sábado, 11 de marzo de 2006

Cómo robar arte y colocarlo en el mercado



Policías italianos muestran, en marzo de 2001, tres pinturas que habían sido robadas del Museo de Arte Moderno de Roma.
Policías italianos muestran, en marzo de 2001, tres pinturas que habían sido robadas del Museo de Arte Moderno de Roma.


Cómo robar arte y colocarlo en el mercado

Se trata de un delito difícil de perseguir a causa de la habilidad de los ladrones y de la trama económica que lo envuelve


José Martí Gómez
11 de marzo de 2006

Un día de la primavera del año 1981, un medallón de Pablo Gargallo fue sustraído del palacio de la Virreina, en Barcelona. Formaba parte de la exposición antológica dedicada al escultor, que, según me contó su hija, se casó con el dinero obtenido con un cuadro que le había regalado Picasso para pagar con su venta los gastos de la boda. Con el dinero sobrante del convite, Gargallo compró dos anillos, un impermeable y un par de billetes de tren desde París hasta Barcelona. Un picasso aún no daba para mucho.

El autor de la sustracción de la obra de Gargallo se puso en contacto con el Ayuntamiento a través de una carta redactada con letras recortadas de un periódico. Si querían recuperar la obra, debían poner un anuncio en la sección Varios de los anuncios económicos de La Vanguardia. La clave era "vendo ocarina en buen estado". Tras ese breve texto debía publicarse el número de teléfono de contacto para la negociación. Rafael Pradas y Joan Antón Benach, responsables de la Concejalía de Cultura, me preguntaron si quería ceder mi casa y número de teléfono. Accedí, y policías adscritos a la brigada especializada en robos de obras de arte se instalaron en mi comedor con un cachivache que grababa las conversaciones y al que pegaban el oído cada vez que sonaba el teléfono. Así conocí a J. R., el inspector que mandaba el grupo. Un gallego sutil que cuando la llamada telefónica era de signo político (se vivía el debate del no del PSOE al ingreso en la OTAN), apagaba la grabadora del cachivache y comentaba que estaba allí por la G de Gargallo, no por la G de González. No llamó nadie interesándose por la ocarina ni telefoneó el que había robado el medallón. Pero aquellos días de forzada convivencia me permitieron conocer al policía que años más tarde detendría a René Alphonse van der Berghe, conocido como Erik el Belga.


El anticuario, a veces, ignora la procedencia; otras, procura no preguntar mucho
Todavía hoy resulta fácil sustraer obras de arte, si es que queda algo valioso en templos
Los que roban obras de arte operan por intuición, y unas veces aciertan y otras no
¿Estaba la valiosa pieza en una caja fuerte o en un armario?
Como los buenos estafadores, Erik el Belga elegía restaurantes con dos puertas
Dieciséis años más tarde, un día de junio de 1997, Francesca Español, apasionada profesora de Historia de Arte Medieval en la Universidad de Barcelona, entró en la sucursal de Sotheby's en Barcelona para comprar el catálogo de una subasta ya realizada, cosa que suele hacer con relativa frecuencia. La adquisición de catálogos atrasados, más baratos que los de las subastas en vigor, le sirven lo mismo como material de trabajo.

Aquel día de junio, Francesca Español iba tras la pista de una pieza de orfebrería catalana sustraída años atrás. No quedaba ningún ejemplar de la subasta que le interesaba y la profesora ojeó de pasada el catálogo en el que aparecían las fotos y los datos de las piezas a subastar el miércoles 2 de julio en la sede central de Sotheby's en Londres.

"El método de trabajo de los profesores de Historia del Arte se basa en la memoria visual y en la analogía estilística", explica Español, que continuó: "Fue ese método el que provocó que me sorprendiesen las fotografías de las dos piezas a subastar que aparecían en la página 19 del catálogo: se presentaban como dos obras de arte procedentes de los Países Bajos, pero a mí me pareció que eran dos de las piezas de la arqueta de Sant Martirià, robadas en el monasterio de Sant Esteve, Banyoles, en 1980. Al observar detenidamente las dos fotografías, a primera vista, asocié con las obras robadas la imagen de Sant Benet más que la de la Virgen. Los expertos de Sotheby's que definieron las dos obras como arte flamenco no iban desencaminados. El arte figurativo catalán del medievo no es original; fue ecléctico y se benefició de influencias dispares aportadas por artistas de varios países, Italia, básicamente, que se instalaron en Cataluña. Los procedentes del norte de Francia aportaron la influencia de los Países Bajos".

Francesca Español compró el catálogo, corrió hacia su casa, buscó en su archivo las fotografías de las imágenes que formaban parte de la arqueta de Sant Martirià y confirmó que las obras a subastar por 15.000 y 20.000 libras esterlinas como precio de salida formaban parte del conjunto de 26 piezas robadas por Erik el Belga durante los años en los que expolió el arte religioso de ermitas, iglesias y monasterios españoles. Todavía hoy resulta relativamente fácil sustraer obras de arte, si es que queda algo de valor en viejos templos de pequeños pueblos de Castilla, León y Galicia, comunidades que en una mayor medida han sufrido el expolio, pero actualmente se roba más arte en casas particulares que en el medio millar de los ya esquilmados templos.

Cuando la profesora Francesca Español verificó que su intuición no le había jugado una mala pasada, se puso en contacto con el obispado de Girona. La maquinaria policial se puso en marcha e Interpol intervino impidiendo la subasta. Los expertos coinciden en un punto: "El mundo de las subastas es opaco".

Las obras de arte robadas llegan a manos de anticuarios que no suelen revelar su procedencia. Del anticuario, las obras de arte pasan a manos de coleccionistas que, en caso de intervención policial, exhiben la factura que acredita que adquirieron la obra en el mercado legal de antigüedades, documento que también muestra la casa subastadora. Todo legal. Pero bajo la legalidad aparente bulle la realidad del mercado, que lleva a que ni el anticuario, ni la casa de subastas, ni el coleccionista muestren gran interés en averiguar la procedencia de la obra que entra en el mercado. La cadena de complicidades se ampara en la permisiva legislación que permite la impunidad de los anticuarios, los coleccionistas y los subastadores. El mercado del arte robado se dice que mueve en el mundo unos diez billones de dólares anuales.

¿Quién roba obras de arte en España? Generalmente suelen ser españoles que actúan solos u organizados en grupos de tres o cuatro personas, como máximo, porque los grupos formados por muchos delincuentes se dedican a negocios más lucrativos: del tráfico de drogas o vehículos robados, a la sustracción de joyas, mercancías más fáciles de colocar en el mercado que las obras de arte, un género que requiere de tiempo para su comercialización. Entre la sustracción de una obra de arte valiosa y su aparición en el mercado suelen pasar varios años. Entre el robo de las figuras de la arqueta de Sant Martirià y la aparición de dos de ellas en la subasta en Londres habían transcurrido 17 años.

Los que roban las obras de arte son el primer eslabón de la cadena: son los que las colocan en el mercado a través de peristas que suelen tener antecedentes por delitos de receptación. Esos peristas, segundo eslabón de la cadena, venden las obras a otros peristas más limpios policialmente y más introducidos en el mercado. El cuarto eslabón es el anticuario, que unas veces ignora la procedencia ilícita de la obra que le ofrece el perista y otras, la mayoría, procura no preguntar mucho. El trabajo de investigación para recuperar una obra robada se rompe cuando ésta llega a manos de un particular, último eslabón de la cadena. En el argot de los investigadores, la obra "deja de moverse". En su recorrido desde el primer eslabón hasta el último, la obra de arte robada aumenta su cotización: una imagen valiosa por la que el autor del robo no percibe mucho más de mil euros vale cientos de miles cuando llega al coleccionista.

Las 24 estatuillas y los 2 relieves laterales que formaban el conjunto escultórico de la arqueta fueron robados la noche del 20 de enero de 1980. Se supone que un miembro de la banda se ocultó en el monasterio y, cuando este cerró, desconectó la alarma y abrió una puerta al resto de ladrones para que fuesen desmontando una a una las piezas de la arqueta.

Es lo que supusieron en su día los investigadores del robo y lo que mantiene hoy el abogado Carles Mascort, que por encargo del obispado de Girona ha llevado a cabo la negociación para recuperar las piezas en poder de un matrimonio de coleccionistas holandeses, que afirma que las compró legalmente a un anticuario. De lo sustraído quedan por recuperar siete piezas, que no se sabe dónde están. Si desde el robo hasta la localización de las dos piezas clave para la resolución del caso tuvieron que pasar 17 años, han tenido que pasar ocho más para que se hayan podido recuperar las 17 piezas del valioso relicario gótico del siglo XV. Ocho años de negociaciones, acabadas en fracaso, entre los coleccionistas y el Ministerio de Cultura español. Años de tira y afloja en cuanto al precio a pagar por las obras, porque en la Europa sin fronteras se da la paradoja de que sólo desde 1993 el arte robado puede recuperarse sin tener que compensar económicamente a su poseedor, aunque éste alegue que lo adquirió ignorando que procedía de un robo. En la práctica, todavía hoy, y pese a esa directiva, el espacio jurídico europeo es confuso: cada país tiende a proteger intereses de sus nacionales ante demandas presentadas por ciudadanos o entidades de otros países.

-¿Cómo empezó su negociación, abogado?

-Creando un clima de confianza tras el ultimátum dado por los propietarios de las piezas al romper su negociación con el Ministerio de Cultura y exigir negociar, dando de plazo hasta febrero, directamente con el obispado.

-¿Qué le sorprendió?

-Que 19 de las 26 piezas sustraídas resultó que estaban en la misma mano.

-¿Qué es lo que todavía no puede explicar?

-El acuerdo económico [existe cláusula de confidencialidad con el matrimonio coleccionista] y el anecdotario que he vivido.

Al abogado Mascort, como a cualquier persona sensata, le sorprende que tras el daño causado al patrimonio artístico del país, Erik el Belga siga viviendo en España, concretamente en la Costa del Sol, gozando de beneplácito oficial y reconocimiento social, pese a que no ha colaborado nada en las investigaciones policiales para recuperar en el extranjero lo que robó en España. Cínico, se ofreció en 1994 al obispado de Girona para tratar de localizar las piezas que había robado. Pedía 40 millones de pesetas. El obispado le respondió que no trataba con ladrones. A la catedral de Roda de Isábena, en Huesca, que años antes había expoliado, donó 19 cuadros pintados por él. "Con la donación demuestro que un ciudadano puede colaborar en el mantenimiento del patrimonio artístico", cuentan que dijo metido en un insólito papel de mecenas. Al abogado Mascort le resulta incomprensible lo bien que vive. "Una cosa es que hayan prescrito sus delitos; otra distinta, que se le rían las gracias", opinión que comparte la profesora Español: "Encuentro inaudito que se le invite a dar conferencias. Es el colmo de la desfachatez e irresponsabilidad, por su parte y la de quienes le invitan".

-Es un tipo cultivado, experto en arte y buen falsificador de pintura -me explicó el inspector J. R. cuando le detuvo.

-Un tipo simpático, en suma -le comenté con sorna.

-Se aproxima a la tipología humana del estafador. Si no eres tú el perjudicado, le ves como un tipo agradable que disfruta de la vida. Incluso es generoso en determinadas circunstancias.
Erik el Belga, famoso traficante y ladrón de obras de arte.
Erik el Belga



El inspector J. R. recordaba que los policías de su grupo que seguían al delincuente le habían telefoneado algunas veces para informarle de que había entrado a cenar en un restaurante de lujo junto a otras personas, presuntamente traficantes en obras de arte.

Los policías no entraban. La carta era cara. Era algo que se repetía habitualmente entre los policías que seguían a estafadores de alto nivel de vida. El inspector J. A., excelente gourmet que escribía recetarios de cocina en sus ratos libres, había mantenido con sus subordinados muchas conversaciones a lo Toto:

-¿Entro y ceno cerca de su mesa? -preguntaban los policías.

-¿Lo cubre la dieta de gastos? -preguntaba el jefe.

-¡Pero qué dices, tío! Da para una botella de agua mineral.

-Pues entonces, cómprate un bocata de anchoas y cena en la puerta, macho.

Como los buenos estafadores, siempre que podía, Erik el Belga almorzaba o cenaba en restaurantes con puertas que daban a dos calles, y el policía que esperaba paciente maldiciendo las horas muertas frente a la entrada principal perdía su pista cuando éste dejaba el restaurante por una trasera. Le detuvieron en un restaurante de Castelldefels. Él dijo que se hizo detener porque su huida ya era insostenible.

"Si su huida dice que ya era insostenible, algo habrá tenido que ver la policía", me dijo con sorna el inspector J. R.

Día tras día, tratando de acumular pruebas, meses y meses de seguimientos y pistas perdidas. Algún día se tendrá que contar la penuria de medios, económicos y de material, con los que en los años del franquismo y muchos años de la democracia trabajó la Brigada Criminal. Baste la anécdota de que en un decálogo sobre cómo debía comportarse un delincuente que tuviese que huir de una persecución policial se aconsejaba que huyese por una autopista porque existía la seguridad de que el coche policial que le perseguía se quedaría sin gasolina. Nunca se ha sabido quién redactó aquel decálogo. Siempre sospeché que fue un grupo de policías con sentido del humor y de la realidad.

Erik el Belga no ha sido un vulgar expoliador de arte. Sabía qué robaba, aunque no es cierta la leyenda de que no dañaba las obras que sustraía. Que las recuperadas figuras de la arqueta del monasterio de Banyoles estén en buen estado no quiere decir que otras obras que robó no sufrieran mutilaciones vandálicas a fin de obtener un mayor beneficio: vendió a trozos unas vigas góticas y parceló una silla del siglo XI, considerada como una pieza única.

En general, los que roban obras de arte son individuos sin conocimiento de historia del arte. Gentes que operan dejándose llevar por la intuición y que unas veces aciertan y otras se llevan una imagen que es escayola sin valor artístico o trocean el retablo robado para venderlo al peso. Esta tipología de delincuentes es identificada por la policía porque, además de robar la obra de arte, aprovechan el viaje para reventar los cepillos que recogen óbolos para obras benéficas o pidiendo la mediación del santo del lugar.

"Seguir la pista a obras de arte robadas es un trabajo muy paciente", me decía el inspector J. R. mientras pasaba las horas fumando sentado junto al cachivache conectado a mi teléfono.

"Un trabajo para gente paciente", me dijo años después A. C., sobrio comandante de la Guardia Civil, responsable del grupo de patrimonio artístico de la Unidad Central Operativa. El inspector y el comandante refrendaban historias similares: la de los agentes recorriendo itinerarios que van desde la chabola de extrarradio en la que vive el primer eslabón hasta la casa señorial en la que habita el último de los eslabones. En ese viaje, los agentes pasan de vestir tejanos al traje con corbata, usan con el ladrón del primer eslabón el lenguaje directo del "te vas a tragar más hostias que en un congreso eucarístico como no me digas pronto a quién le vendiste la Virgen que robaste en una ermita", y un educado "perdone que le moleste: ¿tendría la amabilidad de mostrarme el certificado de compra de la Virgen que adquirió hace un mes?" con el coleccionista sospechoso de comprar la obra sabiendo que procedía de un robo.

En la chabola puede aparecer por sorpresa una buena obra de arte. En el domicilio del señor con dinero que, por inversión o placer, invierte en obras de arte, la sorpresa puede ser descubrir que la obra que se creía robada de una iglesia la vendió el propio párroco, un problema derivado del hecho de que hasta que se promulgó la ley de Patrimonio de 1985 era legal vender bienes de la Iglesia, propietaria de un 80% del patrimonio artístico del país.

Es la sorpresa que se llevó Francesc Viadiu, ex diputado de Esquerra Republicana que, como delegado de Orden Pùblico de la Generalitat en Lleida, ordenó en 1936 que, para evitar que fuese expoliado, nadie entrase en el museo diocesano de Solsona.

"De allí no salió una sola pieza porque los dos anarquistas que dirigían al centenar de hombres que patrullaban las calles de Solsona querían orden. La sorpresa me la llevé en 1985, cuando se procesó al responsable del museo desde 1939. El sacerdote denunció que en los años de guerra se robaron obras de arte y resultó que las había vendido él. Buscaban ladrones fuera y el ladrón estaba dentro", recuerda Viadiu.


¿Llegó de fuera o estaba dentro el ladrón que en mayo de 1991 robó del Museu Nacional d'Art de Catalunya el portapau Comte d'Urgell, pieza de orfebrería de 1400? ¿Estaba la valiosa pieza en una caja fuerte o en un simple armario? De la caja fuerte o armario -unas voces afirman lo primero y otras lo segundo-, ¿cuántas llaves había? ¿Una? ¿Cinco? Sean una o cinco, la cerradura sólo la abría una llave especial. ¿Quién podía abrir la caja fuerte o el armario y en presencia de quién? El caso es que un día esa obra desapareció, sin que del robo se haya sabido nada más. Un robo, no cabe duda, cometido por alguien con acceso a la llave del armario o la caja fuerte. Dicho de forma más tajante: el portapau no se lo llevó un cualquiera.

Era la obra más valiosa del museo. Procedía de los fondos del monasterio de Sigena, en Aragón, devastado a lo largo de la guerra. Las monjas, de la orden de San Juan, salvaron como pudieron las obras de arte. El portapau quedó en depósito en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y años después lo vendieron para poder sufragar la construcción de un nuevo convento.

"La existencia del valioso portapau era conocida por pocas personas. No se exhibía para evitar problemas con Aragón. Por eso se guardó en un armario", afirma una garganta profunda.

-¿Eran muchos los que metían las manos en el armario?

-Muy pocos.

-¿Es una obra que se puede colocar en el mercado?

-Es muy difícil, dada su singularidad.

-Entonces, ¿robo por placer privado de coleccionista?

Sonrisa enigmática del informador. Una última pregunta:

-¿Se aireó el robo?

-Hubo silencio administrativo por miedo al escándalo.

En una de las salas de su bufete, decorada con piezas de arte africano, el abogado Mascort le ha reconocido al reportero que la experiencia vivida con la recuperación de las piezas de la arqueta robadas en el monasterio de Sant Esteve le permite afirmar que recuperar obras de arte robadas es un difícil trabajo policial.

El inspector y el comandante me explicaron que seguir las pistas de obras de arte robadas era duro, pero no lo peor: lo peor eran los aburridos, complejos, inacabables trámites burocráticos que se han de entablar con los que juran y perjuran por su santa madre que en el cielo esté haber comprado la obra de buena fe.

Préstese atención al dato de que fue en junio de 1997 que se supo que Sotheby's subastaba dos de las piezas robadas por Erik el Belga en el monasterio de Sant Esteve y en Sotheby's siguen en enero de 2006 la Virgen y Sant Bernat.

Si ese trámite era aburrido, complejo e inacabable incluso cuando el propietario de la obra robada se avenía a pagar indemnización al que la había comprado, como en el caso del monasterio de Banyoles, no digamos cómo debe ser de aburrido, complejo e inacabable el trámite ahora que la obra robada ha de reintegrarse a su dueño sin que éste deba pagar una indemnización.EL PAÍS











martes, 7 de febrero de 2006

Virginia Woolf y Katherine Mansfield / Las intrusas

Virginia Woolf


Las intrusas

NURIA AMAT 
3 FEB 2006
Londres. 1917. La ciudad está siendo atacada por aviones alemanes cuando en la vida de la escritora Virginia Woolf suceden dos acontecimientos que ocupan igual relevancia en su diario: la amistad con la escritora Katherine Mansfield y la creación del "1917 Club" formado por Leonard, marido de Virginia, Middleton Murry, el marido de Katherine y otros intelectuales socialistas. Una especie de segunda generación de Bloomsbury que la Woolf calificaba maliciosamente de inframundo puesto que suponía que los hombres y las mujeres que lo formaban eran antes críticos y comentaristas que artistas y creadores. Gente más interesada en la fama que en el arte. Más adicta al poder que al trabajo silencioso de la palabra.

viernes, 20 de enero de 2006

Retrato de un escritor / Juan Marsé


FERNANDO VICENTE
Juan Marsé
Fernando Vicente
A PIE DE PÁGINA

RETRATO DE UN ESCRITOR

Juan Marsé

Juan Marsé
20 de enero de 2006


Se cuentan con los dedos de una mano los escritores que he conocido y me interesaron por su densidad humana. En rigor, son demasiado egocéntricos y casi nunca tienen talento: hay poquísimos libros buenos y ni hablar de muy buenos, y si un libro no es bueno, o muy bueno, su autor, regla prácticamente absoluta, tampoco lo es: toma conciencia de su falta de calidad y se vuelve agresivo, envidioso y amargo. Claro que existen escritores buenos, o muy buenos, agresivos, envidiosos y amargos: Nabokov, por ejemplo, aunque sus libros no sean tan importantes como él imaginaba; son más inteligentes y hábiles que otra cosa. Y, estudiando sus lecciones, se ve que el hombre no comprendía la gran literatura y sólo era capaz de apreciar lo que, de los otros, se prolongaba en él. Se advierte algo de estéril en sus acrobacias, y la atención al detalle le impide la amplitud del vuelo. Acumuló uno tras otro libros bonitos, impecables desde el punto de vista técnico y, no obstante, desprovistos de la llama de la que está hecho el genio. No sé por qué estoy diciendo esto: Nabokov me importa un pito y quiero hablar de Juan Marsé.


Marsé parece más un pugilista que un escritor

Con Juan Marsé ocurrió algo raro: me gustó en cuanto lo vi. Físicamente me hizo recordar a José Cardoso Pires, el mismo pelo blanco, la misma estatura, la misma cara con arrugas. Y después, a medida que pasaba el tiempo, me fue gustando cada vez más el individuo: su sentido del humor, su ternura escondida, su rigor ético, su exigencia. Esto pasó en Barcelona, en la víspera de mi vuelta a Lisboa, y yo estaba cansado, acabando un libro, muy metido en él todavía. No me apetecían parloteos, la sensación de que perdería el tiempo que debía dedicarle a mi trabajo me angustiaba: y no obstante me habría quedado toda la noche conversando con Juan Marsé. Es un hombre duro y me gustan los hombres duros porque están llenos de generosidad y desprovistos de sensiblería. Es capaz de burlarse de sí mismo. Y tiene un instinto literario agudo, lo que tampoco es frecuente. Parece más un pugilista que un escritor. Habla de la vida y de novelas de la manera en que, en mi opinión, debe hablar un hombre de la vida y de novelas, es decir, con sabiduría, inocencia y una especie de desprendimiento irónico que encubre el amor o, mejor dicho, el desprendimiento irónico que debe acompañar al amor. Está totalmente libre de acritud. Y sabe escribir desde la media distancia, para ir sumando puntos y precaverse de los contragolpes del texto: es que, ya que hablamos de pugilismo, en el acto de escribir hay mucho de combate de boxeo: por ejemplo, no se pueden comunicar los golpes. Es decir: si quiero, vamos a suponer, asestar un directo desde la izquierda, doy un paso hacia la derecha, adelantando el hombro de ese lado, y el adversario, si tiene alguna experiencia, sabe que voy a intentar un directo largo desde la izquierda en el momento siguiente.

Esto es lo que no se puede hacer en literatura: es necesario que el papel desconozca el próximo golpe, que el lector, desprevenido, lo reciba con la guardia baja o imaginando que, en lugar de un directo desde la izquierda viene un gancho desde la derecha: los malos libros son aquellos que nos dejan la cara y el estómago intactos. En general, venden más por eso mismo, pero no nos tiran a la lona. Cumbres borrascosas nos tira a la lona. Guerra y paz nos tira a la lona. Cualquier gran libro nos tira a la lona y le quedamos agradecidos por eso, puesto que vivimos a ras de tierra y no logramos levantarnos del suelo sin ayuda. Esto es difícil de explicar, pero espero que hayáis entendido. Por tanto, volviendo a Juan Marsé, digo que es un excelente luchador. Uno lo lee y puede no coincidir con su estilo o su estructura o sus tics o lo que sea: no obstante, tenemos que admirar su eficacia. Y, como repetía Tolstói, la eficacia es la primera cualidad de un escritor.


Y además en Juan Marsé está el resto: la persona. Me reí un montón con él, me cayó bien su impiedad tolerante (parece una paradoja y no lo es) su generosidad escondida, su capacidad de entender lo que va por dentro de las obras. Christian Bourgois, uno de los seres que más entiende de este poder, siempre insistió en que Marsé es un gran escritor. A mi entender, tampoco en este caso se equivocó. Sus libros merecen más lectores: son una alegría de mano segura y de contención narrativa. Ocupa un lugar importante entre los santitos de mi capilla privada, que no tiene muchas imágenes. Ahí está él, con aureola, con la novela Rabos de lagartija en la mano y el conjunto de su obra por los alrededores. Y si os acercáis, notaréis el afecto y el pudor de su sonrisa.


Traducción de Mario Merlino.
EL PAÍS

domingo, 8 de enero de 2006

Joaquin Phoenix / Bajo la sombra de Johnny Cash


Joaquin Phoenix y Reese Witherpoon
En la cuerda floja


Joaquin  Phoenix

Bajo la sombra de Johnny Cash


Diego A. Manrique
8 de enero de 2006

Embarcado en la gira europea de promoción de su última película, En la cuerda floja, Joaquin Phoenix ha recalado en Madrid y parece aquejado del síndrome de si-hoy-es-martes-esto-es-Bélgica. En un momento del encuentro, al oír hablar en español, se muestra asombrado y suelta algunas palabras en este idioma, aprendidas en su Puerto Rico natal, cuando su familia formaba parte de una misión de los Niños de Dios. Ese volver a su infancia no es suficiente para incitarle a hablar de aquella dudosa organización religiosa con raíces hippies. Tuerce el morro: "No me parece pertinente para tratar de una película".
Quizá en este caso, sí. Vistas desde aquí, las manifestaciones de la religiosidad estadounidense siempre nos asombran. Por ejemplo, el hecho de que Johnny Cash fuera un creyente tan ferviente y que, al mismo tiempo, tuviera opiniones liberales en lo político.
Joaquin Phoenix
En la cuerda floja

¿Johnny Cash un liberal? No lo veo…
-Bueno, sí dentro de los esquemas ideológicos del 'country'. Se enfrentó con el Ku Klux Klan cuando acusaron a su primera mujer de tener sangre negra. Sin olvidar la reivindicación de los derechos de los indios, la simpatía por los encarcelados, el apoyo a heterodoxos como Bob Dylan o Kris Kristofferson…
No lo había pensado así. Posiblemente, Johnny era como todos nosotros: un lío de contradicciones. También estuvo a favor de la guerra de Vietnam. Lo pasó mal en la Fuerza Aérea, pero luego hizo giras por bases militares.
Igual veía a los reclutas un poco como a los prisioneros para los que tanto le gustaba cantar.
¿Personas que no estaban allí por su propia voluntad? Sí, algo parecido. Hay que recordar que en el Ejército hasta le rebautizaron: sus padres le inscribieron como JR [no eran iniciales, era su nombre completo], y los militares se lo cambiaron a John.
También está su desprecio por quienes representaban la autoridad, desde el alcaide de la prisión hasta los jefes del negocio musical.
No le hacía gracia que los poderes de Nashville le rechazaran a la vez que se deleitaban con sus problemas: en el country se prefiere que los artistas rebeldes mueran jóvenes, como sucedió con Hank Williams, para que su tragedia reconfirme su estilo de vida convencional. Y el jefe de una prisión no suele ser una persona muy querible.
La escena suya cuando canta en la cárcel resulta muy impactante. Los espectadores ¿eran penados de verdad?
¿Estás loco? Nadie se atrevería ahora a rodar en una penitenciaría, la compañía aseguradora se echaría las manos a la cabeza. No, eran extras, pero muy convincentes: algunos daban miedo. Dentro de unas semanas, yo voy a la prisión de Folsom a presentar la película a los penados.
¿Tiene algún mensaje para ellos?
Yo creo que ellos sentían que, con un poco de mala suerte, Johnny hubiera podido terminar allí. Al revés, también veían que era un ejemplo positivo: el posible mensaje es que puedes enderezar tu vida si realmente te empeñas. Aunque Johnny tenía a su lado a alguien tan fuerte como June Carter, no todos tienen tanta suerte.
Pero El Hombre de Negro reincidió. La película no cuenta que volvió a las drogas de farmacia en los años setenta y ochenta.
Es que En la cuerda floja no pretende ser una biografía completa de Johnny Cash: es la historia de los primeros años de su relación con June. Además, también era un puritano en cuestión de drogas: siempre presumía de no tomar ni cocaína ni heroína, que le parecían detestables por ser sustancias recreativas. Él usó analgésicos, relajantes, estimulantes, somníferos…


¿Qué llevaba a Johnny Cash a tocar en las cárceles? Era bueno para su imagen, claro, pero ¿había algo más profundo?
June decía que había dos personas en Johnny Cash. Que era el mejor marido y padre posible, pero también alguien atraído por el lado oscuro, y eso incluía las drogas y los forajidos. A un cristiano normal no se le habría ocurrido eso de "disparé a un hombre en Reno / sólo por verle morir". En realidad, apenas pasó por la cárcel [su mayor encontronazo con la ley ocurrió en 1965, fue detenido con un cargamento de anfetaminas compradas en México]. Hay cantantes country como Merle Haggard o Johnny Paycheck que sí estuvieron largas temporadas dentro. Lo de Johnny parece más identificación con los que no han tenido demasiada suerte en la vida. Aparte de que tener a un público cautivo es la mejor situación para un entretenedor, te obliga a embelesarle.
De Johnny Cash no falta material. Escribió dos biografías, grabó centenares de canciones, hizo mucha televisión, hasta ejerció de actor. ¿No era abrumador tener tantos espejos para compararse?
Creo que, en realidad, nada me ayudó más que verle una noche cantando con su esposa, tras haber cenado con ellos. Si lográbamos captar esa intimidad, esa devoción mutua…
¿Hablaron de música?
No, él quería verse con el actor que salía en Gladiator. Y yo tampoco iba a contarle mis opiniones. Por ejemplo, yo afirmo que los Beatles son las figuras musicales más importantes del siglo XX. No es una opinión, es un hecho que se puede demostrar en una pizarra, con cifras y fechas.
¿En qué momento sintió que había llegado a ponerse bajo su piel?
Cuando estoy haciendo como que compongo sus temas más famosos. Creo que expresar sus sentimientos más íntimos era algo extremadamente duro para Johnny, que sus canciones salían de las vísceras. Sí, era como un parto. Yo tampoco soy bueno a la hora de revelarme emocionalmente.
Desde hace bastantes años, los actores de Hollywood parecen fascinados por la música pop. Montan locales de actuaciones, forman grupos, graban discos, hacen videoclips, se empeñan en protagonizar 'biopics' musicales. ¿Qué les atrae del rock y músicas vecinas?
Habría que preguntárselo a cada uno. Imagino que, desde fuera, cualquier actividad ajena resulta más atractiva. La vida de los músicos parece más libre, disfrutan de una mayor tolerancia para su comportamiento. Pero no les envidio: cantar y tocar es un oficio muy duro. Yo ya he perdido los músculos que desarrollé para cantar y tocar guitarra en la película…
Así que Joaquin Phoenix no va a seguir una carrera musical.
No, no, no. La verdad es que, ahora que sé cómo se construyen las grabaciones y las canciones, me parece que eso ya no tiene magia. Además, como profesión me da bastante miedo. Johnny empezó a tomar dexedrinas para aguantar la vida en la carretera, hubo años en que dio 300 conciertos. Las estrellas actuales del rock no saben lo que es trabajar de verdad. ¡Ni las del cine, claro!


DE OTROS MUNDOS

sábado, 7 de enero de 2006

Piedad Bonnett / El camino hacia el fracaso

Piedad Bonnett

Piedad Bonnett

El camino hacia el fracaso

J. Ernesto Ayala Dip
7 de enero de 2006

Hay una frase hacia el final de Para otros es el cielo, la nueva novela de Piedad Bonnett (Antioquia, Colombia, 1951), que de alguna manera define bastante la existencia de su héroe, Antonio Alvar: "Había destruido lo escrito durante tantos años, dando así forma acabada a su fracaso". Esta novela no trata sobre ningún perdedor, sino sobre cómo alguien diseña con precisión matemática su fracaso vital. Aquí estriba el meollo de esta cuidada, muy bien escrita y pormenorizada radiografía de una conciencia de nuestro tiempo, una conciencia refractaria a los halagos de la inteligencia fácil. Antonio Alvar reúne todos los ingredientes necesarios para no hacer la vida cómoda a los que tiene cerca; es un experto en el arte de dejarse querer sin arriesgar demasiado en los envites sentimentales, a la vez que es terriblemente lúcido sobre los límites de su inteligencia creadora.



PARA OTROS ES EL CIELO

Piedad Bonnett
Alfaguara. Madrid, 2005
213 páginas. 14,50 euros

Piedad Bonnett ambienta su novela en una Bogotá contemporánea. Su medio social es la clase media cultivada. Sólo así se entiende esa especie de otro libro que Bonnett nos sugiere, una especie de educación intelectual, sentimental también. Las circunstancias políticas (terrorismo, secuestros) que devastan la sociedad colombiana apenas tienen en la novela un fino trazo testimonial. Bonnett ha puesto en el centro de gravedad de su relato un prototipo de intelectual, no precisamente comprometido con su tiempo, aunque sí con el tiempo que emplea en descubrir la inutilidad de su existencia. La novela está articulada en dos planos: la narración de Silvia, la amante-testigo del derrumbe de Alvar, y una narración omnisciente que nos revela dicho derrumbe en el mismo momento que se está produciendo. Independientemente de los venablos que Alvar dedica a la institución académica, a sus estériles inercias, la novela nos muestra la irresoluble contradicción que aqueja al protagonista. Esto nos hace pensar en aquella reflexión que Walter Benjamin dedicó un día a Robert Musil acerca de la excesiva inteligencia del autor de El hombre sin atributos para acomodarse al mundo. Algo pasa en la conciencia de Antonio Alvar que no logra averiguar si le sobran o le faltan atributos para ser feliz. Mientras lo averigua, Alvar se entrega a un tan metódico como sublime ejercicio de autodestrucción. Para otros es el cielo es una novela de delicada tensión conceptual. Como si la carne y las ideas no tuviesen más horizonte que una lucha infinita. Para Alvar no hay conciliación posible. Es su sino de héroe desgarrado.


* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006

domingo, 25 de diciembre de 2005

Piedad Bonnett / "El perfeccionismo puede llegar a ser castrador"


Piedad Bonnett
Madrid, 2005
Foto de Ricardo Gutiérrez

PIEDAD BONNETT 

"El perfeccionismo puede llegar a ser castrador"

WINSTON MANRIQUE SABOGAL
Madrid 21 DIC 2005

Un sofá amarillo acoge a una mujer pequeña vestida de negro con voz y modales suaves y rostro de redondez juvenil. Habla de la historia del hombre nudo. De un Fedro contemporáneo atormentado ante la traición de su corazón. De quien tiene la voluntad como credo y se niega a vivir los sentimientos en Para otros es el paraíso (Alfaguara).
Quien habla es Piedad Bonnett (Antioquia, 1951), un nombre que en España no dice mucho, mientras que en Colombia no hay semana en que no suene en algún ámbito cultural. Es uno de sus mejores escritores por poemarios como De círculo y ceniza y El hilo de los días (premio Nacional de Poesía); Lo demás es silencio: Antología poética (Hiperión); un mapa literario del Nobel colombiano El mundo según Gabriel García Márquez, y ésta su segunda novela, que se publica en España.

"En mi novela narro la historia de quien forja su fracaso al controlar su vida a costa del amor"

Sus libros exploran el amor, redescubren la infancia y delatan la pulsión de la muerte. Lo hace con situaciones cotidianas en versos íntimos, y ahora "en novelas con trama y tensión narrativa donde busco el lirismo y el lenguaje preciso". Le parece tramposo cuando un poeta promete escribir narrativa y lo que ofrece es prosa poética.
La llave para entrar en Para otros es el paraíso está en el umbral de la novela con la confesión tardía de Alvar, el protagonista: "Quizá sea un error construir una existencia sobre el poder de la voluntad". Surge así el retrato de un hombre perteneciente a una generación cargada de limitaciones de expresión afectiva. "De quienes privilegian el raciocinio frente a los sentimientos: es el hombre nudo, atado culturalmente a la racionalidad. No es algo fisiológico", dice la autora.
Alvar es la continuación de un personaje de la primera novela de Bonnett, Después de todo. Un Fedro que prefiere el llanto solitario ante la sola idea de que ese amor correspondido le atolondre el corazón y se opaque un día. "Es la historia de cómo un hombre apasionado por el saber, perfeccionista y sensible forja su fracaso al querer controlar su vida y sacrifica la vivencia del amor. Es un cobarde. Cree en la voluntad de hacer su vida como la piensa. Cuando la verdad es que el perfeccionismo puede llegar a ser castrador, un gran limitante", afirma la escritora en un hotel madrileño.
Olvida el personaje Alvar que una parte de la gracia del mundo se debe al azar, advierte Bonnett. Porque, agrega, "la vida es un acto de malentendidos y desencuentros donde el azar influye, y hay que darle una oportunidad porque lleva implícita una liberación. La voluntad hace y el azar deshace".
Parte de la culpa de la capacidad de sorpresa y exploración es del sentido común que "va contra la imaginación", afirma la narradora y poetisa. Sin negar que a él se debe parte del orden del mundo, porque "sería un caos si sucumbiéramos a todos nuestros deseos". Aunque insiste en "la importancia de dar oportunidades, despojarse de miedos". Vivir. Sentir. Intentar la conquista de un trozo del paraíso que no es sólo para otros. Ya lo dice el narrador frente al hallazgo del amor: "Prevemos el dolor, y sin embargo nos lanzamos a la aventura, pues la preferimos al domesticado tedio".
No Alvar. Él prefiere la comodidad, la monotonía conocida antes que repetir el proceso del amor. Lo hace, según Bonnett, por desencanto, descreimiento y escepticismo de ilusión, que se arrostra en torno a un hombre guapo y admirado. Es el lado triste de la belleza. "Nada subyuga y domestica más que la belleza", sentencia el narrador y lo confirma la autora: "No hay que olvidar que la belleza genera servidumbres". O puede convertirse en yugo, desatar el dolor y robar el aliento por su capacidad de obnubilar a quien la siente, la reconoce, la contempla.
Para otros es el paraíso transcurre en el mundo universitario. En el centro del saber, la pasión de Alvar. "Llevo 23 años como profesora universitaria y cada vez me desilusiono más de sus jergas y de las especializaciones que se suelen exaltar demasiado. Y a veces lo que encubren son mediocridades. La Universidad está penetrada por la impostura al tener el prurito del conocimiento".
"Pero estamos para enseñar, por eso reivindico al maestro del renacimiento que no necesita escribir papers cada dos meses para validarse". Entonces esa mujer de voz suave, vestida de negro en la esquina de un sofá amarillo, se vuelve vehemente: "Las vidas no tienen que justificarse sobre grandes obras. Tú puedes tener una vida sencilla de conocimiento y eso la justifica".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de diciembre de 2005