A todos los hombres les gusta que los sienten a mi lado en
las grandes cenas que frecuento. Soy inteligente, guapa, atractiva, irónica,
tengo imaginación, cultura, soy capaz de mantener un diálogo expresivo con un
banquero importante o con un profesor de filosofía, en el caso de que inviten a
un profesor de filosofía a una de estas cenas elegantes. ¿Parezco una presumida
egocéntrica? ¿Debo mentir, sólo para aparentar modestia?
Los hombres que se me acercan siempre quieren seducirme. Una mujer, cualquier
mujer, hasta la más obtusa, percibe cuando un hombre tiene segundas
intenciones. Hay unos ridículamente obvios, otros más sutiles, lidiar con
cualquiera de ellos exige talento. Evito las embestidas, pero sin
desestimularlos totalmente; la atención masculina galante, siempre que sea
respetuosa, es muy agradable, para mí o para cualquier otra mujer. Soy
virtuosa, sé cómo comportarme adecuadamente. El único hombre que conocí, en el
sentido bíblico, fue mi marido, un hombre rico, influyente. No quiero de
ninguna manera perjudicar mi confortable situación familiar.
Antes de ir a las cenas con lugares asignados, siempre encuentro una manera de
verificar, en la mesa que me tocará, los nombres de los otros comensales,
manuscritos con rebuscada caligrafía en las tarjetas colocadas frente a los
platos. En varias ocasiones cambié las tarjetas, casi siempre de acuerdo con la
anfitriona, mudando de placement a algún
tipo aburrido que hubiera sido asignado a sentarse a mi lado. Hay hombres
ricos, importantes, famosos, pero insoportablemente aburridos. Mi marido, por
cierto, es uno de ellos, todos consideran que carece de encanto, lo cual es
cierto. Afortunadamente no existe el riesgo de tenerlo junto a mí en esas
cenas. La etiqueta no lo permite.
Dicen
que yo hubiera podido elegir otro hombre para casarme, más atractivo y
gracioso. En primer lugar, no existen tantos hombres ricos, influyentes,
graciosos y, principalmente, generosos, que estén disponibles. Mis amigas se
quejan de la tacañería de sus maridos ricachones y yo ya llegué a la conclusión
de que así es la mayoría de los maridos, ricos o pobres, todos se quejan de los
gastos que hacen las mujeres. Me casé con él porque de alguna manera me
gustaba, pero reconozco que con el paso del tiempo mi marido se volvió
enfadoso. Además de aburrido, es chaparro y gordito, sé que no debo pensar en
él de esa manera, es un hombre que me da todo lo que le pido. Pero ¿qué otro
término se puede aplicar a su aspecto físico? ¿Rechoncho? Es peor.
En este momento estoy desnuda, frente al espejo de mi cuarto, feliz. Mi cuerpo
es bonito para mi edad, a final de cuentas ya pasé los cuarenta. Y la lipo, que
me hice recientemente, dio un toque final perfecto a los ejercicios que
practico en el gimnasio. Me resistí un poco a hacerme la lipo, pero todas mis
amigas se la estaban haciendo, y no solamente la lipo, sino el paquete
completo, cortes con bisturí o silicones, incluso algunas se hicieron abultar
el labio superior, creo que consideran que esa boquita medio salida es sensual,
ve tú a saber. Yo no necesito nada de eso, tengo los labios carnosos. Es cierto
que una de ellas tenía el labio superior tan delgado y recto que parecía una
raya hecha con regla.
También estoy a dieta, evidentemente, lo cual a veces me deja histérica, pero
es importante para mantener una silueta esbelta. Es una tortura comer
constantemente ensalada, pescado cocido y cosas del estilo sin poder darle una
mordida a un chocolate, a un pay cremoso o incluso a una baguette tostadita. No
creo en quien dice que hay dietas sabrosas, eso no es más que uno de esos
argumentos que la gente inventa para autoengañarse y sufrir menos.
Soy unos quince centímetros más alta que mi marido. Él no sabe bailar, no tiene
ritmo ni para esas canciones en que las personas apenas sacuden el cuerpo, cada
una por su lado. Pero siempre que surge la oportunidad quiere bailar. Un día,
invitó a Gabriela a bailar un tango. La infeliz, que es argentina y baila como
una profesional, aceptó. Fue algo grotesco, Gabriela se portó como un ángel,
después le di un beso y le pedí perdón por mi marido. Pobre, sé que no debería
pensar así de un hombre tan bueno, que me da todo lo que le pido, pero aquella
vez me dio coraje.
Este tipo de ideas aparece en mi cabeza constantemente, como ahora, cuando miro
golosamente el reflejo de mi desnudez en el espejo. Pero no debemos tener miedo
de pensar, tenemos miedo ya de tantas cosas, si nos da miedo pensar, ni
siquiera existimos como personas. Me gustaría que mi marido mirara mi cuerpo
desnudo, como yo lo estoy mirando, y dijera “tengo ganas de morderte”. ¿Me
estaré volviendo lesbiana? Sucede con las mujeres casadas. Me acuerdo de
Carlinhos Varela diciéndome en una cena, “tienes unos brazos lindos, me tengo
que contener para no mordértelos ahora mismo”. Un escalofrío me recorrió el
cuerpo. Le respondí, “Carlinhos, eres muy chistoso, pero dices muchas
estupideces”. Usé esa palabra fuerte, estupideces, y evité platicar con él
durante el resto de la cena. Aquél asunto de la mujer de César.
Mi marido nunca me dio una mordida. Confieso que detesto quedarme a solas con
él, y cuando no puedo evitarlo soy paciente, amable, no demuestro el disgusto
que siento. Si él quiere quedarse callado, hago lo mismo, si quiere ir a una
subasta —mi marido colecciona floreros antiguos—, lo acompaño; a veces hasta
vemos juntos los noticieros financieros de la televisión por cable.
Afortunadamente, dormimos en cuartos separados, lo cual es común entre los
matrimonios de nuestro nivel socioeconómico. De noche, en la cama, insomne,
suspiro, me doy vueltas de un lado a otro sin saber bien por qué. En realidad
sé la razón, pero no quiero hablar del tema.
En la cena de hoy tengo la fortuna de que hayan asignado mi lugar al lado de
Dudu Meirelles. Él es chistoso, es un hombre interesante pero con fama de
conquistador, si le das un dedo, quiere todo el brazo. En cierto momento me
dijo al oído: “Por ti hago cualquier locura, abandono a mi mujer, vendo mis
caballos, mi departamento en París, dejo de jugar ping pong”.
Bebo un trago de vino para ganar tiempo y encontrar una buena respuesta.
“¿El ping pong fue una metáfora inconsciente? ¿Las pelotas simbolizan a las
mujeres que, según dicen, lanzas de un lado a otro?”
Él se queda indeciso, sin saber qué decir, sorprendido por descubrir que soy
inteligente y graciosa, tal vez un poco ofendido. Los hombres son muy tontos,
mucho más vanidosos que las mujeres. El promedio de las mujeres es más
inteligente que el promedio de los hombres, y no me refiero a la intuición, es
necesario acabar con esa estupidez de decir que somos muy intuitivas. Con eso,
ellos quieren sugerir que pensamos con los ovarios.
Mis amigas sienten envidia del interés que los hombres demuestran por mí, sean
solteros o casados, incluso sus propios maridos. Chico Mattos Soares,
considerado el mejor partido de la ciudad, rico, guapo, cuarentón, un solterón
empedernido, disputado por todas, me dijo en la mesa, con un dejo de tristeza
en la voz: “Si no fueras la esposa de un amigo mío, te propondría matrimonio” y
me miró a los ojos como quien dice, “lee, siente mi mirada, estoy diciendo la
verdad”. Observé, en sus ojos castaño claros, que no estaba mintiendo. Fue un
momento mágico, que Chico intentó romper diciendo, “perdóname por haber sido
tan imprudente”, pero esa delicadeza me dejó aún más conmovida.
Por la noche soñé con Chico. Él sostenía mi mano y nos reíamos felices. Chico
tiene labios bonitos, dientes perfectos, es más alto que yo, creo que no existe
un hombre más elegante y distinguido, y no es a costa de Armani, él se viste de
manera casual, usa camisas polo marca Hering, su reloj es un Seiko. El dinero
no compra la elegancia, compra su simulación.
Mi marido y yo estamos desayunando juntos. Él lee el periódico y responde a
todo lo que le digo o pregunto con monosílabos “mmm mmm”. En un impulso, que me
sorprende, le arranco el periódico de las manos.
“Me quiero divorciar”, le digo.
“No me parece gracioso”, responde.
No cree que yo hable en serio. Le falta sentido del humor, no sabe cuándo
alguien está bromeando y por lo tanto tampoco percibe lo contrario.
“¿Tenemos que hablar con tu abogado, o qué?”
“¿Qué tontería es ésta?”
“Voy a hablar bien despacio. Ya no quiero vivir contigo”.
Por mi tono de voz, entiende finalmente lo que está pasando. Su boca se queda
abierta, como la de alguien en estado de shock.
“¿Qué hice?”, pregunta.
“Nada”, respondo.
“¿Existe otro hombre?”
“No, es algo sólo mío. Puedes pensar que es una locura, tal vez lo sea, pero no
hay remedio, quiero separarme de ti.”
Él llama a su despacho, avisa que no va a trabajar, debe haber sorprendido a la
secretaria y a los asesores, él nunca falta al despacho. Sé que pretende
disuadirme. Durante el resto del día intenta convencerme, de manera extenuante,
pobre. Me pide que espere un poco, que deje pasar algún tiempo, sugiere que
consultemos a un psicólogo, que hagamos un viaje, él no puede ausentarse, la
situación económica del país exige su presencia al frente de los negocios, pero
hará un viaje conmigo a donde yo quiera. Si prefiero, puedo viajar sola. Todo
para ganar tiempo.
“Sin ti, mi vida se acaba.”
Me mantengo firme, a pesar de sentir lástima de su aire infeliz y desgraciado.
Quiero separarme inmediatamente.
Deja la casa, nuestra casa, diciendo, “la casa es tuya, y todo lo que hay en
ella, más lo que me pidas”. El infeliz, el pobre diablo generoso y bueno, me
ama, pero yo ya no podía permanecer ligada a él, me sentía carente, frustrada,
no quería envejecer a su lado. Y si me iba a separar, que fuera mientras aún
pudiera recomenzar mi vida.
La libertad es una maravilla. Puedes hacer lo que te da la
gana sin tener que darle explicaciones a nadie, qué agradable. Estoy divorciada
hace seis meses y cada día es mejor que el anterior. Mi marido quería todo en
su lugar, sillas, libros, teléfonos inalámbricos, blocs de papel, vasos, cds,
ropas, revistas, ceniceros, como si existiera un lugar correcto para cada
objeto. No le gustaba que fumara, decía que me hacía daño a mí, y a él como
fumador pasivo. Dicen que las mujeres tienen esa manía del orden, pero en mi
casa el maníaco era él. Desde niña soy desorganizada, mi madre vivía peleándose
conmigo. Reconozco que pierdo mis ante ojos constantemente, nunca encuentro una
pluma cuando la necesito, o una determinada prenda, lo que a veces me
desespera, y mi irritación acaba recayendo en las sirvientas. Pero esos son
contratiempos ínfimos, si se comparan con las subastas de floreros antiguos, el
canal Bloomberg, lo aburrido de la presencia de mi marido, que me privaba de la
soledad sin hacerme compañía —esa frase es de un escritor francés, no sé dónde
metí el libro.
Una mujer divorciada guapa es muy solicitada. Pero yo no quería una aventura
pasajera y, si hago una confesión íntima e incluso de mal gusto, puedo afirmar
que no estaba acostumbrada a una vida sexual intensa y por lo tanto no tenía
mucha urgencia de encontrar a alguien.
Rápidamente me vi cercada de lobos que me querían devorar. Sabía que eso
sucedería. Rechacé todas las embestidas. Pero cuando Dudu Meirelles me buscó,
tontamente coqueteé un poco con él. Luego percibí que Dudu no dejaría de jugar
ping pong y mucho menos abandonaría a su mujercita por mí. Felizmente no
tuvimos ninguna intimidad, a pesar de su insistencia. Los hombres sólo piensan
en sexo. Dejé de contestar a las llamadas de Dudu. Él se dio cuenta de que yo
no era una mujer con quien acostarse y después desechar.
Encuentro de nuevo a Carlinhos Varela en una cena. Como ya dije, vive
arrastrando el ala por mí. Había escuchado esa expresión “arrastrar el ala”,
pero descubrí su origen cuando vi a un palomo cortejando a una palomita en la
plaza Antero de Quental. Pasaba por la plaza para ir a la estética y observé a
las palomas. Un palomo macho perseguía a la hembra arrastrando el ala por el
piso. El palomo acabó logrando lo que quería, después de mucho tiempo. Algo sin
chiste, muy rápido, no sé si valió la pena quedarme tanto tiempo en la plaza
observando a las palomas.
Estoy usando un vestido que muestra mis brazos completamente desnudos, mis
brazos son bonitos y me gusta exhibirlos. Carlinhos se acerca, sé que va a
arrastrar el ala por mí, dirá que quiere morder mis brazos, seguro de que
ahora, divorciada, soy más accesible. Estoy preparada para darle un descolón.
Carlinhos, después de saludarme, me dice:
“¿No crees que hoy es el día más caluroso del verano?” Le respondo que sí,
espero lo que sigue, para dar mi respuesta, pero no hay continuación.
Carlinhos rápidamente procura un pretexto para alejarse, y el idiota ya no me
busca, me evita el resto de la fiesta. Confieso que sentí una cierta
frustración, tal vez no lo rechazaría, a pesar de que Carlinhos es un cretino.
¡El día más caluroso del verano! ¡Imbécil!
No he ido a muchas cenas. Ahora sé que muchas de las invitaciones que recibía
eran en realidad dirigidas a mi marido. Señor y señora, el señor era el que
importaba. Por más que adornara la fiesta, mi contribución era secundaria.
Negocios, el mundo es así. En un principio eso me molestó un poco, pero mi
amiga Lulu, una cínica amargada, ya me lo había advertido.
Hoy es
un día glorioso. Después de tanto tiempo —¿dos, tres años?— recibo una llamada
de Chico Mattos Soares. Me dice que me asome por la ventana de mi departamento
para ver la luna. Me siento tan emocionada que ni siquiera puedo hablar bien,
mucho menos ver la luna. “¿Vamos a caminar bajo la luna, en el paseo de la
playa y tomar agua de coco?”
Caminamos por el paseo platicando, mi corazón latiendo, estoy impresionada por
la presencia fuerte de aquel hombre viril, confiable, guapísimo. Siento una
gran felicidad por todo, otro hombre, menos sensible, hubiera sugerido una cita
en un lugar sofisticado o en su departamento. Nos sentamos en uno de los
kioscos de la playa. Cuando sonríe, tengo ganas de besarlo, pero me contengo,
Chico necesita saber que no soy una mujer fácil. Después de que platicamos —no
fue por mucho tiempo, me hubiera gustado que nuestro encuentro hubiera durado
más—, me lleva a casa, en la puerta de mi edificio toma mi mano y se despide
diciendo “yo te hablo”.
Paso el resto de la noche despierta, horas ante el espejo untándome la crema
hidratante que uso en el cuerpo antes de acostarme. Camino por la casa, prendo
la televisión, intento leer, pero estoy muy inquieta, no dejo de pensar en él,
recuerdo su mirada cariñosa, llena de presagios, no puedo acostarme, quiero que
la noche termine y el día llegue rápido para que me llame. Creo que Chico
siempre me ha gustado, sólo que no tenía valor para soñar que podía amarlo.
Pero ahora ya no estoy, como antes, poseída por una fantasía romántica. Seremos
uno para el otro. Soy la mujer más feliz del mundo.
Chico no me llama, en el fondo debe ser una persona tímida. Cuando tomábamos
agua de coco en el kiosco, ni por un instante actuó de manera seductora. Creo
que algo le preocupaba, llegué a pensar que se había decepcionado de mi
apariencia, engordé un poco durante estos tres años, pero afortunadamente me
quité de la cabeza ese pensamiento estúpido, tengo que preservar mi autoestima.
Actuaba así por timidez.
Espero algunos días y lo llamo. No podemos, los dos, quedarnos inertes, sin el
valor de tomar la iniciativa. Lo invito a tomar una copa en mi casa.
Llega a la hora acordada, con pantalones de mezclilla, zapatos tenis y camiseta
polo. Me encanta su manera de vestir. Le pregunto si quiere un whiskey.
Responde que sí. Mientras bebemos, las primeras palabras que cruzamos me dejan
confundida.
“¿Rui no se llevó los floreros?”
“No se llevó nada.”
“Una colección que tardó tanto tiempo en juntar… Rui es un buen tipo.”
“Sí, lo es.”
“A mí me cae bien. Es un tipo honesto.”
“No quiero hablar de Rui. Hablemos de nosotros.”
“Regrésale los floreros.”
Mi ropa es provocativa, mis senos se pueden ver a través de la tela, estoy
sentada frente a Chico, con las piernas cruzadas, enseñando un poco de mis
muslos, y él me habla de los floreros raros de mi marido.
“Está bien, voy a regresarle los floreros, cambiemos de tema, por favor.”
Permanecemos callados por algún tiempo.
“¿Nunca tuviste ganas de besarme?”, le pregunto.
“¿Quién no tendría?”
“¿Entonces, por qué no me besas?”
Sé que estoy siendo atrevida, no actúo como una mujer recatada, pero necesito
romper el hielo.
“Esperaba un incentivo tuyo.”
Me atrevo, lo beso en la boca. Nos besamos apasionadamente y poco después
estamos en la cama. Una maravilla, por primera vez siento un placer
embriagante, una gran felicidad, seguidos de una deliciosa sensación de reposo.
Es el día más feliz de toda mi vida. No me he acostado con ningún hombre desde
que me divorcié.
Permanezco abrazada a él, en la cama, soñolienta. Cuando lo miro, Chico parece
pensativo. Mi marido se volteaba al otro lado y se dormía. Chico tiene los ojos
muy abiertos.
“¿En qué estás pensando? A mí también me gusta pensar, pero en este momento no
pienso en nada, sólo siento una pereza deliciosa.”
“Es que oí mi celular, mientras estábamos… Espero una llamada urgente, un
negocio complicado que tengo que resolver hoy.”
“¿En la noche?”
“Los negocios importantes no tienen horario.”
“No lo escuché sonar.”
“Suena muy bajo.”
“Entonces ve a checarlo.”
Se levanta. Desnudo, de espaldas, no es tan guapo como de frente. Saca el
celular de un bolsillo de los pantalones que había tirado displicentemente en
el piso. Mira la pantalla.
“Lo sabía, que lástima.” Chico pulsa algunas teclas del celular.
“¿Cuál es el problema? Voy para allá, llama a una junta, ya sabes a quienes.”
Apaga el aparato. Abre los brazos, desconsolado.
“Tengo que irme. Desgraciadamente.”
Se viste aprisa.
“Yo te llamo”, me dice al salir, después de darme un beso rápido.
“Voy a regresarle los floreros”, digo.
“A Rui le va a encantar ese gesto.”
Esas fueron sus últimas palabras. Chico ya no me buscó, desapareció. La llamada
del celular fue una farsa. Chico inventó aquel pretexto, quería librarse
rápidamente de mí, creo que le parecí pésima en la cama. ¿Cómo no entendí todos
esos indicios, en el paseo y, después, en mi casa? Su aire reservado no era
timidez, no sintió atracción por mí en nuestro reencuentro. Y yo lo forcé a
acostarse conmigo. Qué estúpida.
Todavía estoy deprimida por lo que pasó. Tuve ganas de romper los floreros
raros, pero mi ex marido no tenía la culpa. Le envié los floreros, y ni
siquiera me llamó para agradecerme. Mi ex marido se casó nuevamente. Me acordé
de él diciéndome, con lágrimas en los ojos, que sin mí su vida se iba a acabar.
Estoy en la estética con mi amiga Lulu, la cínica boquifloja.
“Con las balzaquianas como nosotras, los hombres sólo quieren un revolcón. Son
todos medio impotentes, necesitan muchachitas para tener un segundo aire.”
“Yo no soy ninguna balzaquiana.”
“Sé realista como yo, de nada sirve que nos ilusionemos. Mira tu rostro en el
espejo. ¿Qué diablos estamos haciendo aquí?”
“Vine a peinarme, Lulu.”
“Viniste a pintarte el pelo. ¿Has extendido los brazos y los has sacudido?
Hazlo, anda, aprovecha que traes un vestido sin mangas.”
“¿Estuviste bebiendo?”
“Si alguien quiere casarse contigo o conmigo es por el dinero que nuestros
exmaridos nos dieron, por nuestra casa, el coche con chofer, los empleados, la
comida gratis, el confort. Y ese tipo después de algún tiempo ya no va a coger
contigo, va a coger con muchachitas cretinas, putitas de carnes tiernas.”
“Lulu, eres la persona más vulgar y cínica que conozco.”
“Me volví así, lo hombres me volvieron así.”
“A mí no me va a pasar eso, ya verás. No me voy a volver una bruja amargada
como tú.”
Por la noche, en la casa, me quedo desnuda frente al espejo, estiro un brazo
hacia un lado y lo sacudo, y después el otro. ¿Cómo nunca había visto eso
pellejo flojo, que cuelga de mi brazo como una carne muerta? ¿Y las arrugas del
rostro? ¿Y los talones con callos? ¿Y la flacidez que reviste mi cuerpo, como
una tripa asquerosa? Yo no era así. Dios mío, es mejor que me muera rápido.


No hay comentarios:
Publicar un comentario