domingo, 21 de mayo de 2017

John le Carré / La lección de Smiley

John le Carré

La lección de Smiley

Le Carré plantea su última novela como una ilustración de las enseñanzas del espía



La novela número 13 de John Le Carré, The secret pilgrim, publicada a finales del pasado año en el Reino Unido y de próxima aparición en España (Plaza y Janés, en castellano, y Edicions 62, en catalán), está planteada como una lección. Es la clase de un maestro de espías, el veterano George Smiley, en el momento de la caída del muro, de la despedida de la guerra fría. Invitado a pronunciar la lección magistral en la clausura de un curso de espías, Smiley expone lo aprendido en sus muchos años en el servicio. Al narrador del libro -Ned- le conocíamos de la anterior novela de Le Carré, La casa Rusia. Ahora es un profesor de espías a punto de retirarse. Mientras Smiley pronuncia su lección, la memoria de Ned emprende un viaje sentimental hacia el pasado, hacia una carrera de espía que llega al final.
"Señoras y señores, George Smiley, una leyenda del servicio secreto". Con estas palabras, el narrador de The secret pilgrim, Ned -así, sin apellido- presenta a sus pupilos al veterano espía, ausente de las novelas de John Le Carré desde la publicación de La gente de Smiley (1980). En la última década, el maestro de la narrativa de espionaje había abandonado a su personaje, que no aparecía en sus tres últimas novelas: La chica del tambor, Un espía perfecto y La casa Rusia. Smiley reaparece por fin 10 años después, más viejo y "más radical", para hacer un encendido elogio de la profesión ante los alumnos de su amigo Ned, espías del futuro, y para advertirles de las trampas que pueden encontrar en su complicado camino por el mundo.A lo largo de la novela, y a modo de ilustración de las palabras que pronuncia George Smiley, Ned va recordando su pasado de espía, desde sus meteduras de pata como novato en el Circus hasta el momento de la retirada. Son como historias cortas, unidas por el discurso de Smiley, que ilustran la vida de un espía. Ned confiesa: "Soy tan sólo un profesional, entrenado para escuchar y recordar". Y no tarda en darse cuenta de que las palabras de John Le Carré. Smiley se dirigen a él, a su pasado.
La primera aparición del veterano Smiley en The secret pilgrim le sirve para desmentir que la profesión de espía sea algo condenado a desaparecer en estos tiempos en que el muro ya no existe. Escribe Le Carré: "(Smiley) se burló de la idea de que espiar fuera una profesión moribunda ahora que la guerra fría ha terminado: con cada nueva nación que salga del hielo, dijo, con cada nueva alineación, cada recuperación de las viejas identidades y pasiones, cada erosión del viejo statu quo, los espías tendrán que trabajar las veinticuatro horas del día". Es la doctrina Smiley.

Guerra fría

La guerra fría mantiene una presencia constante en el libro. Tanto por el final anunciado de la misma como por la experiencia de los dos veteranos espías, Ned y Smiley, protagonistas de una época que acaba y que hay que revisar. "Lo que importa", sentencia Smiley, "es que ha terminado una larga guerra. Lo que importa es la esperanza".Ned, por su parte, retrocede con la memoria a sus inicios, en los años sesenta, cuando se construía el muro en Berlín, "la ciudad eterna del espía", y se desataba la vigencia del espionaje. Eran tiempos de gloria para un espía.
Las historias siguientes incluidas en The secret pilgrim hablan de la amistad, del amor, de traidores, de identidades falsas, de infiltrados... Se trata en resumen de ilustrar la vida de un espía. Es un balance apresurado de Ned ante el final que impone su jubilación. Hay episodios trágicos, amorosos y cómicos y no faltan las referencias al traidor Bill Haydon y a otros personajes de la Comédie Humaine que ha construido Le Carré en sus novelas, ambientadas en el mundo del espionaje de la posguerra. Los escenarios son variados, con especial presencia de la Alemania de la guerra fría. Pero aparece también un detallado viaje a Gdansk, y episodios en Israel, Líbano, Inglaterra y Camboya. El más exótico de los episodios es sin duda el camboyano, que arranca de una reflexión sobre el colonialismo expuesta por George Smiley. Corresponde la aventura camboyana a lo que el narrador califica como su viaje personal "al corazón de las tinieblas", siguiendo el modelo de Joseph Conrad.
Le Carré no esconde sus opiniones en The secret pilgrim sobre los problemas del espionaje en la actualidad. Más bien al contrario. A preguntas de los alumnos del centro de Sarratt habla de todo lo que se relaciona con este mundo cambiante. La implantación del espionaje tecnológico, por ejemplo, no supone para él una renuncia al espía de siempre. "La tecnología del espionaje puede hacer mucho", escribe, "pero no puede reemplazar a la comprensión humana".
Sobre la conveniencia de mantener una estructura de espías en un momento en que las guerras son televisadas en directo, como está sucediendo durante estos días con la guerra del Oriente Próximo, Smiley opina: "Nueve de cada diez veces un buen periodista puede decirnos tanto de una situación como puede un espía. Muy a menudo comparten las mismas fuentes. Así que, ¿por qué no desguazar los espías y subvencionar a los periódicos? Es una cuestión que debería responderse en estos tiempos que cambian. ¿Por qué no?". Y añade más adelante: "Es perfectamente cierto que la mayor parte de nuestro trabajo o no sirve para nada o se duplica con el de las fuentes públicas. El problema es que los espías no están aquí para informar al público, sino a los gobiernos".
Fe en el hombre
George Smiley, en su balance final, proclama su fe en el hombre por encima de todo. "Sólo me preocupé del hombre", dice. "Nunca me importaron un rábano las ideologías, a menos que tuvieran que ver con la locura o el mal. Nunca vi a las instituciones como más válidas que sus partes o las políticas como mucho más que excusas para la insensibilidad. El hombre, no la masa, es el centro de nuestra llamada. Fue el hombre el que acabó con la guerra fría, por si no lo sabíais. No fue ni el armamento, ni la tecnología, ni los ejércitos ni las campañas. Fue sólo el hombre. No fue ni siquiera el hombre occidental, sino nuestro enemigo implacable del Este, quien se lanzó a la calle, se enfrentó a las balas y a las porras y dijo: ya tenemos suficiente. Fue su emperador, y no el nuestro, quien tuvo el valor de subir a la tribuna y declarar que no llevaba vestidos".
" A veces", reflexiona George Smiley sobre la desaparición de la guerra fría, "no hay vencedores. Y a veces nadie necesita perder".
Y Smiley, terminada la lección, se aleja sin mirar atrás. Es el adiós del espía a un mundo cambiante.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de enero de 1991


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