miércoles, 7 de septiembre de 2022

Héctor Abad / La vida que huye, no del todo

Héctor Abad
Foto de Jorge Panchoaga

La vida que huye, no del todo

Héctor Abad Faciolince sorprende en plena crisis creativa con unos diarios que repasan desde sus inicios como escritor hasta la publicación de ‘El olvido que seremos’


Anna Caballé
21 de abril de 2020



Héctor Abad Faciolince, visto por Sciammarella.Ampliar foto
Héctor Abad Faciolince, visto por Sciammarella.

El hecho de llevar un diario puede responder a muchas motivaciones y ninguna de ellas excluye a otras que puedan concurrir, pero, en todo caso, quien lo escribe construye un espacio dominado por la subjetividad. Un espacio que oscila entre el deseo de saber de uno mismo, el paso del tiempo y un cierto anhelo de verdad, es decir, de autoconocimiento. En cierto modo es un espacio que tiene mucho en común con el espacio del psicoanálisis, pues en ambos encontramos a un Yo enfrentado a sus conflictos psicológicos y a la necesidad de alcanzar un esclarecimiento de los mismos a través de la palabra. No todos los diarios responden a este patrón, obviamente, pero sí lo hallamos en aquellas escrituras diarísticas que más apreciamos, las que expresan alguna forma de malestar del sujeto. En este sentido, el diario contemporáneo está lejos de sus primeras manifestaciones ilustradas, cuando autores como Samuel Pepys o Jovellanos anotaban con satisfacción el provecho que sacaban de sus días. De aquel Yo complacido por su propia interacción con el mundo, fruto de una burguesía incipiente, hemos llegado al extremo casi opuesto, cuando la insatisfacción y la conciencia de la precariedad son rasgos que han invadido el diarismo contemporáneo. “Es el confidente del dolor, no de la felicidad”, anota ya Amiel el 13 de mayo de 1847.
El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) acaba de publicar, con cierta sorpresa de sus lectores, que somos muchos, un grueso volumen con su diario escrito entre 1985 y 2006, es decir, entre sus comienzos como escritor y la publicación de El olvido que seremos, la obra que marcaría un punto de inflexión en su trayectoria. Escrito pues entre los 27 y los 48 años, sin duda una etapa crucial en la vida del ser adulto. En el prólogo se reconocen dos cosas relevantes: que la publicación del diario responde a un momento de crisis creativa (su proyecto de novela fracasa y para un escritor que ha hecho de la literatura su profesión, la necesidad de publicar con cierta regularidad es un imperativo) y que el diario ha sido, lógicamente, editado.
La edición de un diario, siendo una tarea obligada —ningún diario puede ser una copia fiel de los cuadernos originales: sería, opina Lejeune, como introducir a un sin techo en un elegante salón—, supone algunas veces una remodelación entera del texto, perdiéndose así el sabor del documento original, que, por lo general, poco tiene que ver con una estructura narrativa: repeticiones, fracturas y vacíos textuales, referencias que carecen de continuidad y la presencia de un Yo que absorbe la totalidad de la escritura. Por tanto, la cuestión fundamental es que en el paso del diario al libro ese Yo sostenga el interés de un tercero. Y, sin conocer los cuadernos originales de Abad, no hay duda de la honestidad con que el escritor ha procedido. En este sentido me recuerda a los diarios publicados hasta la fecha por Laura Freixas. Ambos sostienen a lo largo de sus páginas un nivel muy alto de exposición de la propia intimidad.
El corte de Abad es más largo, 20 años, y la lectura de Lo que fue presente exige entrar en el universo del escritor: la fuerte presencia de lo italiano en su vida (el diario se abre con el escritor casado, esperando su primer hijo y viviendo en Turín, donde prepara su doctorado), sus dudas en relación con la literatura como vocación, su carácter enamoradizo (“esta angustia de querer amar a todas las mujeres”), el peso de Colombia en su imaginario escindido a la cortazariana entre el mundo de allá y el de acá… En 1987, y finalizada la tesis sobre Cabrera Infante, el matrimonio regresa a Medellín y pocos días después de su llegada asesinan al padre del escritor en ciernes por motivos políticos. Aquel acto de violencia brutal y gratuita obliga a un joven Héctor Abad a replantearse su posición ante el mundo. ¿Qué hacer? ¿Heredar la militancia de su padre, jugándose la vida a cada paso en el futuro, o bien evitar el compromiso huyendo de un país sangriento? La anotación del 21 de diciembre (1989) me parece de una sinceridad que, como lectora, solo puedo agradecer.
Sin embargo, lo más atractivo del diario de Abad radica en su capacidad para escribir sobre su vida conyugal y amorosa (pronto comprobamos que no tienen por qué ir de la mano, y no van) con un nivel de exploración muy inusual. La forma en que se combina la franqueza de los sentimientos con el respeto hacia las relaciones mantenidas es admirable y desdice el juicio de Amiel cuando observaba: “El diario no puede ser exacto ni completo en los temas íntimos, al menos un diario masculino” (16 de junio de 1866). No siendo exacto ni completo (¿y quién podría serlo?), el diario de Abad aborda los temas más estrechamente relacionados con la masculinidad sin falsos pudores, de frente. También los relacionados con la sexualidad femenina, vista por un hombre, se analizan con parecida franqueza.
Me detengo en una situación de las muchas que se plantean: el diario se abre con la compra conyugal de un cuaderno: “Hemos comprado juntos el cuaderno y sabe para qué es”, anota Abad. Y el diario fluirá libremente. La esposa respeta la intimidad del escritor y este se siente protegido por su discreción. Cuando se separan, la nueva pareja mantiene una actitud muy distinta, reticente ante el diario de Abad, de modo que la costumbre de este de consignar la vida erótica con cierto detalle y sin idealizaciones se ve forzosamente cohibida, recuperándose cuando la pareja se rompe. Se rompe, se reconstruye, se vuelve a romper. Veinte años de una vida dan para mucho y la intensidad con que Abad Faciolince escribe de la suya subyuga. Aquella vida que ya fue llega a ser nuestra

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