jueves, 17 de septiembre de 2026

Griselda Gambaro / El odio es poca cosa

 


Griselda Gambaro
EL ODIO ES POCA COSA

    Le clavaba las espuelas en los ijares, no sabía por qué razón con más fuerza en el flanco izquierdo. Y de tanto clavarle las espuelas, el filo había producido en ese mismo lado una herida de feo aspecto. Descansaba mal porque la herida le provocaba un ardor, una quemazón dolorosa cuyas ramificaciones le subían a veces hasta el muslo, y qué decir cuando recorrían distancias. Si el caballo hubiera podido pensar, se habría preguntado por qué ese clavar de espuelas para que galopara si estaba dispuesto a hacerlo solo con sentir aflojarse las riendas, incluso con una leve presión de las piernas. Un propietario anterior, aficionado al vino, así lo había entendido, y la concordia entre jinete y cabalgadura había sido total. Pero ese jinete, en una de sus borracheras durante un partido de cartas, había jugado su caballo como apuesta y la había perdido.


    Así, por doble azar, uno de ellos el del infortunio, había pasado a otras manos. Su nuevo dueño había resultado ser un hombre hosco, reservado, y de carácter con frecuencia violento. Un hombre orgulloso también, que despreciaba atarse a un trabajo fijo, se ofrecía de puesto en puesto, a veces por la comida y un rincón para dormir; sin preferencias, los lugares le eran indiferentes y no paraba en ninguno, salvo que se enredara por un tiempo, no demasiado prolongado, con alguna mujer de las cercanías. Ni aun en esos momentos se dulcificaba. Nunca acariciaba al caballo, jamás una palmada en el cuello cuando venía a buscarlo al amanecer para trabajar en el puesto o partir. Ya fuera una cosa u otra, lo ensillaba, apretándole las cinchas con furia y por lo tanto con exceso, y si había decidido partir, partía con urgencia incomprensible, espoleándolo hasta dejarlo exhausto en los caminos que en alguna oportunidad obviaba para internarse en campos de hierbas hirsutas, de espinos con gruesas agujas que lastimaban sus costados mientras que a él, protegido con perneras de cuero, lo salvaban indemne.

    Con el suceder de los días, el caballo comenzó a almacenar odio. El de los animales, cuando están domesticados, es un odio particular, reconcentrado y a la espera de venganza.
    Un día, al atravesar una colina, a riesgo de romperse una de las patas, el caballo resbaló adrede sobre unas piedras. Se deslizó varios metros y cayó pesadamente con las patas en el aire. Quería aplastar al hombre, que el cuerpo odiado terminara en la rodada con las costillas rotas y la respiración interrumpida. Pero el hombre, sin revelar susto, maldiciendo, se puso de pie en seguida, apenas con una lastimadura en la frente. Tironeando de las riendas, lo obligó a levantarse, y como el caballo no obedecía con prontitud, lo castigó a rebencazos hasta que se sostuvo sobre sus cuatro patas.
    El hombre no cesó por eso, se tocó la lastimadura, tan leve que no le marcaría cicatriz, tomó aliento y siguió con su castigo por simple crueldad o como si supiera que la caída había sido adrede. Mostró una de sus escasas sonrisas mirando al animal a quien cada golpe le hablaba de su odio y del fracaso de su odio. Pero con su odio reconcentrado, el animal esperaría. Lo tendría a su alcance alguna vez, desprevenido, y con una coz de fuerza bárbara acabaría con él. Sin embargo, aun fraguando venganzas, era manso aunque detestara su mansedumbre.
    En esa ocasión, cuando el hombre montó de nuevo sobre la silla, le clavó las espuelas, con más saña en su herida del costado izquierdo, y el caballo relinchó de dolor. El hombre, que no reía nunca, lanzó una carcajada, contento de haber provocado dolor, de que el caballo lo odiara.
    Cuando la herida supuró en el flanco del caballo, las moscas acudieron; los movimientos nerviosos de su cola no lograban ahuyentarlas, se retiraban un segundo y volvían. A este penar, el caballo sumó su odio triste, la persistente nostalgia de una andadura pacífica, de un trote agradable, siempre las espuelas clavándose en sus ijares y los rebencazos en el anca. No había justificación para la urgencia que llevaba a su jinete de un lugar a otro en cabalgatas extenuantes, no buscaba ayuda para una mujer a punto de dar a luz, ni siquiera porque una fiesta o baile lo aguardara en un rancho distante o lo moviera la inquietud de una pasión. Ensillaba en los amaneceres, incluso en noches cerradas, sin guardarse de la lluvia o las tormentas, y de nuevo el filo de las espuelas, los rebencazos sobre el lomo para una prisa sin sentido porque arribaban a fincas aún en sombras o, en la claridad del día, a lugares que no lo esperaban, aunque siempre le ofrecían agua y comida, y en ocasiones lo empleaban para la yerra, el arreo de ganado, tareas en la cosecha.
    Descabalgaba, bebía agua y comía, sin una mirada hacia el caballo. No le importaba si estaba transpirado con un sudor blanquecino, no le brindaba agua ni le quitaba la montura. En días de canícula lo abandonaba al sol. El caballo creía que iba a morir, que la fatiga y la sed lo desplomarían. Pero aguantaba, los ollares tan secos como la garganta.
    Los peones de la finca observaban; alguien, más atrevido, formulaba un reparo y el hombre lo recibía ceñudo, seguía comiendo en cuclillas y al terminar, solo entonces, se acercaba al caballo con pasos lentos, le quitaba la montura y lo ataba a la sombra. Por lo general, el mismo peón que había censurado medidamente su negligencia, voluntarioso y sin decir palabra, quizás porque el ceño fruncido y el aspecto hosco intimidaban, le pedía permiso con un gesto, secaba la transpiración del caballo, ponía bajo su boca un balde con agua que le hacía beber poco a poco, lo trasladaba igualmente a la sombra pero en un terreno con pastos.
    El caballo se arrimaba al peón con el deseo de quedarse con él. Recordaba que su dueño anterior, el que había sido afecto a la bebida, lo había jugado en una partida de naipes y anheló que se repitiera la circunstancia, que ese hombre al que odiaba se emborrachara y lo jugara a pérdida o lo vendiera para procurarse una compañía fugaz, la de una mujer que por dinero, durante un rato de la tarde o de la noche, simularía interés.
    El peón registró la herida en el costado del caballo, la limpió hábilmente sin causarle dolor y la cubrió con un emplasto que ahuyentaría las moscas. Agradecido, el caballo bajó la cabeza y delicadamente topó al peón con la testuz.
    El hombre, que miraba de lejos, no interfirió. Si bien en otro momento, con un humor diferente, se hubiera enlazado en una pelea, en este la evitó, que otro cuidara de su caballo no lo ofendía, en esa bestia no estaba puesto su orgullo, solo su malevolencia.
    Partieron al día siguiente, con la urgencia, mortificante para el caballo, de buscar un lugar que al hombre no le importaba.
    Sin embargo, en una gran finca, de aspecto próspero, el hombre se demoró, primero un día, luego otro, y después varias semanas. El caballo, que no era exigido, se 
repuso en ese tiempo, pastaba en el campo con otros animales mientras su dueño efectuaba tareas a pie desmalezando sembradíos. Sin darse cuenta, el hombre, dado a mujeres fáciles, a contactos breves, se enamoró. Se volvió ansioso siguiendo a una muchacha que era la hija del capataz de la finca y con cualquier pretexto o con ninguno se acercaba a las casas. Ella no le prestó la mínima atención, a lo más reía al notar sus miradas codiciosas, tan suplicantes como las de un perro después de un castigo. Se atrevió a hablarle. «Bonita», dijo humilde, con la lengua trabada. Ella le clavó los ojos, desafiante, «Déjeme en paz», lo cortó con desdén y le dio la espalda. Él se quedó paralizado un momento y luego avanzó, entontecido, pálido bajo su tez oscura.

    El capataz no tardó en advertir su seguimiento codicioso, desesperado. Aunque había trabajo de sobra y faltaban peones, un anochecer, cuando regresaba de su tarea de desmalezar sembradíos y subrepticiamente se acercaba a las casas, lo despidieron. Él, que siempre se iba por su cuenta, sin avisar, preguntó: «¿Por qué?».
    El capataz no le contestó directamente, señaló hacia afuera, hacia el campo interminable. «Mañana no quiero verlo. Váyase», dijo.
    Él no durmió esa noche, dio vueltas insomne en el catre prestado. Al amanecer se levantó y se encaminó al corral. Con el estómago vacío no probó agua ni masticó una galleta.
    Cuando lo vio acercarse con la montura a esa hora del amanecer, la misma que había presagiado otras partidas, el caballo se estremeció, el hombre reabriría su herida ya curada, la despertaría a los grumos de sangre y a las moscas, y clavándole las espuelas como de costumbre, lo obligaría a emprender una de esas cabalgatas locas hacia ninguna parte.
    Pero el hombre ensilló, montó y partió al paso, con el cuerpo que al caballo le pareció más pesado que una pesada piedra. El caballo, que padecía también el vicio de la costumbre, aunque le fuera ingrata, aceleró al trote y su jinete lo retuvo por las riendas. Lo detenía y miraba hacia atrás. Así lo hizo hasta que la casa desapareció y luego los límites extensos de la finca. No cabalgó al trote y menos a la carrera sino al paso, deteniéndose muchas veces, reacio a alejarse. Y nunca clavó las espuelas, las piernas flojas fuera de los estribos.
    Hacia el mediodía, descabalgó junto a un cauce de agua y se sentó en la tierra con la cabeza agobiada sobre el pecho. El hombre despedía un olor desconocido para el caballo que solo estaba familiarizado con el olor de su crueldad. Lo había dejado suelto y no atinó a huir. De puro nervioso por ese olor que recibía, el caballo pegó dos coces en la tierra y estuvo a punto de alzarse sobre las patas, pero como el hombre estaba inmóvil, se tranquilizó y dirigiéndole miradas recelosas porque aún le temía, se atrevió a acercarse al cauce de agua, entró hasta las rodillas, bebió hasta saciarse.
    El hombre se echó de espaldas al suelo y colocó el brazo sobre su rostro. Estuvo tanto tiempo así que el caballo creyó que se había dormido, con suerte podría estar muerto. Oyó un sonido que nunca había escuchado. Cuando el hombre apartó el brazo, le vio los ojos líquidos, la piel mojada, y el pecho sacudido por extrañas contracciones que acompañaba con un golpe de puño. Rodó por la tierra hacia el caballo que percibió su movimiento y retrocedió con un corto relincho de alarma, todo podía esperarse de ese hombre a quien odiaba y tan violento que no se detendría ante un castigo injusto para descargar su furia. Pero no era furia la que descubrió en su rostro. Esto lo desconcertó tanto que perdió la oportunidad tantas veces deseada de destrozarle la cabeza —vulnerable a poca distancia de sus patas— con una coz precisa. Incluso no pudo o no quiso huir.
    El hombre, desde el suelo, se apropió de las riendas, se ayudó con ellas para incorporarse y se le prendió al cuello. El caballo recordó su crueldad. Si hubiera podido pensar, habría pensado que la urgencia de partir de un lado a otro lo había llevado al amor y el amor, sin darle nada, lo había secuestrado. Ya era cáscara. Entonces reconoció el olor, parecido quizás al que él mismo había exhalado en las largas cabalgatas mortificado por el sufrimiento.
    Cuando el hombre se separó, el rostro húmedo, el caballo avanzó hacia él y le tocó la cabeza.







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