sábado, 30 de enero de 2021

Patricia Highsmith / Los pájaros a punto de emprender el vuelo

 

Young Man Readin a Letter
Dietz Edzard

Patricia Highsmith 

BIOGRAFÍA 

Los pájaros a punto de emprender el vuelo

    (The Birds Poised to Fly)

Todas las mañanas, Don abría el buzón, pero nunca había carta de ella.
    «No habrá tenido tiempo», se decía. Repasaba mentalmente todo lo que ella debía hacer: transportar sus pertenencias de Roma a París, instalarse en un piso que sin duda había buscado en aquella ciudad antes del traslado; probablemente trabajar unos días en su nuevo empleo, antes de encontrar tiempo e inspiración para contestar a sus cartas. Pero finalmente pasaron los días que, estirando al máximo, pudo imaginar ocupados en todos esos menesteres. Y transcurrieron tres más y no llegó ninguna carta.
    «Espera hasta estar bien decidida —se dijo—. Naturalmente, antes de ponerse a escribir quiere estar segura de lo que siente».
    Había escrito a Rosalind hacía trece días, diciéndole que la quería y deseaba casarse con ella. Tal vez esto era algo precipitado, en vista del poco tiempo que pasaron juntos, pero Don pensaba que le había escrito una carta apropiada, sin ejercer presión, explicando simplemente sus sentimientos. En fin de cuentas, hacía dos años que la conocía, o, mejor dicho, la conoció hacía dos años en Nueva York. La volvió a ver en Europa el mes anterior; estaba enamorado y quería casarse con ella.
    Desde su regreso de Europa, tres semanas atrás, había visto sólo a uno o dos de sus amigos. Estaba muy ocupado haciendo planes sobre él y Rosalind. Ella era diseñadora industrial y le gustaba Europa. Si prefería quedarse allí, Don podía arreglárselas para vivir también en aquel continente. Su francés no estaba mal. Su empresa, Dirksen and Hall, de asesoramiento en ingeniería, tenía incluso una oficina en París. Todo podía arreglarse sin complicaciones. Con sólo obtener el permiso de llevarse allá algunas de sus cosas —libros, alfombras, tocadiscos, algunos instrumentos de dibujo y herramientas— el traslado estaría hecho. Don sentía que no había medido aún la plena extensión de su dicha. Cada día le parecía como el progresivo alzamiento de una cortina que iba revelando un paisaje magnífico. Deseaba que Rosalind estuviera con él cuando finalmente pudiera verlo por entero. Había solamente una cosa que le impedía correr de una vez, en aquel mismo momento, hacia ese paisaje: el hecho de que no poseía ni siquiera una carta suya para llevarse con él. Escribió de nuevo a Roma y puso en el sobre, en italiano: «Favor de transmitir». Probablemente a aquellas horas estaría ya en París, pero sin duda había dejado en Roma su nueva dirección para que le mandaran la correspondencia.
    Transcurrieron dos días más sin carta alguna. Hubo sólo una de su madre, desde California, un anuncio de una tienda de licores y un boletín de propaganda para unas elecciones locales. Sonrió levemente, cerró de golpe el buzón y se marchó al trabajo. Nunca se sentía triste en el momento de descubrir que no había carta. Experimentaba una rara sorpresa, como si ella le jugara una inocente broma y retuviera un día más su carta. Luego, al darse cuenta de que tenía nueve horas por delante, hasta regresar a casa y mirar si había llegado un aviso de entrega inmediata, le caía encima como un peso y de repente se sentía cansado y sin ánimos. Después de tanto tiempo Rosalind no le escribiría por correo urgente. No quedaba más remedio que aguardar hasta la mañana siguiente.
    A la mañana siguiente vio una carta en el buzón. Pero era la invitación a una exposición. La rasgó en pedacitos que estrujó dentro de su puño.
    En el buzón contiguo al suyo había tres cartas. Recordó que estaban allí desde el día anterior. ¿Quién era ese Dusenberry que no se preocupaba de recoger su correo?
    Esa mañana, en la oficina, se le ocurrió una idea que le levantó el ánimo: tal vez por error pusieron su carta en el buzón contiguo. El cartero abría todos los buzones de una hilera, antes de repartir, y por lo menos una vez Don había encontrado en su buzón una carta dirigida a otro inquilino. Empezó a sentirse optimista. La carta de Rosalind diría que ella también lo quería. ¿Cómo podía ser de otra manera, puesto que habían sido tan felices juntos en Saint-Jean-les-Pins? Le cablegrafiaría: «Te quiero, te quiero». No, le telefonearía, pues su carta llevaría su dirección de París, tal vez también la de su oficina, y así sabría dónde llamarla. Cuando conoció a Rosalind, hacía dos años, en Nueva York, habían salido dos o tres veces a cenar juntos y al teatro. Luego, ella no había aceptado más invitaciones, de modo que Don supuso que había otro hombre que le gustaba más a ella. Entonces no le importó mucho. Pero cuando por pura casualidad la encontró en Saint-Jean-les-Pins, las cosas fueron completamente distintas. Había sido amor a segunda vista. La prueba era que Rosalind se había librado de tres personas con las que estaba —otra muchacha y dos hombres—, los había dejado ir sin ella a Cannes y se había quedado con él en Saint-Jean-les-Pins. Pasaron juntos cinco días perfectos y Don dijo:
    —Te quiero.
    Y Rosalind lo dijo también una vez.
    Pero no hicieron planes para el futuro ni hablaron siquiera de cuándo podrían volver a verse. ¿Cómo pudo ser tan estúpido? La verdad es que ahora deseaba haberte pedido que se acostara con él. Pero sus emociones habían sido mucho más serias. Cualquier pareja puede tener una aventura durante unas vacaciones. Estar enamorado y querer casarse es cosa distinta. Presumió, por su manera de comportarse, que ella sentía lo mismo. Rosalind era tranquila, sonriente, de cabello castaño, estatura mediana, pero daba la impresión de ser alta. Era inteligente, nunca haría una tontería, nada impulsivo, creía Don. Él tampoco le propondría el matrimonio en un impulso. Casarse era algo acerca de lo cual se piensa por un tiempo, semanas, meses, acaso un año o dos. Creía que había pensado en su propuesta de matrimonio mucho más tiempo que los cinco días en Saint-Jean-les-Pins. Creía que Rosalind Farnes era una muchacha o una mujer (contaba veintiséis años y él veintinueve) sensata, que su trabajo tenía mucho en común con el suyo y que había todas las posibilidades de que fueran felices.

    Aquella tarde, las tres cartas seguían en el buzón de Dusenberry; Don buscó el timbre y lo apretó firmemente. Aunque no hubiese recogido el correo, tal vez estuviera en casa.
    No hubo respuesta.
    Al parecer, Dusenberry, o los Dusenberry, estaban ausentes.
    Tal vez el administrador le dejaría abrir el buzón. No, no lo permitiría. De todos modos, el administrador no tenía las llaves de los buzones.
    Una de las cartas parecía ser un sobre aéreo de Europa. Era exasperante. Don pasó un dedo por una de las estrechas rendijas de la puerta del buzón y trató de abrirla. No lo logró. Puso su propia llave en la cerradura y trató de darle vuelta. Se oyó un chasquido del cerrojo, que se movió, abriendo un centímetro la puerta, pero no más. Don tenía en la mano las llaves de su apartamento y colocó una de ellas entre la puerta del buzón y su marco, a modo de palanca. La puerta se dobló lo bastante para que pudiera alcanzar las cartas. Las cogió y luego apretó la puerta todo lo que pudo con el fin de enderezarla. Ninguna de las cartas era para él. Las miró, temblando como un ladrón. Luego se puso una en el bolsillo, metió las otras en el buzón y entró en el edificio. Los ascensores estaban en un recodo del vestíbulo. Don encontró uno vacío, disponible, y subió hasta el tercer piso.
    El corazón le golpeaba el pecho al cerrar la puerta de su apartamento. ¿Por qué había tomado una carta? Desde luego, la volvería a meter en el buzón. Parecía una carta personal, pero venía de Norteamérica. Miró la dirección, escrita con una letra fina, azul: R. L. Dusenberry, etc. Y la dirección del remitente, en el dorso del sobre: Edith W. Whitcomb, 717 Garfield Drive, Scranton, Pennsylvania. La chica de Dusenberry, se dijo en seguida. Era una carta gruesa dentro de un sobre cuadrado. Debía devolverla en seguida al buzón. Y ¿qué hacer con el buzón abollado? Bueno, después de todo no se había robado nada. Romper un buzón era un delito grave, pero no faltaba nada. Podrían componerlo con unos cuantos martillazos.
    Don sacó del armario un traje para llevarlo a la tintorería y recogió la carta de Dusenberry. Pero al tener la carta en la mano, sintió repentina curiosidad por su contenido. Antes de darse tiempo de avergonzarse, fue a la cocina y puso agua a hervir. La solapa del sobre se despegó y curvó limpiamente, con el chorro de vapor; Don era paciente. La carta se componía de tres hojas manuscritas por ambos lados.
    Empezaba así:

 
   Querido:
    Te echo tanto de menos que tengo que escribirte. ¿Has decidido ya realmente cuáles son tus sentimientos? Dijiste que pensabas que todo se desvanecería para los dos. ¿Sabes lo que yo siento? Lo mismo que sentía la noche que nos detuvimos en el puente y observamos cómo se encendían las luces de Bennington…



    Don leía con incredulidad, fascinado. La chica estaba locamente enamorada de Dusenberry. Esperaba que él contestara, que le hiciera un signo. Hablaba de la ciudad de Vermont en donde habían estado, y Don se preguntó si se conocieron allí o si habían ido juntos. «¡Dios mío! —pensó—. Si Rosalind me escribiera una carta como ésta…». Al parecer, en este caso, era Dusenberry quien no quería escribir. A juzgar por la carta, Dusenberry no había escrito ni una vez desde que se vieron. Don cerró cuidadosamente el sobre con goma y se lo puso en el bolsillo.
    Repetía mentalmente el último párrafo:
 

   No creí que volvería a escribirte, pero acabo de hacerlo. Tengo que ser sincera, porque así es como soy.


    Don creía que así era él también. El párrafo continuaba:


    ¿Recuerdas o has olvidado? ¿Quieres volver a verme o no? Si no sé nada de ti en unos días, ya tendré la respuesta.
    Con mi amor para siempre,
    EDITH

    Miró la fecha del matasellos. Había puesto la carta al correo hacía seis días. Pensó en la muchacha llamada Edith Whitcomb pasando ansiosamente los días, tratando de convencerse de algún modo que la demora en contestar estaba justificada. Seis días. Y sin embargo, todavía esperaba. En ese mismo momento estaba esperando, ahí, en Scranton, Pennsylvania. ¿Qué clase de hombre era Dusenberry? ¿Un Casanova? ¿Un hombre casado que deseaba terminar una aventura? ¿Cuál de los seis u ocho hombres que había atraído su atención en el edificio era Dusenberry? ¿Uno del par de tipos sin sombrero que salían a toda prisa a las ocho y media de la mañana? ¿El hombre más tranquilo que llevaba un sombrero de fieltro? Don nunca se fijaba mucho en sus vecinos.
    Contuvo el aliento y por un instante le pareció sentir el aguijón de la soledad y la esperanza amenazada de la muchacha, sentir en sus propios labios el último aleteo de esperanza. Con una palabra podía hacerla feliz. Mejor dicho, Dusenberry podía…
    —¡Cabrón! —murmuró.
    Dejó el traje sobre una silla, se acercó a su mesa de trabajo y escribió en un pedazo de papel: «Edith, te quiero». Le gustó verlo allí, escrito, legible. Sintió como si con esto se resolviera un asunto importante que hasta entonces había estado en equilibrio precario. Don estrujó la nota y la arrojó a la papelera.
    Luego, bajó, empujó la carta en el buzón y llevó el traje a la tintorería. Caminó un largo trecho, Segunda Avenida arriba; se cansó y siguió andando hasta los linderos de Harlem, en donde tomó un autobús hacia el centro de la ciudad. Tenía hambre, pero no le venía a la mente nada que le apeteciera comer. Deliberadamente, no fijaba su pensamiento en nada. Aguardaba a que pasara la noche y a que la mañana trajera la próxima distribución del correo. Pensaba vagamente en Rosalind. Y en la muchacha de Scranton. Era una lástima que la gente tuviera que sufrir tanto por sus emociones. Como él mismo. Pues, aunque Rosalind lo hizo tan feliz, no podía negar que las últimas tres semanas habían sido un tormento. Sí, Dios mío, hacía veintidós días. Se sentía extrañamente avergonzado al reconocer que hacía veintidós días. ¡Extrañamente avergonzado! No había nada extraño en ello, si se atrevía a encarar los hechos. Se sentía avergonzado de la posibilidad de haberla perdido. Hubiera tenido que decirle bien definidamente, en Saint-Jean-les-Pins, que no sólo la quería, sino que deseaba casarse con ella. Tal vez la había perdido por no habérselo dicho.
    Esta idea le hizo apearse del autobús. Apartó del espíritu esa horrible, mortal, posibilidad; la mantuvo fuera de su mente y de su cuerpo a fuerza de caminar.
    Súbitamente, tuvo una inspiración. Su idea no iba muy lejos, no tenía un objetivo inmediato, sino que era una especie de proyecto para la velada y empezó a desarrollarlo. Andando hacia su casa, trataba de imaginar exactamente lo que Dusenberry escribiría a la señorita Whitcomb si hubiese leído su última carta y si Dusenberry le respondiera, no necesariamente que la quería, sino que le importaba lo bastante para desear verla de nuevo.
    Le llevó unos quince minutos redactar la carta. Decía que había estado sin escribir todo aquel tiempo porque no se sentía seguro de sus propios sentimientos ni de los de ella. Agregaba que deseaba verla de nuevo antes de decirle nada más y le preguntaba cuándo podría verla. No logró recordar el nombre de pila de Dusenberry, si es que la chica lo había usado en su carta, pero recordó que en el sobre se leía «R. L. Dusenberry» y firmó sencillamente con una R.
    Mientras escribía la carta, no pensaba enviarla, pero al leer las palabras anónimas, escritas a máquina, empezó a considerar la posibilidad de hacerlo. Era tan poco darle esto y parecía tan inofensivo: «¿Cuándo podemos volver a vernos?». Pero era también fútil y falso, evidentemente. A Dusenberry no le importaba y nunca le importaría, pues de lo contrario no hubiese dejado transcurrir seis días. Si Dusenberry no reanudaba la relación en el mismo punto en que la abandonó, sería prolongar una irrealidad. Don miró a la R y se dio cuenta de que lo único que deseaba era una respuesta de Edith, una sola respuesta positiva y feliz. Por esto escribió a máquina debajo de la carta:


    P. S. Escríbeme a: Atn. Dirksen y Hall, Edificio Chanin, Nueva York, NY.


    Si Edith contestaba, se haría de algún modo con la carta. Y si no respondía en unos días, significaría que Dusenberry le había escrito. O si llegaba una carta de Edith, Don podría terminar el asunto lo menos penosamente posible. Tendría que hacerlo.
    Una vez hubo puesto la carta al correo, se sintió completamente libre de ella y en cierto modo aliviado. Durmió bien y se despertó con la convicción de que en el buzón encontraría una carta. Cuando comprobó que no había ninguna (por lo menos, ninguna de Rosalind, solamente un recibo de teléfonos), sintió una rápida y sencilla desilusión, una exasperación que no había experimentado otras veces. Ahora no encontraba ninguna razón por no haber recibido carta.
    A la mañana siguiente halló en la oficina una carta de Scranton. Don la vio sobre la mesa de la recepcionista y la tomó; la recepcionista estaba tan ocupada, en aquel momento, con el teléfono, que no hizo ninguna pregunta y ni siquiera lo miró.
    «Querido mío», empezaba, y apenas le fue soportable leer el alud de sentimientos. Dobló la carta antes de que alguien, en el departamento de ingeniería donde trabajaba, lo viera leyéndola. Le gustaba y le desagradaba al mismo tiempo tener la carta en el bolsillo. Se repetía que no había realmente esperado recibirla, pero sabía que eso no era verdad. ¿Por qué no hubiese escrito, ella? Sugería que fueran juntos a algún lugar, el siguiente fin de semana (evidentemente, Dusenberry era libre como el viento), y le pedía que fijara el lugar y la hora.
    Mientras trabajaba, pensó en ella, en la ardiente, palpitante feminidad incógnita de Scranton a la que podía manipular con una palabra. ¡Qué ironía! Y ni siquiera podía hacer que Rosalind le contestara desde París.
    —¡Dios mío! —murmuró, y se levantó de su mesa.
    Dejó la oficina sin avisar a nadie.
    Acababa de pensar en algo fatal. Se le había ocurrido que, durante todo ese tiempo, Rosalind podía estar pensando en cómo decirle que no le quería, que nunca lo amaría. No lograba sacarse esta idea de la cabeza. Ahora, en vez de imaginar su rostro feliz, asombrado o secretamente complacido, la veía frunciendo el ceño ante la difícil tarea de escribir una carta que rompiera su relación. La veía sopesando las frases con que hacerlo del modo más suave posible.
    La idea lo trastornó tanto que aquella velada no pudo hacer nada. Cuanto más pensaba en ello, más probable le parecía que Rosalind estuviera escribiéndole o pensando en escribirle poniendo fin a todo. Imaginaba los pasos exactos con que había llegado a esta decisión: tras el breve período de echarlo de menos, llegó a la comprobación de que podía vivir sin él, ocupada con su trabajo y sus amigos en París, como sabía que estaba. Además, tuvo que desalentarla la circunstancia de que él se hallara en América y ella en Europa. Pero, por encima de todo, debía de estar el hecho de descubrir que, en fin de cuentas, no lo quería. Esto debía ser cierto, pues no se pospone por tanto tiempo escribir a alguien por quien se siente algo.
    Repentinamente, se levantó, mirando al reloj como algo contra lo que se lucha. Eran las ocho y diecisiete de la tarde del 15 de septiembre. Este hecho atenazaba su cuerpo tenso, sus puños apretados. Veinticinco días, tantas horas, tantos minutos, desde su primera carta… Su mente se sacudió este peso y se concentró en la muchacha de Scranton. Le debía una respuesta. Volvió a leer más cuidadosamente su carta, deteniéndose sentimentalmente en tal o cual frase, como si le importara profundamente su amor en suspenso y sin esperanza, casi como si fuera el suyo propio. Ahí tenía a alguien que le rogaba que le diera día y lugar para verse. Ardiente, ávida, cautiva solamente de sí misma, era un pájaro a punto de emprender el vuelo. Súbitamente, fue al teléfono y dictó un telegrama:


    Nos encontraremos en la estación Grand Central, entrada de Lexington, viernes seis, tarde. Cariños, R.


   Viernes era pasado mañana.
    El jueves no hubo carta —carta de Rosalind— y ahora ya no tenía el valor, o acaso la energía física, de imaginar lo que fuese acerca de ella. Había, eso sí, dentro de él, su amor, intacto y pesado como una roca. Tan pronto como se levantó, el viernes, pensó en la muchacha de Scranton. Debía de estar levantándose, también; luego prepararía la maleta o, si iba al trabajo, se movería todo el día en un mundo de ensueño, el mundo de Dusenberry.
    Cuando se acercó al buzón, vio el borde azul y rojo de un sobre aéreo, y sintió una lenta, casi penosa sacudida. Abrió el buzón y sacó despacio el sobre, con manos que le temblaban y que dejaron caer al suelo las llaves.
    La carta tenía solamente una quincena de líneas escritas a máquina:


    Don:
    Siento mucho haber esperado tanto en contestar tu carta, pero he estado muy ocupada. Sólo hoy he terminado de instalarme y comenzado a trabajar. Ante todo, me demoré en Roma y luego ha sido un infierno el organizar mi apartamento aquí, debido a huelgas de los electricistas y quién sabe quién más.
    Eres un ángel, Don. Lo sé y no lo olvidaré. No olvidaré tampoco nuestros días en la Cote. Pero, querido, no puedo verme a mí misma cambiando de repente y radicalmente mi modo de vivir para casarme aquí o en cualquier otro lugar. No me es posible ir a los Estados Unidos por Navidad, porque aquí hay mucho trabajo, y ¿por qué deberías tú desarraigarte de Nueva York? Tal vez por Navidad, tal vez cuando recibas esta carta tus sentimientos habrán cambiado algo.
    Pero ¿volverás a escribirme? No dejes que mi carta te haga desgraciado. ¿Podremos vernos alguna vez? ¿Acaso inesperada y maravillosamente, como en Saint-Jean-les-Pins?
    ROSALIND


    Se metió la carta en el bolsillo y se lanzó a la calle. Sus pensamientos eran un caos, signos de abatimiento mortal, gritos de una muerte silenciosa, órdenes confusas a un ejército en derrota de que se reorganizara antes de que fuese demasiado tarde, de que no abandonara, que no muriera.
    Una idea salió claramente de todo esto: la había asustado. Su estúpida, irrestricta confesión, su torrente de planes la habían dispuesto contra él. Si hubiese dicho la mitad de lo que dijo habría comprendido cuánto la quería. Pero había ido a lo concreto. Le había escrito: «Querida, te adoro. ¿Puedes venir a Nueva York por Navidad? Si no puedes, iré a París. Quiero casarme contigo. Si prefieres vivir en Europa, lo arreglaré para vivir allí también. Puedo hacerlo fácilmente…».
    ¡Qué imbécil había sido!
    Su espíritu se ocupaba ya en corregir el error, estaba ya redactando su próxima carta, casual, afectuosa, que dejara a Rosalind espacio para respirar. Le escribiría esa misma tarde, cuidadosamente, y sería la carta adecuada.
    Aquella tarde Don dejó la oficina algo temprano, y llegó a su casa pocos minutos después de las cinco. El reloj le recordó que la muchacha de Scranton estaría en Grand Central a las seis. Debería ir a recibirla, pensó, aunque no sabría decir por qué. Seguro que no hablaría con ella. Ni siquiera la conocería si la veía. Pero la estación, más bien que la muchacha, le atraía como un firme y suave imán. Comenzó a cambiarse. Se puso su mejor traje, buscó vacilante entre las corbatas y sacó una azul. Se sentía débil y tambaleante, algo así como si estuviera evaporándose al igual que el sudor fresco que continuaba formándose en su frente.
    Caminó hacia la calle 42.
    Vio a dos o tres muchachas, en la entrada de la estación, avenida Lexington. Cualquiera de ellas podía ser Edith W. Whitcomb. Trató de ver si en su equipaje había alguna maleta con iniciales, pero no vio ninguna. Una de las chicas saludó a la persona a la que había estado aguardando y Don tuvo entonces la seguridad de que Edith era la chica rubia con abrigo negro y una boina con insignia militar. Sí, había en sus grandes ojos redondos una ansiedad que no podía tener otro origen que la espera de alguien a quien amaba ansiosamente. Su apariencia era la de una muchacha soltera, de unos veintidós años, fresca, esperanzada… Sí, la esperanza era lo que la distinguía. Llevaba un maletín, lo apropiado para un fin de semana. Rondó cerca de ella por unos minutos y ella ni le miró. Estaba a la derecha de las grandes puertas, por el lado interior, y se ponía de puntillas de vez en cuando, para ver por encima de la multitud apresurada y apretada. Un rayo de luz que entraba por las puertas mostraba su mejilla redonda y sonrosada, el brillo de su cabello, la impaciencia de su tensa mirada. Eran ya las seis y treinta y cinco.
    Claro que a lo mejor no era ella, se dijo. Luego se sintió súbitamente aburrido, vagamente avergonzado, y se marchó hacia la Tercera Avenida, para comer algo o por lo menos tomar una taza de café. Entró en un café. Había comprado un periódico y lo abrió mientras esperaba que le sirvieran. Pero cuando llegó la camarera, se dio cuenta de que no deseaba nada y se levantó susurrando una excusa. Iría a ver si la muchacha estaba todavía allí, pensó. Esperaba que no fuera así, porque había utilizado un vil engaño. Si la encontraba aún allí debería confesarle lo que había hecho.
    Allí estaba. En el momento en que la vio, la chica comenzó a caminar, cargando su maletín, hacia la garita de información. La vio darle la vuelta y regresar de nuevo a su puesto de observación junto a las puertas y luego moverse hacia el otro lado de la entrada, como si esto tuviera que darle suerte. La hermosa, alada línea de sus cejas estaba ahora tirante, en un ángulo de espera torturada, de desesperanzada esperanza.
    «Pero todavía queda ese destello de esperanza», se dijo Don, y por sencillo que fuese, le pareció esto el concepto más poderoso, la verdad más poderosa que jamás se le había ocurrido.
    Pasó por delante de ella y ahora la chica lo miró de pasada e inmediatamente miró más allá, al otro lado de la avenida Lexington y al espacio. Se fijó en que sus jóvenes ojos redondos brillaban con las lágrimas.
    Con las manos en los bolsillos, volvió a pasar despacio delante de ella, mirándola fijamente al rostro, y cuando ella le devolvió una mirada irritada, le sonrió. Los ojos de la chica volvieron a mirarle, sorprendidos e irritados, y él rió, con una risa breve que simplemente se le escapó. Pero igual habría podido llorar, pensó. Sólo que había reído. Sabía lo que la muchacha sentía. Lo sabía exactamente.
    —Lo lamento —dijo.
    Ella se estremeció y lo miró fijamente, con extrañada sorpresa.
    —Lo lamento —repitió, y se dio la vuelta.
    Cuando se volvió para mirarla, la encontró fijándole la vista, con un fruncimiento del ceño que era, más que de asombro, casi de miedo. Luego, ella miró hacia otro lado y se estiró de puntillas para atisbar por encima de las cabezas, y lo último que Don vio de ella fueron sus ojos brillantes expresando una esperanza decidida, sin sentido, a la que se abandonaba…
    Al subir por la avenida Lexington, Don lloró. Ahora sus ojos eran exactamente como los de la muchacha, se dijo, brillantes con una esperanza incansable. Levantó con orgullo la cabeza. Esta noche tenía que escribir su carta a Rosalind. Empezó a redactarla mentalmente.


Patricia Highsmith, Once


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