miércoles, 26 de agosto de 2026

Soledad Puértolas / La sociedad ha quedado configurada para los jóvenes; a los mayores, los avances técnicos nos dejan fuera”

 

Soledad Puértolas irrumpió en la escritura a finales de los años 70. 
Soledad Puértolas irrumpió en la escritura a finales de los años 70. Maria Teresa Slanzi

Soledad Puértolas, escritora, 79 años: “La sociedad ha quedado configurada para los jóvenes; a los mayores, los avances técnicos nos dejan fuera”



Premio Planeta y quinta mujer académica de la RAE, Puértolas es un referente de las letras españolas, además de ser una mujer que lucha por la igualdad porque “es lo lógico, lo justo y enriquece cualquier campo” 


Paka Díaz
25 de agosto de 2026

Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) pertenece a una estirpe de narradoras capaces de construir un universo entero a partir de los pliegues de la cotidianidad. Siendo una niña, contrajo el tifus y aprendió a leer memorizando textos con solo tres años. Y empezó a escribir ya entonces al comprender que “estaba al alcance de cualquiera”, recuerda. Su irrupción en el panorama literario español a finales de los años setenta con El bandido doblemente armado, ganadora del Premio Sésamo, supuso un soplo de aire fresco en una época en la que apenas se abría espacio a las voces femeninas jóvenes. Años más tarde, la consolidación definitiva llegaría con el Premio Planeta en 1989 por Queda la noche.

Su dimensión en las letras españolas trasciende la creación narrativa. En 2010 se convirtió en la quinta mujer en ingresar en la Real Academia Española al ocupar la silla ‘g’. Y reconoce que las cosas han cambiado mucho. “No ver todo pantalones de hombre como antes ya es una alegría. La igualdad es esencial, es lo lógico y lo justo, y además enriquece cualquier campo”, subraya.

En el lenguaje ha mejorado términos como la palabra ‘madrastra’, “para quitarle esa connotación negativa tradicional y dejar claro que es la persona que ejerce de madre; también luché por matizar términos relacionados con el maltrato hacia los animales, que no estaban lo suficientemente reflejados. El diccionario tiene que reflejar la sensibilidad del momento”, explica.

Con la publicación de su libro de relatos En el cámping (Anagrama), la autora aragonesa vuelve a hacer gala de su mirada perspicaz, donde la melancolía coexiste con una sutil luminosidad. Puértolas reconoce que su mayor inspiración es el mundo que la rodea. “Los escritores que hacemos literatura tenemos una relación con la realidad que se plasma en lo que escribimos; miro algo, y de repente se me ocurre una idea que sale de la vida”, explica.

En el lenguaje ha mejorado términos como la palabra ‘madrastra’, “para quitarle esa connotación negativa tradicional y dejar claro que es la persona que ejerce de madre; también luché por matizar términos relacionados con el maltrato hacia los animales, que no estaban lo suficientemente reflejados. El diccionario tiene que reflejar la sensibilidad del momento”, explica.

Con la publicación de su libro de relatos En el cámping (Anagrama), la autora aragonesa vuelve a hacer gala de su mirada perspicaz, donde la melancolía coexiste con una sutil luminosidad. Puértolas reconoce que su mayor inspiración es el mundo que la rodea. “Los escritores que hacemos literatura tenemos una relación con la realidad que se plasma en lo que escribimos; miro algo, y de repente se me ocurre una idea que sale de la vida”, explica.

Entre sus escritoras favoritas menciona a Willa Cather, Katherine Anne Porter, Flannery O'Connor, Carson McCullers… y asegura que “las leo sin un propósito deliberado, sino porque me aportan cosas que me interesan más. Pienso que ese tipo de literatura más enfocada en la vida cotidiana, en la interioridad personal y en las relaciones entre las personas es algo que una serie de escritoras han demostrado que también es gran literatura”.

A sus casi ochenta años, recuerda cuánto vivió la convulsa universidad de los sesenta y la ebullición del California hippie. “Fue muy divertido estar allí en aquel momento; la música, la gente, todo era interesante”, recalca. Y reconoce que, aunque no ha perdido ni un ápice de curiosidad, se fuerza a no quedarse parada por puro autocuidado. “No puedes quedarte en el sofá, eso jamás”, proclama.

Su libro abre con un relato sobre la amistad femenina. ¿Cree usted que quizá la amistad entre mujeres no ha sido lo suficientemente representada en la literatura?

Es una pregunta difícil porque no tengo el bagaje de toda la literatura sobre este asunto, pero sospecho que tiene usted razón. Quizá la amistad ha sido tratada menos que el amor y, sobre todo, más entre protagonistas masculinos. Pienso en El Quijote, donde se desarrolla una gran amistad entre Don Quijote y Sancho, aunque exista una desigualdad entre el caballero y el escudero. Y yo creo que en la amistad siempre tiene que haber una sensación igualitaria, ¿no?

¿Qué hay que contar sobre ella?

Como no ha sido un tema prioritario ni ha habido históricamente tantas escritoras, es verdad. Escritoras buenísimas como Jane Austen o Virginia Woolf hablan en general del amor, del matrimonio o de la insatisfacción personal. Sin embargo, autoras americanas como Alice Munro, Shirley Jackson, Sylvia Plath o Mary McCarthy sí trataron el tema de las amigas. Y da gusto pensar que hay otros temas que no son solo el amor romántico. La vida lo abarca todo; el amor es una parte, pero hay otras muchas emociones.


Me doy cuenta de que la vida tiene muchas cosas terribles y no las quiero eludir en mi literatura, porque si no, no daría una versión verídica

Soledad Puértolas

En En el cámping hay una melancolía muy particular. ¿De dónde nacen estos relatos?

Nacen de mi mirada al mundo. Los escritores que hacemos literatura tenemos una relación con la realidad que se plasma en lo que escribimos. Miro algo, y de repente se me ocurre una idea que sale de la vida. Trato de sacar de la realidad algo que me inspire, algo que me eleve. Me doy cuenta de que la vida tiene muchas cosas terribles y no las quiero eludir, porque si no, no daría una versión verídica; pero me gusta arrancar instantes con un poco de poesía o cierta elevación, porque la realidad pura y dura no es suficiente; es tremenda.

Los novelistas están muy apegados a esa realidad, a diferencia de los poetas.

Claro. Los novelistas somos más cotidianos, más apegados a la tierra... ¡Una desgracia, eh!, porque no te creas que me gusta estar apegada a la realidad, pero es así. Los poetas son otro mundo. Un poeta de verdad se refugia en un mundo de palabras. Emily Dickinson, por ejemplo, vivía en su propio mundo y necesitaba poca experiencia exterior; es una joya impresionante.

¿Cómo ha ido cambiando su escritura la persona que es hoy respecto a sus inicios?

Ha ido cambiando como ha cambiado la vida. En cierto modo no me reconozco y en cierto modo sí. Supongo que nos pasa a todos al pensar en el tiempo que ha pasado: te preguntas cómo eras antes o qué cosas hacías. Pero al fondo hay una búsqueda bastante reconocible. Ha cambiado el mundo y has cambiado tú, porque si el mundo cambia y tú no, sería raro. Y hay un punto en el que sigo siendo yo.

¿Cómo recuerda su infancia y a usted misma de niña?

Tengo la sensación de una infancia soleada. Con el exterior soleado y el interior enigmático. Me veo como una niña con capacidad de alegría pero con una capacidad terrible de extrañamiento; de no entender a los demás y con la sensación de que mi identidad no estaba en consonancia con las demás personas. Pensaba que por alguna razón algo no funcionaba bien en mí. Pero, con todo, había una luz y una alegría. Y aprendí a leer siendo muy, muy pequeña.

¿Y cómo llegó la lectura tan temprano a su vida?

Como nací en 1947, no había televisión, así que nos distraían con cuentos. Y luego, a los tres años, pasé el tifus. En la cama me leían siempre el mismo cuento; me lo aprendí de memoria, desaprendí el texto y acabé reconociendo las letras. Fue superar la enfermedad y, aunque penosamente no podía andar porque llevaba mucho tiempo tumbada, ya sabía leer perfectamente.

¿Y el impulso de escribir cuándo surge?

Fue inmediato. En el momento en que vi que había cuentos escritos, comprendí que estaba al alcance de cualquiera. Si eran seres humanos los que escribían, yo también podía hacerlo. Siempre me he sentido una persona que escribía.

Sus estudios universitarios se vieron interrumpidos por la situación política de la época. ¿Qué ocurrió?

Entré en Ciencias Políticas en Madrid tras doce años en un colegio de monjas. Era un momento de lucha estudiantil y de interés por romper el ambiente gris de la censura. Fui a una asamblea con unos amigos, vino la policía, nos cogieron los carnés y nos cayeron expedientes académicos aleatorios a varios. Nos echaron de la facultad cuando yo tenía apenas 17 o 18 años. Fue un palo durísimo. Empecé Económicas, pero tampoco era lo mío.

Esa interrupción acabó abriéndole las puertas en Estados Unidos…

Como no podía ir a la universidad pública, me matriculé en Periodismo e hice una tesis sobre Pío Baroja, que me apasionaba desde los quince años. Me la publicaron en un librito. Poco después me casé y nos fuimos a California porque a mi marido le dieron una beca. Al llegar allí, se quedaron asombrados de que yo tuviera un libro publicado; me pagaron la matrícula y me dieron trabajo dando clases. Fue una etapa estupenda; era la California del final del movimiento hippie, de las protestas contra la guerra de Vietnam y de muchísima música. Guardo un recuerdo maravilloso.

Al regresar a España, gana el Premio Sésamo y años más tarde, en 1989, el Premio Planeta. ¿Cómo recuerda sus inicios como escritora en un mundo eminentemente masculino?

Los premios ayudan, claro, pero el problema en el mundo literario es que te miran como mujer antes que como escritora. No hay manera de que te lean como un libro a secas; te leen desde el género. Y yo puedo escribir exactamente igual que un hombre. Me he preguntado muchas veces si por ser mujer no me habrán leído muchos lectores, aunque tengo que decir que tengo bastantes lectores hombres de todas las edades.

Aún existe un prejuicio contra la literatura escrita por mujeres; se piensa que todos los libros son iguales o que ofrecemos un mundo muy reducido

Soledad Puértolas

¿Cree que hay prejuicios en ese sentido?

Sí, aún existe un prejuicio contra la literatura escrita por mujeres; se piensa que todos los libros son iguales o que ofrecemos un mundo muy reducido. Y algunos críticos no son capaces de verte simplemente como un autor dedicado a la escritura; el género se les mete en la cabeza y lo contamina todo. Está mejorando, pero sigue el sesgo, sí.

En 2010 ingresó en la Real Academia Española. ¿Qué supuso para usted ese reconocimiento?

Fue una satisfacción inaudita. Yo no sabía bien lo que era la Academia, pero cuando me llamó Luis Mateo Díez para proponerme y salió elegido mi ingreso, me pareció algo caído del cielo.

¿Cómo ha evolucionado la RAE desde su entrada hasta hoy?

Ha cambiado muchísimo. Antes a veces me encontraba casi sola en las sesiones porque las otras académicas, como Margarita Salas y Carmen Iglesias, fallaban mucho por trabajo, y Ana María Matute porque no estaba bien ya. Hoy en día somos muchas más y se respira un ambiente mucho mejor. Aunque solo sea físicamente al mirarlo, y no ver todo pantalones de hombre como antes, ya es una alegría. La igualdad es esencial, y además enriquece cualquier campo. Creo que las mujeres tenemos más capacidad comunicativa, más naturalidad en las relaciones humanas. Al menos esa es la impresión que yo tengo. Y además, la igualdad es lo lógico y lo justo.

Puértolas es académica de la RAE desde 2010. 
Puértolas es académica de la RAE desde 2010. Maria Teresa Slanzi

Mejorar el lenguaje y las definiciones del diccionario también han sido parte de su labor constante.

El lenguaje refleja los cambios sociales. Siempre va por detrás porque si fuera por delante sería impositivo o manipulador, pero debe acusar esos avances. En las comisiones de los jueves examinamos minuciosamente cada palabra, y un aspecto muy especial es comprobar si abarca de forma justa a hombres y mujeres. Tratar de garantizar la igualdad ya forma parte de la Academia. Espero que se vaya notando.

¿Qué palabras o términos ha propuesto, o investigado?

Trabajé mucho la palabra ‘madrastra’, por ejemplo, para quitarle esa connotación negativa tradicional y dejar claro que es la persona que ejerce de madre. También luché por matizar términos relacionados con el maltrato hacia los animales, que no estaban lo suficientemente reflejados. El diccionario tiene que reflejar la sensibilidad del momento.

Como mujer, ¿siente que debe prepararse más antes de defender una propuesta en la Academia?

Existe un prejuicio tan metido que a lo mejor esperan más explicaciones de una mujer. Pero también es profesionalidad mía; si defiendo una postura, me gusta enterarme bien y tener fundamento, no tirar la piedra y esconder la mano.

En esta etapa, ¿cómo experimenta el paso del tiempo y el envejecimiento?

Con ambigüedades. Para el cuerpo, el paso del tiempo es fatal por las dolencias y achaques, pero el espíritu se vuelve más ligero. Se desprende de dependencias triviales y se fija en lo que le interesa de verdad. El espíritu anda suelto, pero el cuerpo no le sigue. Esa es la gran contradicción del ser humano.

¿Siente que existe edadismo en nuestra sociedad?

Socialmente, muchísimo. Es una sociedad que ha quedado configurada para los jóvenes. Todos los avances técnicos o los trámites por internet nos dejan fuera a los mayores. Todo se ha vuelto complejo; los aeropuertos son inmensos y viajar cuesta. Hay un desamparo y una soledad terribles en la gente mayor. Al dejar solas a las personas de más edad, nos estamos equivocando gravemente como sociedad.

Hay un desamparo y una soledad terribles en la gente mayor; al dejar solas a las personas de más edad, nos estamos equivocando gravemente

Soledad Puértolas

¿Cómo se cuida física y psicológicamente en esta etapa de su vida?

Me cuido todo lo que puedo. Físicamente, porque no tengo otra; si no me cuido, iré de mal en peor. Tengo una suerte, que me gusta mucho nadar. Es una afición un poco tardía, pero ha sido uno de los sostenes de mi vida y me ha servido muchísimo. Yo soy muy propensa a tener mil dolencias, mil enfermedades, y soy una persona delicada. Con lo del tifus me debieron de dar tal cantidad de penicilina, que me dejaron sin defensas. Vamos, tengo esta teoría. A partir de entonces he sido siempre muy delicada de salud. Así que ando todos los días y nado tres veces por semana y me muevo todo lo que puedo. Llevo una vida activa, o sea, trato de no encerrarme en mi cuerpo, sino sacarlo y llevarlo de aquí para allá.

Qué importante es eso para envejecer de forma saludable…

Sí, no puedes quedarte en el sofá, eso jamás. Y además hago amistades en la piscina porque mentalmente también hay que moverse. No te puedes decir: ‘Esto me da pereza’. Hay que ejercitar la mente. Continuar la relación con la gente es fundamental. Yo tengo muchas amigas y esto me ha salvado también en la vida. Allá donde voy tengo amigas. Y es un apoyo tremendo, me siento acompañada. Por supuesto, tengo a mi familia, a mis hijos y a mis nietos, y disfruto muchísimo con ellos, pero creo que también es importante buscar relaciones fuera de la casa.

Antes, la menopausia era un tabú. ¿Cómo la vivió usted?

La mía fue muy prematura, y sí que es verdad que no se hablaba de eso. Ahí empiezan para la mujer los problemas médicos importantes, los cambios de cuerpo, los cansancios. A ese momento de la vida habría que dedicarle mucha atención. Tengo una memoria estupenda para borrar lo desagradable, de verdad, pero tengo la impresión de que la menopausia es un momento en mi vida en el que me acomete un gran cansancio.

¿Tuvo suficientes apoyos?

Me hubiera gustado tener más, los habría necesitado. Porque luego puedes encarrilarlo, pero hay un momento difícil, tanto psicológica como fisiológicamente, en la mujer. Ahora supongo que habrá mejorado, pero no tengo ni idea porque no tengo hijas, tengo hijos, entonces no estoy tan al tanto de estos asuntos.

¿Cuál ha sido el mejor consejo que le han dado en la vida?

Me lo dio en California el profesor Arturo Serrano Plaja. Yo estaba estudiando Lingüística y me dijo: ‘¡Deje usted la lingüística y dedíquese a la literatura, que es lo suyo!’. Y le hice caso. Cambié de rumbo al momento porque tenía toda la razón.

¿Y qué consejo le daría usted a alguien que quiere iniciarse en la escritura?

Que persista y que indague en lo que quiere escribir dentro de sí mismo. Que no se deje llevar por las modas. Todos tenemos algo único que comunicar y, aunque parezca que todo está dicho, hay que volverlo a decir.

¿Hay algo que le hubiera gustado hacer, y que aún no haya hecho?

Muchas cosas. Ya estoy con pocas ganas de hacer, lo reconozco. Pero me hubiera gustado cantar bien, tener una buena voz. Eso es lo que quizá me hubiera gustado más. Cantar como Billie Holiday o Nina Simone, ¡son maravillosas!

¿Cuál ha sido su mayor aprendizaje de vida?

El mayor aprendizaje es envejecer; el tiempo es un enigma que no somos capaces de manejar. Cuando empiezas a ver que esto va en serio, que hay cosas que no te gustan, es un momento difícil. La vida está hecha de aprendizajes continuos.

¿Se encuentra trabajando en alguna nueva obra actualmente?

Sí, estoy inmersa en una novela larga que empecé hace tiempo y que ya está encarrilada. Pasaré el verano en Vilanova de Arousa, en Galicia, en un ambiente muy tranquilo que me permite escribir con total calma.


LA VANGUARDIA

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