Las memorias de Pelicot cuestionan las narrativas convencionales sobre las víctimas y muestran cómo funciona la negación incluso después del horror.
Parul Sehgal
21 de mayo de 2026
He aquí una paradoja: nuestros mitos más antiguos y nuestras primeras novelas suelen ser, más que nada, historias de violencia sexual. Pensemos en Draupadi, despojada de su sari en el Mahabharata; en las ninfas de Ovidio, que huyen aterrorizadas de los dioses lascivos. Y, sin embargo, los relatos en primera persona sobre violaciones y abusos han sido relegados durante mucho tiempo a un estatus de segunda categoría: considerados una especie de testimonio, rara vez literatura y casi nunca auténticas obras de arte.
Pensemos en el caso de Gisèle Pelicot, la francesa que quizá sea hoy la sobreviviente de violencia sexual más reconocible del mundo. Cuando testificó contra su marido y los 50 hombres que este había reclutado para violarla, las imágenes de ella —a sus 71 años, con su melena cobriza y sus bufandas brillantes— suscitaron comparaciones en este periódico con las fotografías de 1989 del hombre que se enfrentaba a los tanques blindados en la plaza de Tiananmén.
“La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo Pelicot. Insistió en que el juicio fuera público. Los hombres que la violaron ocupaban varias filas; se reían y chocaban los cinco durante los recesos. Ella permaneció sentada mientras se describían sus orificios con lujo de detalles y se hablaba de su coeficiente intelectual “promedio”, al tiempo que se proyectaban videos de las violaciones para el tribunal. Durante la última década, su marido desde hacía 50 años, Dominique Pelicot, la drogó hasta sumirla en el estupor y ofreció su cuerpo en internet. Ella sufría pérdidas de memoria y problemas ginecológicos inexplicables. Creyó que se moría. Cuanto más se prolongaba el juicio, cuanto más oscuras eran las revelaciones, más mujeres se reunían frente al tribunal en apoyo a Pelicot. Las calles de Aviñón se llenaron de grafitis: “Merci, Gisèle”. Todos los acusados fueron declarados culpables, muchos de violación con agravantes. Dominique fue condenado a 20 años de prisión.

En febrero, Pelicot publicó sus memorias, Un himno a la vida, escritas con Judith Perrignon y traducidas al inglés por Natasha Lehrer y Ruth Diver. El libro se convirtió inmediatamente en un superventas internacional y fue objeto de las malas lecturas a las que este género es tan propenso. Las reseñas y entrevistas han estado llenas de una compasión temblorosa por lo que sufrió Pelicot y de elogios vagos a su heroísmo. Pero han mostrado una extraña reticencia a involucrarse verdaderamente con lo que ella ha creado. El libro se trata como una confesión, un aullido de dolor, y es muy elogiado por su “angustia” y “honestidad inquebrantable”. El logro de Pelicot, según lo interpretó una reseña del Washington Post, es en realidad antiliterario: radica en su rechazo a interrogarse a sí misma. “Solo existe lo que hay que hacer para poner un pie delante del otro” en un caso de tal brutalidad. “Solo existe lo necesario para sobrevivir”.
¿Por qué leer un libro así? Yo casi no lo leo. Solo cuando oí a una crítica —que le había dedicado una larga y elogiosa reseña en una revista— confesar que Pelicot la inquietaba, que no terminaba de confiar en ella como narradora, pero no había querido decirlo, sentí una punzada de curiosidad: ¿Por qué Pelicot se había mostrado tan vulnerable? ¿Era posible que hubiera algo más urgente entre manos, más allá de recitar hechos o apelar al lector, algo privado y riesgoso?
Eso es exactamente lo que uno encuentra desde la primera página y su extraordinariamente tenso párrafo inicial, cuando monsieur y madame Pelicot se sientan a desayunar juntos por última vez, la mañana en que lo arrestaron a él. Qué contenida está la escena; qué evidente resulta de inmediato la arquitectura densa y estratificada del relato, su impaciencia frente al lenguaje prefabricado y los guiones habituales sobre la violencia sexual. Y, sí, todo ello está impregnado de la interesante falta de fiabilidad de Pelicot: sobre todo frente a sí misma.
“Al dolor de lo que yo había descubierto, a la vergüenza de mi cuerpo convertido en un saco”, escribe, “se añadía la de no haberme enterado de nada, la de no ser más que una idiota a ojos de los demás y de mí misma”. Lo que las lecturas simplistas y antiliterarias pierden al encerrar este libro en formas estrechas —lamento de víctima, manifiesto feminista— es la riqueza de sus indagaciones y su ambición de decir algo original sobre la victimización y la supervivencia. Si acaso, el libro se parece más a un antimanifiesto: es una investigación sobre aquello que se nos escapa, sobre hasta qué punto podemos ocultarnos el conocimiento a nosotros mismos y sobre cómo se nos alienta a hacerlo.
Cuando Pelicot leyó la transcripción de una de sus reuniones con un magistrado que investigaba su caso, le sorprendió lo que se omitía. Al preguntarle qué sentía por su marido, ella respondió: “Me da asco, me siento sucia, mancillada y traicionada”. Esas palabras fueron registradas fielmente, pero “faltan mis tartamudeos y mis dudas”, señaló, y concluyó que “la justicia debe avanzar”. Un himno a la vida devuelve esos titubeos y vacilaciones al registro, junto con todas las historias que resultaban irrelevantes para los abogados en los que Pelicot se apoya ahora para darle forma a su experiencia.
Renuncia a comprender cómo su marido pudo partirse en dos, cómo pudo ser el hombre cariñoso y amable que ella conocía, mientras le ocultaba una vida secreta en la que organizaba agresiones tan brutales que, al menos en una ocasión, ella podría haber muerto asfixiada. Pacientemente, persigue aquello que sí puede saber. Se enfrenta a sí misma y a su propia mente con una franqueza simple: ¿pasó por alto señales? y, si fue así, ¿cómo? ¿Qué se le escapa todavía? Pelicot no plantea estas preguntas para culparse a sí misma, asumir una responsabilidad injusta ni absolver a su marido en lo más mínimo. Lo que intenta hacer, intuimos, es reconstituir su realidad encontrando una forma que pueda contener toda su incertidumbre: su identidad aún en proceso de cambio, una historia que todavía aparece y desaparece de foco, y todas esas ausencias que perdurarán. Por necesidad, trabajando con lo que puede, Pelicot ha escrito unas memorias sobre la violencia sexual, no como víctima ni sobreviviente, sino como el escenario del crimen.
Las “memorias de una sobreviviente”, tan obstinadamente malinterpretadas en el mundo anglófono, gozan de una reputación distinta en Francia, lo cual resulta crucial para comprender la seguridad y el aplomo de Un himno a la vida. En la última década, el movimiento #MeToo francés fue impulsado no solo por las celebridades o las redes sociales, sino también por memorias literarias sin tapujos cuyo poder deriva explícitamente de su sofisticación y originalidad, de la fuerza y sensibilidad de su prosa. Mientras que las “tramas traumáticas” han apagado y reducido las historias de sufrimiento a guiones insípidos y fórmulas vacías, estos libros han actuado como un antídoto.
Dos de los ejemplos más destacados, El consentimiento (2021), de Vanessa Springora, y La familia Grande (2022), de Camille Kouchner, han incitado un cambio social extraordinario en Francia, obligando a establecer por primera vez una edad de consentimiento y a endurecer las leyes sobre el incesto. Ambos fueron éxitos comerciales. Las memorias de Kouchner, que detallan el abuso sexual infantil de su hermano mellizo a manos de su padrastro, el político Olivier Duhamel, vendieron 200.000 ejemplares en su primer mes. El impacto de los libros no se debió únicamente a sus revelaciones, que a menudo eran de dominio público. El hombre que abusó de Springora, el escritor Gabriel Matzneff, escribió abiertamente sobre su afición al sexo con adolescentes y niñas y niños de tan solo 8 años. En 1977, redactó una carta abierta en la que abogaba por la despenalización de las relaciones sexuales entre menores y adultos. Entre los firmantes figuraban Roland Barthes, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Esta era la cultura en la que crecieron Springora y Kouchner, la Francia de la década de 1970, en la que se fomentaba la permisividad sexual en nombre de la licencia artística y la libertad humana. El lema reinante era “Está prohibido prohibir”.
Ambos libros enfrentan directamente a los abusadores — y a las redes que los protegieron — en el terreno literario: basta observar la elegancia de la prosa y la astucia de la estructura. Es como si buscaran recuperar un lenguaje, reclamarlo nuevamente, afirmar que el arte ya no puede seguir siendo una coartada para justificar, disfrazar o minimizar la explotación de mujeres y niños.
Un Himno a la Vida también comienza con el intento de recuperar un relato propio. Pelicot descubre que todos tenían una idea de cómo debía comportarse: “No me encontraba lo bastante afectada, que no le guardaba el suficiente rencor y que no estaba lo bastante furiosa”. Se siente dominada por sus hijos y su dolor, sus críticas y su condescendencia. “Has tenido una vida de mierda”, le dice su hija. No le gusta la estrategia de su primer abogado, que intenta presentar su historia como una batalla épica de hombres contra mujeres. Desde la psicología, se subrayan sus puntuaciones perfectas en los dictados cuando era niña y se la califica de “una mujer sometida, bajo el control de su marido”. Pelicot abandonó furiosa la consulta. “Ahora había muchas versiones de nuestra historia. La de nuestros hijos, la de la policía y la de los expertos. La mía se hundía en la mirada de los demás”.
No había manera de que Pelicot pudiera prever la magnitud y la brutalidad de la forma de operar de Dominique. Pero cuando la verdad salió a la luz, ella y su familia quedaron inundadas de recuerdos perturbadores, momentos inquietantes que parecían haber quedado archivados, a la espera de ser comprendidos. Uno de ellos reapareció para una nuera: Dominique decía que quería “jugar a los médicos” con su pequeño nieto. Pelicot recordó un cóctel que tenía un sabor extraño. Recordaba haber examinado manchas de lavandina en sus pantalones y haber preguntado a su marido, en broma: “¿no me estarás drogando?”. Él se puso a llorar. “Y también me digo que quizá, en el fondo, muy en el fondo, no confiaba del todo en él, porque lo había acusado. Pero fue en tono de broma, una broma pesada ”, escribe. De repente cobra sentido la ruptura con una amiga cercana. Esta amiga, Pascale, le advirtió un día sobre Dominique: “Lo has puesto en un pedestal, pero no sabes con quién vives”. Pelicot no le pidió más detalles. Terminó inmediatamente la conversación y durante los 11 años siguientes, pese a trabajar en la misma oficina, no volvieron a hablarse. Hoy Pelicot observa ese comportamiento con asombro: “¿Tan frágil era el edificio que tuve que echar a Pascale de malas maneras? ¿Una sola palabra suya podía hacer que se tambaleara? No quise escuchar nada”.
Todo escándalo, todo horror público, deja entre sus cenizas las mismas preguntas ásperas: ¿Quién sabía? ¿Quién apartó la mirada? Lo que Pelicot hace, de manera brillante y sutil, es formular la pregunta que la mayoría evita: no quién, sino cómo. Con una frialdad y deliberación que parecen venir de la edad, explora los mecanismos mediante los cuales alguien puede volverse experto en apartar conocimientos indeseados. Y alcanza su momento más devastador cuando presenta aquello que todavía no puede afrontar.
Dominique Pelicot llevaba registros meticulosos. Entre las pruebas de sus crímenes — unas 20.000 imágenes y videos — había dos fotografías de su hija Caroline durmiendo. El descubrimiento de estas imágenes fue lo que realmente desestabilizó a Pelicot. Al describir las agresiones de su marido contra ella, utiliza a menudo la palabra “impensables”, en el sentido de que le resultan difíciles de contemplar. Con las fotografías de Caroline, utiliza otra palabra: “insoportables”. Las fotografías —y su “mirada incestuosa”— no podían soportarse; incluso ahora su mente retrocede ante ese conocimiento. Caroline llegó a convencerse de que su padre también la había drogado y violado. (Dominique negó haber tocado a Caroline ni haber tomado las fotografías). Pelicot no aceptó la versión de su hija. Necesitaba pruebas más concretas, dijo, para evitarle más sufrimiento a su hija. Caroline interpretó la negativa de su madre como indiferencia ante su propia conmoción y confusión. Las dos mujeres estuvieron distanciadas durante un tiempo, pero desde entonces se han reconciliado. Sin embargo, la negativa de Pelicot a reconocer la versión de su hija constituye uno de los momentos más impactantes del libro, tratado con una torpeza reveladora, y no es un caso aislado.
Dominique Pelicot cuidaba regularmente a sus nietos. Tras conocerse la noticia de las violaciones masivas, el hijo mayor de Pelicot, David, denunció que su propio hijo también había sufrido abusos. Pelicot actuó de manera extraña entonces, y también lo hace en el libro. Tanto en la vida como en estas páginas, insiste una y otra vez en lo felices y queridos que eran sus hijos y nietos. Insiste en que jamás había visto al niño rehuir a su abuelo. Y cuando él le contaba sueños perturbadores, ella lo despachaba de manera muy tajante, según ella, por su propio bien. “Entonces dije que un sueño no era un hecho, que debíamos ser prudentes y no tomarlo como un recuerdo real y preciso”, explica en relación con una conversación que tuvo con su nieto. “Quería que mi nieto siguiera adelante, que aguantara”. Se trata de la misma escritora —cabe señalar— que presenta sus propios sueños como profundamente reveladores. Es un momento desagradable del libro, pero que ella ha decidido incluir, casi como para decir: Mírenme. He aquí el mecanismo en funcionamiento. Miren cómo manejo la información que todavía no puedo asimilar. Miren cómo la justifico en nombre del amor y la protección.
Pero percatarse de la trama oculta del libro requiere estar dispuesto a mirar las memorias de la violencia sexual con más atención, a considerar significativas sus elecciones estéticas y estilísticas. Un himno a la vida ofrece al lector múltiples hilos narrativos: el juicio, la infancia y el matrimonio de Pelicot, la fractura y reconstrucción de sus relaciones con sus hijos, el despertar de una conciencia política, el reencuentro con el amor. Atravesándolos todos circula otra historia, nacida de las contradicciones de Pelicot y de su cuidadoso uso del lenguaje. El libro que tenemos entre manos es el producto de una mujer que intenta recuperar el control de su mente, recién sensibilizada a su funcionamiento. Sus esfuerzos por comprenderse a sí misma parecen una ofrenda, incluso un plano. Pues pensemos en esto: Dominique Pelicot disfrutaba iniciando a otros hombres en su “afición”; les ofrecía sedantes e instrucciones para que drogaran, violaran y compartieran a sus propias esposas. Tras las detenciones, la policía alertó a las parejas de esos hombres de que podrían haber sido víctimas, como Pelicot, y les ofreció analizar su cabello para detectar la presencia de drogas. Todas las mujeres se rehusaron.
Parul Sehgal es crítica general para el Times.



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