Allen, en 2019 en Bilbao junto a la Eddy Davis New Orleans Jazz Band WOODY ALLEN, LA NEUROSIS QUE TOCA EL CLARINETE
Hay cineastas que poseen un universo. Él tiene casi un barrio privado dentro de ese universo
Miguel Ángel Herrera
19 de septiembre de 2026
Más bien parece Woody Allen un señor al que hemos llamado para arreglar una avería en la cocina y ha terminado explicándonos en el salón que la verdadera avería somos nosotros. Ha logrado de la debilidad una musculatura única. Ahora viene a rodar a Madrid, que algo de novia última va a tener en su cine neurótico y urbano. No está en su época mejor, pero es Woody Allen. Mientras Hollywood fabricaba hombres que paraban un tren con los bíceps, Allen se nos apareció con la sabiduría de no atinar al abrir el frasco de las aspirinas. Tenía miedo de las mujeres, del cáncer, de Dios, de los restaurantes malos, de los restaurantes buenos, del sexo, de la soledad y, sobre todo, mucho miedo de morirse mañana mismo.
Y luego está Nueva York. Manhattan filmado por Woody Allen tiene algo de mujer imposible, porque resulta elegante, inteligente, carísima y seguramente enamorada de otro. Si ves el Manhattan de Allen, incluso la lluvia parece haber leído a Chejov. Convirtió Nueva York en una ciudad donde todo el mundo había leído demasiado para ser resueltamente feliz. En sus películas uno podía salir de una exposición, enamorarse, cometer adulterio, discutir sobre Bergman y regresar a casa con la sensación de que la existencia era un fracaso, pero un fracaso estupendamente iluminado, eso sí. Antes de Woody Allen, un neurótico era un hombre con problemas, y farmacopea. Después de Woody Allen podía ser también un seductor. Nos enseñó que la inteligencia, bien administrada, podía suplir algunos centímetros de estatura y hora y media gimnasio. El hombre delgado, enclenque, descubrió que una cita de Dostoievski también podía servir de buen perfume. Aunque abusara de perfume. Porque Woody Allen ha abusado maravillosamente de Woody Allen. «Hay que ser brillantemente monocorde», arriesgó el clásico. Pues eso. Allen ha repetido obsesiones, triángulos, adulterios, escritores, profesores, muchachas, restaurantes, psiquiatras y clarinetes.
Hay cineastas que poseen un universo. Él tiene casi un barrio privado dentro de ese universo. Lleva más de sesenta años mudándose de piso, pero sin cambiar de calle. Ahora viene Madrid, rodará aquí la película 51. Llega así una contradicción con gafas, pero una contradicción que no ha parado de rodar. Estamos ante un intelectual que hizo comedia, ante un pesimista que no se cansa, ante tímido que nos da sus intimidades para el espectáculo. La contradicción que se llama Allen va y se pone a ratos a tocar el clarinete. El clarinete es el instrumento exacto para Woody Allen, una artesanía delgada, oscura, ligeramente nasal y con aspecto de haber leído a Kafka. Hace ya rato que no necesita actuar en sus películas. Pero eso da igual. Está incluso cuando no aparece. Sobre todo, si no aparece. Basta una habitación con biblioteca, una pareja que empieza a aburrirse, una copa de vino, una lámpara cálida y alguien preguntándose si se ha casado con la persona equivocada. Entonces entra Woody Allen. Sin entrar. He ahí la definitiva victoria de un estilo.
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