ORGULLO
En varias ocasiones había oído decir que por la
mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los
principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal
afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se
acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su
infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo
del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y
zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó
del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía,
zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le
gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso
permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero
para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco
con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su
casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que
amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que
había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y
también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y
también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse
por el suelo, y del médico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de
las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los
recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del
médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera
la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a
una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las
mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a
fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el
contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar
el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo
observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir
que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al
médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su
mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres,
el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del
consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba
muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después
muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la
enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección
antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó
me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y
consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las
palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte,
pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en
ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma,
pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la
vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en
el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la
mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé,
¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber
qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba
en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó
nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a
todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la
vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido,
le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con
calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba
aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre
y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y
su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a
ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los
músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y
en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido
aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más
bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico,
sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama
metálica y se puso los zapatos.
Rubem Fonseca
El agujero en la pared
Rubem Fonseca
El agujero en la pared

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