sábado, 18 de octubre de 2008

La hija del sepulturero / La épica de Joyce Carol Oates



La hija del sepulturero

La épica de Joyce Carol Oates


Ficción y autobiografía se mezclan en La hija del sepulturero, libro emocionante y turbador que la gran novelista dedica a su querida abuela Blanche. "La violencia americana no es diferente; lo que de verdad nos diferencia es que nos analizamos y culpamos constantemente".

Truman Capote la describió como el ser más asqueroso de la tierra y ya en 1982 un crítico en Harper's tituló la reseña de uno de sus libros 'Párenme antes de que escriba de nuevo: otras seiscientas páginas de Joyce Carol Oates'. Dio igual. La escritora estadounidense no ha tenido problema alguno en demostrar que le sobra talento y lleva más de cuatro décadas decidida a derrocharlo en su obra, tan prolífica como inquietante.
Resulta complicado seguirle el paso. Desde que publicó su primer libro de ficción a los 24 años ha escrito cerca de cien títulos más: cuarenta novelas, veinte libros de cuentos, ocho de poesía, siete obras de teatro, seis volúmenes de no ficción y varios libros infantiles. En esta abrumadora lista ha tratado asuntos como la educación, los conflictos raciales y políticos, las leyes, el boxeo, la clase trabajadora o la familia. La violencia es uno de sus grandes temas. A menudo le preguntan por qué. Ella no oculta cuánto le molesta esta observación. "La pregunta siempre es insultante. La pregunta siempre es ignorante. La pregunta siempre es sexista", ha escrito en uno de los centenares de artículos que publica en todo tipo de revistas -desde Playboy hasta el Virginia Quarterly-.

"¿Quienes son los grandes asesinos de la historia? ¿Mao, Hitler, Stalin...? Ninguno es americano"

"A menudo somos el resultado de los esfuerzos que otros han hecho por nosotros: nuestors padres, nuestros abuelos"

"Uno debe imaginar, pero no inventar; si hay invenciones, ficción pura, eso debe brotar de lo 'real"
Siempre ha compaginado su trabajo como escritora con la docencia, primero en Detroit, más tarde en Canadá y desde hace 30 años en las aulas de Princeton. Allí explica a sus alumnos que hay dos tipos de escritores. Los impulsivos que se lanzan sin saber adónde van, como D. H. Lawrence, y los reflexivos que lo piensan todo antes, como Joyce. "Las cosas se pueden hacer conscientemente", sostiene, "no hay ninguna necesidad de hacerlas inconscientemente".
Por sorprendente que parezca, Joyce Carol Oates, además, también encuentra tiempo para correr, tocar el piano y llevar un diario. En la entrada del 20 de mayo de 1986 se encuentra un secreto de familia desvelado con un aire casual por su septuagenario padre en una visita de domingo. Allí también está la génesis de La hija del sepulturero, su novela publicada hace un año en Estados Unidos y traducida ahora al castellano en Alfaguara. "Mi padre contó cómo su abuelo Morgenstern intentó matar a su esposa en un ataque de ira, y acabó matándose él; el cañón de la pistola bajo su barbilla, tiró del gatillo, con mi abuela Blanche cerca. Mi padre tenía unos quince años en ese momento. Todos vivían en la misma casa, evidentemente... Una historia sórdida. Y tristemente cómica: le pregunté a qué se dedicaba mi bisabuelo y me dijo que era enterrador", anotó.
Rebecca Schwart es la heroína de ficción sobre cuya vida gira esta obra. Una mujer llena de fuerza, tesón y astucia que se sobrepone con uñas y dientes a la tragedia. Domestica su rudeza, se convierte en la mujer por todos deseada, alcanza su sueño de prosperidad. "Los individuos que tienen alguna tara aprenden a sobrevivir e incluso a florecer interpretando distintos roles con habilidad", afirma la autora.
El enterrador del título, un judío que huyó con su familia de los nazis, le recuerda a menudo a su hija que es diferente: ella ha nacido en América, no le cerrarán las puertas. Forzado a renunciar a su carrera como profesor, este alcohólico desesperado y violento no duda de que a Rebecca le aguarda un destino mejor. Antes de pegarse un tiro y salpicarle la cara, le inculca con machacona insistencia un principio fundamental, una frase con la que arrancan las 500 páginas de esta novela: en el reino animal los débiles perecen pronto.
¿Ocurre lo mismo en el mundo literario? "Cuando escribí esto no estaba pensando en la vida literaria sino en la vida en general. Es decir, en la supervivencia económica, que es la principal lucha para la mayoría de la gente", asegura la autora. "La literatura -como todas las artes- es un rasgo de la cultura más que del individuo y tiende a florecer cuando la economía es fuerte y a debilitarse en otros momentos. La hija del sepulturero trata sobre el instinto de supervivencia de una joven y sobre la forma en que se adapta a las circunstancias cambiantes".
En el año transcurrido desde la llegada de la implacable Rebecca a las librerías, la escritora ha sacado una nueva novela, una colección de cuentos y un curioso libro de ficción en el que imagina los últimos días de varios escritores. También ha perdido a su esposo, su gran pilar. Además, se ha lanzado al correo electrónico -"me permite mantener una correspondencia mucho más grande que antes y las conversaciones telefónicas se han reducido drásticamente"-. Celosa de su intimidad y metódica, accede a un encuentro pero, antes, quiere responder a las preguntas por este medio recién descubierto.
Asegura que su ritual de trabajo apenas ha cambiado con la llegada del ordenador. El primer borrador lo hace a mano. Luego lo pasa a un procesador de texto y allí continúa con las correcciones. En el caso deLa hija del sepulturero, tardó cuatro años desde que empezó a tomar notas hasta que puso el punto final. "El principal reto fue encontrar el lenguaje y la estructura para narrar una novela complicada que habla de historia, de política y de la cultura americana, así como de la vida doméstica de los personajes. La trama se mueve atrás y adelante por varias décadas", dice.
El punto de partida es una Rebecca veinteañera, poco antes de abandonar a su marido maltratador. Será tras una brutal paliza cuando emprenda una huida hacia adelante con su hijo, dispuesta a reinventarse cuantas veces sea necesario. Su brutal trauma se desvela al mismo ritmo en que ella entierra su pasado y se lanza al mundo, esta vez bajo un nuevo nombre, que ella considera encantadoramente norteamericano: Hazel Jones. "Triunfa de una forma en la que Rebecca no habría podido. Su mayor logro es criar a un niño que se convierte en un concertista de piano; sin la lucha, el sacrificio y la implacable fe de su madre, él no habría llegado tan lejos. A menudo somos el resultado de los esfuerzos que otros han hecho por nosotros: nuestros padres, nuestros abuelos", asegura la escritora. El libro está dedicado a su adorada abuela Blanche: "Yo era el equivalente del hijo de Rebecca para ella, la nieta que no sólo se graduó en la universidad, sino que se convirtió en profesora y escritora publicada. Dado lo humilde de sus orígenes esto parecía un logro milagroso", recuerda.
A través de Rebecca / Hazel, Oates se acerca por vez primera a la historia de Blanche, la misma mujer que cuando ella era pequeña le regalaba libros y que a los 14 años le compró su primera máquina de escribir. "La ficción y la autobiografía -que a menudo es una memoria semificcionalizada- son medios ideales para explorar el pasado. Uno debe imaginar, pero no inventar; si hay invenciones, ficción pura, eso debe brotar de lo real, de lo que verdaderamente ha ocurrido", afirma. "Me enfrenté a la historia asombrosa de la vida de mi abuela, pero no podía apropiármela directamente porque no sabía realmente nada de primera mano. Sólo podía llegar a ella de forma elíptica a través del arte. Aun así pienso que la voz que he imaginado para mi abuela refleja de forma exacta la simpatía, el pathos y la notable resistencia de su vida desconocida".
Uno de los datos que Oates desconocía sobre Blanche era su ascendencia hebrea. "Nadie sabía que mi abuela era judía hasta muchos años después de su muerte. Pero su vida, sus metas y su lucha fueron muy parecidas a las de muchos judíos americanos para quienes la educación y el arte eran los principales valores", dice. Quizá por ello la escritora señala que el antisemitismo es un tema que recorre su novela. "No quería caer en el voyeurismo, ni cometer un estúpido fracaso imaginativo. Rebecca Schwart es la portadora de una memoria terrible y maldita que recuerda los crímenes de los nazis contra su gente, los judíos, pero ella escapa a este destino reinventándose como una muy americana Hazel Jones, una mujer joven muy atractiva y femenina que embelesa a quien la conoce. Como es tan deslumbrante, los demás nunca llegan a verla del todo, ni siquiera aquellos que la quieren".
Oates reflexiona en este libro sobre la debilidad de los que saben mucho al encontrarse rodeados por aquellos que todo lo ignoran. ¿Es también una debilidad recordar demasiado? "Sí, especialmente en lo que a la memoria histórica se refiere. Aquellos que se niegan a recordar, o que carecen de educación o son ignorantes, parten con una ventaja superficial frente a quienes cargan con la sombra de los recuerdos", afirma. Especialmente enervantes le resultan los intentos del partido republicano en la presente campaña, por simplificar. "Una de las estrategias de sus jefes de campaña es concentrarse en soluciones extremadamente sencillas para problemas muy complejos como el calentamiento global, la economía o el terrorismo. Tratan así de sugerir que hay algo débil en la inteligencia, la educación o la conciencia".
Nacida en 1938 en una granja al norte del Estado de Nueva York, la mayor de tres hermanos, Joyce, como su madre, asistió a una escuela con una única aula. Estudió gracias a una beca en la Universidad de Syracuse y allí ganó su primer premio literario. Se graduó con honores y marchó en 1962 a Wisconsin para obtener un posgrado en literatura inglesa. Pero Oates había comenzado a dejar por escrito las historias que rondaban su cabeza mucho antes, antes incluso de empezar a teclear en la máquina que le dio su abuela. Una bonita edición de Alicia en el país de las maravillas inspiró sus primeras novelas gráficas en la infancia. Y ella tuvo claro desde el principio que no quería ser la traviesa protagonista, que al fin y al cabo era agente pasivo de su propia historia. "Ser Lewis Carroll era infinitamente más atractivo que ser Alicia", escribe.
Una tarde de principios de octubre Oates aparece en el escenario del festival de la revista The New Yorker. En el panel titulado 'El demonio dentro' le acompañan el octogenario maestro del thriller Elmore Leonard y el joven Matthew Klam. Luce un jersey azul y un vistoso collar a juego, pantalones negros y bailarinas planas. Es pálida y espigada -mide casi un metro ochenta-, sus castaños ojos saltones se dulcifican cuando sonríe coqueta al escuchar la admiración que le profesan sus colegas. Ladea la cabeza y mueve sus larguísimas manos. Incluso, bromea con llevarse al joven escritor a Princeton con ella si los elogios continúan. Entre sonrisa y sonrisa, entre elogio y elogio, Oates deja claro que el título del panel le parece demasiado teológico. El mal, el demonio como idea religiosa no le convence. Habla de Macbeth y de Lear; de las historias que aceleran el corazón y conducen a un mito; de cómo el arte está basado en el conflicto, en una serie de elementos que a menudo son rechazados o negados por la sociedad. Aún le queda tiempo para comentar con sorna, ante un auditorio abarrotado, los absurdos comentarios que le dedican algunos de sus lectores -"me dicen cosas como que se alegran de que sea tan alta"- y de reprender a una joven rubia por preguntar acerca de Detroit -"tú vienes de un suburbio acomodado y probablemente ni siquiera conozcas la ciudad"-.
Al día siguiente, lo que en principio sería una cita relajada tras su firma de libros se convierte en un delirante viaje en coche compartido con el novelista Tobias Wolff y conducido por un chófer del mismo festival. A la altura de la Calle 18 con la Sexta Avenida, Oates rechaza la idea de que haya un factor diferencial en las mujeres americanas. "Esto tiene más que ver con las expectativas que se tienen de lo femenino y de las mujeres y aquí se puede citar desde Nabokov hasta Marilyn Monroe", dice, antes de añadir con insistencia que los americanos, sin entrar en cuestiones de género, tienen una notable habilidad para reinventarse. ¿Y las mujeres que han saltado a la arena política estadounidense? "Son fuertes", señala escueta.
Su protagonista Hazel / Rachel es dura y decidida como un luchador en el ring, asesta y encaja golpes con soltura. Por momentos parece una reencarnación de los míticos héroes y combates que Oates describió en su mítico ensayo Sobre el boxeo: "Ella sería un peso medio con un buen contragolpe, como casi todos nosotros", apunta divertida. Unos veinte minutos después de entrar en el coche y sólo diez calles más arriba, no puede evitar hacer un comentario sobre lo cansino que a veces resulta el marco de una entrevista. "Me preguntaron el otro día por vigésima vez por mi legado", le explica a Wolff, "son cosas tan ingenuas
...". "A mí en el panel de ayer", contesta él, "me dijeron que por qué escribo siempre sobre perdedores". Oates se solidariza con su colega, antes de girar su largo cuello: "¿Alguna otra pregunta?", ataca. ¿Hay algo específico y característico de la violencia en Estados Unidos? Wolff se inquieta, alega una cita, señala al atasco y se apea prácticamente en marcha. Joyce contesta: "La violencia americana no es diferente; lo que de verdad nos diferencia es que nos analizamos y culpamos constantemente. ¿Quiénes son los grandes asesinos de la historia? ¿Mao, Hitler, Stalin...? Ninguno es americano". Joyce amenaza con seguir los pasos de su colega Wolff y apearse. Se calla en medio de una frase sobre la música, ese arte que transforma a la protagonista de su novela y que tanto ha pesado en su casa desde la infancia. Se toca el sombrero: "Lo siento, no creo que pueda seguir con esta entrevista". Habrá entonces que volver sobre su palabra escrita, aquellas últimas frases que cierran su artículo Las historias que me definen: "Algunos necesitamos un egotismo sin fronteras para encontrar la fuerza para escribir una sola línea, no digamos un libro. (¡Otro libro Joyce! Murmura el abismo. ¿Y éste también va a cambiar el mundo?). Pero el artista debe actuar a partir de la frágil convicción de que lo es todo, si no, no podrá probar nada".



jueves, 16 de octubre de 2008

Víctor Rodríguez Núñez / Entrada


Víctor Rodríguez Núnez
ENTRADA

No sé por qué camino
pero he llegado aquí
Hasta este raro sitio
sin casas ni paisaje
Este lugar desnudo
de las piedras al alma
donde el mundo germina


Quizás también tú llegas
siguiendo ese camino
En esta vida harta
de aciertos y certezas
sólo el error nos une
La poesía es el reino
de los equivocados


Oración inconclusa, 2000

.

domingo, 12 de octubre de 2008

Luis Cernuda / Donde habite el olvido


Luis Cernuda
DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.



sábado, 11 de octubre de 2008

Sergio Pitol / El hombre de los peces rojos



Sergio Pitol

Sergio Pitol

El hombre de los peces rojos


REINA MARÍA RODRÍGUEZ
11 OCT 2008

Conocí a Sergio Pitol a partir de sus traducciones de cuentos polacos contemporáneos y gracias a él, encontré a Witold Gombrowicz, a Bruno Schulz y hallé una extensión de las fronteras, donde los sueños son más que fantasías, pronósticos: huevos de avestruz que empollan páginas; carta perdida que aparece denunciando el horror cometido contra Meyerhold; fragmento sobre Marina Tsvietáieva en un vitral de familia donde se pueden tocar, los añicos en los que convirtieron su vida; o las sanguijuelas prendidas a la nariz de Gogol que uno quisiera también, arrancar.
Sergio Pitol, como autores que Angelo Maria Ripellino convirtió en personajes de su Praga mágica: Kafka con traje negro y bombín; Egon Edwin Kisch rayando fósforos hasta llegar a su casa "a través del color ahumado de la oscuridad"; está obsesionado por recuperar las pérdidas de una inminente ruina geográfica, humana, sentimental y literaria. Una aparición repentina se entrecruza con lo real para darnos poblados en un cambio de estación, flora o fauna embrionaria renovando así, las letras hispanoamericanas con "su extraña juventud". Nunca hay un viaje hacia donde presumiblemente se llega sino, a procesos sin géneros, a regodeos con enfermedades, aspirinas, recuerdos, buscando sin querer, ese algo anterior y perdido; corriendo, "la misma suerte que corrió Don Quijote, catalogado... entre lecturas fáciles y divertidas y, más tarde... no como la gran parodia que es" -dice, Luz Fernández de Alba-, uno puede extraviarse por espacios que interactúan en un juego incesante. Porque, Pitol está en el cambio mismo, esa encrucijada, donde contrapone al movimiento del mundo, su propio movimiento. De ahí, su juventud (esa inmadurez que Witold Gombrowicz buscó hasta su muerte). Inmadurez de lo vivo, contra demasiados fines dictaminando la cultura, la vida. Risa, ironía, parodia. Se esconde en los residuos para ganar tiempo; busca autores extraviados de algún centro o poder: Cervantes, Kafka, Bernhard; Bulgákov, Beckett, anteponiendo, como él dice, "el triunfo de la manía sobre la propia voluntad". Esa manía, es su escritura. Un achaque.
Ahora, ha vuelto a La Habana, un lugar detenido en el tiempo y le pregunto, ¿cómo está en el presente, ese sitio que fácilmente extrapolamos y perdemos? No trajo sus libros, sonríe. Sale en busca de otras historias: Victorio Ferri cuenta un cuento; Tiempo cercado; Infierno de todos; Los climas; No hay tal lugar; Asimetría; Nocturno de Bujara; El desfile del amor; Juegos florales, El arte de la fuga que logran, "una visión especial del hombre", en un encuentro casual, trágico y divertido a la vez, devorado desde afuera por su presente porque, la forma puede salir de una conversación intrascendente para quienes olvidan la carnavalización a la que estamos condenados, esa esfera que Bruno Schulz llama, "zona de contenidos subculturales, no acabados de formar y rudimentarios", donde se ahoga la inmadurez del hombre, para construir la madurez de un relato en la próxima aventura: Domar a la divina garza.
El viaje termina con otro proceso que se abre y el niño (Iván, niño ruso), aparecerá persiguiéndolo, cuando atraviesa el ingenio y camina hasta un montón de bagazo de caña. "No logro saber, dice, de qué modo llegó a conocer ese sitio solitario ni quién me enseñó a orientarme en aquel laberinto obstruido a cada momento por máquinas gigantescas. Una vez allí, me sentaba o tendía sobre el bagazo tibio...".
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952), poeta, es autora, entre otros libros, de Al menos, así lo veía a contraluz (Archione Editorial). Ha obtenido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de octubre de 2008
EL PAÍS


FICCIONES


Luis Cernuda / Contigo


Luis Cernuda
CONTIGO
¿Mi tierra? 
Mi tierra eres tú. 

¿Mi gente? 
Mi gente eres tú. 

El destierro y la muerte 
para mi están adonde 
no estés tú. 

¿Y mi vida? 
Dime, mi vida, 
¿qué es, si no eres tú?




viernes, 10 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Oír a Bach


Cristina Peri Rossi
OÍR A BACH

Oír a Bach
es un insulto
si por mi puerta entran
los más diversos crímenes de la Historia
las más famosas infamias
la desgracia de mi madre
y este amor
que se cae como un espejo
tumbado por el viento.




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jueves, 9 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Afrodita

Crows
Nicoletta Ceccoli

Cristina Peri Rossi
Afrodita

Y está triste
como una silla abandonada
en la mitad del patio azul
Los pájaros la rodean
Cae una aguja
Las hojas resbalan
sin tocarla
     Y está triste
en mitad del patio
con la mirada baja
los pechos alicaídos
dos palomas tardas
Y un collar
sin perro
en la mano

          Como una silla vacía.



Cristina Peri Rossi, Diáspora, 1976




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miércoles, 8 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / R.I.P.



Cristina Peri Rossi

R.I.P.

Ese amor murió
sucumbió
está muerto
aniquilado      fenecido
finiquitado
occiso               perecido
obliterado
muerto
sepultado
entonces,
                        ¿porqué late todavía?




Cristina Peri Rossi, Inmovilidad de los barcos, 1997



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martes, 7 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Tango


Cristina Peri Rossi

Tango

La ciudad no eras vos
No era tu confusión de lenguas
ni de sexos
No era el cerezo que florecía -blanco-
detrás del muro
como un mensaje de Oriente
No era tu casa
de múltiples amantes
y frágiles cerraduras

La ciudad era esta incertidumbre
la eterna pregunta -quién soy-
dicho de otro modo; quién sos.



Cristina Peri Rossi, Otra vez eros, 1994




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lunes, 6 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Aquella noche

Ilustración de Patrick Nagel

Cristina Peri Rossi
AQUELLA NOCHE

La noche en que nos conocimos
yo empecé a perder
La cerilla explotó
y me quemó los dedos
manché mi blusa con el vino
Olvidé por completo el nombre
del mes y del día

Tanta turbacióm
sólo podía ser la prueba
de un deseo muy grande

tan grande
que ni tú misma
podías satisfacer.





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domingo, 5 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Distancia justa

Ilustración de Patrick Nagel

Cristina Peri Rossi
DISTANCIA JUSTA

En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo           digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.



Cristina Peri Rossi
Otra vez eros, 1994





El inquietante atractivo de la guerra

Generation kill


El inquietante atractivo de la guerra

'Generation kill' (Canal +) sigue los pasos de un comando de 'marines' en Irak



GUILLERMO ALTARES
Madrid 5 OCT 2008

Como ocurre cada vez con más frecuencia en Hollywood, la guerra de Irak todavía no cuenta con una gran película, con uno de esos filmes que consiguen que, incluso en la era de YouTube, llegue a confundirse lo real y lo imaginado; pero sí tiene una gran ficción televisiva: se llama Generation kill, sus autores son David Simon y Ed Burns, los creadores de The Wire, y la estrenará Canal + el 7 de octubre (21.30). A lo largo de siete episodios, la serie seguirá a una compañía de reconocimiento de marines estadounidenses durante la invasión de Irak y está labrada en la tradición del mejor cine de combate. De hecho, en algunos momentos aguanta la comparación con Hermanos de sangre, la miniserie sobre la II Guerra Mundial que produjeron Steven Spielberg y Tom Hanks.




La serie refleja la confusión de la batalla, el horror absoluto
Los soldados de la Compañía Bravo van hasta arriba de pastillas de cafeína






Generation kill (Generación matar) está basada en el libro del mismo título del reportero Evan Wright, empotrado con los marines durante los dos primeros meses de la guerra, que comenzó el 20 de marzo de 2003. Ni el libro ni la serie ocultan ningún detalle por desagradable que sea -niños muertos a tiros en controles en los que se dispara contra todo lo que se mueve, bombardeos de aldeas en las que sólo hay civiles, mandos incompetentes- y muestran cómo las normas de enfrentamiento se van endureciendo conforme avanza la invasión. Los periodistas españoles sabemos, tras la muerte del cámara José Couso en el hotel Palestina de Bagdad, hasta qué punto el Ejército de EE UU disparaba contra objetivos claramente civiles.
Sin embargo, y en eso se parece a la obra maestra del reporterismo sobre Vietnam, Despachos de guerra, de Michael Herr, el espectador no puede evitar oleadas de simpatía por unos tíos que idolatran a la muerte, pero que se juegan la vida en los caminos polvorientos de una guerra absurda. Los soldados de la Compañía Bravo van puestos hasta arriba de pastillas de cafeína, tienen problemas de suministros, están obsesionados por encontrar el mejor momento para cagar, apenas cuentan con apoyo aéreo, reciben las emboscadas "como plegarias atendidas", son obscenos hasta la vergüenza ajena, comparan la guerra con el Grand Thef Auto o cualquier otro videojuego; pero son seres humanos, personajes de carne y hueso.
En el Bagdad de los saqueos, cuando un periodista compartía unas cervezas con soldados de EE UU, era frecuente que acabasen enseñándole los vídeos grabados durante su avance por la tierra de los dos ríos: y eran puro Generation kill. A veces retrataban el combate en medio de un ambiente de bromas de campamento de verano, otras eran escenas salvajes. Esta serie ha captado esa autenticidad, la guerra vista desde los ojos de una generación que, como escribe Evan Wright, refleja una "nación que se hundió desde el estado de gracia de Camelot (la Casa Blanca en la época de John Kennedy) hasta la vergüenza del Watergate, unos jóvenes que entraron en Irak con la idea de que las grandes mentiras son tan esenciales para el Estado como los impuestos".
Es una serie capaz de reflejar la pequeña historia de los soldados, la confusión de la batalla, el horror absoluto de la guerra, la locura de la violencia desatada, pero también la fascinación que todo aquello nos produce. Porque, como afirma un fotógrafo en el libro de Michael Herr: "¡Quitarle encanto a la guerra! Bueno, dime, ¿cómo coño vas a poder hacer eso?... No puedes quitarle atractivo a eso, es como intentar quitárselo al sexo o a los Rolling Stones". Cualquier muchacho de Generation kill subscribiría esta enloquecida declaración de principios.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de octubre de 2008



sábado, 4 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Y el psiquiatra me preguntó

Fishingroom
Nicoletta Ceccoli

Cristina Peri Rossi
Y el psiquiatra me preguntó...

Y el psiquiatra me preguntó:
-¿A qué asocia el nombre de Alejandra?

-El dulce nombre de Alejandra
el olor de los pinos y cipreses
casas rojas castillos medioevales
una dama en el umbral
muebles púrpuras
la prodigiosa simetría de los parques
una hoja siempre en blanco
delante del ojo que acaricia
la falta de sonido
las lilas de los muros
un dolor enfermizo por casi todo
el muelle gris
las cosas que sólo existen en jardines
para decir cuyos nombres
es necesario empezar por Alejandra
la antigüedad de algunas piedras
respiración entrecortada
la dificultad
para hacer amigos,
en fin, medianoches fatales
en que todo nos falta
especialmente
un amigo
una amiga
inolvidables.



Cristina Peri Rossi, Diáspora, 1976



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viernes, 3 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Reminiscencia

Inconnu 01
Laurent Fièvre

Cristina Peri Rossi

Reminiscencia

No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.




Cristina Peri Rossi, Diáspora, 1976



jueves, 2 de octubre de 2008

Cristina Peri Rossi / Escorado


Cristina Peri Rossi
Escorado

Mirándola dormir
dejé que el barco se inclinara
lentamente hacia un costado
precisamente el costado
sobre el que ella dormía
apoyando apenas la mejilla izquierda
el ojo azul
la pena negra de los sueños
y por verla dormir
me olvidé de maniobrar
pensando en las palabras de un poema
que todavía no se ha escrito
y por ello
era el mejor de todos los poemas
tan sereno
tan sutil como su piel de mujer casi dormida
casi despierta,
tan perfecto como su presencia inaccesible
sobre la cama,
proximidad engañosa de contemplarla
como si realmente pudiera poseerla
allá en una zona transparente
donde no llegan las sílabas orando
ni el clamor de las miradas
que quieren acercarse
en la falsa hipócrita intimidad de los sueños.



Cristina Peri Rossi, Descripción de un naufragio, 1974



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miércoles, 1 de octubre de 2008

Francisco Hernández / Radiografía



Francisco Hernández
RADIOGRAFÍA

este poema huele a esperma
a sudor de negra
a pantalón traído de la tintorería:
al amanecer
sabe a vodka con hielo
a camarón gigante
o simplemente a madres.
es más ligero que el sexo de una hormiga
pero no se puede amplificar
ni humedecer
dada su calidad de combustible