viernes, 5 de junio de 2026

Un guía sherpa abandonado a su suerte en el Everest sobrevive y alcanza gateando el campo base tras seis días de agonía


Los médicos llevan en camilla a Hillary Dawa Sherpa.NIRANJAN SHRESTHA (AP PHOTO/NIRANJAN SHRESTHA)


Un guía sherpa abandonado a su suerte en el Everest sobrevive y alcanza gateando el campo base tras seis días de agonía

El caso de Hillary Dawa retrata las condiciones pésimas de trabajo en cima del planeta sin que el Gobierno de Nepal intervenga para humanizar la tarea



Óscar Gogorza
ÓSCAR GOGORZA
05 JUN 2026 - 12:53 CEST

El caso de Hillary Dawa Sherpa podría convertirse en uno de los casos de supervivencia extrema más potentes jamás contado y la enésima confirmación de que el Everest se ha convertido en una montaña de despropósitos, un contenedor del consumismo egoísta e irresponsable que caracteriza nuestro tiempo. Hillary Dawa desapareció el pasado 29 de mayo de regreso del techo del planeta cuando trataba de alcanzar el campo 3 y se hallaba a una altitud próxima de los 7.500 metros. En montañas así, una desaparición solo se explica por un resbalón que conduce al abismo o por una caída en una grieta. El caso es que, dos días después, dieron por muerto al guía de la etnia sherpa de 52 años, casado y con una hija. No hubo una labor de búsqueda y rescate coherente ni mucho menos insistente. Los trabajadores de la etnia sherpa son carne de cañón, ya se sabe.

Pero seis días después de desvanecerse en la inmensidad blanca del Everest, Hillary Dawa emergió muy cerca del campo base, donde llegó arrastrándose tras muchas jornadas sin comida ni bebida. Su caso remite inevitablemente al de Joe Simpson, autor del incomparable libro Tocando el vacío donde narra cómo fue dado por muerto tras caer a una grieta en el Siula Grande (6.344 m, Andes peruanos) y romperse una pierna… para aparecer como un espectro tres días después.

Hillary Dawa fue encontrado por un miembro del comité de limpieza de la montaña, una suerte de coche escoba que limpia el acceso a los campos de altura. El hombre se topó con una figura que se arrastraba buscando su camino entre las grietas de la cascada del Khumbu, un glaciar espantoso donde varias cuerdas fijas habían sido ya retiradas, dando por finalizada la temporada con mayor número de ascensiones de la historia del Everest: más de mil en una sola primavera. Dawa Sherpa, apodado Hillary en honor al apicultor neozelandés que escaló por vez primera la montaña más elevada del planeta, sufría congelaciones y lesiones diversas debidas a la exposición pero dadas sus penosas circunstancias se hallaba estable y su vida no corre peligro. Este guía veterano del Everest, oriundo del distrito de Okhaldhunga (en la puerta de entrada al valle de Solokhumbu, que da acceso al Everest), deberá lidiar ahora con una realidad: nadie se preocupó realmente en buscarle.

El debate en torno a su milagrosa supervivencia ha soliviantado a una parte de la industria local sherpa que se pregunta en voz alta qué hubiese ocurrido si el desaparecido hubiese sido occidental. La queja es, cuanto menos, de una hipocresía sorprendente. Hillary Dawa trabaja para una agencia nepalesa, Himalayan Traverse, igual que lo hacen la inmensa mayoría de los trabajadores de la etnia sherpa. Estos, que equipan la ruta, abastecen los campos y guían a sus clientes occidentales, son asalariados de empresas de Nepal. El control del Everest no está en manos occidentales sino locales. Solo el dinero que anima todo el circo del Everest es occidental. De haber desparecido un escalador occidental, la búsqueda hubiese sido mucho más generosa y concienzuda, pero solo por un motivo: el equipo de rescate improvisado y formado por sherpas hubiese cobrado una fortuna, bien del seguro, bien de la familia de la víctima para hacer su trabajo. Los helicópteros habrían despegado para peinar la zona y un equipo organizado habría considerado los lugares donde pudo desparecer el desafortunado. Un dron también podría haber aclarado las dudas sobre sus desaparición. El problema es que nadie paga por ir a buscar a un sherpa. Ni siquiera los sherpas se involucran en estas tareas si no media una recompensa. Los sherpas siguen siendo mano de obra prescindible, no en lo que se refiere a sus clientes occidentales sino en lo que toca a la competencia feroz que existe entre las múltiples agencias turísticas que operan en la zona.

Según las primeras declaraciones de Hillary Dawa, cayó en una grieta e invirtió dos días en alcanzar la superficie, perdiendo en la tarea casi todo su equipo técnico. Sin fuerzas para caminar, se arrastró durante horas ladera abajo en un ejercicio de autorrescate inconcebible. De entre las mil ascensiones registradas, más del 50% se corresponde a trabajadores de la etnia sherpa en acompañamiento de sus clientes: había muchos guías locales disponibles para salir a la búsqueda del desparecido, pero su ausencia se registró cuando la temporada tocaba a su fin y todos deseaban abandonar de una vez una montaña que solo esta primavera se ha cobrado cinco vidas.

La avalancha registrada en 2016 en la cascada del Khumbu que segó las vidas de 16 trabajadores sherpa debería haber servido para mejorar sustancialmente sus condiciones de trabajo, con mejores sueldos, seguros e indemnizaciones. Pero dicha mejora solo ha llegado para las compañías líderes del sector: las agencias low cost siguen viviendo bajo la presión de hacer negocio minimizando los gastos, lo que deriva en una insoportable precariedad laboral. El Gobierno de Nepal sigue prometiendo un control del acceso a la montaña que nunca llega… ni se le espera.

EL PAÍS 


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