pero algo, su lógica o su sangre, le decía que hacía calor y esto le deprimía.

Patricia Highsmith / Gritos de amor

 

Two Old Women, 1920
Adolphe W. Blondheim
Smithsonian American Art Museum

Patricia Highsmith 
Gritos de amor
(The Cries of Love)

Hattie tiró de la cadenita de la lámpara de mesa, estiró la sábana hacia sus hombros y permaneció tendida, tensa, esperando que se calmaran la tos y los resuellos de Alice.

    —Alice —murmuró.

    No hubo respuesta. Sí, ya estaba durmiendo, aunque siempre afirmaba que no cerraba el ojo antes de que el reloj del cuarto diera las once.