lunes, 20 de agosto de 2007

Shomei Tomatsu / El retrato del Japón de la posguerra



El retrato del Japón de la posguerra

La exposición 'La piel de la nación' descubre la fotografía de Shomei Tomatsu


Shomei Tomatsu (Nagoya, 1930) ha sido el fotógrafo más influyente e innovador del Japón de la posguerra. Ha mostrado sus fotografías en numerosas exposiciones y ha publicado una veintena de libros, pero su trabajo, una intensa mirada sobre las gentes y los paisajes de su país marcados por la II Guerra Mundial, apenas se conoce fuera de su Japón natal. La exposición restrospectiva La piel de la nación presenta ahora su trabajo en Bilbao a través de 10 series que constituyen un retrato del Japón de la segunda mitad del siglo XX, desde los vestigios de las viejas tradiciones y los supervivientes de las dos bombas atómicas al prodigioso desarrollo económico y los cambios sociales que impulsó.
La piel de la nación (Aula de Cultura BBK. Elcano 20, Bilbao. Desde mañana y hasta el 3 de octubre) reúne más de 250 imágenes, en su mayoría procedentes de los archivos del propio Tomatsu. Entre ellas figura su imagen más conocida, Nagasaki 11:02, en la que se puede ver un reloj detenido en el momento de la explosión de la bomba atómica sobre esa ciudad el 9 de agosto de 1945. Tomatsu tomó la fotografía en 1962 dentro de un proyecto para plasmar la vida de los supervivientes del ataque nuclear sobre aquella ciudad.


Las diez series de la muestra abarcan los grandes asuntos que Tomatsu ha ido abordando a lo largo de su carrera, como la americanización de Japón o la influencia del glamour de Hollywood, y la larga e intensa transformación de su país. Sus imágenes reflejan desde la huella de la cultura tradicional o la dramática salida de los años de la guerra hasta los cambios que llegaron de la mano de su impresionante desarollo económico y la implantación de nuevas formas de vida. A través de las fotografías se descubre toda esta evolución. Las series fueron realizadas para ser publicadas en revistas ilustradas japonesas, concebidas para ser vistas en un formato secuencial.
El título de la exposición hace una referencia literal y metafórica a las superficies que con frecuencia figuran en las fotografía de Tomatsu. Para el artista, la piel supone una especie de mapa en el que se puede leer la historia de Japón, según explican los comisarios de la muestra, Sandra S. Philips, miembro del Departamento de Fotografía del Museo de Arte Moderno de San Francisco, y Leo Rubinfein, de la Universidad de Nueva York. La obra de Tomatsu destaca por su fascinación por la experiencia inmediata y la pasión por lo tangible. Sin dejar de lado la cara documental, se ha preocupado por evocar en sus fotografías la ansiedad, la pena y la alegría que impregna la vida cotidiana de la nación asiática.
La piel de la nación fue producida por el Museo de Arte Moderno de San Francisco, con la colaboración de la Japan Society de Nueva York, con el objetivo de divulgar el trabajo y la influencia de Tomatsu en la fotografía contemporánea japonesa y en los países occidentales. Tras su presentación en Nueva York, Washington y San Francisco el pasado año, la retrospectiva se ha mostrado también en Suiza, la República Checa e Italia.

Un trabajo desconocido

Tomatsu es reconocido en Japón como uno de los autores que más ha influido en la fotografía de la segunda mitad del siglo, pero "la increible profundidad, variedad e inteligencia de su trabajo es practicamente desconocido fuera de su país", señala Phillips.
Después de estudiar Ingeniería y Economía, Tomatsu comenzó a trabajar en una empresa editora de libros fotográficos de bolsillo. En 1956, se convirtió en fotógrafo independiente, colaborando con los principales semanarios ilustrados japoneses. Fundó entonces junto a otros colegas la agencia Vivo, a través de la que canalizaron su trabajo hacia las grandes revistas de la época. Tomatsu ha compatibilizado la realización de libros y exposiciones con la docencia.

EL PAÍS
GALERÍA







Tokyo exhibit at the MoMA. Tomatsu Shomei. Protest, Tokyo. 1969.



Hibakusha (bomb victim) Tsuyo Kataoka, Nagasaki, 1961






domingo, 5 de agosto de 2007

Graham Greene / Nada como el pecado







Nada como el pecado


Manuel Vicent
5 de agosto de 2007

Su niñez estuvo dividida entre dos lealtades. Su padre era director del colegio de Berkhamsted, ubicado en un viejo edificio que se comunicaba con la casa natal del pequeño Graham por una puerta tapizada de bayeta verde.


Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con una Smith & Wesson, calibre 32, cuyo tambor era de seis balas

Esa puerta daba también a dos lados de su propio cerebro. En una parte hervía la brutalidad escolar del patio donde sus compañeros le exigían compartir los ritos feroces contra los maestros; en otra estaban su padre y los hermanos dentro del orden apacible del hogar. En el recreo su timidez mórbida se hallaba a merced de las humillaciones que le infligía el más duro e inteligente de la banda, un tal Carter, para que tomara partido contra el director, y esta tortura le produjo una esquizofrenia de la que nunca se repuso. Graham Greene ha confesado que se hizo escritor sólo para vengarse de aquel tipo. Derrotar a Carter, enmascarado después en varios perdedores de sus novelas, se convirtió en un destino.
Esa neurosis tuvo un primer tributo. A los 16 años fue sorprendido acariciando la culata del revólver de su hermano mayor, un Smith & Wesson, calibre 32. Graham Greene jugó a la ruleta rusa cuatro veces con aquel arma, cuyo tambor era de seis balas. Durante el rodaje de Nuestro hombre en La Habana se lo contó a Fidel Castro. Y éste le dijo: "Si el tambor era de seis balas y se disparó en la sien en cuatro ocasiones, usted está matemáticamente muerto". Graham Greene contestó: "Yo no creo en las matemáticas". Después de todo, el azar de su vida fue un largo suicidio, unas veces feliz y otras atormentado, que duró 86 años.
A raíz de aquel lance sus padres lo dejaron en Londres en manos de un psicoanalista. Tumbado en el diván, el chico un día explicó su sueño erótico más recurrente. "Su mujer entra en mi habitación con los pechos desnudos y yo se los beso". El psicoanalista, sin pestañear, le preguntó: "¿Qué asocia en primer lugar con los senos de mi mujer?". El chico contestó: "Dos vagones del metro". Oído lo cual, el psicoanalista, para quitárselo de encima, lo dio por curado y Graham, embargado por un gran sentimiento de libertad, entró en Oxford como un caballo desbocado, se hizo periodista, redactor del Times, crítico literario y cinematográfico y a los 23 años se convirtió al catolicismo para poder casarse con la católica Vivien Dayrell Browning, pero sólo empezó a creer en el Dios de los católicos cuando conoció en México a un cura lujurioso y alcoholizado, perseguido por los revolucionarios, que estando ya a salvo fuera de la frontera vuelve a cruzarla hacia este lado para darle el sacramento a un agonizante y muere fusilado en pecado mortal. Este desecho humano, que luego sería el protagonista de su mejor novela, El poder y la gloria, le hizo degustar la sabrosura del pecado, y en medio de sus combates de la existencia Graham Greene supo que ese sabor era el único que le había dado sentido a su vida, como escritor, espía, esposo infiel, amante apasionado y viajero por los lugares más turbios del planeta.
A finales de 1946, con Europa todavía humeando, Graham Greene, ya famoso, conoció a Catherine Walston, una norteamericana de 30 años, casada con el multimillonario terrateniente laborista judío inglés Harry Walston. Ella era una especie de Lauren Bacall, madre de cinco hijos, frívola, atractiva, que solía ir descalza con el whisky en la mano por los salones de su mansión. Nuestro hombre quedó abducido por esta mujer con una pasión que duró 13 años, en cuya carne conjugó la emoción del adulterio con el placer del remordimiento, un privilegio espiritual que consistía en alcanzar el cielo a través del camino de perdición. Aquella millonaria turbulenta y caprichosa le llevaba todos los días al éxtasis de tener que pegarse un tiro en la cabeza para salvarse. Se separaron en 1960 porque ella se había enamorado de otro y lo dejó tirado.
Cuando Graham Greene ya era un viejo sonrosado, de ojos azules acuosos y sonrisa bondadosa, sentado en un sillón de mimbre junto a una botella terciada de JB en la terraza de su pequeño apartamento, que daba al puerto de Antibes, en la Costa Azul, aún iba a misa todos los domingos muy planchado, con las piernas largas, ligeramente encorvado, del brazo de su amante Yvonne Cloetta, con la que convivió los últimos treinta años de su vida. Seguía siendo católico, aunque no creía en el infierno, sino en el purgatorio, por ser éste un castigo no tan duro pero mucho más refinado. Pocos vecinos podían imaginar que este hombre, rehogado en alcohol, había llevado dentro un alma siempre al borde del abismo.
A Graham Greene nunca le abandonó la aureola de haber sido espía al servicio de la Corona durante la II Guerra Mundial. Este oficio llenó de fascinación la imagen del escritor, aunque se trata de un trabajo la mayoría de las veces burocrático, aburrido, rutinario e incluso cutre. Pese a que él procedía de Oxford, fue captado para el servicio secreto por Kim Philby, un tipo simpático que dirigía el grupo de espías esnobs, turbios y sofisticados de Cambridge. Graham Greene fue destinado a Sierra Leona y de esa misión extrajo, como siempre, una novela, El revés de la trama. Cuando Kim Philby, agente doble, al ser descubierto, se pasó al bando de los soviéticos su amigo Graham Greene lo convirtió en el personaje de El factor humano.
Siempre el doble juego, entre la vida y la muerte, la política y la religión, el amor y el odio, el sufrimiento y la compasión, la inocencia y la presencia del mal desarrollados en ambientes cargados de calor húmedo y de lujuria pegajosa que llevan al protagonista hacia un destino trágico de tener que apurar el cáliz del perdedor. Graham Greene, como buen católico, se excitaba en los prostíbulos más espesos. A uno de ellos, en París, llevó a su nueva amante Yvonne. La dejó en la barra frente a una copa y él se adentró en el laberinto abrazado a una prostituta. Su amante era una mujer casada a la que había rescatado de un marido ejecutivo en la selva del Camerún, una francesa ordenada, con cada pasión en su sitio, pero después de aquella aventura comenzó a pensar que el alma de Graham era más oscura de lo que aparentaba su diseño de apacible burgués. Se enamoró de aquel hombre hasta el fondo donde nadan los peces negros que nunca ven la luz.
La mayor parte de sus novelas fueron llevadas al cine, pero sólo dos, El tercer hombre y El americano impasible, pertenecen a la imaginación colectiva. Los sótanos de Viena dividida en la posguerra mundial y el Vietnam a punto de ser abandonado por los colonialistas franceses están ya unidos para siempre al poderío de Graham Greene de contar historias duras, sin adjetivos, aparentemente ligeras, pero llenas de misteriosos laberintos que son los del alma humana.
Murió en Vevey, un pueblo de Suiza, adonde se había retirado para estar cerca de una de sus hijas. El funeral fue la última secuencia de cualquiera de sus novelas. En un lado de la iglesia estaba Vivien, su primera mujer, de 86 años, de la que no se había divorciado. En el otro estaba Yvonne, de 60 años, su última amante, que tampoco se había separado de su marido. En medio estaba Graham dentro del féretro, ante la puerta que daba a la vez al cielo y al infierno.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de agosto de 2007

La vida perra de Billie Holiday

La vida perra de Billie Holiday

'Con Billie', una biografía coral recién publicada, relata las miserias de la más celebrada cantante de jazz a través del testimonio de novios, músicos, amigas, chulos y policías


DIEGO A. MANRIQUE
Madrid 5 AGO 2007

Su nombre es sinónimo de cantante de jazz, si hablamos del estereotipo: artistas de existencia turbulenta, criaturas desdichadas pero con una rara capacidad para conmover al oyente sensible. Como modelo expresivo, Billie Holiday es seguida por Madeleine Peyroux y demás aspirantes a divas que nos han visitado este verano. Hay mucho material para estudiar a Billie: aparte de sus numerosos discos, abundan los libros que analizan su arte y, sobre todo, su vida.
Billie incluso dictó en 1956 una autobiografía, Lady sings the blues, popularizando ese subgénero tan estadounidense de los relatos confesionales, donde el pecador exhibe sus vicios y pide perdón. El libro se transformaría en una película tramposa (El ocaso de una estrella, 1972), a mayor gloria de Diana Ross. El material de base no era fiable: Billie mentía sin complejos y tenía mucha imaginación. Además, el periodista que recogió sus vivencias buscaba un perfil tópico y la editorial eliminó pasajes, para evitarse querellas.
Mientras, en el núcleo duro de aficionados a Billie se anhelaba un libro que no llegó a publicarse. En los setenta, una fan se empeñó en escribir la biografía más completa sobre la cantante. Linda Kuehl realizó unas 150 entrevistas y acumuló documentación. Sin embargo, no pudo dar forma coherente a su manuscrito, que fue rechazado por Harper & Row. Tal vez esa negativa editorial explique la tragedia: en 1979, Linda se suicidó después de un concierto de Count Basie, antiguo jefe de Billie.
Su archivo fue vendido a un coleccionista. Y estaba cubriéndose de polvo cuando lo revisó una escritora británica, Julia Blackburn, que quedó maravillada por aquel tesoro. Descubrió que la Kuehl era una gran entrevistadora, capaz de flirtear para lograr que hombres encallecidos se mostraran locuaces. Blackburn decidió que, en vez de pretender ordenar aquella masa de información, lo instructivo sería seleccionar las entrevistas más sabrosas, aunque se contradijeran.
El resultado es Con Billie (Global Rhythm Press, Barcelona, 2007). Un desfile de personalidades rotundas, que evocan la tortuosa vida en los guetos, en el submundo del jazz o en la bohemia, entre la Depresión y finales de los cincuenta. Hablan novios, amigas, músicos, agentes de narcóticos, chulos, admiradores: Billie era una luz poderosa que atraía a todo tipo de moscones, inofensivos y venenosos.
Todo lo que sabíamos -o imaginábamos- sobre Billie Holiday parece un pálido reflejo de la realidad. Criada en la calle, se dedicó a la prostitución y quedó marcada por las leyes de aquel negocio: solía casarse o emparejarse con proxenetas violentos y ladrones. La grabación clandestina de una conversación telefónica con su último marido, Louis McKay, revela que era considerada como una caja registradora: "Todas las mujeres que he tenido eran grandes personas, buena gente. Y ella va por ahí regalándole el coño a cualquiera...yo no trabajo así. ¡Yo me dedico a vender!". Pasma pensar que McKay quedara como héroe en El ocaso de una estrella.
Para los hombres de Billie, el problema era su dificultad para generar dinero. Al ser encarcelada por drogas, perdió la tarjeta necesaria para actuar en los lucrativos locales nocturnos neoyorquinos, lo que la empujó a viajar a ciudades donde tocaba con inexperimentados músicos locales y a realizar giras tan desastrosas como la que la llevó al Sur de los Estados Unidos, cantando ante paletos que no apreciaban su arte. Cuando había dólares, reinaba el derroche. Aparentemente, McKay compraba hasta un kilo de heroína y allí chupaban todos. Billie era una yonqui atípica: tras grandes festines, podía pasar temporadas sin consumir. Desdichadamente, se había convertido en la adicta más famosa del país y eso la hacía objetivo fácil para los policías, a veces conchabados con los traficantes o con sus propios amantes. Las humillaciones fueron constantes: las autoridades exigían que se declarara como "delincuente" cada vez que entraba o salía del país.
Con Billie ofrece mil detalles sórdidos. Ella podía seducir a ambos sexos pero llegó un momento en que su agujereada figura -solía andar desnuda por los camerinos- espantaba incluso a quien acudía con ansias carnales. El milagro se repetía cuando salía al escenario: con su voz espesa y lánguida, hasta la canción más tonta rebosaba sensualidad, sabiduría, emoción. Era, una vez más, Lady Day.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de agosto de 2007



domingo, 15 de julio de 2007

Arto Paasilinna / El auténtico país de nieve

 

Arto Paasilinna


bEST SELLER

El auténtico país de nieve

Desde uno de los países más fríos del mundo llega la obra de Arto Paasilinna, un vitalista que curiosamente se dedica a explorar uno de los grandes problemas de la sociedad finlandesa: el suicidio.

Mariana Enriquez
15 de julio de 2007

Arto Paasilinna es uno de los escritores más famosos y prolíficos de Finlandia: un autor popular, con más de treinta y cuatro libros, y la frecuencia best-seller de un ejemplar cada doce meses. De hecho sus editores suelen decir: “El Paasilinna anual es un elemento del otoño finés tan común como las hojas caídas”. Publica desde mediados de los setenta, y siempre se especializó en desmenuzar en tono de sátira las particularidades del inefable ser nacional finlandés, por lo general con un protagonista de mediana edad que vive aventuras episódicas hasta llegar al absurdo.

jueves, 5 de julio de 2007

Rosas rojas para Vivien Leigh

 

Vivien Leigh

Rosas rojas para Vivien Leigh

Una barcelonesa atesora numerosos objetos personales de la actriz, a quien conoció en 1965 y con la que se carteó durante años

Fermin Robles

5 de julio de 2007

Alexander Walker cuenta en la biografía que dedicó a Vivien Leigh (1913-1967) que la hermosa actriz británica tenía una "admiradora en España que cada mes le enviaba un ramo de rosas rojas". Una costumbre que la ferviente fan mantuvo incansable hasta que la intérprete que inmortalizó a la heroína sureña Escarlata O'Hara en Lo que el viento se llevó (1939) murió, mañana hará precisamente 40 años. El nombre de esa seguidora entusiasta es Elvira Clara Bonet, que a sus 66 años vive aún en la casa que la vio nacer en el barcelonés barrio de Horta, donde ha erigido un pequeño museo con unos 50 objetos de la actriz. Pero eso no es todo: Bonet mantuvo una intensa relación epistolar de la que aún atesora con mimo las 45 cartas que entre 1957 y 1967 le escribió Vivien Leigh, quien llegó a recibirla en dos ocasiones en su casa de Londres.

martes, 3 de julio de 2007

David Grossman / La angustia de crecer




David Grossman

La angustia de crecer



Marcos Giralt Torrente
15 de enero de 2002

Se recupera una novela no traducida de David Grossman, el mismo autor de Chico zigzag o Véase: amor. En la obra recién editada, El libro de la gramática interna, el autor israelí reflexiona sobre la pérdida del paraíso de la infancia a la vez que construye una metáfora sobre la realidad de su país.

De David Grossman (Jerusalén, 1954) se habían editado tres novelas en castellano: La sonrisa del cordero, Véase: amor y Chico zigzag. Hay que señalar que, aunque El libro de la gramática interna se traduzca ahora, más de tres años después de la última, es en realidad anterior, pues se publicó en su original hebreo en 1991, tres años antes que Chico zigzag, y es la tercera novela del israelí. La aclaración no es gratuita, ya que Chico zigzag y El libro de la gramática interna parecen muy relacionadas entre sí. No sólo comparten rasgos argumentales y temáticos, como tener ambas de personaje central a un adolescente y tratar en el primer plano de la narración el rito de paso a la madurez, sino que es posible observar entre ellas una relación más íntima que sobrepasa lo literario e invade lo anímico. Dejando a un lado las similitudes y el primoroso estilo de su autor, son tan radicales las diferencias de tono que guardan entre sí que pareciera que Chico zigzag hubiera surgido de la necesidad de Grossman de liberarse imaginativamente de las claustrofóbicas densidades a que le había conducido su inmersión previa en el mundo de Aharon Kleinfeld, el niño de 12 años protagonista de El libro de la gramática interna. Todo nos lleva a esa conclusión. El libro de la gramática interna parece amasado con las más apesadumbradas turbiedades del agobio existencial. No le falta humor, pero un humor oscuro que crece en el retruécano de la ironía, con vuelta amarga que aunque explore matices festivos, y hasta frívolos, siempre incluye un poso demasiado gravoso.





EL LIBRO DE LA GRAMÁTICA INTERNA

David Grossman Traducción de Ana María Bejarano y Jordi Font Tusquets. Barcelona, 2001 409 páginas. 18,03 euros

No es extraño que así suceda. El libro de la gramática interna combina la narración en tercera persona con la narración en primera persona, pero es esta última, a través de la voz del niño, la que lleva el peso del relato, de tal forma que toda la historia se contagia de la personalidad de Aharon Kleinfeld, un niño fantasioso que, cuando sus amigos más cercanos, de los que antes era cabecilla, empiezan a ejercitarse en el juego amoroso y a sentir interés por la política, renuncia a imitarlos, negándose a ingresar en un mundo adulto que no comprende y que condena desde todos los puntos de vista, pero del que tampoco consigue salir indemne, ya que la crisis de estima suscitada por su impotente rebeldía lo sumerge en un estado que lo conduce al autismo y a la autolesión. El libro de la gramática interna es una novela que se detiene más en las razones de sus personajes para actuar que en la acción en sí misma, pues lo que trata es de desvelar el punto de fricción en el que la realidad choca con la lógica íntima de las personas, desvelar no para descifrar o explicar sino para denunciar la magnitud de la sima, declinando, por imposible, toda esperanza de modificar algo que se toma por inexorable. Es una novela depresiva (todo lo contrario que Chico zigzag), y David Grossman no ahorra matices para dejarlo claro; la estructura circular y obsesiva, en la que cada conflicto es analizado y reanalizado, el ritmo premioso y repetitivo, así como la potente carga simbólica en la que se trasluce una nada complaciente meditación sobre el callejón sin salida israelí, lo confirman. Por todo ello, fuera del originalísimo personaje de Aharon, la principal responsabilidad de su efectividad literaria reposa en la trabazón de la prosa y en la capacidad metafórica exhibidas por Grossman.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002


EL PAÍS








lunes, 2 de julio de 2007

David Grossman / "Nuestra vida ya nunca será como antes"


"Nuestra vida ya nunca será como antes"

Diario del escritor israelí David Grossman de una semana marcada por la violencia en Oriente Próximo


David Grossman
21 de octubre de 2001

Los atentados del 11 de septiembre y la subsiguiente campaña militar y diplomática contra el terrorismo, encabezada por Estados Unidos, han inaugurado un clima de inquietud en el mundo, especialmente agudo en Oriente Próximo. Esta semana, en Israel y en los territorios palestinos se incrementaron los atentados y el clima de violencia. El destacado escritor israelí David Grossman (Jerusalén, 1945) relata en forma de diario de qué manera ha influido en estos siete días esa tensión en la vida cotidiana. Grossman, autor de novelas como Véase: amor o Chico zigzag, y del ensayo periodístico Presencias ausentes. Conversaciones con palestinos en Israel, narra asimismo cómo en ese clima angustioso se entrecruzan ficción y realidad.

SÁBADO

El sábado es un día ideal para ordenar el refugio. Mientras mi mujer y yo intentamos tirar todos los trastos que se han ido acumulando desde la última vez que ha habido peligro de guerra (no fue hace mucho: la Intifada estalló hace un año), mi hija pequeña está liada anotando a la gente que va a invitar a su cumpleaños. Y la gran pregunta es: ¿Debo invitar a Tali, aunque ella no me invitara al suyo? Así que mi mujer y yo tratamos de ayudarla a solucionar el problema y nos ponemos serios en un intento de mantener cierta cotidianiedad. Desde los atentados en Estados Unidos nos han arrebatado la ilusión de la rutina, la posibilidad de creer que hay cierta continuidad lógica, ya que siempre planea la idea de quién sabe dónde estaremos dentro de un mes.
Nosotros ya sabemos que nuestra vida ya no será como antes del 11 de septiembre. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas apareció una especie de grieta grande y profunda en la vieja realidad. Por esa grieta sale ahora el sonido apagado de truenos que anuncian lo que puede irrumpir de allí: violencia, crueldad, fanatismo y sinrazón. De repente, todo es posible. Es como si esta nueva situación hubiera despertado en la conducta humana la tentación de destruir, exterminar, aniquilar todo aquello que tiene vida, desde el cuerpo de cada persona hasta la sociedad, la ley, el Estado y la cultura. De pronto parece tan vulnerable el deseo de conservar lo que ya existe y lo que es nuestro día a día. Resulta tan enternecedor e incluso heroico el esfuerzo por sentir cierta cotidianidad: mantener a la familia junta, la casa, los amigos. (Por cierto, decidimos invitar a Tali).
DOMINGO
Afortunadamente para mí, la propuesta de escribir este diario ha llegado cuando acabo de empezar a escribir una nueva novela. Si no hubiera sido así, me temo que este diario sería realmente deprimente. Han pasado ya varios meses desde que terminé mi última novela y sentía cómo el hecho de no escribir me influía para mal. Cuando no escribo tengo la sensación de que no entiendo realmente nada, de que todo lo que me pasa, todo lo que ocurre y todas mis relaciones con las personas son hechos que tan sólo están 'uno al lado del otro', sin ningún contacto pleno entre ellos. En cambio, desde que he vuelto a escribir todo se va hilando de repente, todo acontecimiento alimenta los otros. Todo aquello que veo, toda persona con la que me encuentro es una pista que se me brinda y que espera que yo la interprete.
Ahora estoy escribiendo una novela sobre un hombre y una mujer. Empezó siendo un cuento sobre el hombre, pero la mujer con la que se encontró -que tan sólo iba a ser un personaje casual destinado a escuchar la historia del hombre- de repente me está interesando no menos que el hombre. Me pregunto si conviene, desde una perspectiva literaria, rendirme a ella, ya que el peso de la historia ya no estaría donde yo tenía pensado en un principio. La mujer rompe el frágil equilibrio que requiere la historia. Ayer por la noche me desperté pensando que debería eliminarla y cambiarla por otro personaje, más pálido, alguien que no le haga sombra al protagonista de la novela. Pero por la mañana, cuando la vi escrita, no fui capaz de despedirme de esa mujer; por lo menos, no antes de conocerla un poco más. Hoy he estado todo el día escribiéndola.
Es casi medianoche. Cuando estoy escribiendo una historia, trato de irme a dormir con una idea que aún no tenga del todo perfilada, que aún no entienda del todo, con la esperanza de que por la noche la idea vaya madurando en mis sueños. Es tan excitante y fortalecedor salir, gracias a una historia de ficción, de la realidad sombría que me veo obligado a vivir en esta zona inmersa en la desgracia. Qué bueno es volver a sentirse vivo.
LUNES
Una y otra vez leo en la prensa europea expresiones hostiles a Israel, en las que incluso se le culpa de los últimos acontecimientos. Me irrita tanto ver con qué vehemencia en ciertos ámbitos se utiliza a Israel como chivo expiatorio, como si Israel fuese la causa, simple, casi exclusiva que justifica el terrorismo y el odio que actualmente está sufriendo Occidente. Sin duda, sorprende el hecho de que Israel no haya sido llamado a participar en la coalición contra el terrorismo y sí en cambio ¡Siria e Irán!
Siento que estos y otros acontecimientos (como la conferencia de Durban y su actitud hacia Israel debido a la incitación racista de países musulmanes) provocan un giro importante en la visión que los israelíes tienen de sí mismos. Los israelíes, que en su mayoría creían que de alguna forma habían escapado ya del trágico destino de los judíos, vuelven a sentir ahora que ese carácter trágico se manifiesta de nuevo. De pronto, se ve lo lejos que están todavía de la Tierra Prometida, lo extendidos que están aún los estereotipos sobre el judío y cómo sigue habiendo antisemitismo, el cual muchas veces se esconde bajo una actitud antiisraelí radical, como si eso sí fuese legítimo.
Tengo muchas críticas que hacer al comportamiento de Israel, pero pienso que en las últimas semanas el odio hacia Israel que se percibe en los medios de comunicación no se debe sólo a las actuaciones del Gobierno de Sharon. Uno siente estas cosas en su interior, debajo de la piel. Siento una especie de temblor que llega hasta las células más antiguas de mi memoria, hasta aquellas épocas en que el judío no era visto como un ser humano -de carne y hueso- sino siempre como símbolo de otra cosa. Un ejemplo escalofriante: 'Usted determina por tanto', dijo ayer un presentador al final de un programa en la BBC al árabe a quien entrevistaba, 'que Israel es la causa de las desgracias que actualmente están envenenando el mundo. Gracias y buenas noches'.
MARTES
Desde hace aproximadamente dos días parece haber descendido el grado de violencia entre Israel y los palestinos. El corazón, acostumbrado a las decepciones, se niega aún a dejarse llevar por el optimismo. No obstante, la calma le permite a uno meterse en la escritura sin remordimientos de conciencia. La mujer de mi novela se está haciendo cada vez más importante. No tengo ni idea de adónde me llevará. Hay en ella algo de amargura e infinitud que me asusta y me atrae. Siempre se siente una enorme expectación al empezar una novela: la historia me ha de sorprender. Aún más, quiero que la historia me traicione de verdad, que me tire de los pelos y me arrastre a escribir lo totalmente contrario de lo que quiero, que me lleve a los lugares más peligrosos y aterradores para mí, que anule las cómodas coordenadas y los mecanismos que forjan mi vida, que acabe conmigo, con mis relaciones con mis hijos, con mi mujer, con mis padres, con mi país, con la sociedad en la que vivo, con mi idioma.
No es extraño que sea difícil entrar en una nueva historia. El alma se estremece. El alma -como todo ser vivo- desea seguir en movimiento, en la rutina. ¿Por qué tiene ella que participar en este proyecto de autodestrucción? ¿Qué mal le va así? Tal vez por eso me lleva tanto tiempo escribir una novela. En los primeros meses es como si yo tuviera que ir quitando una capa tras otra hasta llegar a mi alma rebelde.
MIÉRCOLES
'Sólo el que no ha escuchado las noticias de última hora sonríe'. Eso es lo que Bertolt Brecht escribió en una ocasión. A las siete y media de la mañana dicen en la radio que ha habido un atentado contra el ministro Rehavam Zeevi. Era uno de los políticos isralíes más radicales en su postura hacia los palestinos. Nunca estuve de acuerdo con sus opiniones, pero este acto de terrorismo es terrible y no tiene justificación. Es lo mismo que pienso cuando Israel mata a alguna personalidad política palestina.
Como cualquier Estado, Israel tiene evidentemente derecho a defenderse cuando un terrorista lleva una bomba y está yendo al lugar donde va a hacerla estallar. Rehavam Zeebi, a pesar de sus ideas, no era uno de esos terroristas.
El corazón se llena de angustia: Quién sabe cómo este asesinato puede ahora empeorar la situación. Los dos últimos días habían sido más o menos tranquilos; casi nos atrevimos a respirar de nuevo a pleno pulmón. Ahora, de golpe, es como si otra vez hubiéramos caído en la trampa. De nuevo recuerdo lo mucho que la insoportable ligereza de la muerte nos domina -escribo y tengo la sensación de que estoy siendo testigo de los días previos a una gran catástrofe.
Con todo, ayer disfruté de un momento de leve consuelo. Como cada miércoles, me reuní con mi Habrutá, un compañero y una compañera con las que quedo y estudio Talmud, Biblia, pero también a Kafka y a Agnón. La Habrutá es una institución judía muy antigua destinada a estudiar con otros y a afinar el pensamiento a través de la discusión. A lo largo de los años de estudio juntos hemos desarrollado una especie de código privado compuesto de asociaciones y recuerdos. De los tres yo soy el laico, pero con estos dos amigos llevo ya diez años manteniendo un diálogo vivo, emocionante y estimulador. Cuando estudio con ellos, me vinculo por dentro a una cadena de dos mil años de pensadores y creadores judíos. Llego a los cimientos de la lengua hebrea, a las bases del pensamiento judío. De pronto, entiendo el código oculto que subyace en la conducta social y política de Israel hoy en día. En medio de la sensación de confusión y ruina que me envuelve, me siento de repente arraigado.
JUEVES
Todo se derrumba. El Ejército israelí entra en la ciudad palestina de Ramala. Día de combates. Seis palestinos muertos (entre ellos una niña de 10 años y un líder de Al Fatah, responsable del asesinato de varios israelíes). Un israelí muere por disparos efectuados por palestinos procedentes de la ciudad del líder de Al Fatah muerto anteriormente. El frágil alto el fuego ha desaparecido y quién sabe cuánto tiempo habrá que esperar hasta que se llegue a otro. Telefoneo a una de las personas con las que puedo compartir mi desesperación en momentos como éste. Se trata de Ahmad Harb, un escritor palestino de Ramala. Un amigo. Me habla de los tiroteos que oye. Me comenta el optimismo que había entre los palestinos hasta anteayer, hasta que asesinaron al ministro Rehavam Zeevi. 'Fíjate en cómo cooperan entre sí los extremistas de ambos lados', me dice, 'mira lo bien que les va'. Anteayer, por primera vez desde hacía semanas, Israel había abierto el paso a la ciudad de Ramala. Después del asesinato de Zeevi, han vuelto las barreras y los puestos de control. Le pregunto a mi amigo palestino si hay algo en lo que yo pueda ayudar. Él se ríe: 'Nosotros sólo queremos movernos, estar en movimiento, salir de la ciudad y volver...'
Entre las noticias, las sirenas de las ambulancias y el ruido de los helicópteros que no paran de dar vueltas, intento aislarme y esforzarme en escribir mi novela. No es que quiera dar la espalda a la realidad -la realidad está aquí; es como un ácido que devora cualquier célula protectora-. Lo que pasa es que siento que, dadas las circunstancias, el mismo hecho de escribir se convierte en un acto de protesta, en un acto de afirmación del yo en medio de una situación que realmente amenaza con destruirme. Cuando imagino o escribo siquiera una frase, es como si lograra vencer, aunque sea por unos instantes, la sinrazón y la tiranía de la situación. Por un momento, no soy víctima.
VIERNES
La semana está a punto de terminar. En ella han ocurrido hechos tan graves que no he podido escribir en este diario sobre otras muchas cosas importantes para mí: sobre uno de mis hijos, que está escribiendo una obra de teatro surrealista para el seminario de teatro del instituto; sobre el partido de fútbol que vimos juntos en televisión entre el Manchester United y el Deportivo de La Coruña (incluido el polémico gol que le metieron a Barthez); sobre mi hija, que está realizando una investigación científica sobre su loro; sobre mi hijo mayor, que ahora está haciendo el servicio militar y por el cual me angustio en cada momento; y sobre mi vigésimoquinto aniversario de boda, que ha sido esta semana. Esta vez lo hemos celebrado con mucha preocupación: ¿Conseguiremos mantener el marco frágil y vulnerable de la familia durante los próximos años?
Tantas cosas preciosas, tantos momentos íntimos se pierden a causa del miedo y la violencia. Es tanta la energía que, en vez de dedicarse a la creación y al pensamiento, se destina a la destrucción y a la muerte -o a tratar de defenderse de una y de otra-. A veces tengo la sensación de que la mayor parte de las energías se dedican a conservar lo que ya existe. Si no llega la paz, me temo que todos nos iremos convirtiendo en una especie de armadura en la que ya no quedará dentro ningún caballero.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de octubre de 2001