viernes, 21 de octubre de 2022

Lucia Berlin / Espera un momento

 

Lucia Berlin en Oaxaca



Lucia Berlin 

ESPERA UN MOMENTO

  

  Los suspiros, el ritmo de nuestros latidos, las contracciones de parto, los orgasmos, acaban todos por acompasarse, igual que los relojes de péndulo colocados uno cerca del otro pronto sincronizan su vaivén. Las luciérnagas en un árbol se encienden y se apagan como una sola. El sol sale y se pone. La luna crece y mengua y el periódico suele caer en el porche a las seis y treinta y cinco de la mañana.


    El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos, quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio o en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano, o temblando en un balcón mientras fumas toda la noche. Miras al vacío, sentada en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo Belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día a día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo.
    Cuando alguien padece una enfermedad terminal, esa reconfortante inercia queda aniquilada. Demasiado rápido, no hay tiempo, te quiero, tengo que acabar esto, decirle aquello. ¡Espera un momento! Necesito explicar. ¿Y dónde está Toby, por cierto? O el tiempo se vuelve sádicamente lento. La muerte ronda alrededor mientras esperas que se haga la noche y luego esperas que se haga la mañana. Cada día te vas despidiendo un poco. Vamos, acaba de una vez, por el amor de Dios. Miras fijamente el tablero de Llegadas y Salidas. Las noches son interminables porque te despiertas al menor carraspeo o gemido, y luego te quedas en vela escuchándola respirar con tanta suavidad, como una criatura.

       Las tardes junto a la cabecera de la cama mides el tiempo por el ángulo de la luz del sol, ahora en la Virgen de Guadalupe, ahora en el desnudo al carboncillo, el espejo, el joyero tallado, el destello en el frasco de Fracas. El vendedor de camote silba abajo en la calle, y entonces ayudas a tu hermana a ir a la sala a ver el noticiero de Ciudad de México, y luego el informativo de Estados Unidos con Peter Jennings. Los gatos se acurrucan en su regazo. Lleva oxígeno, pero aun así el pelo de los animales hace que le cueste respirar.

    —¡No! No los ahuyentes. Espera un momento.
    Todas las noches después de las noticias, Sally lloraba. A lágrima viva. Seguramente no era mucho rato, pero en la dimensión temporal de su enfermedad el llanto se prolongaba sin solución de continuidad, doloroso y ronco. Ni siquiera recuerdo si al principio mi sobrina Mercedes y yo llorábamos con ella. Supongo que no, porque ninguna de las dos somos de llorar, pero la abrazábamos y la besábamos, le cantábamos. Intentábamos bromear.
    —Quizá deberíamos ver las noticias de Tom Brokaw, en vez de estas.
    Le preparábamos sus aguas, tés y cacao. No me acuerdo de cuándo dejó de llorar, poco antes de morir, pero entonces era horrible de verdad, el silencio, y no se acababa nunca.
    Cuando lloraba, a veces decía cosas como: «Lo siento, debe de ser la quimio. Una especie de acto reflejo. No hagáis caso». Otras veces, en cambio, suplicaba que lloráramos con ella.
    —No puedo, mi Argentina —decía Mercedes—. Pero mi corazón llora. Desde que sabemos que va a pasar, automáticamente nos endurecemos —fue muy caritativa al decir eso. A mí el llanto solo me volvía loca, sin más.
    Una vez, llorando, Sally se lamentó: «¡Nunca volveré a ver un burro!», y nos pareció tremendamente divertido. Ella se puso furiosa, estampó su taza y los platos, nuestros vasos y el cenicero contra la pared. Volcó la mesa de una patada, chillándonos. Zorras frías y calculadoras. Ni pizca de compasión o lástima.
    —Una pinche lágrima. Ni siquiera parecéis tristes —ahí ya empezaba a sonreír—. Sois unas sargentas. «Bébete esto. Toma un pañuelo. Vomita en la palangana».
    Por la noche la preparaba para acostarse, le daba pastillas, le ponía una inyección. Le daba un beso y la arropaba.
    —Buenas noches. Te quiero, mi sister, mi cisterna .
    Dormía en un cuartito, un gabinete, pegado a su dormitorio; la oía a través del fino tabique de mampostería, leyendo, tarareando, escribiendo. A veces lloraba, y esos eran los peores momentos, porque ella intentaba ahogar esos sollozos silenciosos y tristes con la almohada.
    Al principio iba e intentaba consolarla, pero entonces parecía que aún lloraba más, que se angustiaba. El somnífero le hacía un efecto rebote y la despertaba, agitándola y provocándole náuseas. Así que opté simplemente por hablarle desde el otro lado del tabique, le decía: «Sally. Querida Sal y pimienta. Salsa, no te pongas triste». Cosas por el estilo.
    —¿Te acuerdas en Chile, cuando Rosa nos calentaba la cama con ladrillos calientes?
    —¡Me había olvidado!
    —¿Quieres que te traiga un ladrillo?
    —No, mi vida, ya me duermo.



    Le hicieron una mastectomía y le dieron radioterapia, y durante cinco años estuvo bien. Realmente bien. Radiante y hermosa, feliz de la vida con Andrés, un hombre cariñoso. Nos hicimos amigas, por primera vez desde nuestra dura infancia. Fue una especie de enamoramiento, descubrirnos una a la otra, cuántas cosas compartíamos. Viajamos juntas a Yucatán y Nueva York. Yo iba a visitarla a México, o ella venía a Oakland. Cuando murió nuestra madre pasamos una semana en Zihuatanejo, donde hablamos día y noche sin parar. Exorcizamos a nuestros padres y nuestras propias rivalidades, y creo que las dos maduramos.
    Yo estaba en Oakland cuando me llamó. El cáncer ahora se le había instalado en los pulmones. En todas partes. Apúrate. ¡Ven enseguida!
    Necesité tres días para dejar el trabajo, recoger mis bártulos y marcharme. En el avión a Ciudad de México pensé cómo la muerte hacía jirones el tiempo. Mi vida cotidiana se había desvanecido. Terapia, los largos en la piscina. Los ¿qué tal si almorzamos mañana? La fiesta de Gloria, mañana dentista, lavadora, recoger los libros en Moe, limpieza, se ha acabado la comida del gato, cuidar a los nietos el sábado, pedir gasa y sondas de gastrostomía en el trabajo, escribir a August, hablar con Josee, preparar bollitos, visita de C. J. Más inquietante aún fue que un año después los dependientes del supermercado o la librería o amigos con los que me cruzaba por la calle ni siquiera habían reparado en mi ausencia.
    Llamé a Pedro, su oncólogo, desde el aeropuerto de México, porque quería saber a qué atenerme. Daba la impresión de que fuera cuestión de semanas, o un mes a lo sumo. « Ni modo —dijo él—. Continuaremos con la quimio. Podrían ser seis meses, un año, tal vez más».
    —Bastaba con que me dijeras «Quiero que vengas ahora», y habría venido —le dije a mi hermana esa noche.
    —¡No, no lo habrías hecho! —contestó riéndose—. Tú eres realista. Sabes que tengo sirvientas que se ocupan de todo, y enfermeras, médicos, amigos. Habrías pensado que no te necesito. Pero te quiero aquí ahora, para que me ayudes a dejarlo todo en orden. Quiero que cocines, para que Alicia y Sergio coman aquí. Quiero que leas para mí y me cuides. Ahora es cuando estoy sola y asustada. Ahora es cuando te necesito.
    Todos tenemos nuestros álbumes de recortes mentales. Planos congelados. Instantáneas de gente a la que amamos en distintos momentos. En esta aparece Sally enfundada en ropa deportiva verde oscura, cruzada de piernas en la cama. Piel luminiscente, sus ojos verdes difuminados por las lágrimas mientras me hablaba. Sin asomo de malicia o autocompasión. La abracé, agradecida por su confianza en mí.
    En Texas, cuando yo tenía ocho años y ella tres, la detestaba, la envidiaba con un odio malsano que salía de lo más hondo de mi corazón. Nuestra abuela me dejaba campar asilvestrada, a merced de otros adultos, mientras que a la pequeña Sally la protegía, le cepillaba el pelo y preparaba tartas solo para ella, la dormía en sus brazos y le cantaba «Way Down in Missoura». Aun así, conservo instantáneas de mi hermana incluso entonces, sonriendo, ofreciéndome un pastelito de barro con una dulzura irresistible que nunca perdió.

    Los primeros meses en Ciudad de México pasaron vertiginosamente, como cuando en las películas antiguas caen las hojas del calendario. Figuras chaplinescas a cámara rápida, carpinteros dando martillazos en la cocina, fontaneros picando en el cuarto de baño. Vinieron unos hombres a arreglar los picaportes de todas las puertas y las ventanas rotas, a lijar el suelo. Mirna, Belén y yo la emprendimos con la despensa, el tapanco, los armarios, las estanterías y los cajones. Tiramos zapatos y sombreros, collares de perro, casacas de cuello mao. Mercedes, Alicia y yo sacamos toda la ropa y las joyas de Sally, las etiquetamos para regalárselas a distintas amigas.
    Tardes dulces y perezosas en el suelo, clasificando fotografías, leyendo cartas, poemas, chismorreando, contando historias. El teléfono y el timbre de la puerta no paraban de sonar en todo el día. A mí me tocaba cribar las llamadas y las visitas, las cortaba en seco si Sally estaba cansada, o no si estaba contenta, como siempre con Gustavo.
    Cuando a alguien le diagnostican por primera vez una enfermedad fatal, recibe una avalancha de llamadas, cartas, visitas… A medida que pasan los meses y que se viven tiempos difíciles, sin embargo, cada vez son menos. Entonces la enfermedad empieza a plagarlo todo, y el tiempo se hace lento y estridente. Oyes los relojes y las campanas de la iglesia y los vómitos y cada resuello.
    Miguel, el exmarido de Sally, y Andrés venían cada día, pero a horas distintas. Solo coincidieron una vez. Me sorprendió que automáticamente todos los miramientos fueran para el exmarido. Se había vuelto a casar hacía mucho, pero aún se debía tener en cuenta su orgullo. Andrés apenas llevaba unos minutos en la habitación de Sally. Le serví un café con pan dulce. Justo cuando lo puse en la mesa, entró Mirna.
    —¡Que viene el señor ! —dijo.
    —¡Rápido, a tu cuarto! —dijo Sally, y Andrés se fue corriendo a mi cuarto, llevándose el café con el pan dulce. Apenas cerré la puerta, apareció Miguel.
    —¡Café! ¡Necesito café! —dijo, así que fui a mi cuarto, le quité el café y el pan dulce a Andrés y se lo llevé a Miguel. Andrés se esfumó.


    Me quedé muy débil, y me costaba caminar. Pensamos que era por estrés, hasta que me desmayé en la calle y me llevaron a Urgencias. Resultó que una hemorragia en una hernia del esófago me había provocado una anemia crítica. Estuve ingresada varios días para recibir transfusiones de sangre.
    Cuando volví me sentía mucho más fuerte, pero mi enfermedad había asustado a Sally. La muerte nos recordó que seguía al acecho. El tiempo se aceleró de nuevo. Cuando pensaba que Sally se había dormido y me disponía a acostarme, me pedía: «¡No te vayas!».
    —Solo voy al lavabo, enseguida vuelvo.
    Por la noche, si se ahogaba o tosía, me levantaba a echarle un vistazo.
    Ahora le habían puesto oxígeno y ya prácticamente no salía de la cama. La bañaba en su cuarto, le ponía inyecciones para el dolor y las náuseas. Ella tomaba un poco de caldo, a veces comía biscotes. Hielo picado, que le trituraba poniendo los cubitos en un trapo y machacándolos, machacándolos contra la pared de hormigón. Mercedes se tumbaba con ella y yo me estiraba en el suelo y leía en voz alta. Cuando me parecía que se habían dormido, paraba, pero las dos decían: «¡No pares!».
    Bueno. «Desafío a cualquiera a demostrar que nuestra Becky, quien ciertamente peca de algunos vicios, no ha sido presentada ante el público con perfecto recato y candidez…».
    Aunque Pedro le aspiraba el pulmón, cada vez le costaba más respirar. Decidí que debíamos limpiar a fondo su dormitorio. Mercedes se quedó con ella en la sala de estar mientras Mirna, Belén y yo barrimos y limpiamos el polvo, fregamos las paredes, las ventanas y los suelos. Moví su cama para que quedara en horizontal debajo de la ventana; así vería el cielo. Belén puso sábanas limpias recién planchadas y colchas suaves en la cama, y entre todas volvimos a llevarla a la habitación. Se recostó en la almohada, con la luz primaveral de lleno en la cara.
    — El sol —dijo—. Puedo sentirlo.
    Apoyada en la pared de enfrente, vi cómo miraba por la ventana. Avión. Pájaros. Estela blanca. ¡Puesta de sol!
    Mucho más tarde le di un beso de buenas noches y me fui a mi cuartito. El humidificador de su tanque de oxígeno borboteaba como una fuente. Esperé a oír la respiración profunda del sueño. El colchón chirrió. Sally jadeaba, y gemía, respirando pesadamente. Seguí a la escucha, esperando, hasta que oí el clinc, clinc de los anillos de la cortina de la ventana.
    —¿Sally? Salamandra, ¿qué estás haciendo?
    —¡Miro el cielo!
    Cerca de ella, miré también por la ventanita de mi cuarto.
    — Oye, hermana…
    —Sí —dije.
    —Te oigo. ¡Estás llorando por mí!


    Han pasado siete años desde que moriste. Por supuesto ahora diré que el tiempo ha volado. Me he hecho vieja. Sin previo aviso, de repente. Me cuesta caminar. Incluso se me cae la baba. No cierro la puerta con llave por si me muero mientras duermo, aunque es más probable que siga decayendo hasta que me metan en algún sitio donde no estorbe. Ya empiezo a chochear. Aparqué el coche al doblar la esquina porque había alguien donde suelo dejarlo. Luego vi el lugar vacío y me pregunté dónde me habría ido. Hablar con el gato no es tan raro, pero me siento ridícula, porque el mío está completamente sordo.
    Y aun así el tiempo nunca basta. «Tiempo real», como decían los presos a los que daba clases en la cárcel, para explicar que eso de que allí tenían todo el tiempo del mundo no era más que una apariencia. El tiempo nunca les pertenecía.
    Ahora doy clases en un pueblo de montaña precioso, de postal. Las mismas Rocosas de las minas donde trabajaba papá, pero nada que ver con Butte o Coeur d’Alene. Soy afortunada, sin embargo. Aquí tengo buenos amigos. Vivo al pie de las montañas, los ciervos pasan con andar primoroso y modesto frente a mi ventana. Vi mofetas apareándose a la luz de la luna; sus agudos chillidos sonaban como instrumentos orientales.
    Echo de menos a mis hijos y sus familias. Los veo una vez al año, más o menos, y siempre es estupendo, pero la verdad es que ya no formo parte de su vida. Ni tampoco de la de tus hijos, ¡aunque Mercedes y Enrique vinieron a casarse aquí!
    Muchos otros se han ido. Antes me parecía gracioso cuando alguien decía: «He perdido a mi marido», pero es eso lo que se siente. Echas en falta a alguien. Paul, la tía Chata, Buddy. Entiendo que la gente crea en fantasmas o vaya a sesiones de espiritismo para llamar a los muertos. A veces pasan meses sin que piense en nadie salvo los vivos, y de pronto se me presenta Buddy con una broma, o apareces tú, evocada intensamente por un tango o un agua de sandía. Ojalá pudieras hablarme. Eres casi peor que mi gato sordo.
    La última vez llegaste unos días después de la ventisca. El hielo y la nieve todavía cubrían el suelo, pero casualmente hubo un día de calor. Las ardillas y las urracas parloteaban y los gorriones y los pinzones cantaban en los árboles desnudos. Abrí todas las puertas y las cortinas. Tomé el té en la mesa de la cocina, sintiendo la caricia del sol en la espalda. Las avispas salieron del nido del porche, flotaban somnolientas por mi casa, zumbando en círculos lentos de un lado a otro de la cocina. Justo en ese momento se agotó la batería de la alarma de incendios, así que empezó a chirriar como un grillo en verano. El sol caía sobre la tetera y el tarro de la harina, el jarrón plateado de los esquejes.
    Una iluminación perezosa, como una tarde mexicana en tu habitación. Pude ver el sol en tu cara.


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