martes, 21 de septiembre de 2021

Mavis Gallant / Naturalidad que desarma


Naturalidad que desarma

Mavis Gallant mira el mundo con una agudeza notable a través de la infancia y juventud de su personaje Linnet Muir


José María Guelbenzu
26 de junio de 2020


La reputación de Mavis Gallant como cuentista no sólo viene avalada por sus antecesoras y compatriotas Margaret Atwood o Alice Munro, sino por un prestigio que la sitúa entre las más importantes narradoras del pasado siglo. Los lectores españoles conocen su notable valía gracias a la edición de sus Cuentos por la editorial Lumen. Ahora se publica esta colección de relatos centrados en el personaje de Linnet, que afortunadamente no estaban incluidos en la edición de Lumen, por lo que constituyen una novedad, en castellano. Linnet Muir es un personaje que, al parecer, se corresponde con la propia Gallant, por lo que son relatos muy personales, pero, contra lo que está constituyendo ahora el género llamado autoficción, Gallant no habla de sí misma como personaje, crea a Linnet Muir no para disimularse tras ella, sino para utilizarla como referente por lo que, al ser un referente, establece la distancia necesaria para contemplar su propia creación, todo lo contrario de los autoficcionistas, que se constituyen ellos mismos en personaje y se dedican a disfrutarlo de manera más o menos autosatisfecha o autodramatizada.

La escritora canadiense Mavis Gallant, en Francia en 1998.La escritora canadiense Mavis Gallant, en Francia en 1998.LOUIS MONIER

El encanto del estilo en estos textos que hablan de la infancia y la juventud de Linnet Muir es el aire de relato espontáneo que se despega con naturalidad de sí misma en favor de las escenas y las historias que arma y de una reflexión innata a la voz que habla, nada pretenciosa. La gracia de la palabra da sentido al relato apoyada en una excepcional penetración para ahondar en el asunto de que se trate, hasta el punto de parecer que está charlando con el lector, siempre con observaciones agudas y atinadas, siempre sugerentes.

El relato titulado ‘El doctor’ presenta una relación excepcional entre sus pensamientos y los momentos representados de la vida de los adultos que rodean a Linnet, expuestos con un tono que tiene algo de ensayística (pensamientos críticos sobre la realidad en que se encuentra, bien por lo que oye, bien por lo que ve), reforzado por una agudeza notable para seleccionar escenas a modo de dibujos a mano alzada que se entrelazan para constituir un mundo a través de la mirada de Linnet niña, sumamente perspicaz, que cuenta y no analiza, aunque tras ella hay una intención evidente.

El modo de expresión es de una naturalidad que desarma. Valga un ejemplo de esa naturalidad que llamo charla-con-el-lector y que es una lección de estilo: “Sal a jugar a la nieve era una interrupción frecuente. Los padres en climas glaciales tienen la idea fija de empujar a sus hijos afuera a que se congelen. Había una hora sumergida en las tardes de enero, justo antes de que se encendieran las lámparas de la calle, que tenía el gris de la desdicha verdadera, como si el corazón y el estómago se hubieran vuelto de la misma sustancia seca y afelpada del cielo: estaba asociada a un sentimiento de pérdida, de tristeza desamparada, desconocida para los niños de otras latitudes”. En ‘Con uve mayúscula’, un relato sobre Linnet como periodista debutante, se manifiesta el sentido del humor de la autora con una crítica acerada al oficio.

En todo el libro prima la gracia espontánea del habla dentro de un relato sentido y pensado que fluye como una crónica de infancia y juventud donde la naturalidad se expresa con seductora inteligencia. Sin ser piezas de ambición convencen como relatos de la vida que revelan el siempre inquietante fondo de la condición humana.




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