sábado, 6 de febrero de 2021
Triunfo Arciniegas / Una mañana kafkiana
Triunfo Arciniegas / Borrachos con tapabocas
viernes, 5 de febrero de 2021
Triunfo Arciniegas / Pedazos
Triunfo Arciniegas / Manzanero
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| Amarrados Armando Manzanero y Susana Zabaleta |
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| Armando Manzanero y Susana Zabaleta |
Armando Manzanero: cuando la vida transcurre a ritmo de un bolero
Armando Manzanero: cuando la vida transcurre a ritmo de un bolero
El icono mexicano del género romántico consolidó su vida privada al ritmo de su prolífica carrera: seis esposas, siete hijos, 16 nietos y la sombra de una sospecha
jueves, 4 de febrero de 2021
Triunfo Arciniegas / Fran Lebowitz
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| Fran Lebowitz Foto de Annie Leibovitz |
Triunfo Arciniegas / Una frase de Tolstói
Triunfo Arciniegas / Otra lectura de Soldados de Salamina
miércoles, 3 de febrero de 2021
Triunfo Arciniegas / Once
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| "Highsmith es una autora de novelas de detectives cuyos libros se pueden leer una y otra vez. De muy pocos se puede decir esto." |
martes, 2 de febrero de 2021
Patricia Highsmith / La pajarera vacía
LA PAJARERA VACÍA
(The Empty Birdcage)
La primera vez que Edith lo vio, se rió. No podía creer lo que veía.
Se apartó a un lado y volvió a mirar. Estaba todavía allí, pero algo menos preciso. Un rostro como de ardilla —pero diabólico por su intensidad— la miraba por el agujero redondo de la pajarera. Una ilusión, desde luego, algo que tenía que ver con las sombras, o un nudo de la madera del fondo de la pajarera. El sol caía de lleno sobre la pajarera de quince por veintitrés centímetros, situada en el ángulo que formaban el cobertizo de las herramientas y la pared de ladrillos del jardín. Edith se acercó, hasta quedar a tres metros de distancia. El rostro desapareció.
Era curioso, pensó, mientras volvía a la casa. Por la noche tendría que contárselo a Charles.
Patricia Highsmith / Los bárbaros
Stanley Hubbell pintaba los domingos, único día en que podía hacerlo. Los sábados ayudaba a su padre en su ferretería de Brooklyn. Los demás días de la semana se dedicaba a trabajos de investigación en una editorial especializada en publicaciones sobre industrias. Stanley no se tomaba muy en serio su pintura; era una especie de terapéutica para los nervios, recomendada por su médico. Al cabo de seis meses, no pintaba del todo mal.
Un domingo, a comienzos de junio, Stanley estaba terminando un autorretrato en camisa blanca sobre un fondo verde. Era mayor y mucho mejor que su primer autorretrato. Había captado el fruncimiento preocupado de su ceja izquierda. Los ojos ya estaban castaño claro, algo tristes, intensos, esperanzados. ¿Esperanzas de qué? Stanley no lo sabía. Pero los ojos en la tela eran tan sus propios ojos que, al mirarlos, sonreía complacido. Quedaba por poner un toque de luz en la larga nariz, algo ganchuda, y luego oscurecer el fondo.
Habría estado trabajando unos veinte minutos, tiempo apenas suficiente para humedecer los pinceles y preparar los colores en la paleta, cuando los oyó correr ruidosamente por el callejón contiguo a su edificio. Vaciló, mientras todavía imaginaba el efecto de la luz, aún no pintada, a lo largo de la nariz, y al mismo tiempo escuchaba para adivinar cuántos serían aquella tarde.
Patricia Highsmith / Otro puente por cruzar
El auto llevaba la capota bajada y Merrick vio al hombre en el puente desde más de un kilómetro de distancia. El coche en el cual iba Merrick rodaba velozmente hacia él, y Merrick pensó: «Es como en una película de Bergman. El hombre tiene una pistola en la mano, y cuando el auto esté tan cerca del puente que no pueda fallar el blanco, disparará contra mí, me dará en el pecho y probablemente más valdría así». Merrick seguía mirando a la figura encorvada —puesto que el hombre descansaba sobre sus brazos apoyados en el pretil del puente—, tanto porque esperaba una catástrofe cuanto porque el hombre era la única figura humana en el paisaje a la que pudiera mirar. Estaban en Italia, en la Riviera meridional. El sereno azul del Mediterráneo quedaba a su izquierda y a la derecha había polvorientos campos de olivares que parecían sedientos y que subían por las colinas hasta que los detenían las rocosas laderas de la montaña. El puente cruzaba por encima de la carretera, por él pasaba otro camino y tenía una altura de por lo menos tres pisos.
lunes, 1 de febrero de 2021
Patricia Highsmith / La heroína
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| Ilustración de Viktor Sheleg |
Patricia Highsmith / Señora Afton, entre tus verdes laderas
Patricia Highsmith / Gritos de amor
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| Two Old Women, 1920 Adolphe W. Blondheim Smithsonian American Art Museum |
Hattie tiró de la cadenita de la lámpara de mesa, estiró la sábana hacia sus hombros y permaneció tendida, tensa, esperando que se calmaran la tos y los resuellos de Alice.
—Alice —murmuró.
No hubo respuesta. Sí, ya estaba durmiendo, aunque siempre afirmaba que no cerraba el ojo antes de que el reloj del cuarto diera las once.




























