
Sobre Gordon Lish y Raymond Carver
Raymond Carver murió a los cincuenta años de cáncer de pulmón. En ese momento (1988), era considerado el mejor cuentista estadounidense. Sin embargo, diez años después de su muerte empezó a resonar la historia de que algunos de sus cuentos no habían sido del todo escritos por él, sino que su éxito se debía al trabajo del editor Gordon Lish.
Esto llamó la atención del escritor y periodista neoyorquino, D. T. Max, que escribía en The New York Times Magazine. Él decidió investigar y visitó la biblioteca de la Universidad de Indiana, donde Lish vendió los manuscritos que conservaba de Carver. En palabras de Max (la traducción es mía):
«Lo que encontré allí, cuando comencé a revisar los manuscritos de historias como “El gordo” y “Dile a las mujeres que nos vamos”, eran páginas llenas de marcas editoriales: tachaduras, adiciones y comentarios en los márgenes, todo en la letra de Lish. Parecía como si un niño temperamental de 7 años hubiera tomado posesión de las historias».
Max descubrió que esta influencia de Lish estaba en las primeras historias de Carver, lo que explicaba por qué se podían rastrear dos estilos en la obra del autor. Las de sus primeros cuentos eran más minimalistas y abstractas.
Esto genera varios interrogantes sobre el rol del editor y las atribuciones que puede tomarse. De hecho, el caso de Carver y Lish no es un caso aislado. Ocurrió algo similar entre Thomas Wolfe y Maxwell Perkins, y hay muchos ejemplos más, como lo cuenta Robert Gottlieb en su entrevista para The Paris Review.
Cito a Gottlieb: «La relación de un editor con un libro debe ser invisible. Lo último que querría saber cualquiera que esté leyendo Jane Eyre, por ejemplo, es que convencí a Charlotte Brontë de que la primera esposa del señor Rochester debía arder en llamas. El caso más famoso de intervención editorial en literatura inglesa, que siempre me ha molestado, fue que el del amigo de Dickens, Bulwer-Lytton, quien le aconsejó cambiar el final de Grandes esperanzas. Yo no quería saber eso. Como crítico, por supuesto, como historiador literario, puedo estar interesado, pero como lector, eso lo encuentro algo desconcertante».
Robert Gottlieb fue editor en jefe de Simon & Schuster, Alfred A. Knopf, y The New Yorker. Fue editor de Toni Morrison, Jhon Cheever, Salman Rushdie, Ray Bradbury, etc., y rechazó La conjura de los necios de John Kennedy Toole.
Volviendo a Carver, por supuesto, las ediciones de Lish parecen excesivas, pero cabe preguntarse si el trabajo del escritor estadounidense —uno de los grandes cuentistas de nuestro tiempo— habría llegado a publicarse si este editor no «mete la mano» a su escritura; si habría aprendido a depurar su trabajo narrativo y descubierto su estilo sin la guía de Lish.
Si lo consideramos desde este punto de vista, lo excesivo parece necesario, y quizá todos los amantes de Carver debamos un poco a este editor atrevido, que supo mostrarle a este autor cómo pulir el diamante en bruto que era su literatura.
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