sábado, 23 de febrero de 2002

La biografía de Salinger escrita por su hija retrata a un iluminado entregado a sí mismo

SALINGER


La biografía de Salinger escrita por su hija retrata a un iluminado entregado a sí mismo

Se edita en español 'El guardián de los sueños', despiadado examen del escritor escondido


MIGUEL MORA
23 DE FEBRERO DE 2002

Así que J. D. Salinger no es el hombre brillante, sensible, lleno de inteligencia, sentido del humor y sentimiento tragicómico de la vida que se adivina en sus libros. Según su hija Margaret A. Salinger, es más bien lo contrario: un egoísta sin sensibilidad, un machista que hizo sufrir a sus mujeres y las abandonó en cuanto disentían, un tipo capaz de convertir a su familia en una secta, un iluminado entregado sin acierto a hacer de su vida su gran obra. Estas revelaciones son el motor de El guardián de los sueños, la biografía-ajuste de cuentas que publica Debate.

'Nacido en Nueva York en 1919, Jerome David Salinger se graduó en una academia militar y asistió, muy brevemente, a dos universidades'.
Este mínimo retazo de información es casi todo lo que dice la biografía habitual de este misterioso y genial escritor, a lo cual se suele añadir que su obra más importante, El guardián entre el centeno (1951), le consagró como autor de culto y convirtió a Holden Caulfield, su protagonista, en prototipo del adolescente rebelde y confuso que busca la verdad lejos del mundo hipócrita de los adultos.
Se sabe también que Salinger se convirtió en un huraño ermitaño tras su temprano éxito literario (El guardián... es hoy un clásico incombustible: ha vendido en torno a 800.000 ejemplares en España y millones más en el mundo, y suma y sigue); que el escritor se recluyó en Cornish, New Hampshire (cumpliendo el sueño expresado en su primer libro), y que allí fue dando forma a algunos libros más: Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour: una introducción (1963).
¿Pocos? Suficientes para entrar en la historia de la literatura, meterse en el corazón de los lectores y convertirse en un mito escurridizo, en el mayor exponente de escritor-Bartleby, aquel célebre escribiente de Melville que decía: 'Preferiría no hacerlo'.
Todas, o casi todas sus obras, tratan sobre lo mismo: los preferiría no vivir de los hermanos Glass (Seymour, Boo Boo, Franny, Zooey, Buddy, Walt, Walker), jóvenes precoces, brillantes, extremadamente sensibles y muchas veces con tendencias suicidas que, como en el inolvidable cuento Un día perfecto para el pez plátano, acaban cumpliéndose.
El perfil de esos niños recuerda en cierto modo al de Margaret Ann (Peggy)Salinger (1956), hija mayor del escritor, licenciada cum laude en Derecho que, en esta biografía escrita a espaldas del padre (ver El guardián...), se muestra como una mujer que ha sufrido horrores: una infancia a caballo entre el sueño del papá perfecto y la pesadilla del papá diabólico, frecuentes ataques de pánico, un hijo con graves problemas de salud, cinco abortos...
En la página 431 escribe: 'Para mi padre, tener algún fallo es motivo de repulsión, tener un defecto es ser un desertor, un traidor, o una traidora. No me extraña en absoluto que su mundo esté tan vacío de personas reales ni que sus personajes de ficción se suiciden tan a menudo'.
Pero más allá de la discutible legitimidad de la hija para juzgar (y airear) la vida elegida por su padre -una vida, dice ella, dedicada a soñar, a estar lejos de la realidad, según la creencia mística de que todo es maya, ilusión; pero a la vez una vida llena de dolor, susceptibilidad y necesidad de los otros-, el libro está escrito entre la admiración por la obra del escritor y el rencor por su manera de ser.
Un hombre que cree que llevar a sus hijos dos semanas de vacaciones a Inglaterra es el sacrificio más grande que puede hacer un padre es realmente un tipo singular, y quizá por eso la liberada Margaret Salinger cree justo pedir cuentas a quien, dice, predica una cosa y hace otra. La prédica consiste en que no hay 'separación entre su búsqueda de la iluminación y su arte'; la realidad es que, con los demás, es una persona cruel y miserable.
A ratos, Peggy Salinger escribe a navaja. Como cuando reprocha a su padre ser un egoísta absoluto ('se vuelve distante cuando se trata de tu dolor, pero su dolor se lo toma más en serio que un cáncer'). O al criticar la 'defensa enardecida de su intimidad o de la santidad de sus obras y sus palabras', cosa que, dice, 'no tiene nada de indiferente'.
Pero, finalmente, admite la profundidad de los abismos de su padre: 'Me parece que ésta es la parte de su obra que llega tanto al público que le adora y que tanto me desconcertaba a mí: esa necesidad intensa de una persona andando por el borde de un precipicio' (la imagen de la que nace el título de El guardián entre el centeno). Y acaba aceptando el indudable mérito artístico: 'Mi padre se ha pasado la vida escribiendo cosas bellas'.
Pese a esto último, muchos amantes de Salinger quizá preferirán no leer este libro desmitificador, de un realismo duro, que nos mete en la locura salingeriana. Pero otros lo apreciarán, pues da información que no daba la biografía de Ian Hamilton En busca de Salinger, e incluye varias fotos inéditas del autor.
El relato novelado es exhaustivo. Y tal vez la sorpresa más conmovedora es comprobar lo cerca que están vida y creación.
Salinger nació en una familia judía que finalmente resultó ser sólo medio judía (como sus personajes) porque la madre no lo era. Esa noticia provocó una terrible crisis religiosa en el joven Salinger, que primero pasó del judaísmo al cristianismo, de ahí a las enseñanzas de Yogananda, a la dianética e incluso a la cienciología, sin descartar apenas ninguna fe de orientación.
Jerome David fue apodado Sonny por su padre, que se dedicaba a un negocio de importación de alimentos. Igual que Lionel, el protagonista del cuento En el bote(hijo de Boo Boo Glass), de muy niño Salinger siempre se estaba escapando de casa (lo cuenta su hermana, Doris). También sabemos que el padre solía jugar con sus dos niños en la playa, cogiéndolos por la cintura para salvar las olas, y que les decía: 'Estad atentos, a ver si veis un pez plátano' (exactamente igual que Seymour Glass).
Más. Salinger, como muchos de sus protagonistas, estuvo destinado en Europa durante la II Guerra Mundial. Llegó a sargento, y la hija lo cuenta sin piedad: 'Se incorporó a filas en 1942 para empezar a transformarse de civil en militar. En adelante, nunca le vi hacer el retroceso de militar a civil'.
Como los suicidas de sus libros, volvió de la guerra con una depresión monumental, hecha de agujeros negros de los que no parecía haber regreso. 'Castigado por el sufrimiento de no poder amar', su primera mujer fue Sylvia, una funcionaria nazi que conoció en Alemania. La segunda, Claire, una novicia a la que sacó del convento, fue la madre de sus hijos, Margaret y Mathew. La actual, Colleen, tiene cincuenta años menos que el escritor.
Pero quizá la clave de su existencia esté en sus dos máximas: 'Sólo te inmiscuirás en asuntos de arte si piensas dedicarte monásticamente', y 'usarás siempre la palabra más sencilla'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de febrero de 2002



DE OTROS MUNDOS
La venganza de Peggy Salinger
El guardián entre el centeno sigue cautivando después de cincuenta años
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Rodrigo Fresán / Para Jerome, con amor y sordidez
Benjamín Prado / Adoptados
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Salinger / Thomas Pynchon / Cormac McCarthy / El talento de la evasión
El atronador silencio de Salinger
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El juez da la razón a Salinger en su denuncia por plagio
Salinger / La intimidad como arte
Salinger / El aire del New Yorker
Salinger / El miedo a hacerse adulto
Salinger / Adiós al gran enigma de las letras estadounidenses
Charlie Chaplin le quitó la chica a Salinger
El cine cuenta la vida de Salinger
David Trueba / Sin salinger
Salinger / La ternura entre el centeno
Dulce y desconocido señor Salinger
El paulatino viraje al negro de Salinger
Enrique Vila-Matas / Salinger y los nuevos tiempos
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Kenneth Slawenski / Salinger podía ser intratable
Salinger / Nueve cartas
Salinger / Las zonas oscuras
Salinger / Escribir para sí mismo
Cinco volúmenes inéditos de Salinger verán la luz a partir de 2015
Elsa Fernández-Santos / Lo nunca visto en Salinger
Eduardo Lago / Asedio a la fortaleza de Salinger
Salinger / Bioficción
Tres cuentos inéditos de Salinger, filtrados en internet
A los cuatro años de la muerte de Salinger / Este muerto está muy harto
Salinger / Todos los agujeros negros
Salinger / Si quieres que te busquen, escóndete
Ni Guerra y paz ni Cincuenta sobras de Gray / Los libros más influyentes según Facebook
One-hit wonder / Embrión de un catálogo de casos literarios
Secretos de los libros únicos de un autor / Treinta eclipses memorables
Salinger / ¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?
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Salinger / Cómo se engendra un monstruo
Salinger por Salinger
Salinger y otros nueve desconocidos
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Frédérick Beigdeber / El escritor que odia a los viejos
Salinger / Un joven enamorado




miércoles, 20 de febrero de 2002

Un jurado de escritores otorga a 'Soldados de Salamina' el primer premio Salambó


Un jurado de escritores otorga a 'Soldados de Salamina' el primer premio Salambó

Javier Cercas obtuvo 10 votos y Sergio Pitol los otros cinco restantes


Rosa Mora
Madrid, 20 de febrero de 2002

Javier Cercas con Solados de Salamina (Tusquets) obtuvo ayer el primer premio Salambó a una novela publicada fallado por un jurado de lujo integrado por 15 escritores. Sergio Pitol con El viaje (Anagrama) se llevó los otros cinco votos restantes. El galardón, que será anual, no tiene dotación económica. En esta primera edición, el escritor Javier Cercas, que ha obtenido recientemente el premio Ciudad de Barcelona con la misma novela, se llevará una escultura de Susana Solano realizada especialmente para esta convocatoria.



La idea de crear un premio de escritores y para escritores nació, entre bromas y veras, hace cerca de cuatro años durante una cena de amigos. Tardó en cuajar, pero cuajó: el Salambó premiaría una novela publicada el año anterior y por eso sería condición imprescindible que los escritores que formasen el jurado no hubieran publicado novela ese año.

Querían, sobre todo, que fuera un premio transparente. Luego vino lo de buscar el dinero para atender los gastos de viajes y estancias de los escritores. Entre el Ayuntamiento de Barcelona (a través del Districte de Gràcia), la Fnac y el Café Salambó reunieron 24.000 euros.
El jurado estuvo integrado por Félix de Azúa, Felipe Benítez Reyes, Jesús Ferrero, Marcos Giralt Torrente, Almudena Grandes, Gustavo Martín Garzo, Ignacio Martínez de Pisón, José María Merino, Juan José Millás, Maruja Torres, Manuel Vázquez Montalbán, Ignacio Vidal-Folch, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro y Pedro Zarraluki.
Cada uno de los jurados propuso dos libros, escritos originalmente en castellano, susceptibles de ser considerados como narrativa y publicados en España a lo largo del año 2001. Los libros seleccionados por dos o más jurados fueron considerados finalistas y la verdad es que hasta ahí hubo bastante unanimidad. Los votos fueron secretos.
Las otras tres novelas finalistas fueron: La aventura del tocador de señoras (Seix Barral), de Eduardo Mendoza; Romanticismo (Alfaguara), de Manuel Longares y La costumbre de vivir (Alfaguara), de José Manuel Caballero Bonald.
El escritor premiado recibirá "prestigio", según los organizadores, y la escultura de Susana Solano se le entregará durante una gran fiesta literaria que se celebrará el próximo 21 de marzo en la Fnac Triangle, en Barcelona.
La novela Soldados de Salamina tiene como protagonista a un escritor de ficción llamado Javier Cercas que investiga un hecho real de la guerra civil: el fallido fusilamiento del escritor falangista Rafael Sánchez Mazas en la comarca de Banyoles (Girona).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de febrero de 2002

domingo, 17 de febrero de 2002

Joan Collins / Ahora es la señora Gibson

Percy Gibson y Joan Collins

 

AHORA ES LA SEÑORA GIBSON


Agencias
Londres, 17 de febrero de 2002


La actriz Joan Collins, de 68 años, se casó ayer con el productor teatral anglo-peruano Percy Gibson, de 36, en Londres, en la que fue la quinta boda de la mala de la serie de televisión Dinastía. 'Joan Collins es ahora la señora Gibson', dijo la protavoz de la actriz, Stella Wilson, tras la ceremonia celebrada en el selecto hotel londinense Claridge's, con la asistencia de más de 175 invitados, entre ellos los tres hijos de la actriz, pero no su hermana, la escritora de best-sellers Jackie Collins. También presenciaron la ceremonia el actor Roger Moore y los cantantes Shirley Bassey y Elton John, que acudió acompañado de su pareja, David Furnish, entre otros famosos. Collins sólo tenía 18 años cuando se casó en 1952 con el actor Maxwell Reed, pero el matrimonio no tuvo éxito, y en 1963 pasó por el altar con el actor y cantante Anthony Newley, con quien tuvo dos hijos, Sacha y Tara, antes de divorciarse en 1971. Su tercera boda se produjo al año siguiente con el productor Ronald Kass, con quien tuvo una hija, Katy, y de quien se divorció en 1984. En 1985 se casó con el cantante sueco Peter Holm, aunque el matrimonio apenas duró dos años.

EL PAÍS



martes, 29 de enero de 2002

Se equivocó Françoise Sagan


Françoise Sagan


SE EQUIVOCÓ FRANÇOISE SAGAN



París, 29 de enero de 2002


La escritora Françoise Sagan, de 66 años, podría ser condenada por el Tribunal Correccional de París a una pena de prisión por no haber declarado al fisco francés 838.469 euros en 1994. El fiscal estimó imposible 'no condenar a una pena de cárcel' a Sagan, pero pidió que, dado su estado de salud, no tuviese que cumplirla. El Tribunal dictará su sentencia el próximo día 26 de febrero. El fisco francés persigue desde 1999 a Sagan porque no declaró cuatro millones de francos (615.000 euros) ingresados en la Compagnie Internationale de Développement (CID) por el empresario André Guelfi, uno de los principales protagonistas del caso Elf. La escritora tampoco incluyó en su declaración un millón y medio de francos (230.000 euros) recibidos de unos amigos en un momento en que atravesaba una situación financiera 'difícil', según su abogado, quien asegura que Sagan 'jamás intentó disimular el dinero al fisco, sino que, simplemente, se equivocó con sus cuentas'.

EL PAÍS



jueves, 17 de enero de 2002

Julio Cortázar / La noche boca arriba

2010 Aron Hart, All I Have to Give #3


Julio CortázarBIOGRAFÍA

La noche boca arriba


 
Y salían en ciertas épocas a cazar
 a sus enemigos; le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo, zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró, a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

miércoles, 16 de enero de 2002

Julio Cortázar / Axolotl


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Axolotl

Axolotl by Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

domingo, 6 de enero de 2002

Julio Cortázar / Las Ménades


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Las Ménades 

Alcanzándome un programa impreso en papel crema, Don Pérez me condujo a mi platea. Fila nueve, ligeramente hacia la derecha: el perfecto equilibrio acústico. Conozco bien el teatro Corona y sé que tiene caprichos de mujer histérica. A mis amigos les aconsejo que no acepten jamás fila trece, porque hay una especie de pozo de aire donde no entra la música; ni tampoco el lado izquierdo de las tertulias, porque al igual que en el Teatro Comunale de Florencia, algunos instrumentos dan la impresión de apartarse de la orquesta, flotar en el aire, y es así como una flauta puede ponerse a sonar a tres metros de uno mientras el resto continúa correctamente en la escena, lo cual será pintoresco pero muy poco agradable.

sábado, 5 de enero de 2002

Julio Cortázar / La puerta condenada




Julio CortázarBIOGRAFÍA

La puerta condenada



         A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de habitación, inocente recurso de la gerencia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo.

viernes, 4 de enero de 2002

Julio Cortázar / Los venenos


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Los venenos


El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Bánfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y los pedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tío Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas.

jueves, 3 de enero de 2002

Julio Cortázar / El río




Julio CortázarBIOGRAFÍA

El río



 Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.

miércoles, 2 de enero de 2002

Julio Cortázar / No se culpe a nadie



Julio CortázarBIOGRAFÍA

No se culpe 

a nadie 


El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.



martes, 1 de enero de 2002

Julio Cortázar / Continuidad de los parques

Star reader
Isabel Miramontes


Julio CortázarBIOGRAFÍA

 

Continuidad 

de los parques



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.