jueves, 16 de agosto de 2001

De amores, cirugías, rupturas y pregones

 


Joan Collins


De amores, cirugías, rupturas y pregones


Inés García Albi
16 de agosto de 2001

Nunca hay que perder la esperanza. Fíjense sino en la actriz Joan Collins que, a pesar de que a sus 68 años y con tanto paso por el quirófano cada vez se parece más a Michael Jackson, anda como loca con su novio Percy, de 35 años, al que puede verse en ¡Hola!. También está como una chavala con zapatos nuevos, a sus 73 años, la inimitable Sara Montiel con Antonio, de 38, un cubano del que dice estar enamoradísima y con el cual no descarta ni siquiera boda, según cuenta en Lecturas. Menos suerte han tenido Jaime Martínez-Bordiú y Nuria March, el torero Pepín Liria y su mujer María José, y Paloma Lago y su novio, el nadador Felipe, que han dado por finalizadas sus respectivas relaciones. Menos mal que siempre reconforta ver lo enamorados que están Rocío Carrasco y Fidel, que despejan las dudas sobre una eventual crisis sentimental con toda clase de arrumacos en las páginas de Diez Minutos. Mientras todo esto pasaba, la televisiva María Teresa Campos ha cumplido uno de sus sueños, según Semana: leer el pregón de fiestas de Málaga.


EL PAÍS



lunes, 13 de agosto de 2001

'El guardián entre el centeno', la mítica novela de Salinger, sigue cautivando después de 50 años


'El guardián entre el centeno', la mítica novela de Salinger, sigue cautivando después de 50 años

Si Holden Caulfield no fuera un héroe de ficción, tendría ahora 66 años. Inimaginable. El adolescente que creó J. D. Salinger es un símbolo que pasa de generación en generación con la misma fuerza que cuando se publicó el libro en 1951.


ENRIC GONZÁLEZ
13 DE AGOSTO DE 2001

Central Park no ha cambiado mucho en 50 años, las momias egipcias del Museo de Historia Natural están igual que entonces, Grand Central Station ha logrado sobrevivir y en el Upper East Side siguen viviendo chicos de buena familia: aún es posible visitar algunos de los escenarios por los que Holden Caulfield deambuló hace exactamente medio siglo, cuando le expulsaron de la escuela en Pensilvania y huyó a su ciudad, Nueva York.
Lo que resulta difícil es imaginar a Holden con 66 años. El protagonista de El guardián entre el centeno mantiene su extraña pureza juvenil, generación tras generación, y no deja de atraer devotos. El misterio que envuelve a Jerome David Salinger, el autor, contribuye sin duda al éxito continuado de esa novela breve e inquietante.
Holden Caulfield no comete crimen alguno; es un muchacho flaco de 16 años al borde de una crisis de hiperlucidez. Pero El guardián entre el centeno ha acumulado una fama que desborda el mérito literario y se adentra en pliegues muy recónditos de la sociedad estadounidense.
Cuando Mark Chapman asesinó a John Lennon, en diciembre de 1980, se publicaron decenas de comentarios sesudos sobre el hecho de que llevara bajo el brazo un ejemplar de El guardián entre el centeno. La obra llegó a asociarse con el satanismo, y permanece prohibida en algunas escuelas; en el resto es lectura obligatoria.
Los 50 años de Holden y El guardián entre el centeno (la obra apareció el 16 de julio de 1951) ha generado nuevos torrentes de letra impresa en los medios literarios más prestigiosos de Estados Unidos. The New York Review of Bookspublica un largo artículo, titulado Justicia para J. D. Salinger, que clama contra el creciente desdén de la crítica hacia un escritor que no habla con la prensa, quizá no escribe siquiera (su última pieza conocida data de 1965) y se envuelve voluntariamente en el misterio.
La revista literaria de The New York Times considera, por el contrario, que el encanto de Holden Caulfield quedó congelado en otros tiempos y que Salinger ha sido, como afirman Norman Mailer o John Updike, muy sobrevalorado. La polémica suele ser señal de buena salud, y El guardián entre el centeno la tiene, al menos en términos comerciales. El resto de la obra de Salinger se vende igualmente bien.
Incluso los numerosos libros sobre J. D. Salinger son éxitos de ventas. Lo cual es comprensible, teniendo en cuenta lo excéntrico y atractivo del personaje: un anciano de 82 años que, hasta donde se sabe, sigue persiguiendo jovencitas, alimentándose de vegetales (excepto alguna pieza de cordero, cocida a 150 grados), viendo la televisión (fue un entusiasta de la serie Dinastía) y manteniendo el misterio sobre si escribe o no escribe.
Su hija Margaret es autora de una obra sobre él, Dreamcatcher, en la que enumera sus numerosas manías y asegura que sí, que sigue escribiendo y tiene varios libros terminados que se publicarán tras su muerte. Algunos consideran que el ultimo relato que publicó, Hapworth 26, una supuesta carta escrita a los siete años por Seymour Glass (el hombre que se había suicidado en un maravilloso relato anterior, A perfect day for Bananafish), era tan malo que hacía imposible que su autor siguiera trabajando. Otros creen que Hapworth fue un falso suicidio literario, una burla destinada a los críticos.
La biografía de Jerome David Salinger sería fascinante incluso sin la actual zona de misterio. Nació en 1919 en el Upper East Side de Nueva York (como Holden Caulfield), hijo de un judío polaco que importaba carne y queso de Europa oriental. La relación con el padre, Sol, que esperaba legarle el negocio e incluso le obligó a realizar una gira formativa por los mataderos de Polonia (en uno de ellos, comprensiblemente, decidió hacerse vegetariano) fue muy mala; cuando murió, su hijo no acudió al entierro. Como estudiante fue pésimo, aunque se consideraba mucho más brillante que los demás chicos.
Su experiencia militar tuvo que resultar inolvidable: participó en el desembarco en Normandía, vió morir a ocho de cada diez miembros de su compañía y, según su hija, fue uno de los primeros soldados estadounidenses en llegar a los campos de exterminio nazi; es significativo que prefiera no hablar de ello.
Siempre quiso ser escritor y siempre lo fue, aunque el éxito tardó en llegarle (de ahí su odio a los editores). El alejamiento fue gradual, hasta hacerse absoluto hace unos 15 años. Actualmente vive en Cornish (New Hampshire) con su tercera mujer, Colleen, una enfermera 30 años más joven que él y aficionada a tejer tapices; dentro de la misma finca rural reside Claire, su anterior esposa.
Le gusta, o le gustaba hasta hace muy poco, llamar por teléfono a las actrices o presentadoras de informativos de televisión que más le atraían, confiando en que fueran lectoras de su obra y la seducción le resultase más fácil. Cree más o menos en el budismo, durante un tiempo perteneció a la Iglesia de la Cienciología, nunca ha utilizado un ordenador, ve una y otra vez la película 39 escalones (dirigida por Alfred Hitchcock) y exige que sus amigos le llamen Jerry. Sus fotos son rarísimas -suele tratarse de instantáneas tomadas a la puerta de un supermercado o en la calle, a distancia porque el hombre es irascible- y hace más de 30 años que no concede entrevistas; la última fue realizada por dos estudiantes de secundaria y apareció en una revista de colegio.
El norteamericano Ian Hamilton publicó un libro sobre Salinger, pero el escritor lo llevó a los juzgados y consiguió que el libro fuera retirado de las librerías.
En España, la obra de J. D. Salinger sigue muy viva y sus libros se reeditan continuamente. Se han publicado en los cuatro idiomas del Estado y en castellano los monopolizan dos editoriales, Alianza y Edhasa.El guardián entre el centeno puede encontrarse en una edición de Edhasa de 1997 y en otra de Alianza de ese mismo año.
Están asimismo en el mercado sus otros libros: Franny y Zooey (Alianza, 1998); Levantad, carpinteros, la viga del tejado (Edhasa, 1998); Levantad, carpinteros, la viga del tejado; Seymour: una introducción (Edhasa, 1986) o Nueve cuentos(Alianza y Edhasa, 1997).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de agosto de 2001


DE OTROS MUNDOS
La venganza de Peggy Salinger
El guardián entre el centeno sigue cautivando después de cincuenta años
La biografía de Salinger escrita por su hija retrata a un iluminado entregado a sí mismo
Rodrigo Fresán / Para Jerome, con amor y sordidez
Benjamín Prado / Adoptados
La revista malagueña Zut publica dos relatos inéditos de Salinger
Salinger / Thomas Pynchon / Cormac McCarthy / El talento de la evasión
El atronador silencio de Salinger
Salinger demanda al continuador de su novela
El juez da la razón a Salinger en su denuncia por plagio
Salinger / La intimidad como arte
Salinger / El aire del New Yorker
Salinger / El miedo a hacerse adulto
Salinger / Adiós al gran enigma de las letras estadounidenses
Charlie Chaplin le quitó la chica a Salinger
El cine cuenta la vida de Salinger
David Trueba / Sin salinger
Salinger / La ternura entre el centeno
Dulce y desconocido señor Salinger
El paulatino viraje al negro de Salinger
Enrique Vila-Matas / Salinger y los nuevos tiempos
Así comienza / El guardián entre el centeno
Kenneth Slawenski / Salinger podía ser intratable
Salinger / Nueve cartas
Salinger / Las zonas oscuras
Salinger / Escribir para sí mismo
Cinco volúmenes inéditos de Salinger verán la luz a partir de 2015
Elsa Fernández-Santos / Lo nunca visto en Salinger
Eduardo Lago / Asedio a la fortaleza de Salinger
Salinger / Bioficción
Tres cuentos inéditos de Salinger, filtrados en internet
A los cuatro años de la muerte de Salinger / Este muerto está muy harto
Salinger / Todos los agujeros negros
Salinger / Si quieres que te busquen, escóndete
Ni Guerra y paz ni Cincuenta sobras de Gray / Los libros más influyentes según Facebook
One-hit wonder / Embrión de un catálogo de casos literarios
Secretos de los libros únicos de un autor / Treinta eclipses memorables
Salinger / ¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?
Autor de culto / Un secreto de dioses
Salinger / Cómo se engendra un monstruo
Salinger por Salinger
Salinger y otros nueve desconocidos
Oona y Salinger / Dos atractivos personajes
Frédérick Beigdeber / El escritor que odia a los viejos
Salinger / Un joven enamorado


viernes, 22 de junio de 2001

Javier Cercas gana el premio de los libreros catalanes


Javier Cercas gana el premio de los libreros catalanes


EL PAÍS
Barcelona, 22 de junio de 2001

Soldados de Salamina (Tusquets), de Javier Cercas, obtuvo ayer el II Premio Llibreter de Cataluña, que concede el Gremio de Libreros de Barcelona y Cataluña. Según el jurado, la novela 'es una joya literaria en la que se conjugan magistralmente la realidad y la ficción, el narrador y el autor, el texto y la vida real. Bajo la apariencia de la interpretación de un hecho real, el autor desarrolla, con un estilo finísimo, una verdad literaria, dando diferentes tonos y ritmos a la novela'.
Soldados de Salamina tiene como protagonista a un periodista que investiga el fusilamiento fallido del político y escritor falangista Rafael Sánchez Mazas al final de la guerra civil, la historia del miliciano que no lo delató y la de los campesinos que lo acogieron. Al mismo tiempo, el escritor explica cómo construye la novela. Sebastià Borràs, presidente del gremio, afirmó que con este premio los libreros 'adquieren el compromiso colectivo de promocionar y defender una obra extraordinaria'.





Guillem Terribas, de la Llibreria 22 de Girona, explicó que cada una de las librerías agremiadas propuso cinco libros, en total más de 60 títulos, de los que se seleccionaron ocho novelas. 'Las ocho son muy buenas, la ganadora tiene un enorme mérito'. Terribas hizo un llamamiento para que los libreros promocionen también a las finalistas. Son: Paradero desconocido, de Kressman Taylor (RBA y La Magrana, en catalán); Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijié (Salamandra y Edicions 62); El millor dels móns, de Quim Monzó (Quaderns Crema); Jugadores de billar, de José Avello (Alfaguara); La casa del silencio, de Orhan Pamuk (Metáfora); La joven de la perla, de Tracy Chevalier (Alfaguara y La Magrana), y Todo un carácter, de Imma Monsó (Alfaguara y La Magrana).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de junio de 2001

lunes, 11 de junio de 2001

El marido de la peluquera / Apoteosis del mirón



EL MARIDO DE LA PELUQUERA

Apoteosis del mirón



Casimiro Torreiro
11 de junio de 1991

Hace ahora un año, el público español descubrió, entre la admiración y el arrobo, la existencia de un cineasta francés -Patrice Leconte- que, pese a todo, llevaba en el cine no menos de 15 años y nueve películas. El vehículo de tal descubrimiento fue un filme extraño y absorbente: Monsieur Hire, revisión de un añejo producto de los cuarenta, hecho a mayor gloria de Georges Simenon, quien una vez más había proporcionado la trama con una de sus incontables novelas.Pero lo que dio a Leconte -un hombre hasta entonces no precisamente genial, a tenor de sus trabajos previos- una notoriedad pública fue el tratamiento de una anécdota mínima: en manos del realizador, las obsesiones de ese voyeur a la vez repulsivo y tierno daban pie a una reflexión claustrofóbica y enfermiza sobre los desastres a que empuja una pasión a destiempo.

El marido de la peluquera (Le mari de la coiffeuse")

Director: Patrice Leconte. Guión: P. Leconte y Claude Klotz. Fotografía: Eduardo Serra. Música: Michael Nyman. Producción: Thierry de Ganay, Francia, 1990. Intérpretes: Jean Rochefort, Anna Galiena, Roland Bertin, Maurice Unevit, Philippe Clevenot. Jacques Mathou, Henry Hocking. Estreno en Madrid: Alphaville.

El marido de la peluquera trata de cosas semejantes: otra vez las obsesiones del sexo, otra vez fijaciones fetichistas, otra vez un hombre maduro que ha perseguido siempre, detrás de una vida gris, previsible, ordenada y burguesa, la consumación de una pasión en este caso temprana.

Jean Rochefort
El marido de la peluquera
En este sentido, cabe afirmar que el filme se ordena y se hace con idénticos elementos que el anterior. Puesto a repetir una fórmula que tanto éxito le diera, Leconte aborda una anécdota tal vez más parca aún que la de su filme precedente, y hace del cuidado de los detalles el principal motivo de sus preocupaciones: el constante acercamiento de la cámara -más una lupa de entomólogo que una herramienta narrativa- a esa peluquera en acción, a esos cortes interminables de pelo, en un juego que logra transmitir casi las sensaciones táctiles y olfativas que experimentan los dos protagonistas.
La puesta en escena es, también aquí, obsesivamente minuciosa, como si en su supremo papel de hacedor del relato, Leconte no estuviera dispuesto a dejar que se le escape ningún detalle. Eso otorga al filme una fascinante cualidad hipnótica -a la que contribuye no poco la música de Michael Nyman-, un juego especular en el cual el realizador, mirón impúdico antes que nada, sumerge con maestría al espectador obligándole a ver -mirón él mismo- desde el punto de vista del protagonista, un impecable Jean Rochefort. La hipnosis es tal que, por momentos, logra hacer olvidar las debilidades de un guión en exceso simplista y reiterativo.
Jean Rochefort
El marido de la peluquera

Pero al final, la película se convierte en otra cosa y abre un perturbador interrogante. Como ocurre igualmente con El cielo protector, en el cual lo más interesante probablemente está antes de la llegada de la traumática pareja de viajeros al puerto de Tánger, aquí también se abre un abismo alrededor de la personalidad de esa enigmática mujer -soberbia Anna Galiena-, hasta el punto de hacer de la ausencia de información sobre ella otro más de los puntos de interés de ese filme tan revelador como astutamente ocultador. Al espectador se le requiere para que complete con su imaginación esa trayectoria vital que el relato escamotea: una llamada a la participación activa del respetable, tan poco habitual en el cine contemporáneo como imprescindible para la consideración del cine como un arte para adultos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de junio de 1991






viernes, 8 de junio de 2001

Federico, Rafael... y el manuscrito

Federico García Lorca


Federico, Rafael... y el manuscrito

ANGEL GARCÍA PINTADO
8 de junio de 2001

La angustiosa duda que le iba y le venía, en la que groseramente se insinuaba la fatalidad, acompañó a Federico en su último día en Madrid. 'Doña Lola, ¿qué me aconseja usted, me quedo o me marcho a Granada?'. Y doña Lola le respondía con refranes. Era una manera de quitar hierro a la aprensión más negra. El calendario de pared señalaba el 16 de julio de 1936.


Rafael había pasado a recogerle al mediodía por su casa de la calle de Alcalá. Almorzaría en casa del amigo entrañable, calle de Ayala, con esta otra familia que había tenido desde que llegó a Madrid. Tres días antes habían asesinado a Calvo Sotelo. Rafael acababa de llegar de Escandinavia, donde había disertado sobre la poesía y el teatro del amigo, y tampoco le había gustado el país que se había encontrado a la vuelta; por eso rechazó el ofrecimiento del granadino para que le acompañase a su Huerta de San Vicente. El otro no tenía más remedio que ir, para no truncar una tradición familiar, un rito que les congregaba en torno a la onomástica, la de su padre y la suya, el 18 precisamente: San Federico.
Tampoco deseaba quedarse solo en su casa madrileña: los anfitriones le brindaban la posibilidad de acogerlo en Ayala el tiempo que deseara. Pero no, no podía ser... Después de la sobremesa, los dos amigos tomaron un taxi que los depositó en Puerta Hierro. 'Mira, Lolita, si me voy o no, lo vamos a decir Rafael y yo ante un coñac pirulado'. En la terraza de un quiosco que le gustaba frecuentar, desierto a esa hora, dos dobles de coñac: Fundador, su bebida predilecta; ideal para escamotear temores y desatar lenguas. La destrucción de Sodoma, su próximo proyecto, colmó de palabras encendidas el taxi en el viaje de vuelta.
No cabían las cosas en las maletas, de los nervios que tenía. Libros, ropas, papeles... Desalentado y sudoroso, se dejó caer en una silla: 'Nada, que no me puedo ir'. Rafael se lo ordenó todo, y las maletas cerraban. Fue entonces cuando Federico sacó del cajón un misterioso paquete y se lo entregó al amigo: 'Toma. Guárdame esto. Si me pasara algo, lo destruyes todo. Si no, ya me lo darás cuando nos veamos'.
Asomado a una ventanilla del expreso de Andalucía, con Rafael abajo en el andén, de pronto Federico se volvió de espaldas y agitó en el aire sus dos puños con los índices y meñiques extendidos: '¡Lagarto, lagarto, lagarto!'. Alguien había entrado en el vagón de coches cama al otro extremo del pasillo. ¿Quién? 'Un diputado por Granada. Un gafe y una mala persona'. Nervioso y visiblemente disgustado, el viajero dijo al único amigo que había ido a despedirle que se marchara, que no se quedase en el andén, que iba a correr las cortinillas y a meterse en la cama para que no le viera ni le hablara 'ese bicho'. Pocos datos, aunque suficientes, permiten colegir a Rafael, una vez acaecida la tragedia, que la víctima viajó en el mismo tren que su verdugo.
Una despedida demasiado apresurada, abortada por la irrupción de un bicho, para dos amigos que ya no se volverían a ver.
Le faltó tiempo a Rafael, nada más llegar a casa, para abrir el paquete. Entre papeles personales estaba el borrador de un drama inédito: El público. Cuando un mes después de la despedida en la estación de Atocha asesinaron a Federico, Rafael decidió desoír el mandato del amigo, al igual que hiciera Max Brod con los manuscritos de Franz Kafka. Y cuando en 1978 los lectores españoles recibieron la publicación por Seix Barral, con introducción, transcripción y versión depurada a cargo de Rafael Martínez Nadal, de El público, acompañada de una inacabada Comedia sin título en edición de Marie Lafranque, pudieron enterarse de la existencia de un Lorca más libre y audaz que nunca, de contenido y de forma, un auténtico revolucionario de la estética teatral que nos permitió preguntarnos a algunos cuáles podrían haber sido los derroteros del teatro español si aquella última jornada madrileña de dudas lacerantes se hubiera resuelto de modo inverso y el instinto de conservación que su intuición poderosa nutría se hubiera impuesto a la llamada del rito familiar. Es sabido que era éste el tipo de literatura escénica que un insatisfecho Lorca, autor de éxito por su Yerma, su Bodas de sangre..., deseaba imponer, alcanzada ya la autoridad que sus triunfos le habían otorgado. Éste era el teatro que a él le interesaba de verdad, tal y como había aseverado en no pocas ocasiones, y el que hubiera podido desarrollar de no haber tomado en aquella tarde de tan aciagos presagios un tren para Granada.
Mucho tuvo que ver con la desobediencia del amigo Martínez Nadal el profundo conocimiento que tenía de la obra lorquiana. 'Yo sabía que destruir aquello hubiera sido otro crimen', nos confesó años después a los que nos beneficiamos de su amistad. Exiliado en Londres a poco de asesinado el amigo, Rafael asume durante la Segunda Guerra Mundial, enmascarado tras el seudónimo de Antonio Torres, las emisiones para España de la BBC -una idea de Winston Churchill-, dirigidas a la opinión pública española a fin de que influyera en el Gobierno franquista y éste se convenciera de la necesidad de mantenerse neutral. Presunta candidez la de Churchill, suponiendo la existencia de una opinión pública en la España de aquellos años, y más aún, que, en caso de existir ésta, pudiera influir en el ánimo del impenetrable caudillo gallego. Fue el líder conservador británico quien se encargó también de guillotinar aquel espacio radiofónico cuando le dejó de ser políticamente útil (según confesión dolorida de Martínez Nadal).
Algunos tímpanos añejos recuerdan todavía esa voz entrañable que en las noches más inhóspitas les llegaba a ráfagas traída por el viento del Norte; oídos esperanzados en que la caída de Hitler conllevaría, por un efecto de naipes, la caída de Franco. Labor doble la desarrollada por Rafael en aquellos tiempos, acogiendo y dando trabajo en su programa a los intelectuales que fueron llegando de la España vencida, entre ellos el poeta sevillano Luis Cernuda y José Castillejo, hombre de confianza de Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y secretario perpetuo de la prestigiosa Junta de Ampliación de Estudios presidida por Ramón y Cajal. Con la hija de Castillejo, Jacinta, casó en Londres y formó una familia Rafael. Era corresponsal especial para asuntos españoles en The Observer cuando la policía franquista asesinó en una calle de Barcelona a su hermano Alfredo, un funcionario que nunca había hecho política y cuyo único delito consistía en ser hermano de quien era.
A Cernuda, a su suegro Castillejo, a García Lorca por supuesto, a otros trasterrados, dedicó libros, antes y después de jubilarse como profesor de Literatura Hispánica en la Universidad de Londres. En su pequeño ordenador de la casa materna en la madrileña calle de Ayala, con el mobiliario de antaño, que conserva posados como vestigios los temores y dudas de Federico, había siempre dos libros naciendo. Venía de Londres varias veces al año, a presentar en la Residencia de Estudiantes los títulos que le iba editando Casariego y en los que se había propuesto dejar constancia de los hechos fecundos y el trato privilegiado que tuvo con las personalidades de un siglo que llegó a abarcar casi en su totalidad. Anécdotas y categorías entremezcladas en su memoria prodigiosa.
El dueño del manuscrito era un nonagenario alto, elegante por fuera y por dentro, espléndido, de un entusiasmo y una vitalidad contagiosos, como otro legado directo más de su amigo granadino. Se sabía bastante ignorado por los medios de comunicación españoles y por sus aduaneros literarios de guardia, pero con su edad, saber y gobierno podía llegar a ver las cosas con mucha benevolencia. Los que le tratamos en esta última época habíamos llegado a suponer que la eternidad era eso. Y no nos parecía que el siglo XX hubiese acabado hasta que hace unos meses Rafael se nos fue para siempre entre la niebla londinense, a los 97 años, con su blanca cabeza rizada de proyectos.
Ángel García Pintado es escritor y periodista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de junio de 2001