miércoles, 26 de enero de 2022

Grace Paley / Dos oídos, tres golpes de suerte



Grace Paley
DOS OÍDOS, TRES GOLPES DE SUERTE
Traducción de Susana Contreras

    En 1954, o 55, decidí escribir un cuento. Ya había escrito bastantes párrafos bonitos con algunas frases de primer orden en ellos, pero no sabía cómo hacer hablar a los hombres y a las mujeres, ni podía encontrar un hilo narrativo en esos escritos en prosa. Había escrito poemas desde que era niña, y era poesía lo que leía con mayor placer.

    Pero en 1954, o 55, necesitaba hablar de una manera imaginativa acerca de cómo eran nuestras vidas, las de las mujeres y las de los hombres, por aquel entonces. Algo que sólo yo sabía me causaba una verdadera opresión física en el pecho, a la derecha del corazón, quizá. Comenzaba a sufrir la compulsión del narrador: ¡Escucha, tengo que decirte algo! No había sabido cómo hacerlo mediante la poesía. Otros escritores lo han descubierto con naturalidad, fácilmente, pero yo, al parecer, había cantado hasta entonces gracias a la ayuda de un solo oído, el oído conectado con la literatura.
    Y entonces tuve mi primer golpe de suerte. Me puse enferma, lo bastante para que los niños se quedaran durante varias semanas en el centro cívico de Greenwich House después del colegio realizando actividades extraescolares hasta la hora de la cena, pero no tanto como para no poder sentarme a la mesa del salón y pasarme allí todo el día escribiendo a mano o a máquina. Empecé a escribir el cuento «Adiós y buena suerte» y, para mi sorpresa, seguí hasta terminarlo. ¡Cuánta prosa! Después vino «El concurso». Un par de meses más tarde terminé «Mujeres y niñas». Y, al reflexionar sobre todo eso años después, comprendí que entonces había encontrado mi otro oído. Al escribir los relatos le había permitido de repente que hiciera su trabajo, que recordara la lengua de la calle y de la casa, con sus acentos yiddish y ruso, una lengua que mis primeros personajes conocían bien, la única lengua que yo hablaba. A un escritor le es útil tener dos oídos, uno para la literatura y otro para el hogar.
    Pero cuando envié esos tres cuentos al mundo, al mundo de las publicaciones periódicas, no fueron bien recibidos.
    Yo había leído la ficción de la época, de los años cincuenta, una ficción masculina, ya fuera tradicional, de vanguardia o, —más tarde—, Beat. Como muchacho que había sido (en el sentido en el que muchas niñas, al leer Tom Sawyer , sienten que han descubierto la verdadera parte masculina de su yo), muy pronto empecé a preguntarme si no sería que no escribía sobre asuntos serios e importantes. Como mujer adulta, no tenía elección. La vida cotidiana, la vida en la cocina, la vida con los niños, era lo que me había sido dado, era lo mío, y era el comienzo de mi buena suerte, aunque yo aún no lo sabía.
    Un día nublado un padre se dejó caer en el mullido sillón de nuestro oscuro apartamento en una planta baja; venía a buscar a sus hijos, que eran amigos de los nuestros. Cuando se marchaban, me miró y me dijo que su ex esposa, la madre de los niños, mi amiga Tibby, le había pedido que leyera mis cuentos. Supongo que le dije: «Ya, pero no tienes por qué tomarte la molestia.» Se la tomó, de todas formas. A las dos semanas vino de nuevo a buscar a sus hijos. Esta vez se sentó a la mesa de la cocina (que estaba en la misma habitación que la mesa del salón). Me preguntó si podría escribir otros siete relatos como los tres que había leído. Me dijo que los iba a publicar. Doubleday publicaría el libro. Era Ken McCormick, un editor, y lo que él decía, se hacía. Claro está que vender relatos no era una empresa particularmente esperanzadora. Me sugirió que la próxima vez escribiera una novela. (Lo intenté durante dos años, y fracasé).
    Bueno, eso sí que fue un golpe de suerte, ¿verdad? No lo digo para quitar valor a los relatos. Yo había trabajado a conciencia, los había escrito con toda la verdad y belleza de que era capaz; pero otros también lo hacen, y no van a su casa a ofrecerles un contrato.
    Yo he llamado a aquel encuentro y a aquella publicación mis pequeños golpes de suerte. No porque no fueran arrolladores. Cambiaron mi vida, ciertamente. Son pequeños sólo por ser tan personales, por el íntimo placer que me proporcionaron.
    En cuanto a la gran suerte, tiene que ver con los movimientos políticos, la historia que acontece mientras tú estás fregando los platos, las guerras que los hombres planean para sus hijos, para nuestros hijos.
    Yo era una mujer que escribía en los primeros momentos en los que pequeñas gotas de resentimiento e ira —angustiado resentimiento y justa ira— se iban acumulando lenta, secretamente, para formar la segunda ola del movimiento feminista. Yo no tenía conciencia de la utilidad de mi presencia, de mi minúscula gota, en aquella acumulación. Otras mujeres, como Ruth Herschberger, que escribió en 1948 La costilla de Adán , o Tillie Olsen, que escribió sus cuentos en los años cuarenta y cincuenta, estaban más concienciadas que yo, y sufrieron más. Esa gran ola rompería con toda su fuerza media generación más tarde, y dejaría a los hombres balbuceantes y angustiados, pero también un poco mejores tras el impresionante remojón.
    Todas las mujeres que escribían en aquellos años han tenido que nadar en esa ola feminista. No importa lo que pensaran del movimiento, o que nadaran a contracorriente. El ímpetu del agua, su fragor, su salinidad, las han mantenido a flote.
    Desde que escribí Batallas de amor he estado a menudo fuera de casa. Mi trabajo político como pacifista y feminista ha sido grandemente recompensado: he viajado para realizar tareas políticas a Vietnam, durante la guerra, a Suecia, a Rusia, a Centroamérica; he visitado China y Chile y he informado sobre esos encuentros. Por consiguiente, algunas de las personas que trabajan para mí en Enormes cambios en el último minuto y en Más tarde, el mismo día han tenido que compartir conmigo esos viajes. Entre ellas las hay todavíajóvenes, claro está, pues han nacido en los años setenta u ochenta.

    Pero muchas de ellas siguen siendo las compañeras de mi gran suerte. Desde el principio, en los barrios en los que transcurrió mi niñez primero, y luego en aquéllos en los que transcurrió la de mis hijos, en manifestaciones en parques infantiles o ante ese parque para adultos que es el Pentágono, en animadas marchas vecinales contra la guerra del Golfo, en duras confrontaciones con nosotros mismos y con otras personas, hemos conservado el interés por la literatura y por lo que ocurre en el mundo, y hemos intervenido activamente en esos dos campos, y ahora envejecemos juntas.



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