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| Leon de Greiff |
Por Harold Alvarado Tenorio
Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Haeusler (Medellín, 1895-1976), descendía de un bisabuelo sueco y un abuelo alemán, pero era absolutamente antioqueño, [una de sus bisabuelas era hermana o prima de José María Córdoba y su abuela materna, Teopista Rincón Velásquez, procedía del Inca Huayna Capac, undécimo soberano de la dinastía del Imperio Incaico], de ese linaje de hombres y mujeres que crearon un país, en lucha y derrota con las adversidades y la maldad humanas. Y nadie, más que él, recibió en vida, el afecto y admiración que una nación puede ofrecer a sus poetas. León de Greiff fue sin duda el artista e intelectual colombiano más adorado del siglo XX, amado por su rebeldía, admirado por su inteligencia y humildad, reverenciado como amigo y como poeta.
Sus antepasados europeos habían sido camareros ducales, mariscales, coroneles, prelados y aristócratas de corte. El primero en llegar a tierras colombianas, en los años veinte del siglo XIX, atraído por la fiebre del oro que había propiciado la publicación en Londres de un libro sobre el país, de Francisco Antonio Zea, fue Carl Sigismund Fromholt von Greiff y su esposa Lovisa Petronela Faxe. Ingeniero y matemático, recorrió Antioquia en muchas direcciones, tantas como para publicar en Europa el primer mapa de la provincia que se conoce y un diario, minucioso, que acopia numerosas costumbres de las gentes de su tiempo.
Este personaje de novela tuvo numerosa descendencia y vivió en Medellín, Amalfi, Río Negro, Anorí, Dabeiba, etc. Pero fue quizás, el padre de Léon, Luis de Greiff Bravo, la personalidad que más influyó en su carácter. Luis de Greiff fue en su juventud escritor y colaboró en Medellín, gracias a su vastísima cultura, en importantes revistas junto a otros intelectuales como Francisco de Paula Rendón o Abel Farina. Luego se interesaría en asuntos públicos y al lado de un grupo de liberales radicales publicó el periódico La Organización, que gozó de prestigio y que imitaba ideológicamente al Manchester Guardian o el Corriere della Sera. El padre del poeta fue miembro de la dirección liberal uribista, y senador por Antioquia en varios periodos. Juan Lozano y Lozano sostiene que León, era, en su carácter y aficiones, un vivo trasunto de su padre:
“un estoico que ha aprendido a mantener la mente en absoluta independencia de toda circunstancia externa: un hombre que vive de la savia de sí mismo y no obedece ni teme sino la censura que le dicte su propio corazón. León ama el arte por el arte, ciertos principios morales por sí mismos, la amistad de sus amigos por sí misma, sin esperar nada de nadie. Mira con igual indiferencia elogios y diatribas, miserias y holganzas, honores y silencios o desvíos. Pero es meticuloso en los principios de la dignidad, de la lealtad, de la hombría a carta cabal. Como la de su padre, la probidad de León es un axioma y su sinceridad lo mismo de valerosa y cortante. Nunca ha hablado mal de ningún amigo, nunca se ha quejado de nada, nunca ha atribuido a nadie la culpa de sus propias desventuras o congojas.”
La personæ de Greiff fue tan singular como su obra: excéntrico, irónico y cerreramente independiente; una amalgama de timidez social y provocación intelectual. En el trato solía ser reservado, hosco en la apariencia, pero dado a un humor fino y corrosivo, que empleaba para desactivar solemnidades como para proteger su intimidad. Desconfiaba de la grandilocuencia y las jerarquías culturales, y optaba por la conversación aguda, el intercambio de ideas y la complicidad verbal antes que la camaradería al uso.
Con otros poetas mantuvo una relación ambivalente: fue generoso con quienes reconocía verdadera vocación estética y exigencia formal, pero era implacable con el oportunismo literario, la retórica vacía o el prestigio erigido sobre el conformismo. Rehuía los grupos cerrados y las ortodoxias, aun cuando participó en círculos intelectuales, y asumió siempre una autonomía crítica que lo llevó a ser respetado más que popular, admirado más que imitado. En el fondo, su trato con los otros —poetas o no— estuvo regido por una ética del rigor, la sátira y la libertad, que lo mantuvo deliberadamente al margen de los consensos y de las modas literarias de su tiempo.
Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa
dicen que soy poeta..., cuando no porque iluso
suelo rimar —en verso de contorno difuso—
mi viaje byroniano por las vegas del Zipa...,
tal un ventripotente agrómena de jipa
a quien por un capricho de su caletre obtuso
se le antoja, fingirse paraísos...! ¡al uso
de alucinado Poe que el alcohol destripa!, 1
de Baudelaire diabólico, de angelical Verlaine,
de Arthur Rimbaud malévolo, de sensorial Rubén,
y en fin... ¡hasta del Padre Víctor Hugo omniforme...!
¡Y tanta tierra inútil por escasez de músculos!
¡tanta industria novísima! ¡tanto almacén enorme...!
Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos...
(1916)
Musicólogo, ajedrecista, estadígrafo y auditor de cuentas, experto en crucigramas, algebrista y mago de los números, alto, hercúleo, rojizo, barbado, con sus trajes deshilachados y los bolsillos repletos de papeles, en la Escuela de Minas de la Universidad de Antioquia hizo tres años de carrera para ingeniero y luego estudió derecho en la Universidad Libre de Bogotá, pero había sido, a los 18 años, secretario privado de Rafael Uribe Uribe. En Medellín, tras el asesinato del héroe, creó un grupo y una revista fugaz: Los Panidas.
Melenudos de líneas netas,
líricos de aires anarquistas,
hieráticos anacoretas,
dandis, troveros, ensayistas,
en fin, sabios o analfabetas,
y muy pedantes -si os parece-,
exploradores de agrias vetas,
¡los Panidas éramos trece!
Ya desde esos tiempos se había aficionado, como si fuese un Goliardo, al uso de seudónimos como Gaspar de la Nuit, encarnando a un personaje vago, demente y enemigo del comportamiento de la gente corriente. Fue luego cajero de un banco y administrador de una empresa que construía un ferrocarril cerca del río Cauca, en Bolombolo, donde estuvo tres años y donde parece haber creado un mundo poético que compartía con Abdenagodonosor el Tartamudo, Alipio Falopio, Andrés Doria, Baruch, Bogislao von Greiff, Claudio Monteflavo, Ebenezer, Erik el Rojo, Erik Fjordson, Gaspar von der Nacht, Guillaume de Lorges, Jason el argonauta, Leo Le Gris, Lope de Aguinaga, Matías Aldecoa, Palinuro, Pentagramatón, Proclo, Ramón Antigua, Sergio Stempansky, Spiridón, etc.
Tras su matrimonio con Matilde Bernal Nichols ocupó diversos cargos y recibió reconocimientos: fue Jefe de becas y Director de extensión cultural y bellas artes del Ministerio de educación, profesor de Literatura y de Historia de la música en la Universidad Nacional, diplomático en Suecia, Orden de San Carlos, de Boyacá y viajó por China, Unión Soviética, Cuba o Costa Rica invitado por sus gobernantes. Pero según sus propias noticias, sus reales condecoraciones fueron «La Cruz del Sur», el «Dragón Enfermo», el «Grifo Desolado», o el «Gato que pelotea», etc.
Cuando Ezra Pound publicó en 1934 Make It New, demandando la creación de un arte nuevo, parcamente certificó los cambios que habían sucedido desde finales del siglo XIX: el mundo del contrato social rousseauniano, optimista y liberal; la visión romántica de la naturaleza como un ser benigno y divino, habían sido transformadas por una centuria de desarrollo, la aparición de las grandes urbes, la vida hecha masificación y la evaporación de las viejas certidumbres cristianas.
Para Pound, las artes del siglo XX tenían la obligación de adelantarse a su época, transformándose y transformando su propia naturaleza. Era necesario encontrar nuevos caminos a través de la experimentación, descubriendo y disintiendo, a fin de liberarse de las estructuras del pasado. Había que abandonar el miedo a lo nuevo, a enunciar frescos nombres para las cosas y las acciones como pedía Confucio, porque el mundo y sus cosas no eran más las mismas de ayer. Porque como había proclamado el emperador Cheng Tang [商汤], las verdaderas novedades no son aquellas que rompen con la tradición, sino que las reaniman. Los artistas, «antenas de la especie», tenían que crear una nueva cultura rebelándose contra la existente, ser la vanguardia.
El arte ideal, arte universal o arte por el arte fue la consigna de Darío y los modernistas para sacar la poesía del pantano decimonónico, con sus confesiones intimas sobre el amor, la muerte y la patria. Los sentimientos y miradas de un individuo moderno, refinado y subjetivo debían expresarse con vigor cosmopolita con las idealizaciones, el exotismo, la artificialidad y el preciosismo con que huía de la realidad positivista y tiránica de nuestras sociedades.
El Modernismo, como el parnasianismo y el simbolismo procuró, en lo exquisito y lo raro, en las islas de Grecia y Japón, en los pabellones de Versalles y las pagodas chinas, un alejamiento de la vulgaridad del mundo real que los acercara, en la carne y el amor, lo ignorado y lo fatal, a un sentido moderno de la vida y de la muerte, pero sustancialmente de la belleza, como no se había percibido antes. Luego vendría el horror de la Primera Guerra Mundial, que hizo trizas la idea de una supremacía cultural de París y Berlín, y la fragmentación de «la cultura» en movimientos como el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el ultraísmo, el creacionismo y el surrealismo.
La Revolución Mexicana, la Primera Guerra Mundial y el Movimiento Estudiantil de Córdoba (1918) habían hecho que las ya centenarias repúblicas estuvieran menos inclinadas a aceptar la supuesta superioridad cultural de la civilización europea. En la década de los años veinte en todos los países los Ismos respondieron, con una creciente perspectiva continental, a la iconoclasia de sus pares europeos negando radicalmente el realismo y la razón, la lógica, la estrofa, el metro, la rima y la sintaxis y adoptando nuevos motivos surgidos de la vida citadina: la velocidad, las fábricas, los obreros, y el cinematógrafo.
En 1925 Santa Fe de Bogotá era una villa de ritmos lentos y jerarquías manifiestas, donde la vida intelectual se concentraba en el centro histórico La Candelaria, con sus calles empedradas, casas coloniales atestadas de campesinos y sus recuas de borricos y cafés frecuentados por abogados, periodistas y escritores; un espacio todavía subyugado por la moral levítica y la solemnidad republicana, pero transitado por el tranvía eléctrico y la prensa moderna, donde circulaban libros y debates decisivos: la difusión incesante de La vorágine consolidó una nueva conciencia crítica sobre el país, mientras la publicación póstuma De sobremesa reveló retrospectivamente una sensibilidad moderna y decadentista que dialogaba con las inquietudes del presente, y Tergiversaciones y Suenan Timbres intentaban erosionar la retórica poética tradicional. Así, en la Bogotá de La Candelaria, entre iglesias, tertulias y periódicos, el pasado literario se reordenaba al tiempo que anunciaba las rupturas estéticas que definirían la modernidad cultural colombiana.
A mediados de ese año veinticinco comenzó a circular Los Nuevos, una revista promovida por los hermanos Felipe y Alberto Lleras Camargo, cachorros de familias republicanas e ilustradas, interesados como sus compañeros de viaje Eliseo Arango, Francisco Umaña Bernal, Germán Arciniegas, Jorge Zalamea, José Mar, De Greiff, Vidales o Rafael Maya en entablar una discusión sobre el inmediato pasado de la nación que había perdido Panamá y las adhesiones al presente, en la notoria figura continental de José Vasconcelos, el secretario de educación de Alvaro Obregon.
“Renovarse o morir” fue su consigna. Porque estaban desilusionados con las tradiciones políticas que había conducido el país a su ruina durante la Primera Guerra Mundial y al desconocimiento e ignorancia de la Belle Epoque, la aparición de los grandes inventos motrices y de la clase y los partidos obreros. Había que desplazar las religiones de la vida social y combatir la miseria de millones de seres no solo con palabras sino con hechos. Lo que explica como Zalamea fue secretario del presidente liberal López Pumarejo, Lleras dos veces presidente y amo y señor de la república durante medio siglo, o Arciniegas ministro y embajador en repetidas cancillerías.
Desde esos años, sin embargo, la figura emblemática de su generación fue Léon de Greiff. En La generación de Vasconcelos [El Tiempo, 10-08-1925], Arciniegas, discutiendo sobre las diferencias entre Los Centenaristas y la suya propia, dice que “Aún dentro de la misma manifestación literaria, si se estudia una obra como la de León de Greiff, se ve cómo una exquisita cultura musical, la inteligencia sutil que domina todo el panorama de un arte, es la base de una revolución que, sin tener un representante comparable entre los centenarios, presenta perspectivas más trascendentales y seductoras de las que tuvo en su tiempo la obra de Guillermo Valencia, a quien, siendo anterior, nombramos como el poeta que pueda comparársele a de Greiff”.
Se trataba de vivir cotidianamente con los progresos de la posguerra, cuando Santa Fe iba transformándose en Bogotá mediante el uso del concreto y el acero y los cambios de estilo arquitectónico, cuando luego de la celebración de los cien años de independencia de la colonia se diseñaron las sedes de los principales bancos y centros comerciales capitalinos, como el Pasaje Hernández o el Rufino, que la revista Cromos consideraba en 1918 ejemplos de la nueva estética del confort, la higiene y el goce de vivir que había gestado la sociedad de consumo norteamericana.
Hoy sabemos que los intelectuales que mejor representan, para bien o para mal, la cultura letrada de la primera mitad del siglo XX son los prolíficos y plurales Alberto Lleras Camargo, Augusto Ramírez Moreno, Carlos Lleras Restrepo, Gabriel Turbay, Germán Arciniegas, Hernando Tellez, Jorge Eliecer Gaitán, Jorge Zalamea, José Antonio Osorio Lizarazo, José Camacho Carreño o Silvio Villegas, insignes antecesores de la Generación Decapitada que reunió en Mito a Jorge Gaitán Durán, Gabriel García Marquez, Jorge Child o Eduardo Caballero Calderón bajo el amparo de Alfonso Reyes, Carlos Drummond de Andrade, Eduardo Zalamea Borda, Jorge Luis Borges, León de Greiff, Luis Cardoza y Aragón, Mariano Picón-Salas, Octavio Paz y Vicente Aleixandre.
Desde sus primeros libros de Greiff dialoga con el modernismo —particularmente con Rubén Darío— pero al tiempo lo subvierte. Frente al preciosismo decorativo y la musicalidad afinada del modernismo tardío; ante la melodía solemne, marmórea y controlada de Valencia, o la sensual, envolvente y fluida de Rubén, su poesía introduce una inflexión irregular, sincopada, sinuosa, lúdica y a menudo disonante. El ritmo, mejor que la eufonía, parece responder a impulsos internos, a variaciones caprichosas que evocan recursos como la fuga o la improvisación.
De Greiff compone más que describe o escribe. Y rompe deliberadamente con la tradición eufónica: su melodía es irregular, fragmentaria y mental, cercana al contrapunto porque brota del juego verbal, el retintín y la dislocación rítmica, como si el poema no quisiera sonar sino pensar en voz alta, poniendo en crisis la idea misma de armonía heredada del modernismo.
Cuando publicó Tergiversaciones [1925], hacía una década habían aparecido los textos definitivos del Vanguardismo latinoamericano. Tergiversaciones es un volumen que podría clasificarse de Modernista, pero allí está, también, en su origen, la voz que habría de identificarlo en el concierto de la poesía universal: las indirectas, los efectos orales y las inflexiones que no se comprendieron; una exuberancia de efectos y escenarios paradojales que revelan su actitud anti cotidiana, consecuencia de su adicción a los envites “Avant Garde” de Bertrand, Byron, D' Annunzio, Ducasse, Mallarme, Poe, Rabelais, Rimbaud, Verlaine, o Villon. Burla e ironía, olvidadas sintaxis, palabras envejecidas, neologismos y arcaísmos, juegos de palabras y anti-poemas, galicismos, germanías, atado todo ello a un deslumbrante ejercicio de habilidades verbales con un rigor musical muy suyo.
Margarita María Velásquez [La música en la poesía de León de Greiff, 1998], sostiene que formas como la fuga y la sonata permiten a De Greiff expresarse sobre las paradojas y contradicciones del amor y la naturaleza humanas; que el nocturno, la fantasía y la romanza expresan el ensueño, la magia, la fantasía y la pasión; el scherzo lo sería de la burla y la sarcasmo ante la vida y la muerte, etc., etc.
El tema recurrente será el yo y su imposible comunicación con los otros. Porque la poesía fue para él la invención del otro mundo, verbal y mágico, que le sirviera de asidero para poder vivir las mezquinas realidades de una sociedad como la colombiana de los años de entreguerras. De Greiff se verá siempre como miembro de una élite de apartados, los poetas y los locos, que no pueden ser entendidos a causa de su refinada personalidad. Y a esta demencia, que le separa del resto de los hombres, va unido Eros a través de la noche lunática, la soledad, la abulia y el tedio, símbolos todos de su escepticismo. El inferno del poeta será el amor y la muerte.
Yo vengo de un imperio fantástico, ilusorio,
de un abolido imperio lunario, ultra real,
donde todos los meses son uno; floreal,
y uno sólo el color: azul, bajo el cimborio
inmóvil de su cielo. Fantasma aleatorio,
fúnebre, disonaba mi ser en el coral
multisonoro de armonía ideal
y franca..., y me he venido con mi gesto mortuorio...
Inepto a la alegría yo soy. De la tristeza
uncido a la carroza, vago, por vaticinio
inapelable de la suerte dictadora:
ni el espejismo de la trivial naturaleza
(descaecida hétera afeitada de nimio...)
nada!... que va a curarme! ¡ni tú, Muerte Señora!...
(Yo vengo de un imperio)
En sus libros posteriores: Libro de los signos (1930), Variaciones alrededor de la nada (1936) y Prosas de Gaspar (1937), su poesía se vuelve más reflexiva, más melancólica, sin perder el humor ni la complejidad formal. Aparece con mayor fuerza el tema del tiempo, del fracaso, de la marginalidad voluntaria del poeta. Sin embargo, incluso en estos registros más sombríos, De Greiff evita el patetismo: la acrimonia sigue funcionando como mecanismo de defensa y como principio estético. Y se apropiará de todas las conquistas de los Ismos, pero sin tomar partido por ninguno de ellos. Será unas veces dadaísta, otras surrealista, otras anarquista y la mayor de las veces un creacionista, que, desdeñando la realidad, o lo que por ello entendemos, prefiere crear otra realidad que interprete a aquella o nos aparte definitivamente del presente que tanto repudia el poeta.
Pasados cien años desde la aparición de Tergiversaciones, el tiempo, que todo revela y borra, ha legado al presente unas decenas de poemas donde de Greiff celebra, con una prosodia “colombiana o antioqueña”, los paisajes y sentires de un ayer que nos sería eterno, si la nación o lo que llamamos patria, no desaparece. Textos donde la poesía se convierte en una afirmación de la vida elegida, no como evasión sino como posición ética. Frente a los imperativos del trabajo, la utilidad y la respetabilidad social, el poeta reivindica el ocio, la conversación, la amistad y el tiempo sin finalidad como formas legítimas de plenitud.
Una vida que no es heroica ni trascendente sino deliberadamente menor, discreta, a escala humana. De Greiff no idealiza lo cotidiano como costumbre ni como identidad regional, sino como experiencia asumida, sostenida por la inteligencia, la sorna y una melancolía nada patética. En ellos, la poesía no busca imponerse como música ni como artefacto, sino como compañera del vivir, para hacerlo más consciente e intenso. La elección del placer cotidiano se vuelve así una forma de disidencia, una negativa a someter la existencia a los valores de la productividad, el éxito o la solemnidad cultural.
En el alto de Otramina
ganando ya para el Cauca
me topé con Martín Vélez
en qué semejante rasca,
me topé con Toño Duque
montado en su mula blanca,
me topé con Míster Grey
el de la taheña barba:
los tres venían jumaos
como los cánones mandan,
desafiando al Olimpo
con horrísonas bravatas,
descomedidos clamores,
razones desconcertadas,
–los tres jumaos venían
y con tres jumas en ancas,
vale decir un repuesto
de botellas a la zaga.
Ellos cantaban canciones
un poco muy mucho báquicas,
donde era asunto de mozas
–a juro desdoncelladas–,
donde era asunto de mozas,
y de riñas y batallas
(con la “divina botella”
de Rabelais bien loada);
ellos corrían espuelas
si las mulas se quedaban,
ellos bajaban en todas
las ventas y las posadas,
bebían el aguardiente
de espumillas irisadas
–puro, dinámico, excelso–
y en las totumas de nácar;
y requerían de amores
con miel de finas palabras
a las chicas pizpiretas
y a las señoras casadas.
Cuando lleguen a la orilla
caliginosa del Cauca,
cómo andarán de borrachos!
(luego de parar en Lara
donde ordeñan el más límpido
anís las manos más blancas:
demoran allí las cinco
sirenas de La Cabaña);
cuando lleguen a la orilla
rїentes a carcajadas,
por el Paso de los Pobres
sobre la vetusta barca
tomarán el otro lado
–las seis ya serán llegadas–
y en lo de don Nuño Ansúrez
alto harán en la jornada;
allí venden aguardiente
de Concordia, cosa brava!,
whisky y brandy en ocasiones,
ron Negrita, ron Jamaica,
cigarrillos y tabacos,
machetes, pólvora, cápsulas
de revólver, aparejos,
atún, salmón y otras latas…;
Allí la cháchara es buena
cuando salen las muchachas:
sí son las de Lara esquivas,
las de aquí son poco hurañas,
es decir, de no difícil
trato en lides sofaldadas,
–magüer con mil requisitos
que hacen más dulce la danza
venusina, en el recato
de las sendas enlunadas
–si hace luna–, o en las sendas
tenebrosas, o en la playa
y a la vera del celoso
río, que hierve de rabia.
Después del postrero trago
–si no se concertó nada
de erótico esparcimiento
con las ninfas hamadriadas–,
después del último trago
montan de nuevo en volandas;
tuercen el rumbo hacia el Norte;
la noche llegó de plata:
toda sembrada de estrellas;
y en el cielo y en el Cauca;
llegaron al señorío
feudal –erótica marca–
de Rosa de Bolombolo
la de pupilas estrábicas,
de muslos pluscuamperfectos
y de senos como cráteras
de corindón, cuyos vinos
antes queman que no embriagan;
llegaron a la Comiá,
crecida la muy quebrada;
para reforzar el ánimo
beberán otra vegada;
mojarán botas y breetches
y camisas coloradas,
metiéndose hasta los pechos
entre las túrbidas aguas;
siguieron la trocha, al linde
de las sonadoras sábanas
turbulentas del Bredunco
que otros dicen río Cauca;
Llegaron a La Herradura,
palacio de zinc y guadua
(y de las Mil y Una Noches
de Xariar y Xeherazada
y de Aladino y Sindbad…);
viene la desensillada:
allí don Pipo, el arriero,
supercopa renombrada
de Amaga a Titiribí,
del Cangrejo a La Pintada,
desde Anzá hasta Cocojondo
y en Medellín y otras plazas;
allí don Pipo, el arriero,
y en éxtasis la mirada:
pues si se lleva las mulas
les deja las Dama Juana…
Pronto retorna don Pipo,
y en éxtasis la mirada:
ya se beben el primero
con él, en la decantada
casona de La Herradura
–casona de zinc y guadua,
de calor y de mosquitos,
de culebras y cigarras.
Bajaron al corredor,
subieron a las hamacas.
Ahora llegó el recuento
balance de la jornada;
mientras sirven el condumio
gozosamente se parla;
mientras se parla se fuma;
se bebe mientras se yanta;
se conversa en hiperbólico
cuasi mentir, mientras canta
la marmita en el fogón,
mientras sueña la montaña
–sueño de ceibos robustos
y de esbeltísimas palmas–,
mientras el río se fuga
y al son de su absorta cántiga
de leyendas y de mitos;
mientras la luna se apaga
para darle espacio al sol
–madrugón de mala gana–,
al sol con cara de jaque
muy mimado de su daifa
–levantado a contrapelo
tras de la incruenta batalla–,
para darle espacio al sol,
Caimacán de Xenufána,
Cacique de Bolombolo
–región salida del mapa–.
En el alto de Otramina,
ganando ya para el Cauca,
–me topé con Martín Vélez
en qué semejante rasca,
me topé con Toño Duque
montado en su mula blanca,
me topé con Míster Grey
el de la taheña barba...
[Relato de Ramón Antigua, Región de Bolombolo 1926-1927]
Como sucedió a Jorge Luis Borges, la lectura de El mundo como voluntad y representación llevó la poesía de Greiff a dialogar de manera oblicua pero persistente con Arthur Schopenhauer y de contera, con Buda. En De Greiff el yo aparece fatigado de voluntad, mordaz ante el afán de vivir y consciente del carácter ilusorio de las ambiciones, gestoras del sufrimiento, al tanto que su tendencia al desapego, la burla de la identidad y la aceptación del fluir —expresadas mediante máscaras verbales, heterónimos y una música que diluye el sentido unívoco— entronca con el budismo, donde el yo es transitorio y el dolor nace del apego. Así, sin ser doctrinaria ni filosóficamente sistemática, la poesía de León convierte esas intuiciones en experiencia estética: una celebración verbal que, al mismo tiempo, contempla con lucidez y distancia la vanidad del mundo.
Para Miguel Escobar Calle [La influencia de Schopenhauer y del budismo en León de Greiff, El Colombiano, 20-07-1971], su poesía no es mera exuberancia verbal o experimentación, sino que el impulso erótico, o del querer, son una fuerza que engendra insatisfacción y silencios más que logros. La vida como deseo que nunca se satisface, evocando intuiciones budistas, como el vacío (śūnyatā) o farsa del yo, que impulsa hacia una forma de desapego poético. Escobar Calle sugiere que esta percepción de la fugacidad de los fenómenos (que los pensadores budistas llaman anicca, o impermanencia) aparece en De Greiff como un tono existencial, vecino a esa suerte de, acaso, que Schopenhauer pensaba suspensión del querer, momento cuando el lector o el sujeto poético “no quiere nada” y solo contempla, con ironía y calma, la música de las palabras.
En sus poemas, el amor aflora como una experiencia ambigua, terciada también por la ironía, la distancia intelectual y la melancolía. Las figuras femeninas —evocadas con nombres simbólicos o imaginarios [Lilith, Xatlí, Melusina, Bibiana, Budur, Loreley, etc.]— son presencias fugaces, asociadas al recuerdo, al deseo o a la música. El amor, o el erotismo, se vive como un episodio de la sensibilidad: un instante de belleza, de complicidad o de nostalgia que se disuelve en el flujo del tiempo. Así, en lugar de una pasión devastadora, de Greiff propone una visión más escéptica y refinada: el amor como emoción transitoria, contemplada con lucidez y transformada por el lenguaje en juego, evocación y cántico.
Las ideas políticas de León, como su poesía, fueron complejas y refractarias a la simplificación. Simpatizó tempranamente con el socialismo y mantuvo una serena sensibilidad de izquierdas, motivada por un rechazo visceral al conservadurismo clerical, el autoritarismo y la hipocresía moral de la sociedad burguesa colombiana de su tiempo. Su inclinación política fue una ética sutilmente anti clasista y antiburguesa, como su defensa de la libertad individual y la dignidad intelectual frente a los poderes establecidos. Nunca fue un propagandista ni un poeta de consignas. Desconfiaba de los dogmas, las ortodoxias partidarias y toda forma de pensamiento único, incluso dentro de las izquierdas. Su paso por cargos públicos y diplomáticos —asumidos más por necesidad que por ambición— reforzó su escepticismo frente a las instituciones y a la retórica del poder. De Greiff pensaba políticamente desde la puya y la lucidez: creía en la justicia social, pero dudaba de los aparatos ideológicos; defendía la emancipación humana, pero desconfiaba de las promesas redentoras. Esa posición lo situó en una izquierda heterodoxa, más ética que programática, coherente con su carácter independiente y su convicción de que la verdadera disidencia debía ejercerse tanto en el lenguaje como en la vida.
De esa manera y por miles de vericuetos, escéptico y sensual, levantó un mundo de fantásticos personajes, con su flora y su fauna, y un lenguaje irrepetible para celebrar las cosas y los seres de este mundo ilusorio.
Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...
Véase: Arturo Alape: Valoración múltiple sobre León de Greiff, Bogotá, 1996. C.S. Mohler: El estilo poético de León de Greiff, Bogotá, 1975. Cecilia Hernández de Mendoza: La poesía de León de Greiff, Bogotá, 1974. Fernando Charry Lara: “Los poetas de Los Nuevos”. Revista Iberoamericana, 128-9, 1984. Guillermo de Torre: Historia de las literaturas de vanguardia, Madrid, 1975. Hernando Caro Mendoza: La Música en la Poesía de León de Greiff, Bogotá, 1990. Hjalmar de Greiff: Obra completa de Léon de Greiff, Bogotá, 2018. Hjalmar de Greiff: “Deshilvanadas precisiones acerca de León de Greiff”. Suplemento Dominical de El Tiempo, Bogotá, 23 de julio 1995. J.G. Cobo Borda: “Los Nuevos”. Gaceta 25-26, Bogotá, 1979. Miguel Gómez: “El tiempo literario de León de Greiff”, Hispanic Review 70, 2002. Orlando Rodríguez Sardiñas: León de Greiff: una poética de vanguardia, Madrid, 1975.

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