Estar lejos de la familia, del mundo literario, de los suplementos y revistas culturales, de los grupos de poder y, sobre todo, estar lejos de las modas, permitió al escritor mexicano Sergio Pitol (Potrero, 1933 – Xalapa, 2018) buscar lo que quería encontrar en el campo de la creación y desarrollar un estilo único que se convirtió en una auténtica pedagogía sobre la manera de escribir en absoluta libertad, privilegiando los ambientes naturales a su manera de ser y estar en el mundo para concebir una literatura compleja, culta y muy refinada, pero a la vez marcada por la parodia, lo grotesco y la risa más corrosiva frente a los ritos vacuos y la ridiculez de los solemnes, una literatura muy alejada de los habituales esquemas de tantos escritores.
—Sergio, ¿qué razones marcan tu estilo literario?
—Siempre quise perderme en otras literaturas y esto me hizo conocer recursos diferentes, otras fuentes que marcaron la forma de mis libros y de mi escritura. Viví 28 años en Europa y desde mi primer viaje sentí que nunca podría escribir con la libertad, con la independencia que podía hacerlo fuera de mi país. Así es que los viajes, las estancias largas en el extranjero que crean nuevos intereses, los autores que uno lee y de los que no ha oído citar, la experiencia de comenzar un periodo de vida, para mí han sido extraordinariamente estimulantes. A mí, los viajes me daban situaciones, temas, telones de fondo donde mis personajes se martirizan o se debaten o se santifican. No estar en México era muy bueno porque no tenía que tomar partido por ninguno de los grupos y en ninguna de estas cosas tan gelatinosas que se vuelven las luchas entre clanes que han marcado nuestra vida cultural.
—Sin embargo, un día decidiste volver a México.
—Sí. Necesitaba un estímulo lingüístico mucho más poderoso. Esa fue la razón más importante. Y al llegar a México tuve un periodo inicial difícil. Yo había dejado de vivir en México en 1961 y había vuelto a vivir ahí en 1988. Era mucho tiempo. Había dejado la capital cuando tenía poco más de 4 millones de habitantes y regresé a una ciudad de 22 millones, donde el aire casi me faltaba, donde sentía que la respiración de esos 22 millones me jalaba todo el oxígeno que necesitaba. Los usos y hábitos eran distintos, las zonas donde se movía la gente eran lugares muertos y se habían trasladado a otras zonas de la ciudad, que en mi tiempo ni siquiera existían. Así que decidí irme a mi estado, a Veracruz, pensando en pasar unas temporadas allí y otras en la Ciudad de México. Pero me di cuenta de que eso era absurdo, que no viviría en ninguno de los dos lugares. Entonces quemé las naves y me fui definitivamente a Xalapa.
—Fue entonces que escribiste El arte de la fuga. ¿Cuál fue su génesis?
—El arte de la fuga tuvo su origen precisamente cuando al volver a México encontré que en las gavetas de mi escritorio se habían ido acumulando una serie de textos sobre pintura, cine, ópera y literatura, que eran prólogos, artículos y conferencias, y tuve la sensación de que era bueno reunirlos en un libro. Empecé a afinarlos y buscar cómo se podrían agrupar y al repasarlos tuve que ir a Guadalajara. Me habían hablado mucho de un psicólogo que trabajaba a través de la hipnosis. Esta hipnosis había roto las barreras que algunos escritores habían tenido y les había resuelto otras cosas. Oyendo los casos de estas curaciones pensé en lo que necesitaba para quitarme el tabaco. Esa experiencia, que no me quitó de fumar tabaco, fue sin embargo una de las más importantes que he tenido en mi vida, quizá la más importante. El psicólogo me hizo una hipnosis blanda. Me dijo que repasáramos algunas cosas para ver dónde estaba la fuente de mi tabaquismo, me dijo que pensara en algunos momentos interesantes de mi vida. Y empecé a ver frente a mí, hipnotizado, imágenes de mi vida que, sin orden cronológico, iban pasando frente a mí como si alguien estuviera manejando un carrusel de diapositivas; pero ninguno de ellos eran momentos importantes de mi vida, sino trivialidades absolutas. Y de repente pasó una imagen y se detuvo. Y era una imagen en la que yo tendría cuatro años, casi cinco, y mi hermano tenía ocho o nueve, y estábamos sentados en la terraza de una villa cerca de un río. Al instante recordé que ésa era la villa de unos amigos de mi familia y pude ver dónde estábamos. Recordé que ése era el día posterior a la muerte de mi madre, que se había ahogado en ese río. Empecé a sentir un dolor brutal, una desesperación inimaginable. Mi angustia fue tremenda porque no sabíamos qué hacíamos en esa casa. Y pensé que ahí nos íbamos a quedar y que ya no teníamos padres. De esa experiencia salí en estado cataléptico. Al salir de ese estado delirante le conté al psicólogo todo lo que había vivido y pasado, y me recomendó que me fuera caminando lentamente hacia mi hotel.
Durante el transcurso de esa caminata sentí con asombro que había llevado una herida abierta, una llaga que no estaba cerrada y que había condicionado los 60 años posteriores de mi vida. Me había acorazado ante muchas situaciones y de ese momento dependían mi conducta, mi instinto, mi escritura, mi relación con el mundo. A la mañana siguiente fui muy feliz de haber sabido esto, y con una sensación de vitalidad muy intensa, regresé a Xalapa; volví a mis papeles y me di cuenta de que mucho de aquel material que había estado revisando no tenía sentido. Decidí entonces hacer un libro que fuese un desplazamiento por distintos momentos de mi existencia como lector y como autor. Seguí el método que el hipnotista había aplicado: empecé a dejar fluir la memoria sabiendo que ya no había nada traumático. Y casi todos estos circunloquios de la memoria se fijaban en algún momento de mi vida, y me obligaban a hacer la crónica de ese momento: una cena en Roma con María Zambrano; un viaje a Italia donde conocí a Tabucchi, haciendo un texto literario sobre determinados episodios. Y el libro se fue creando a través del instinto. Sabía que no era ni una crónica de mi vida ni una autobiografía, ni estaba yo escribiendo mis memorias. Rompí la cronología, traté de desgastar los géneros para que se imbricaran uno con otro: partes que parecían crónicas que terminaban en un cuento; ensayos que de repente se volvían narración y al final tenían una fuga ensayística. Eran acercamientos y fugas de lo narrado. La estructura iba a la par que el instinto narrativo. Traté de trabajar este libro como una casi novela con un texto carnavalesco, paródico o inserto en el mismo relato para hacerlo explotar con unas circunstancias chuscas. Y puedo decir que fue el libro que más disfruté escribiendo, pero también el que más retos me produjo, el que más desconcierto me creaba. Pensaba que iba a tener muy pocos lectores; que estas cosas tan personales les iban a interesar a unas cuantas personas. Y mi sorpresa de ver que es el libro más popular que haya yo escrito, ha sido para mí una sorpresa muy agradable.
—¿Dónde nace en tu caso la escritura?
—La escritura viene de los recuerdos de la infancia. Las grandes obsesiones tienen ya su semilla ahí. Pero la forma es otra cosa. Yo empecé a trabajar una forma que sólo dependiera de mi instinto literario para que me diera satisfacción. Porque mi lema ha sido no estar a la moda y leer aquello que uno considera que va a ser su alimento. Desde que estaba en Roma me sentía irritado por esta cuestión de borrego que son las modas, una especie de corsé muy fuerte. Todo eso me ha parecido una ridiculez inmensa, todas esas fidelidades ideológicas, pensar políticamente de una manera u otra según fuera la marea.
—¿Se puede hablar de una pedagogía de la escritura literaria?
—Es difícil. Witold Gombrowicz, uno de los grandes autores del siglo XX, fue invitado por la Fundación Ford para pasar una temporada en Berlín dando clases en una escuela de creación literaria en la que participaba un joven Günter Grass, quien, como ha hecho siempre, profesaba mucha fe en la educación en todos los niveles. Cuando lo presentaron, Gombrowicz les preguntó a todos cómo trabajaban y ellos le expusieron un método. Y entonces él les dijo que lo único que podía recomendarles es que se fueran lo más rápidamente de esa escuela y que buscaran personalmente su propio camino. Tengo la sensación de que es muy riesgoso tratar de enseñar creación literaria, porque el maestro, que está cerca de la literatura pero generalmente no es creador, empieza a dar normas, y cuando lee un cuento fulano o fulana, le quitan cosas, le dicen que eso no puede ser así, que tiene que ser de otra manera, y entonces se puede acabar ahí un proyecto de escritor, se le puede castrar y enseñar todo aquello que va contra su temperamento e instinto literario.
—No obstante, ¿habría algún consejo que pudieras transmitir a quien quiere escribir literatura?
—Hay cosas que son fundamentales para ser escritor. En primer lugar, se tiene que conocer el idioma, jugar, hundirse con él, mimarlo o violentarlo si uno siente la necesidad de hacerlo. La literatura tiene un material que es la palabra, y si uno no se va afianzando en ella, mejorando el oído, no se avanza mucho. Esto es lo que uno puede transmitir: que se metan a fondo al lenguaje, que no consideren que las reglas de la redacción son lo fundamental. La redacción es importantísima para expresarse, pero muchas veces estorba en la creación de prosa y poesía literaria, porque hay que forzarla también, hay que hacer sentir que debajo de esa escritura hay otras zonas, ecos, un claroscuro que no da la redacción. Eso se descubre discutiendo entre escritores, leyéndose y leyendo a otros. Yo soy partidario de que uno tenga dos o tres maestros a los cuales venere, sin miedo a la influencia o a la imitación; ser la sombra de un grande no importa, porque llega un momento en el que uno siente que sale de la crisálida, de la cáscara. Pero al principio hay que tomar modelos muy altos, porque eso implica un nivel de exigencia.
—¿Cada autor pide para sí mismo su género?
—Sí. Y hay muchos subgéneros dentro de los cuales el temperamento del escritor es el que rige.
—¿Entonces no es la historia la que determina el género?
—¿Qué puedes decirnos de tus cuentos?
—En 2005 fuiste galardonado con el Premio Cervantes. ¿Cómo te sentiste cuando te dieron la noticia?
—Un poquito; pero no, eran risas, risas, risas.
—¿Te preocupa la situación de violencia que se ha vivido en México?
—¿De qué hablas en tu discurso de aceptación del Premio Cervantes?
—¿Qué balance harías de tu obra en su conjunto?




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