Asistentes del homenaje a Jorge Luis Borges colocan una rosa amarilla sobre su tumba en Ginebra, este domingo.LUIS HORCAJADA (ATREVIA)
Cuarenta flores amarillas por la muerte de Borges
Ginebra conmemora las cuatro décadas de ausencia del escritor con un emotivo homenaje ante su tumba
“¿Qué Borges?”, responde una mujer en una calle de Ginebra. “Me suena”. Y así varios que pasean por los alrededores del Cementerio de los Reyes. Sin saber que a escasos metros de ellos descansa uno de los grandes escritores de la literatura universal. Donde la mañana de este domingo, sobre su tumba, se colocaron 40 flores amarillas. Una por cada año desde que murió el autor argentino en esta ciudad suiza, un día como hoy, hace cuatro décadas.
“¿En cuál de mis ciudades moriré?”, se preguntó alguna vez Jorge Luis Borges. “¿En Ginebra, Montevideo, Austin, Nara o Buenos Aires?”, esta última donde nació (un 24 de agosto de 1899) y vivió muchos años, aunque siempre dijo sentirse “un forastero”. Al final, fue en la primera, el 14 de junio de 1986. Con “¿qué será del caminante fatigado...?“, Marcos Liyo, de Los conjurados —una asociación dedicada a difundir la vida y obra de Borges—, comenzó el homenaje por la tarde frente a la tumba del escritor. Lo rodea una veintena de personas que escuchan atentamente mientras algunos recitan poemas en francés y español.
Al finalizar cada lectura, los asistentes se despiden acariciando la lápida —hecha de una piedra grisácea de Córdoba—. Otros, como el escritor Roberto Alifano, se apoyan en el bastón que el propio Borges le regaló. Le siguen Raúl Tola, director de la Cátedra Vargas Llosa, y Alejandro Vaccaro, biógrafo del autor, quien lee El remordimiento: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”, escribió Borges tres años después de la muerte de su madre.
No sorprende, por tanto, que Borges descanse en este reservado e histórico cementerio. Él mismo escribió que, de todas las ciudades del planeta, de todas las diversas e íntimas patrias que uno busca y merece, Ginebra le parecía “la más propicia a la felicidad”. Fue aquí donde se le revelaron los idiomas —el francés, el alemán y el latín—, así como el amor, la amistad, la humillación y “la nostalgia de Buenos Aires”, ciudad en la que más tarde se consagraría en la literatura.
El filántropo y autor argentino Alejandro Roemmers señala que Ginebra representa “algo especial para Borges”. La capital francófona suiza “vio crecer al joven escritor”. “Aquí leyó y descubrió la intelectualidad”, dice. De modo que hubo en algún momento “dos Borges”, cuenta a este diario en un lujoso hotel a orillas del Ródano, un día antes del homenaje. El primero era un “Borges íntimo que, por los usos y costumbres de la época o por timidez, no podía expresar su mundo interior”. Después, asegura Roemmers, pudo hacerlo “poco a poco en su obra a lo largo de su vida”, convirtiéndose en una de las grandes mentes del siglo XX.

Ambas versiones del escritor “conviven de cierto modo” en Borges. La colección, un catálogo que recopila 30.000 documentos inéditos —entre manuscritos, correcciones, cartas y objetos— del patrimonio borgeano. Se trata de un proyecto que Roemmers y el escritor y biógrafo de Borges, Alejandro Vaccaro presentaron el pasado sábado en la Maison Rousseau et Littérature, a escasos metros de la casa donde Borges murió, el número 28 de la Grand Rue. Roemmers espera que el archivo que se muestra en el libro “termine en un lugar adecuado en Buenos Aires y que sea abierto al público”. “Pero también queremos hacer alguna muestra interactiva, donde los jóvenes o estudiantes que no conocen tanto a Borges puedan tener una experiencia entretenida, no solo ilustrativa”, aclara.
La literatura se completa “cuando alguien la lee”, afirma Roemmers. “Por eso es importante que Borges no quede solamente como una figura notable o una marca, sino acercarlo a la gente para que lo conozca de verdad, que lo lea”. Ese mismo pensamiento lo compartió Marcos Liyo esta mañana: “Para quienes no lo conocen, espero que se les revele muy pronto”.
En menos de media hora se leyeron delante de la tumba los poemas preparados para el homenaje y, al finalizar, cada asistente tomó una rosa amarilla, en honor a uno de los poemas de Borges y porque, al final de sus días, era el único color que su ceguera le permitía distinguir.
Queda para muchos la duda de si el gran autor de la literatura universal deseaba que sus restos permanecieran en Ginebra. Para otros, como Vaccaro, en su obra estaba más que claro: en un poema expresó que el destino de sus cenizas sería la Recoleta, en Buenos Aires, junto a los suyos. Sea cual sea su destino final, Borges escribió que siempre volvería a Ginebra, “quizá después de la muerte del cuerpo”.
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