domingo, 15 de agosto de 2021
sábado, 14 de agosto de 2021
In the Realm of the Senses

In the Realm of the Senses
Por Rodrigo González
1976, el año del estreno de In the Realm of the Senses, debe haber sido un año muy difícil para la censura en Japón. La película fracturó la ventana por donde el mundo occidental podía asomarse a la exploración franca y directa de la sexualidad de Oriente. La historia de Nagisa Ôshima es contada sin miramientos. En este filme como en toda su filmografía abunda el uso de la cámara como herramienta de exploración moral.
Luis Llosa / El especialista
Luis Llosa
13 de julio de 2013
viernes, 13 de agosto de 2021
Parásitos / Del paraíso al infierno
Gustavo Faverón Patriau
¿Cuál es el tema de Parásito y por qué es original? Para responder eso primero hay que observar las cosas que la película no es. No es una película sobre la desaparición de una clase social ni sobre el deseo de desaparecer a una clase social o un orden social para reemplazarlo con otra cosa. No es una picaresca del ingenio y los modos de sobrevivencia de los pobres o lo marginados en un mundo en el que no pueden hacer otra cosa que buscar las sobras del capital ajeno para vivir de él. No es una película acerca de las carencias que el capitalismo genera en el camino a su prometida perfección. La sociedad de Parásito, que es la sociedad surcoreana contemporánea, es una sociedad capitalista avanzada que, además, ya incorporó en su modelo elementos clave de la sociedad de bienestar y de los modelos de soporte socialistas y, por lo tanto, ya debería haber superado todos los "growing pains" del capitalismo. Es una sociedad que provee cuidado médico universal gratuito; tiene uno de los mejores sistemas escolares del mundo; da ayuda financiera incluso a las instituciones académicas privadas; ha convertido sus universidades nacionales en las mejores del país y acceder a ellas depende del rendimiento de los estudiantes y no del dinero de sus padres (pero si no accede a ellas, hay muchas otras); y claro, es un valhalla de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos laborales. Sin embargo, ese paraíso sobre el papel ha conducido, en la realidad, a un callejón sin salida: el de una generación de surcoreanos educados, brillantes, colmados de información, que en la mayor parte del planeta estarían destinados a la élite intelectual o a la élite profesional, pero que en Corea del Sur son marginales, porque son una masa enorme, que se queda tirada en los bordes del camino a las universidades top porque hay otros millones de surcoreanos que son aun más efectivos académicamente, o más afortunados o aferrados a una posición o una fortuna heredadas. Por eso en Parásito no hay una historia de conflicto clasista: porque no hay sino una sociedad con un "adentro" en el que todo funciona bien, y después hay un "afuera" de esa sociedad que es insuficiente y pesadillesco. Los coreanos le llaman a ese orden de cosas "Hell Joseon", aludiendo irónicamente a una antigua dinastía real coreana y a una época de oro fuertemente idealizada en el imaginario nacional. Algo así como que los peruanos habláramos de un "Tawantinsuyo del Infierno": nuestra versión retorcida y perversa del paraíso social. Los personajes marginales de Parásito no tienen un problema con las clases sociales, tienen el problema de no ser parte de la sociedad. No están tratando de atentar contra los ricos, es solo que necesitan que dejen sus lugares vacíos. No se dan cuenta, inicialmente: creen que pueden vivir de ellos parasitariamente (así como los ricos creen que pueden vivir de los marginales parasitariamente, por eso la ambigüedad del título) hasta que llega el carnaval sangriento que parece inevitable, porque dos personas o dos grupos de personas (o tres) no pueden ocupar el mismo paraíso. Y cuando eso pasa, el paraíso se convierte en un infierno. Porque la sociedad coreana tiene miembros de número y ha creado un circuito en el que da a sus jóvenes todas las llaves pero no los deja acercarse a las puertas. Parásito no es otro "Casa tomada". Pero tampoco es otro "Cabecita negra" ni es otro "Upstaris, Downstairs" (los jóvenes en Parásito podrían reemplazar socialmente a los ricos en cinco minutos y nadie notaría que vienen de otra "clase social"), aunque juegue con todos esos modelos. Es una explicación de por qué esos modelos no sirven para entender Corea del Sur hoy. Y Corea del Sur es solo un adelanto de la historia de otras partes del mundo. Y yo creo que eso lo ve Bong Joon-ho de manera muy original.
‘Parásitos’ da la campanada en la taquilla española
‘Parásitos’ da la campanada en la taquilla española
La ganadora del Oscar aumenta su recaudación un 434% después de que se duplicaran los cines en los que se proyecta y gracias a la resonancia de los premios de Hollywood
Parásitos / El olor de los pobres
El olor de los pobres
'Parásitos', triunfadora de los Oscar, se inscribe en la tradición literaria y cinematográfica del arribista como exponente de la lucha de clases
martes, 10 de agosto de 2021
Ángel González / Siempre lo que quieras
Cuando tengas dinero regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no sepas qué hacer vente conmigo
-pero luego no digas que no sabes lo que haces.
Haces haces de leña en las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.
Pero ya te lo dije:
cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
se llama Ángel y conduce al llanto.
Ángel González / La vida en juego
Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde tengo el amor, toco la herida.
Donde pongo la fe, me pongo en juego.
Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego
lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca, la esperanza es muerte.
Si sale amor, la primavera avanza.
Ángel González / Elegía pura
Aquí no pasa nada,
salvo el tiempo:
irrepetible
música que resuena,
ya extinguida,
en un corazón hueco, abandonado,
que alguien toma un momento,
escucha
y tira.
lunes, 9 de agosto de 2021
Juan Gyenes / España en blanco y negro
JUAN GYENES
Cristina García Rodero, la ‘maga’ de la fotografía que se atreve con todo, cumple 50 años de carrera
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| Cristina García Rodero Ilustración de Luis Grañena |
Cristina García Rodero, la ‘maga’ de la fotografía que se atreve con todo, cumple 50 años de carrera
La autora del revolucionario ‘España oculta’ hace campaña para crear un centro nacional de la fotografía
Manuel Morales
7 de agosto de 2021
Cristina García Rodero / La sociedad es cada vez menos machista, la fotografía no
| Cristina García Rodero Foto de BERNARDO PÉRE |
“La sociedad avanza y es cada vez menos machista; la fotografía no”
Cristina García Rodero reflexiona sobre su vida, su obra y su visión ética de las cosas
Madrid 29 AGO 2015 - 00:03 CEST
domingo, 8 de agosto de 2021
José Ángel Valente / En muchos tiempos...
En muchos tiempos
tu cabeza clara.
En muchas luces
tu cintura tibia.
En muchos siempres
tu respuesta súbita.
Tu cuerpo se prolonga sumergido
hasta esta noche seca,
hasta esta sombra.
Carlos Barral / Baño de doméstica
Entonces arrojaba
piedrecillas al agua jabonosa,
veía disolverse
la violada rúbrica de espuma,
bogar las islas y juntarse, envueltas
en un olor cordial o como un tibio
recuerdo de su risa.
¿Cuántas veces pudo ocurrir
lo que parece ahora tan extraño?
Debió de ser en tardes señaladas,
a la hora del sol,
cuando sestea la disciplina.
En seguida volvía
crujiendo en su uniforme almidonado
y miraba muy seria al habitante
que aún le sonreía
del otro lado de la tela metálica.
Vaciaba el barreño
sobre la grava del jardín.
Burbujas
en la velluda piel de los geranios…
Su espléndido desnudo,
al que las ramas rendían homenaje,
admitiré que sea
nada más que un recuerdo esteticista.
Pero me gustaría ser más joven
para poder imaginar
(pensando en la inminencia de otra cosa)
que era el vigor del pueblo soberano.
Carlos Barral / Diecinueve figuras de mi historia civil / 1961
Leila Guerriero / Presente continuo
Presente continuo
Iluminada por la desgracia de la lucidez, comprende lo que está pasando. Hunde el rostro en las manos y empieza a llorar
LEILA GUERRIERO
11 de junio de 2021
Me obsesiona el presente continuo. Es una forma verbal que se construye con el presente de indicativo del verbo “estar” más el gerundio. Se usa para referirse a acciones que están en curso: estoy corriendo, estoy cocinando. La frase “el presente continuo”, por su parte, parece una descripción ajustada del momento que vivimos, esa cinta transportadora en la que el tiempo se envasa día por día, con un pasado que empieza a ser difuso y un futuro que es incertidumbre. Ambas cosas —el presente continuo como forma verbal y como frase— se funden en un punto. Lo descubrí ayer, cuando vi una entrevista en la que la periodista argentina María Moreno respondía a la pregunta: “¿Qué libro estás leyendo?”. Decía que nunca “está leyendo” porque lee rápido y termina un libro en el día. Su presente continuo —”estoy leyendo”— se transforma en pasado —“leí”— muy rápido. Al escucharla me di cuenta de que, después de un breve periodo (enero-marzo de 2021) en el que devoré libros al ritmo que ella menciona, caí nuevamente en el presente continuo que arrastré a lo largo de 2020, y ahora estoy leyendo una novela corta desde hace casi un mes. Además, si hasta hace un tiempo aplicaba la forma verbal “estoy viendo” sólo a las series —no pueden verse seis temporadas en un día—, ahora la aplico también a las películas. Así, digo: “Estoy viendo El sol que abrasa” (de Chung Mong-hong) o “estoy viendo Otra ronda” (de Thomas Vinterberg). La frase es literal: empiezo un día, continúo al siguiente, termino una semana más tarde. Supongo que soy la misma que vio de una sola vez en el cine la sensacional Molière, de Ariane Mnouchkine, que dura cuatro horas. Pero no sé dónde está esa que soy (¿era?). Ahora “estoy viendo” Collective, una película rumana sobre el incendio de una discoteca en Bucarest que dejó decenas de muertos y que estuvo nominada a mejor documental en la última entrega de los Oscar. En ese rubro también fueron nominados Mi maestro el pulpo (Lo que el pulpo me enseñó, en España), de Craig Foster (resultó ganador), y El agente topo, de la chilena Maite Alberdi. Mi maestro el pulpo cuenta la relación entre un buzo y un pulpo. Después de verla recordé Grizzly Man, de Werner Herzog, el documental sobre Timothy Treadwell, un experto en osos pardos que murió devorado por uno de ellos. Me interesa la relación entre el hombre y la naturaleza, pero muy poco las miradas románticas del tipo “la naturaleza es sabia” (que es la que siento que exuda Mi maestro el pulpo). El agente topo fue de las pocas películas que vi este año sin detenerme, quizás mi último triunfo sobre el presente continuo. Cuenta la historia real de un hombre chileno de más de 80, Sergio Chamy, contratado por un detective privado para infiltrarse en una residencia de ancianos y averiguar si allí maltratan a la madre de una clienta. Para eso, Chamy debe aprender a usar herramientas de espionaje —gafas con cámara incorporada— y otras comunes —WhatsApp— que le cuesta dominar (las escenas de aprendizaje tienen visos cómicos pero dejan flotando la idea de que todos seremos vencidos por alguna tecnología en el futuro). Una vez infiltrado, Chamy descubre algo que no tiene que ver con el supuesto maltrato ejercido por el personal del asilo sino con el olvido por parte de los familiares de las personas que viven allí: nadie va a visitarlas, nadie las llama. El asilo es un depósito de viejos solos. Lo que en el principio era jocoso —una señora coquetea con Sergio, dispuesta a casarse y “ofrendarle” su virginidad—, se torna trágico. En una escena brutal, Chamy se acerca a una de las residentes que padece una enfermedad que afecta la memoria. La ve desencajada y le pregunta qué le pasa. La mujer lo mira como si lo viera por primera vez (aunque son amigos) y le dice que no sabe dónde está. Su rostro es la máscara del horror: un sujeto en una sola dimensión, puro presente sin memoria. Sergio le cuenta quién es él, qué hacen ahí. La mujer, iluminada por la desgracia de la lucidez, comprende lo que está pasando. Entonces hunde el rostro en las manos y empieza a llorar. Por el horror que le produce el presente continuo, ese mundo sin espesor y sin pasado hacia el que se dirige inexorablemente.
EL PAÍSJosé Ángel Valente / La adolescente
Ya baja mucha luz por tus orillas,
nadie recuerda la invasión del frío.
Ya los sueños no bastan para darle
razón de ser a todos los suspiros.
Tú cantas por el aire.
Ya se ponen de verde los vestidos.
Ya nadie sabe nada.
Nadie sabe
ni cómo ni por qué ni cuándo ha sido.



































