jueves, 30 de octubre de 2014

Pablo Gallo / Bilbao Nocturno


Gran vía
(Colección particular, acrílico sobre lienzo, 60 cm de diámetro)


Pablo Gallo

BILBAO NOCTURNO
2005


Calle Santa María
(Colección particular, acrílico sobre lienzo, 50 cm de diámetro)

Beso nocturno
(Colección particular, acrílico sobre lienzo, 50 cm de diámetro)

John le Carré y Graham Greene / Benditas novelas de espías, de secretos y mentiras





Richard Burton (a la izquierda) y Robert Hardy, en 'El espía que surgió del frío'.
Richard Burton (a la izquierda) y Robert Hardy, en 'El espía que surgió del frío'.

Benditas novelas de espías, de secretos y mentiras

Sin las obras de John le Carré y Graham Greene no se puede entender el género de espionaje


Guillermo Altares
30 de octubre de 2014

Tan agudo como siempre, una sola frase de Sherlock Holmes sirve para resumir el mundo del espionaje: "Por lo menos, servirán para que nuestra gente sepa lo que ellos saben y lo que no". Porque no se trata sólo de entrar en los secretos del enemigo, ni siquiera de que el enemigo no logre los nuestros, sino de controlar lo que los demás conocen. En cierta medida, la desinformación es más importante que la información. Arthur Conan Doyle cerró las aventuras de su detective con un relato de espías, Su último saludo, que también resume otra de las características del género: la política. Ese último cuento es un puro alegato antialemán al principio de la Primera Guerra Mundial. En estos dos elementos, información y política, se sustenta la mejor literatura de espionaje.






CINCO GRANDES TÍTULOS


El topo. Compleja, apasionante, llena de recovecos, El topo resume lo mejor de la llamada serie del Circus de John le Carré, el Himalaya de la literatura de espionaje.
El americano impasible. Junto al guion de El tercer hombre, El factor humano y Nuestro hombre en La Habana, es la gran novela de espías (y periodistas) de Graham Greene.
El agente secreto. Joseph Conrad mezcla el espionaje, el terrorismo y el anarquismo en esta novela, publicada en 1907, que se ha convertido en el primer clásico del género.
El inocente. Ian McEwan construye una gran novela de espías en el Berlín de la Guerra Fría, antes del Muro. Se basa en un increíble episodio real de pinchazo telefónico gigante.
El fantasma de Harlot. En una novela de una ambición desmesurada, Norman Mailer recreó el pasado reciente de EE UU a través de una magistral historia de la CIA.

"Fue una de las estrellas del esfuerzo bélico literario", escribe Adam Hochschild en Para acabar con todas las guerras para definir a John Buchan, un autor ahora casi olvidado (salvo por Alfred Hitchcock, que llevó al cine su relato más famoso, 39 escalones), pero que durante la Gran Guerra alcanzó un éxito monumental y que se puede decir que es el padre de la novela contemporánea de espionaje. Antes, en 1907, Joseph Conrad había abandonado el mar para escribir El agente secreto, otra de las novelas fundacionales del género, junto a El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton. Ambas transcurren en el mundo del terrorismo anarquista. El género siguió creciendo en los años que rodearon a la II Guerra Mundial con escritores como Eric Ambler, autor de obras tan célebres como La máscara de Dimitrios.
Sin embargo, hubo que esperar hasta la Guerra Fría y, sobre todo, a dos escritores imprescindibles para que la literatura de espías alcanzase su apogeo: Graham Greene y John le Carré. No es una casualidad que los dos fuesen verdaderos agentes. Ian Fleming, el creador del espía más conocido de la ficción, James Bond, también trabajó en los servicios secretos. Sin embargo, las historias de 007 están mucho más cerca de los relatos de aventuras que del espionaje: las verdaderas historias de espías se juegan en el terreno del conocimiento, no de la acción.
Le Carré y Greene utilizaron a los espías para construir historias morales que son a la vez magníficos relatos llenos de trampantojos, de secretos y mentiras. Las obras de Greene, el guion de El tercer hombre y las novelas Nuestro hombre en La Habana —la historia de un gran timo—, El factor humano y El americano impasible contienen muchas claves y trucos utilizados por numerosos escritores. Pero el autor más influyente es, sin duda, John le Carré, que ha logrado dar una hondura inédita al género. En todas las novelas de Le Carré siempre hay un personaje que trata de permanecer moral en un mundo inmoral; pero, sobre todo, demostró como nadie que las historias de espías no hablan de los secretos, sino de personas que manejan esa información en una interminable partida de ajedrez.
La obra maestra de Le Carré es la serie de ocho novelas en las que aparece el agente George Smiley (Llamada para un muerto, Asesinato de calidad, El topo, El honorable colegial, La gente de Smiley, El espía que surgió del frío, El espejo de los espías y El peregrino secreto), que se alza como uno de los mejores (y más informados) relatos sobre la Guerra Fría. La caída del Muro no acabó con Le Carré, que ha seguido escribiendo novelas magníficas y se ha convertido en uno de los grandes críticos del mundo paranoico posterior al 11-S.
Los topos, los agentes infiltrados, se encuentran en el centro de una partida en la que nunca está claro quién es quién y en la que cualquiera puede ser otro. No deja de ser curioso que, durante sus servicios como espías, tanto Greene como Le Carré estuviesen en contacto con el mayor agente doble de todos los tiempos, Kim Philby, que dio un golpe devastador a los servicios secretos cuando se pasó a la URSS. Philby fue el cabecilla de los llamados Cinco de Cambridge. John Banville escribió una gran novela, El intocable, sobre uno de ellos, Anthony Blunt, que llegó a ser el conservador de arte de la Reina. Le Carré nunca quiso entrevistarse con Philby. "Es muy fácil, en el mundo de los espías, racionalizar cualquier infidelidad, cualquier crimen. Lo que hizo Philby era malvado, porque creció para lo mejor o lo peor en una sociedad libre", dijo.
La relación del espionaje con la realidad encontró su máxima expresión en el francés Gérard de Villiers, autor de la saga SAS, novelas de espionaje de gasolinera, a base de sexo y acción; pero también uno de los tipos mejor informados de Francia. The New York Times reveló en un perfil publicado poco antes de su muerte, en 2013, que los diplomáticos leían sus novelas con lupa. Un ministro de Exteriores, Hubert de Védrine, le invitó a comer y le dijo: "Usted y yo tenemos las mismas fuentes". Algo parecido ocurre con El fantasma de Harlot, la obra maestra inacabada de Norman Mailer (prometió un segundo tomo que nunca terminó): es una novela que contiene tanta información sobre la historia de EE UU que resulta casi imposible de asumir en una sola lectura. En el otro extremo, el de la literatura popular, Alan Furst ha encontrado un filón en la II Guerra Mundial con títulos que van desde lo bueno (Espías de los Balcanes, Los espías de Varsovia, El corresponsal) hasta lo peor (Soldados de la noche: sus errores sobre la Guerra Civil son antológicos).
Muchos escritores, de Javier Marías (Tu rostro mañana), Arturo Pérez Reverte (La piel del tambor) o Justo Navarro (El espía), a Ian McEwan (El inocente, Operación Dulce) o Timothy Garton Ash (El expediente), han utilizado a los espías para contar otras historias, sobre la vida y la muerte, sobre el engaño. De eso tratan al final todas las grandes novelas de espionaje: de política, de información, pero sobre todo de los seres humanos y sus mentiras. Así explicó una vez Graham Greene el género: "He acudido al espionaje cuando he querido contar algo especialmente realista, un mundo de oficinas y carpetas, papeles y telegramas, donde no se veía claramente la violencia. Lo importante es lo que hay detrás".


FICCIONES

DE OTROS MUNDOS
Le Carré ante el fin de una era
Salman Rushdie / John le Carré / Reconciliación
John Le Carré / Philip Seymour Hoffman
John le Carré y Graham Greene / Benditas novelas de espías, de secretos y mentiras
Autores británicos que devorar
John le Carré / La gente de Smiley
John le Carré / La lección de Smiley
John le Carré / Cambios de lugar y protagonista
‘La chica del tambor’, de John Le Carré / El espionaje en los años setenta
Volar en círculos / John le Carré revela sus secretos
Volar en círculos / ¿Por qué John le Carré se convirtió en espía?
Espías como nosotros / John le Carré y Ben Macintyre
John le Carré recupera a su espía George Smiley en su nueva novela
John le Carré / La lección del maestro
John Le Carré / “El Brexit es la mayor idiotez perpetrada por el Reino Unido”
The Nigh Manager / Hugh Laurie, armas y champán
John le Carré / El Dickens de la Guerra Fría
John le Carré, maestro de la novela de espías, muere a los 89 años

DRAGON
John Le Carré on Philip Seymour Hoffman / Staring at the Flame
From Ali to Zadie / The best books of autumn 2016
The Pigeon Tunnel review / John le Carré comes in from the cold 
William Boyd / Why John le Carré is more than a spy novelist
John le Carré's Measured Fury
A Legacy of Spies by John le Carré review / Smiley returns in a breathtaking thriller
Agent Running in the Field by John le Carré review / Thriller laced with Brexit fury
Elizabeth Debicki / The Night Manager
The top 10 classic spy novels
John le Carré remembered by writers and friends / 'He always had a naughty twinkle in the eye'
Posters and Covers / The Night Manager
10 ways of getting to know John le Carré



miércoles, 29 de octubre de 2014

Selfies / La fotografìa como juego sexual

Jennifer Lawrence
Una foto de escándalo
Por qué un selfie erótico 
te puede subir la autoestima
La práctica de fotografiarse desnudo, como juego sexual, adquiere nuevas proporciones y consecuencias en la era digital.

RITA ABUNDANCIA 
El País, 28 de octubre de 2014
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piernas
Nicole Galau
El escándalo de los selfies de famosas desnudas o en poses eróticas filtrados en la red, sumado a la fobia de Facebook hacia los pezones, no hace sino poner de relieve que nos encontramos a años luz de tener una relación de cordialidad con nuestra sexualidad, cuerpo y erotismo. Los artículos sobre el tema de las fotos de las actrices y cantantes –¿qué hay de la versión masculina?– provocaron comentarios de todo tipo por parte de los lectores. La mayoría no abordaba el tema de la ilegalidad o inmoralidad de meterse en la vida privada de otra persona y publicar sus instantáneas más íntimas, sino que desviaba el debate hacia la decencia o no de retratarse en cueros; ridiculizando, demonizando, frivolizando, menospreciando y socavando la idea en sí misma, y no sus consecuencias, en un mundo donde hacerse una foto y que inmediatamente media Humanidad la vea es más fácil que conseguir volver a ver al individuo en honor al cuál te la hiciste.


Scarlett Johansson

“No sé de qué protestan, si total acuden a las alfombras rojas semidesnudas”, “si eres una guarra, atente a las consecuencias”, “si alguien se retrata así, es para que los demás la vean ¿no?”. Éstas y otras perlas similares eran comentarios muy comunes en un mundo que descubre, alarmado, que los amantes se envían fotos tal como dios los trajo al mundo para su diversión, calentamiento o flirteo. Y que, lamentablemente, publicar una de esas instantáneas tiene el poder de minar la imagen pública de alguien, ¡cómo si no estuviéramos ya curados de espanto!


Scarlett Johansson

Elvira Lindo / La nueva cara de Renée Zellweger

Renée Zellweger
La nueva cara

La nueva cara de Renée

Ahora es una mujer intercambiable con las señoras que pasean 

por Madison Avenue con sus labios de pato



“Siempre llevo zapatos llamativos. Pero eso tiene un porqué, es para evitar que me miren la cara y vean que soy un pellejo. La gente dice, qué zapatos más raros llevas... Y se olvidan de mis arrugas”. Es algo que suele decir Geraldine Chaplin. Cada vez que lo escucho, el primer pensamiento que se me viene a la cabeza es, ¿dónde hay que firmar? Comparto su afición por los zapatos extravagantes. Los zapatos, en su osadía o en su vulgaridad, dicen mucho de las personas. No hablo de zapatos de firma, no me refiero a unos Manolos, por así decirlo, sino de zapatos aventureros, osados, llamativos, atrevidos. Pero una vez compartido el entusiasmo zapatista de la que alguien llamó por la calle “la hija del Gordo y el Flaco”, pienso que lo verdaderamente envidiable de Geraldine son las arrugas.
Son esas arrugas las que transmiten arte, encanto, sabiduría, belleza, singularidad, en esas arrugas está la esencia intacta de la genialidad de su padre, que envejeció así, con esas mismas líneas del tiempo en un rostro huesudo que poseía la expresividad de las caras intemporales de los mimos, los clowns o los actores de teatro. Geraldine, de jovencita, cuando interpretó a la sufrida esposa del doctor Zhivago, poseía un encanto tan puro que parecía imposible desearla como se desea a una mujer hecha y derecha. Era, sin duda, la esposita buena, aquella a la que el doctor Zhivago deja en casa con un crío en brazos para echarse él en brazos de Lara, que no por casualidad fue interpretada por Julie Christie, una belleza sexual de pies a cabeza, que parecía estar hecha en su juventud para pasarse el día despeinada en la cama y no todo el tiempo entregada a la lectura. Aquellas dos mujeres tan diferentes, Geraldine y Julie, atravesaron la edad madura y alcanzaron la vejez, si es que a esas mujeres se las puede llamar viejas, transformando la belleza propia de la juventud, pura en una y sexual en otra, en un atractivo distinto pero no menos impactante.

"Tal vez el cine futuro tenga que incluir el papel de abuela operada que recibe a los nietos sin pestañear"
Elvira Lindo



María José Cristerna / La mujer vampiro



María José Cristerna
LA MUJER VAMPIRO

No sabríamos decir si la mexicana María José Cristerna, más conocida como la mujer vampiro, récord Guinness por ser la mujer con más cambios en su cuerpo es la obra de arte o en cambio son sus tatuadores los que deben figurar como artistas consagrados, aunque el resultado final quede para las grandes dudas.

Si rascamos vemos que María José Cristerna es la dueña de la empresa “Adiccion Corporal Tattoo & Piercing”, es decir que todo queda en casa y que ella se ha convertido en el mejor reclamo publicitario de su propia empresa. Emplea su cuerpo como el lienzo perfecto para probar, demostrar y convencer.


martes, 28 de octubre de 2014

Hollywood, la meca del bisturí


Hollywood, la meca del bisturí

El cambio estético de Renée Zellweger reaviva el debate sobre la presión que sufren las actrices en la industria del cine para mantenerse jóvenes

       

    El antes y después de Renée Zellweger. / CORDON PRESS
    Renée Zellweger llegó ayer a ser trending topic mundial durante varias horas. O lo que es lo mismo: cientos de miles de personas opinaron en las redes sociales sobre su cambio estético, la mayoría mostrando su sorpresa ante el nuevo rostro de la actriz.

    Pablo Gallo / Demasiada calma en la ciudad


    FOR
    (Colección particular, acrílico sobre lienzo, 100 x 100 cm)


    Pablo Gallo

    DEMASIADA CALMA EN LA CIUDAD
    2007




    Casa Jesusa
    (Colección particular, acrílico sobre lienzo, 100 x 100 cm)


    Cine Avenida
    (Colección particular, 100 x 100 cm, acílico sobre lienzo)


    La Bombilla
    (Colección particular, 100 x 100 cm, acílico sobre lienzo)


    Pablo Gallo / Lectores


    La espera
    (46 x 55 cm, acrílico sobre lienzo, sept. 2010)

    Pablo Gallo
    LECTORES
    2009 - 2010

    El orden de los libros
    (50 x 65 cm, acrílico sobre lienzo)


    Lector ensimismado
    (141 x 86 cm, acrílico sobre lienzo)



    Lectora buscando un pasaje
    (Colección particular, 81 x 72, acrílico sobre lienzo)

    Lectora de sala de espera
    (60 x 60 cm, acrílico sobre lienzo)

    Lector en el parque
    (61 x 50, acrílico sobre lienzo)

    Lectora compulsiva
    (73 x 60 cm, acrílico sobre lienzo)

    Lector compulsivo
    (73 x 60 cm, acrílico sobre lienzo)

    En la cama con Chejov
    (50 x 100 cm, acrílico sobre lienzo)

    Lector reconcentrado
    (61 x 50 cm, acrílico sobre lienzo)


    Pablo Gallo (La Coruña, 1975) se formó en la Escuela de Arte Pablo Picasso de La Coruña y en la Escuela de Arte Massana de Barcelona. Ha recibido diversos premios por sus pinturas y videos y viene desarrollando una permanente labor expositiva desde 1995. En los últimos años su obra se ha centrado en establecer conexiones entre las artes plásticas y la literatura. Es autor de los libros “Hiperhíbridos” (El Gaviero Ediciones, 2011) y “El libro del voyeur” (Ediciones del Viento, 2010) que reúne 69 de sus dibujos eróticos circulares acompañados de textos de 69 escritores españoles e hispanoamericanos. Ha ilustrado el libro de Nacho Vegas titulado “Política de hechos consumados” (Limbo Starr, 2009). Ha colaborado con sus dibujos en revistas literarias como Quimera, La Bolsa de Pipas, Vinalia Trippers o Hermano Cerdo, en el periódico La Voz de Galicia y en la antología “Perversiones, breve catálogo de parafilias ilustradas” (Editorial Traspiés, 2010). En la actualidad vive en Bilbao.