jueves, 21 de mayo de 2026

Juan Fernando Merino / Mar de las nubes


Portada Los Mares de la Luna
Los mares de la Luna, de Juan Fernando Merino (El Silencio Ediciones, 2026).

El escritor caleño Juan Fernando Merino reúne en Los Mares de la Luna, su más reciente libro, historias cuyos protagonistas, en diferentes lugares del mundo, están al borde de acabar con una situación prolongada y agobiante de la forma más espectacular posible. 

Juan Fernando Merino

Mar de las Nubes


—¿Nombre del difunto?

—George Michael Wilkinson.

—George… M. Wilkinson.

—George Michael, por favor. El nombre completo. Él lo habría preferido así.

Steven Peters apura un sorbo de café y se pasa la mano por las puntas desiguales de su barba poblada, ya entrecana. Otro nombre que no va a caber. O a duras penas. Devuelve el rodillo de la máquina y arquea levemente los dedos índice y corazón de ambas manos, los únicos que utiliza para teclear, con una velocidad tan pasmosa que con frecuencia se convierte en una danza desbocada, hipnotizante para quien la observa. No; no cabe. Tres letras por fuera de la casilla. Suelta un soplo de aire por entre los dientes; se interrumpe antes de que suene como un chasquido. Que no lo vaya a tomar mal el cliente. Porque la culpa es suya y nada más que suya. Pretendía hacer tantas cosas que terminaba por hacer la mitad a medias, le dijo una vez Eliane, en uno de sus raros momentos de exasperación. Y nadie, nunca, había comprendido sus motivos y razones mejor que Eliane… Quedan faltando tres letras y el punto después de Wilkinson. Claro, se veía venir; ¿pero hace cuánto tiempo se está diciendo —o sea, anotándolo en su hoja semanal de cabos sueltos— que tiene que mandar a hacer formularios con casillas más amplias para el nombre de pila? Para la profesión u oficio también. Cada vez son palabras más largas. O los deudos no se deciden entre los dos o tres oficios del difunto. Y al menos tres líneas adicionales para el recuadro “circunstancias que rodearon el deceso”. Y no porque aquello tenga importancia a la hora de esparcir unas cenizas; no, en absoluto, no se trata de otra cosa que un requisito legal en la provincia de Columbia Británica y de hecho en todo Canadá, una casilla como cualquier otra, pero el hecho es que casi todos los deudos muestran un alivio visible al llegar a ese punto, cuando tras una serie de cifras o de respuestas necesariamente concisas, pueden referirle a Steven una historia, compartir con él un momento de dolor inmenso, de sorpresa devastadora, de bienvenido desenlace. A veces incluso una confidencia crucial. Steven también lo agradece. Después de una decena de años a cargo de Peters & Peters –Dispersión Aérea de Restos–, empresa legalmente radicada en la ciudad de Vancouver, está convencido de que la forma y el momento que asume la muerte —los inefables detalles que elige— arrojan más luz sobre una existencia que cualquier otra circunstancia. Eliane no estaría de acuerdo. Naturalmente. Ella prefería buscar los signos en los momentos más intensos de vida. O en los libros. ¡Ay, Eliane! Pero no hay más que leer las descripciones que hacen los deudos. Releerlas, sobre todo. Muchas eran las noches en que se encerraba en su despacho, con o sin música de Dvorak, con o sin una botella de un vino italiano o francés, y a partir de aquellos párrafos en los formularios de defunción alcanzaba a imaginar, incluso a atisbar, a sus clientes propiamente dichos…

—¿Pasa algo?

—No, no. Nada, señor Wilkinson. Estaba acordándome de algo urgente que tengo que hacer. Es Wilkinson también, ¿verdad?

—Sí. Mi nombre es Roger Wilkinson. Él, George Michael, era mi hermano. Mi único hermano.

—Lo lamento muchísimo, señor Wilkinson. Créame, de verdad lo acompaño.

—Seis meses largos, casi siete meses para recuperar sus restos… Murió en un pueblo del Amazonas brasileño, en Novo Silveira. Se fue desgastando, me dijeron. No hubo quién lo trasladara a una ciudad, a un hospital, nada. ¡Deplorable! La propietaria de la pensión donde pasó los últimos días lo hizo enterrar esa misma tarde en el solar de una iglesia. La policía federal, cuando por fin apareció, encontró entre sus cosas un borrador de un testamento que estipulaba que sus cenizas fuesen esparcidas en las costas orientales de Shady Island. Pero el consulado canadiense en Belem tardó cuatro meses en localizarme. Allá las cosas son muy diferentes, señor Peters. ¡Y no se imagina usted las dificultades para llegar a ese sitio! Como en Novo Silveira no hay aeropuerto, tuve que volar hasta un pueblo en el lado peruano, y luego…

Steven lo anima a hablar. La expresión de su mirada indica que quiere escuchar más, así como la cajetilla de cigarrillos que saca del cajón y ofrece al otro. Y no lo hace solo por cortesía: verdaderamente le gustan las historias acerca de sus clientes, los difuntos. En especial las historias de viajes, más aún si son largos, arriesgados, por lugares remotos. En el fondo ellos son sus compañeros de la expedición por la vida, está persuadido. Porque los viajes y la aventura estuvieron en el centro de su existencia durante muchos, muchísimos años, incluso cuando ya no era un hombre joven, cuando se había quedado en un solo sitio, en Montreal, y empezaba a prosperar su empresa de refrigeración industrial. También esto, Peters & Peters, se le había ocurrido a él cuando viajaba con Eliane por África. “No hay por qué descomponerse en tierras ajenas y en medio de desconocidos. Las cenizas deben volver al aire”, escribió en su cuaderno de viaje después de presenciar el entierro apresurado de un viajero belga que había muerto víctima de una bilharziasis.

El interlocutor ya ha terminado su historia del viaje al Amazonas y parece sumido en un recuerdo muy doloroso. Steven lo espera, fingiendo revisar los datos que ha anotado en el formulario de la provincia de Columbia Británica para la dispersión aérea de restos cremados. Después de un rato, el otro carraspea, vuelve a hablar.

—Así era mi hermano. Jamás temió el riesgo. Se metía en cualquier sitio, por más peligroso que fuera. ¿Usted ha estado en la India, señor Peters?

—No, señor Wilkinson —responde Steven soltando una bocanada y acercando un cenicero.

—Puede llamarme simplemente Roger.

¡No es Roger! El nombre del individuo que tiene enfrente no es Roger, decide Steven en ese instante. Ni está cerca de serlo. Algo sabe él de estas cosas y habría apostado lo que fuera que se está probando ese nombre como quien se prueba un sombrero. Y no le ajustaba. El apellido aún menos. Con toda seguridad no es Wilkinson. ¿Y el hombre reducido a polvo en aquella urna? Probablemente tampoco. Pero eso no es asunto suyo; a él no le pagaban por jugar al detective ni por desenmascarar identidades falsas. ¡Ni mucho menos! Le pagaban por prestar un servicio respetuoso e individual. Por ser un esparcidor de cenizas profesional. Humanitario. Le pagaban por cumplir la última voluntad de quienes en lugar de descomponerse lentamente entre la tierra y el moho preferían ser libres de ir a fundirse con el mar, o con los valles o con las laderas de las islas, las ensenadas y las costas vecinas a la ciudad de Vancouver. Y sobre todo le pagaban —o al menos eso creía— por ser un compañero de viaje digno y discreto a la hora de emprender el último recorrido, el más azaroso. ¿Además qué importaba? Él mismo no se apellidaba Peters. Patras, según constaba en la fe de bautismo de una iglesia ortodoxa de Astoria. O Patrash, como lo pronunciaba su abuelo paterno, el abuelo griego que nunca pasó de las nociones más rudimentarias del inglés. Pero Peters & Peters poseía un sonido de solidez. De confiabilidad. Ideal para una empresa de este género. Aunque no hubiera otro Peters, ni hermano, ni asociado ni nada. Solo él. Steven estaba convencido de que los nombres que se eligen, no los que se reciben, son algo crucial. Por eso el nombre de su negocio de dispersión de restos fue una de las primeras decisiones que tomó, antes incluso de alquilar el hangar semiabandonado junto a una pista para avionetas —antes de aprender a volar— cuando se mudó de Montreal a la pequeña población costera de Carlston (a 45 minutos en auto de Vancouver) once años atrás, dispuesto a empezar a los cincuenta y cinco años una nueva carrera. Y una nueva vida, lejos del cielo viciado de Montreal, de una empresa de refrigeración industrial cada vez menos rentable, de una ciudad en la cual la ausencia de Eliane lo castigaba en cada rincón…

—Perdón, Roger —dice, interrumpiendo sus propios pensamientos, apartando uno de sus recuerdos más dolorosos a punto de abrumarlo—. ¿El lugar de nacimiento del difunto es Ontario?

—Correcto, en la aldea de Casselman, Ontario —dice el hombre mientras observa de reojo los libros descuadernados, los cuadros arrumados y el desorden general de la oficina del dispersador de restos—Mayo 17, no, mayo 18 de 1948.

Comenzaba a caer la tarde. Sería estupendo abrir una botella de vino y brindar con él, piensa Steven. Por los viajes. Los destinos inescrutables. Por las pérdidas. Por las vidas aventureras y azarosas… Contarle algunas historias propias. Proponerle un rato después una partida de ajedrez. Sí, tenía que admitirlo, aquel hombre le resultaba simpático; a pesar de su nerviosismo, de la manera desasosegada en que ojeaba hacia distintos lados cuando creía que Steven no lo miraba, tenía algo que le agradaba, un aire de declive bien llevado, de derrota digna, algo en sus ojos. A pesar de su nombre inventado. El hecho es que empezaba a sentirse a gusto con él y hasta le ofrecería un trago si ésa no fuese una de sus reglas de oro: no beber jamás con los vivos. ¡Bajo ninguna circunstancia! Suficiente dolor había causado aquello. Noches de desmoronamiento espiritual y físico, extravíos irreparables, amistades truncas, las discusiones más enconadas con Eliane. Tomó la determinación la misma noche que Eliane faltó en su vida: beber con los vivos, nunca más. Con los difuntos era otra cosa, por supuesto. El primer trago cada noche, al aire, siempre era para ellos. Y luego varios tragos más. Algunas veces se embriagaba con ellos, hasta el punto que le parecía, casi lo juraría, que aquella multitud de muertos le hacía preguntas, le contaba cosas, le cuestionaba acciones o le pedía…

—Señor Peters… ¿Puedo hacerle una pregunta?

Últimamente sobre todo Eliane. Ella que en vida lo amó tanto y le cuestionó tan pocas cosas, ahora, desde aquella urna de caoba en que reposan sus restos, parecía reprocharle tantas acciones, tantas indecisiones. ¡Tantas inacciones! ¡Ay, Eliane!

—El folleto de la funeraria dice que el servicio es individual…

—Así es. Un vuelo para cada dispersión. Es un servicio personalizado.

—Excelente… Mi hermano lo habría querido así. En el fondo amaba los ritos. Aunque supongo que es algo que requiere mucha dedicación, claro. Tendrá que volar todos los días…

—Todos los días, no. Si llueve con fuerza o está cayendo una granizada, no tiene sentido esparcir las cenizas… Y cuando sopla el viento del Norte es demasiado arriesgado despegar en una avioneta de un solo motor.

—Claro, claro. Se lo decía porque en el testamento de George Michael…

—¡Los servicios son individuales! Es una regla inquebrantable de la empresa.

Una regla inquebrantable que había quebrantado una sola vez, años atrás. Y allí podría estar el comienzo de todo: el germen de la debacle, como habría dicho Eliane, tan propensa a las frases sonoras y a las citas literarias. Podría ser. Aunque ya no estaba seguro si el comienzo del descalabro radicaba en haber faltado a la regla o en no haber aprendido a romperla antes, cuando empezaron a acumularse las urnas. De cualquier manera, ya no habría sido posible faltar a la regla después de la terrible pesadilla que tuvo la noche del día que arrojó en el mismo vuelo las cenizas de dos clientes. Hacía todo lo posible para no recordarla. Era un sueño demasiado perturbador. Después de aquella noche, Steven sería incapaz de faltar a su norma de que las cenizas se dispersaban de manera individual y respetuosa. No volvió a hacerlo. Nunca.

Ha empezado a llover con fuerza. Los goterones caen sobre el techo de zinc del hangar produciendo un sonido de redoble. Por un momento ambos se quedan en silencio, fingiendo contemplar las columnas de agua al otro lado de la ventana.

Steven se levanta sin mirar al otro. —¿Quiere tomar algo? —le pregunta de camino a la cocina.

El otro pide agua, pero Steven ya se ha decidido a romper su norma y va por una botella de un tinto Castel del Monte, magnífico. Por esta vez va a incumplir la regla de no beber con los vivos. De todos modos algo le dice, un instinto que a la gente de su profesión le falla muy pocas veces, que este hombre no va a estar mucho más tiempo entre los vivientes.

Brindan y beben. El otro empieza a hablar de una tempestad en las islas Caycos, en el Caribe, donde estuvo viviendo hace muchos años, pero aunque habla con creciente entusiasmo y lo mira de par en par, Steven apenas escucha. De repente no quiere que el visitante le cuente más historias —más o menos verídicas o aderezadas— sobre China, Nepal, el Caribe. Ni le interesa revelarle que hace un rato le mintió y que la verdad es que sí estuvo en la India, dos veces, por cierto. También en el Amazonas. De repente lo que más quisiera contarle a Roger, o como se llame este tipo, es la historia de Eliane. Ahora que todavía queda un poco de tiempo. Contarle que a pesar de lo mucho que se amaron y de que habría hecho lo que fuera por ella, nunca fueron pareja, ni siquiera vivieron juntos. Él siguió viajando por África cuando ella volvió a Montreal para fundar una academia de danza. Y cuando meses más tarde decidió regresar a Canadá, sobre todo para buscarla, Eliane se había casado con un hombre catorce años mayor, tenía muchas actividades, la creciente academia apenas le dejaba tiempo. Ella siempre lo amó; a su manera lo amó muchísimo, pero solo se veían de tarde en tarde para tomar un café; algunas noches —muy pocas— en el bar de un hotel discreto para compartir unas copas, ponerse al día en lo esencial. Y una vez, una sola vez, de la manera más imprevista —como tanto le gustaba a Eliane—, sin contarle siquiera si Richard estaba fuera de la ciudad o no, lo invitó a pasar un fin de semana juntos en una casa al lado del mar. Con la única condición de que lo que pasara entre ellos, se lo llevarían las olas.

—¡Salud, señor Peters! —dice el otro, rellenando la copa de Steven—. A mí sobre todo me gustan los vinos franceses, pero tengo que admitir que este tiene un sabor exquisito.

—Era el favorito de Eliane.

—¿De quién, perdón?

Incluso quisiera revelarle a este desconocido, antes de que sea demasiado tarde, algo que en muchos años no le ha contado a nadie: que fundó la empresa de refrigeración industrial solo para quedarse en Montreal, cerca de Eliane, esperando sin esperar a que se divorciara, se separara, quedara viuda. Lo que nunca imaginó es que ella moriría antes que su marido. Otra de las tantas sorpresas que Eliane le dio en vida. Y la mayor sorpresa: que en su testamento dispusiera que a su muerte, si acaso la sobrevivía, su amigo Steven Patras se haría cargo de las cenizas…

¿Cuánto tiempo había pasado desde aquello, desde la muerte de Eliane y su viaje a Montreal para traer las cenizas? Dos años. O dos años y medio. Tal vez un poco más. En todo caso el tiempo que lleva sin dispersar una sola urna. Sin volar, sin siquiera tocar la avioneta. Algo temporal, solo cuestión de esperar un poco más, se repetía. Muchas veces, tarde en la noche, tenía la convicción de que al día siguiente sí que se sentiría con ánimos de hacerlo. Y es posible que hubiese estado muy cerca. La última vez que hizo el intento se desanimó cuando después de meses sin entrar al hangar constató con congoja que el aparato, sucio y cubierto de telarañas, comenzaba a oxidarse. Pero el día menos pensado, quizás muy pronto, de repente seguiría un impulso y madrugaría para trabajar en la avioneta, dejarla a punto y volver a volar, a esparcir las cenizas. Incluso varios vuelos al día para empezar a desatrasarse con la cantidad de urnas amontonadas. También por eso seguía aceptando clientes. Y porque no podía privar a los difuntos del mejor servicio de dispersión disponible en muchos kilómetros a la redonda, el más humanitario. Ni privarse de su compañía. Por la razón que fuera, como si se tratara de un signo, seguía recibiendo urnas, y al menos cuatro funerarias de Vancouver y dos de un pueblo vecino utilizaban los servicios de Peters & Peters. Para su asombro, nadie sospechaba, nadie verificaba, nunca nadie había cuestionado.

Prácticamente nadie. Solo aquella carta, un par de semanas atrás, de la funeraria Meadow Hills, pidiendo razón de las cenizas de Louise Anders, cuya familia había dispuesto que se dispersaran sobre un pequeño islote desierto frente a la costa norte de la ciudad. O casi desierto, con excepción de una cabaña de verano donde la familia Anders estuvo esperando todo el día la aparición de la avioneta. Por cierto, tendría que contestar la carta de Meadow Hills cuanto antes, pasarlo a la cabecera de su lista de cabos sueltos y asuntos pendientes. Algo se le ocurriría, era cuestión de consultarlo con alguno de sus amigos nocturnos. O con Eliane; ella siempre pensaba en algo…

Steven se sirve una nueva copa y le sirve otra al visitante, que no la rechaza, al contrario, la agradece con una gentil venia, y después de tomar un sorbo largo y veloz se lanza a contarle una historia muy curiosa y desmesurada que escuchó en un hostal de Estambul, a dos calles de la mezquita Santa Sofía…

El anfitrión saborea su vino lentamente y hace un esfuerzo para que su sonrisa sea discreta, complacida, pero no demasiado celebratoria. Porque ha comprendido de sopetón, como llegan las revelaciones incontestables, que este tipo que tiene en frente —a pesar del nombre falso y de la cantidad de inexactitudes y lugares comunes que le ha contado— le cae tan pero tan bien, y es tan magnífico contador de historias, que le encantaría que también se quedara allí de manera permanente. Es más, daría cualquier cosa porque no se marchara. Eliane estaría de acuerdo; conociéndola como la conocía estaba seguro de que se sentiría muy contenta y agradecida de tener a su lado la urna de este nuevo y encantador amigo. ¡Sumarían ya once!

Steven se levanta, fingiendo estar más ebrio de lo que está. El otro lo sigue, pegado a las paredes, conteniendo la respiración y comprueba que se dirige a un cuarto trasero, una especie de depósito destartalado. Avanza a prudente distancia del esparcidor de cenizas, pero tiene que frenar al toparse con una puerta entreabierta que comunica con el hangar. Es solo cuestión de segundos: ante su vista aparece una avioneta oxidada, que ha perdido el equilibrio y se ha ido de lado. De resto, solo ve urnas funerarias. Decenas, cientos de urnas, la mayoría apiladas, algunas amontonadas de cualquier manera o apoyadas precariamente contra algún muro. La excepción son una decena que están cuidadosamente dispuestas en semicírculo en el centro del hangar.

—Lo estaba esperando, señor Wilkinson.

El otro se da vuelta. Desde la puerta de su despacho, Steven, con una lata de gasolina en la mano derecha; con la izquierda le apunta un revólver a la cabeza.

—Steven.

—No le va a pasar nada, señor Wilkinson. Absolutamente nada.

—Baje la pistola, Steven, por favor –dice el otro, acercándose con cautela.

—Absolutamente nada si hace lo que le voy a decir… Ahora mismo va a volver a su automóvil. Va a empezar a conducir y no va a parar hasta que se encuentre a diez millas de aquí. Si escucha una explosión, no se devuelva. No se arriesgue sin sentido.

—Steven, seguro que hay una explicación. Yo mismo podría…

—No hay explicación. No hay nada. Sólo le pido, le ruego, que se olvide de lo que ha visto. Que lo sepa solo usted. No por mí. Por ellos, la decena de difuntos que noche tras noche fielmente me han hecho compañía.  Mis compañeros de viaje.

Steven, sin dejar de mirar al otro, camina de un lado a otro del sitio rociando la gasolina. El detective privado Allen Carmichael se pone el sombrero, recoge la urna que trajo y que ahora reposa solitaria sobre una mesa auxiliar y a toda prisa sale de Peters & Peters.


Extraído del volumen de cuentos Los Mares de la Luna, de Juan Fernando Merino, publicado por El Silencio Ediciones 2025.

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