domingo, 24 de mayo de 2026

Javier Zamora / Mi libro es una revancha

 

Javier Zamora en Panamá, el 21 de mayo.ENEA LEBRUN

Javier Zamora: “Mi libro es una revancha. El sueño americano se convirtió en pesadilla” 

El autor del celebrado ‘Solito’, que cruzó tres fronteras cuando era un niño, analiza el miedo persistente en su cuerpo, el desencanto y el uso de la literatura como un acto de restitución y resistencia


CARLOS S. MALDONADO
Panamá - 

Imagínese a un niño de nueve años que sale hacia Estados Unidos sin compañía. A traviesa tres fronteras, se encuentra en el camino con otros migrantes como él, los ve desaparecer, algunos lo ayudan, se convierten en familia momentánea. Sufre violencia, soledad, frío y sed. Va rumbo a lo desconocido, a un mundo brutal. Todo lo vivido —y lo sufrido— se queda pegado en la memoria y el cuerpo. Por mucho que pase el tiempo esa costra de dolor serenado por los años se añeja, muta, se convierte en trauma. Y el trauma de la migración no se diluye con un permiso de residencia ni con el éxito editorial. Lo sabe el escritor salvadoreño Javier Zamora (La Herradura, 36 años), quien a los 9 años cruzó en solitario tres fronteras —Centroamérica, México y el desierto de Sonora— para reunirse con sus padres en Estados Unidos.

Ese dolor está agazapado, pero latente, y resurge de la piel como un resorte que se activa ante la sola presencia de una patrulla. Aquella odisea, en la que sobrevivió gracias a la protección de un grupo de extraños que se convirtieron en su familia refugio, es el motor de Solito (Alfaguara), una memoria deslumbrante que ha escalado a las listas de los libros más vendidos y que sacude los cimientos del relato oficial sobre la migración. Es difícil salir inmune de una sacudida de este tipo, una lectura vibrante, que enternece, a veces hace llorar, que da rabia, indignación, pero con la que también se sonríe frente a la inocencia de ese niño, Chepito, que uno quisiera acompañar de la mano y decirle que todo irá bien.

De paso por Panamá, donde estos días se lleva a cabo el Festival Centroamérica Cuenta, Zamora se muestra lejano a la complacencia del “sueño americano”, un concepto que para él se resquebrajó entre el racismo institucional posterior al 11-S, el desgarro familiar y un sistema que criminaliza la búsqueda de futuro. Lejos de la condescendencia que a menudo tiñe las crónicas sobre el éxodo centroamericano, el autor defiende su prosa no como un lamento, sino como un acto político de restitución.

En esta entrevista, el escritor reflexiona sobre el miedo persistente que le impide tramitar su ciudadanía estadounidense, el reencuentro con sus cuidadores en el desierto y por qué la literatura ha sido su mejor herramienta para arrebatarle el relato a quienes insisten en ver al migrante únicamente como un vehículo de sufrimiento. “El miedo entró en mí a los 11 años y todavía lo llevo en mi cuerpo”, afirma.

Pregunta. Estamos en Panamá. ¿Qué siente al regresar a Centroamérica después de su experiencia como migrante?

Respuesta. Ahora regreso a El Salvador dos veces al año; mis abuelos todavía viven, así que ya no se me hace tan difícil. Hubo un momento en que me afectó mucho porque pasé 19 años sin papeles y no podía volver. Incluso escribí poemas donde solo imaginaba regresar en un ataúd. Las primeras veces que regresé, en 2018, lo hice asustado, no solo por las maras [pandillas], sino porque para obtener mi green card tuve que “autodeportarme” y entrevistarme en la embajada americana. Si me decían que no, tendría que haberme quedado diez años allá a la espera de volver a iniciar el trámite. No haber visto a mi familia en tanto tiempo fue emocionalmente muy duro.

P. ¿Cómo fue crecer en Estados Unidos como indocumentado?

R. Al principio, como niño de nueve o diez años, no entendía en qué me habían metido mis padres. Llegamos a San Rafael, en el condado de Marin [California], que en 1999 era el séptimo más caro del mundo. Yo veía la riqueza, pero nosotros vivíamos en una comunidad de inmigrantes llamada El Canal. Para mí, no tener papeles era algo ordinario, sin consecuencias, hasta que llegó el 11 de septiembre de 2001. Todo cambió: empecé a ver redadas de ICE [entonces INS]. Ese miedo entró en mí a los 11 años y, aunque ahora tengo papeles, todavía lo llevo en el cuerpo; lo siento cuando manejo o cuando veo a la Policía.

P. ¿Cómo procesa un adolescente ese miedo constante?

R. Muchos no tenemos las herramientas para procesar el miedo o la tristeza, y eso se convierte en otra cosa. En mi caso, se convirtió en odio: primero hacia el Gobierno de Estados Unidos y luego en resentimiento hacia mis padres. Yo esperaba que tras nuestra reunión seríamos felices, pero ellos se separaron y se divorciaron al poco tiempo. El sueño americano se convirtió en pesadilla.

P. ¿Culpó a sus padres por lanzarlo a los brazos de ese “monstruo” que es la migración siendo un niño?

R. Sí, porque no entendía mi posición histórica ni lo que significaba no tener papeles. Pero ese sentimiento no duró tanto. A los 15 años, mi padre, que es de izquierda, me introdujo al Che Guevara y leí Diarios de motocicleta. Empecé a preguntarme por qué un quinto de la población de El Salvador emigró. A los 18 entré a estudiar Historia buscando una respuesta a ese “por qué”.

P. ¿Se ha reconciliado con ellos?

R. Sí. Al principio, mi poesía les tiraba muy duro. Yo los invitaba a mis recitales y les reclamaba en mis versos por haberme mandado a traer. Pero nunca me callaron; siempre me apoyaron para seguir escribiendo. Hoy mi papá está aquí en Panamá conmigo porque él ya obtuvo sus papeles, aunque mi mamá y su familia todavía no los tienen.

P. ¿Sigue existiendo el temor a pesar de tener estatus legal?

R. Bajo la administración de [Joe] Biden, no tanto, pero con Trump sí. Tengo amigos con DACA que tienen mucho miedo. Yo llevo ocho años con la green card y durante cinco estuve tranquilo, pero hoy el miedo ha vuelto. Muchos amigos que no han podido cambiar su estatus me dicen: “¿Por qué seguimos aquí si este país nunca nos ha visto como seres humanos?”. Yo mismo he retrasado mi solicitud de ciudadanía porque en mi libro describo técnicamente tres delitos: cada cruce de frontera. Si el entrevistador ve eso, podría ser causa para deportarme. Por eso me veo fuera de Estados Unidos en el futuro; el país va hacia la ultraderecha y la Corte Suprema le está dando carta blanca a Trump o a quien le siga.

P. ¿El Salvador es una opción de retorno?

R. Ahorita no. Es la misma cosa. Nunca me reconcilié con mi país porque los gobiernos latinoamericanos nos ven a los migrantes como algo menos y no invierten en los pobres. Si me hubiera quedado allá, nunca me habría graduado de la universidad ni escrito un bestseller, porque el Gobierno salvadoreño solo cree en los ricos.

P. Su libro, Solito, se publica en un contexto donde se criminaliza al migrante. ¿Qué recepción ha tenido?

R. No es solo Trump; Obama fue el “deportador en jefe” y el Partido Demócrata es igual en temas de migración. Pero he comprobado que los inmigrantes también leemos. He estado en Iowa u Oklahoma, en salas llenas de latinos que quieren verse en las páginas blancas de los libros, porque en Estados Unidos menos del 7% de los autores publicados son latinos.

P. La historia de “Chepito” (su nombre de niño en el libro) conecta con la crisis de niños no acompañados. ¿Qué sintió al ver esas imágenes?

R. En 2016, al ver las noticias de niños detenidos, recordé a Elián González en 1999. Aquella imagen de un agente del INS apuntándole con una pistola me marcó de niño: me dijo que no hablara de lo que me pasó porque me podría ocurrir lo mismo. Al ver a esos niños de El Salvador o Guatemala 20 años después, sentí una gran tristeza y un fracaso de la prensa, que solo mostraba su sufrimiento. El ciudadano americano llegó a vernos solo como cuerpos que pueden sufrir. Por eso quise publicar Solito: para mostrar que también tenemos alegría, que podemos gozar y contar cosas bonitas.

P. ¿Superó ya la tristeza?

R. Nunca se va. He aprendido en terapia que ese niño triste de nueve años me acompañará hasta que muera, pero ahora lo entiendo más.

P. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esa infancia en prosa?

R. Fue una forma de “terapia de exposición”. Manejé con mi esposa desde Manhattan hasta la frontera porque quería estar en el clima que casi me mata y tener memorias bonitas en el desierto. También usé Google Earth y hablé con mi terapeuta para atrapar lo que soñaba en mis pesadillas de estrés postraumático.

P. ¿Tuvo la tentación de hacer ficción con los hechos para darle un respiro a ese niño?

R. No confiaba en mi memoria; me preguntaba si realmente hubo peces voladores en el Pacífico o abejas en el desierto. Mi terapeuta me decía: “Si lo recordás así, así pasó”. En 2025 finalmente me reencontré con Carla y Patricio [quienes lo cuidaron en el viaje] y me confirmaron que todo fue real, incluso más horroroso de lo que yo recordaba. Lo único que agregué fue el mito del Cadejo, como una forma de reencontrarme con mis raíces indígenas náhuatl.

P. ¿Es Solito un acto de resistencia o de revancha?

R. Un poco de las dos, pero más de revancha. Me he sentido pisoteado por los gobiernos y los ciudadanos, nunca he podido votar. Para obtener mi visa de “habilidades extraordinarias” tuve que demostrar que soy más que un ciudadano promedio. Esta es mi revancha: demostrar que podemos hacer cosas bonitas. El rol de la literatura es devolver el rostro humano a lo que la política criminaliza.

P. ¿Considera su presencia en Estados Unidos como una forma de resistencia?

R. No, si me atrapan y me encarcelan, yo no quiero resistir así. Ya sufrí eso a los nueve años. A mis 36 años, merezco vivir en un país donde no sienta estrés, donde yo y mi esposa nos sintamos libres. No es en Arizona ni en Nueva York; no sé dónde será, pero lo estamos buscando.


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EL PAÍS 


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