
El Libro de Arena: la verdadera profecía digital de Borges
Cuarenta años después de su muerte, una de las metáforas más certeras del escritor parece describir menos una biblioteca que una pantalla de móvil

Hoy hace cuarenta años que moría Jorge Luis Borges, dejando huérfana a la literatura mundial. Moría, o “entraba en el gran mar”, como solía preferir María Kodama, a quien dejaba viuda. Cuatro décadas es una efeméride quizá más pertinente pero igual de buena como cualquier otra para releer sus cuentos, sin duda una de las empresas literarias más estimulantes de la historia. Y, si el lector se acerca hoy a su obra, comprobará con pasmo que sus metáforas siguen ofreciendo nuevas lecturas que entroncan incluso con el presente digital más inmediato.
Herido de literatura, Borges encarnó él mismo la figura literaria de una paradoja: sus propios ojos fallaban, pero su intuición para ver no podía estar más afilada. Por eso la actualidad le recuerda por su capacidad profética, que supo anticipar algunas metáforas que funcionan como artefactos que hoy son cotidianos. La más famosa de todas quizá sea la de la Biblioteca de Babel, aquella librería infinita y hexagonal que contenía todos los libros y a la que muchos han visto como la prefiguración de la actual internet, repositorio de todo el conocimiento y las creaciones de los hombres.
La de Babel es la más invocada, pero no es la única metáfora de Borges que dialoga con el presente: también se ha visto a El Aleph(“uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos“), como una metáfora de las cámaras de vigilancia masiva, o incluso de Google Earth; y a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius(en el que un mundo ficticio sobre el que se escribe una enciclopedia acaba imponiéndose al mundo real) como una metáfora de las fake news y los relatos alternativos que tantas veces reemplazan a la verdad. Incluso ese “mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él” es visto muchas veces como símbolo del desbordamiento de la excesiva información sobre el mundo real.
Asumiendo la genialidad común de todos sus cuentos, el gusto académico siempre ha señalado como sus obras mayores a Ficciones y El Aleph. Sin embargo, para el propio Borges su mejor obra era El libro de arena, en el que, en sus propias palabras, al fin dejaba de ser “vanidosamente barroco”. Hay cuentos inolvidables en el volumen, como Ulrica, El congreso, ese homenaje a Lovecraft que es There are more things o el que da título al libro. Pues bien, es en ese cuento concreto donde reside la más pertinente metáfora sobre el mundo actual, aunque, curiosamente, no ha sido señalada más allá de algunos ensayos digitales. Se trata de la metáfora que empareja al milagroso Libro de arena con los problemas asociados al consumo digital interminable.
‘Doompaging’
En ese relato, un jubilado (el infatigable Borges protagonista) recibe en su casa la visita de un vendedor de libros, que le ofrece un libro imposible. “Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir”, dice el vendedor. Se trata de un volumen infinito: el libro se abre, al azar, con una página de cualquier otro libro. Si se cierra y se vuelve a abrir, la página habrá cambiado. Borges lo ojea: “Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999”, cuenta el narrador, que en una hoja descubre un ancla dibujada. “Mírela bien”, le advierte el vendedor: “Ya no la verá nunca más”. “Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja”, confiesa Borges.

La conversación se salda con el trueque del libro por una primorosa Biblia que atesora el protagonista, y en ese momento, cuando ya el infinito volumen está en su poder, se desencadena el infierno: “Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas”. A partir de su adquisición, el personaje narra cómo se sumerge en un martirio de información fragmentada, de textos inconcretos, de pequeños sorbos de historias más grandes. Si en vez de un libro fuera un teléfono móvil, muchos reconocerían el mismo comportamiento compulsivo, algo que le roba la vida, obsesionado como está en abrir al azar el artefacto para leer la página que el algoritmo decida mostrarle.
“Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle”, dice Borges. “Me quedaban unos amigos; dejé de verlos (…). De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro”. Resuelto en pocas páginas, el relato no podría ser más certero al hablar de nuestro presente digital, ni ser más preciso al describir nuestra familiar cárcel de scroll infinito, inyección de dopamina y atención fragmentada en la que tantos estamos inmersos: ese hegemón certeramente bautizado como doomscrolling. “Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso (…), una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad”, nos cuenta. Al final, el protagonista, que nuevamente nos deja caer la similitud con el propio autor (“Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional”), toma una decisión drástica: “La Biblioteca guarda novecientos mil libros (…). Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta. Siento un poco de alivio. Pero no quiero ni pasar por la calle México”.
Así se liberó. El equivalente hoy sería tirar el móvil al mar, enterrarlo en un desierto o lanzarlo con los ojos cerrados en un barranco lejos de nuestra ciudad. Sí, parece una solución radical —quizá porque la dependencia siempre convierte la renuncia en extravagancia— pero, a quien ha tenido tanto tino para delinear los males del futuro, podemos quizá reconocerle igual tino para señalar la vacuna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario