sábado, 21 de junio de 2003

Rafael Chirbes / Amor, decoro y confianza

Rafael Chirbes


  • Rafael Chirbes

Amor, decoro y confianza


En su reciente libro de ensayos, El novelista perplejo, Rafael Chirbes expresa su admiración por El buen soldado, de Ford Madox Ford. De esa gran novela el escritor valenciano extrae una sustancial lección, "la falta de fiabilidad de cualquier narrador". Acto seguido agrega que todo narrador debe "ganarse la confianza a pulso". Se hace necesario introducir esta reflexión porque quien la lleva a cabo es el mismo que pone en funcionamiento un problema parecido en su nueva novela. Chirbes, con Los viejos amigos, cierra un gran ciclo temático y estilístico comenzado con La larga marcha y continuado con La caída de Madrid.El problema al que hacíamos referencia antes tiene que ver con la mentira y la verdad, y con los dispositivos narrativos que convierten estos conceptos en la novela en una dialéctica irresoluble. Una dialéctica pletórica de fuerza expresiva, pero también llena de secuelas morales irreversibles. La variedad de voces que componen el tejido argumental de Los viejos amigos, es algo más que la suma de almas y perfiles de una generación confiada en su papel de motor de la historia. Esas voces tienen que lidiar con algo más que con su contemporaneidad, tienen que responder ante sí mismos de todos sus fracasos e imposturas.

LOS VIEJOS AMIGOS

Rafael Chirbes
Anagrama. Barcelona, 2003
221 páginas. 13 euros
Unos amigos se reúnen para festejar un reencuentro a las luces y sombras de sus vidas particulares. Viven en Madrid y en esta ciudad convivieron con sus utopías, con sus desengaños amorosos, con sus actos de renuncia al borde de la ruindad. Escritores fracasados, pintores a los que las cosas no les fueron mejor, galeristas ricas, expertos en infidelidades varias. Detrás ha quedado la era de las promesas sublimes, la movida madrileña, los gobiernos del PSOE, la resaca de borracheras inútiles, el sida y algún hijo que muere empachado de drogas. En Los viejos amigos,Rafael Chirbes ensaya una estructura polifónica, no para transmitirnos ninguna verdad sino para que escuchemos. Cada personaje tiene la oportunidad de contarnos su historia. Y en esa oportunidad está en juego su fiabilidad. Se deberá ganar a pulso que le creamos o no. Mientras esto se decide el lector habrá asistido a una representación de la tristeza humana. Casi al final de esta lúcida y bellísima novela, un personaje, casi ajeno a todo lo que ocurre en ella, ruega porque su mujer esté dormida cuando él regrese de sus copeos nocturnos. Es una autoexigencia de decoro y amor. "Es tan misterioso el ser humano", dice el hombre. Esta muestra de delicadeza humana nos viene relatada indirectamente. Pero por una vez, puede que esta anécdota sea lo más aproximado a una metáfora de verdad innegociable que todos los personajes de Chirbes anduvieron buscando durante toda su vida.



Rafael Chirbes / Las novelas se escriben contra la literatura

Rafael Chirbes

"Las novelas se escriben contra la literatura"



El narrador, que publica Los viejos amigos, critica a una generación, la suya, que se olvidó de la tradición republicana y postergó sus sueños igualitarios cuando llegó al poder. Además, revisa la idea de literatura social y arremete contra la cultura como forma de dominación.


Qué podemos hacer para no morirnos de uno en uno?". Con esta pregunta, que quedó sin respuesta, cerró Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1949) la presentación pública de Los viejos amigos,una novela que retrata sin clemencia a una generación que cambió el sueño de la revolución por "las perdices de Zalacaín" y prefirió "curarse con la medicina del olvido en lugar de aprender con el purgante de la memoria".
PREGUNTA. Su generación llegó al poder con unas ideas que quedaron en el camino.
RESPUESTA. ¿Al poder? La mitad de mi generación está por ahí alcoholizada, en los bares, o viendo partidos de fútbol. En La larga marcha, un personaje dice: "Al poder siempre llegan los peores", porque llega el que pacta con el gran hermano, en este caso, el grupo que entendió que lo ineluctable iba a llegar.
P. ¿Por eso se refiere a la transición como una larga traición?
R. Es lo que descubre Max Aub en los sesenta: no hay dos Españas, sólo hay una, la otra no existe. Toda aquella enseñanza de la Institución Libre y los ateneos obreros no nos había llegado. Habían llegado tres poemas de Alberti, pero no esa manera de ver el mundo que no era el crucifijo y el Cara al sol en las escuelas. Aunque recordar esto es crear un problema porque se supone que hemos llegado a un acuerdo y ahora debemos llevarnos civilizadamente. Pero el que ocupó las tierras se quedó con las tierras ocupadas y el que ocupó la cátedra con la camisa azul se quedó con ella. Hubo un pacto para no matarse, pero hay que saber que alguien había perdido.
P. ¿Se abandonó esa memoria?
R. El PSOE se quería ganar a las clases medias provenientes del franquismo, y esa memoria no le servía para nada... hasta que pierde las elecciones. Cuando se descubre que el vaso natural de la otra memoria es el PP se quedan sin referentes porque, como decía Benjamin, la memoria es la apropiación de un hecho pasado. "¿Y ahora?", se dicen. Y empieza la eclosión de la novela de la guerra. Surge el problema de la legitimidad.
P. ¿En qué consiste?
R. La cuestión es: ¿usted de quién procede?, ¿en nombre de quién ostenta el poder? Aznar afirma proceder de ese liberalismo que dice: "En la guerra se mataron los rojos y los azules. Yo soy el centro e inauguro a Max Aub y a Lorca", y la Residencia de Estudiantes se convierte en objetivo privilegiado porque se está saqueando una parte de la memoria que otros han dejado saquear. Los socialistas se lo hubieran impedido uniéndola a su carro triunfal, pero no lo hicieron.
P. ¿Sólo "cuando se perdió el poder, se ganó la memoria"?
R. Sí, se dicen: "Sólo si volvemos a ser los hijos de los republicanos tenemos algo que ofrecer a nuestros votantes".
P. Usted tampoco escapa a la crítica. ¿Sólo se puede escribir contra uno mismo?
R. Tus propios libros terminan contándote cosas que no querías oír. Además, todos mis personajes son yo: egoístas, odiosos, bondadosos...
P. ¿Por qué recurre en Los viejos amigos a una sucesión de monólogos?
R. Porque es una época de dispersión: esa gente vive sola y va a morir sola. No hay un superyo moral que organice todo eso. Ni siquiera me valían los diálogos, porque no hay un proyecto común.
P. Pero lo hubo: la revolución, el fantasma de su novela.
R. Un fantasma idealizado y absurdo.
P. ¿En qué momento se produjo la resignación?
R. Lo he dejado oscuro porque los personajes ven cómo sus proyectos se degradan. Ninguno hace el trabajo que quería. El escritor vende chalets, el arquitecto se rinde a su suegro... Hay un momento en el que se acepta la vida provisional, o sea, no se renuncia a la revolución, pero se dice: "Yo de momento voy a hacer esto otro". El problema es el "de momento".
P. "Lo que sabíamos iba contra lo que necesitábamos", escribe. Lo que desactiva la revolución no es la represión...
R. Es el dinero, el desarrollo.
P. ¿Hay un punto medio entre ser colaboracionista o marginal?
R. No sé. Éste no es un libro de teoría política. Se trata de que cada uno se pregunte dónde está. Contar eso, que la vida no se puede vivir provisionalmente porque uno no se queda embalsamado, sino que se degrada. La vida es muy corta: crees que estás madurando, y lo que pasa es que te estás muriendo.
P. ¿Y qué podemos hacer para no dejarnos morir de uno en uno?
R. Cuando no tienes un proyecto común estás muerto.
P. ¿Por qué?
R. La idea de la muerte se vuelve tremenda cuando no hay continuidad, cuando morir es un acontecimiento, porque en las edades de oro no se moría: quedaba la obra, el trabajo.
P. Se dice de usted que es un novelista social.
R. No sé si social. Lo que pasa es que no me gusta que me engañen. A lo mejor lo que soy es un novelista orgulloso, por ir contra las versiones oficiales.
P. Eso supone creer que las palabras pueden cambiar algo, sin embargo, usted sostiene que la literatura es inane.
R. Tengo una sensación rara, porque sospecho de la cultura como forma de dominación. No como saber más sino como saber más que, como una forma de tapar la boca al otro. Hemos tomado el poder los de la palabra, y los que realmente hacen cosas -casas que no se caen, carreteras que no se hunden- son los que mueven la sociedad, eso sí, al dictado de una serie de señores que nos hemos apropiado de sus cabezas.
P. También es muy crítico con la literatura "ligera".
R. Estoy contra la literatura que te deja feliz contigo mismo y pensando que los demás son menos que tú porque no han leído lo que tú lees, contra la literatura como sofá y como trono.
P. Otra de sus críticas: el arte por el arte es "negocio por el negocio".
R. Esa idea viene de Hermann Broch. El arte por el arte es falta de escrúpulos. Las novelas se escriben siempre contra la literatura, que es lo que hay, lo establecido.
P. ¿Ve demasiada comodidad en el panorama español?
R. Los escritores que han entrado en los grandes grupos han acabado siendo iguales, mirando el mundo desde el mismo sitio. A sus columnas les puedes intercambiar la firma. Hay mucha caridad cristiana, mucho no al chapapote, no a la guerra, no a Aznar. Todo eso lo doy por supuesto.
P. Tan crítico con "los suyos", ¿no tiene miedo de que lo llamen conservador?
R. ¿Conservador? ¿Crees que los del PP se tragan este libro?
P. No lo leerán.
R. Ahí voy. Yo escribo para mi público. Con el señor Fraga, que fue ministro del Interior mientras yo estaba preso en Carabanchel, no tengo ninguna discusión ideológica que hacer. Intento escribir desde donde creo que se puede crear, desde mi generación y desde los que vengan por ahí. ¿De qué vamos a hablar Rato y yo? Tendré que hablar conmigo ¿no?


jueves, 5 de junio de 2003

Rafael Chirbes / Los viejos amigos



Rafael Chirbes describe el desencanto 

de una generación en 'Los viejos amigos'

AURORA INTXAUSTI Madrid 5 JUN 2003
Crítico y radical se manifestó ayer Rafael Chirbes en la presentación de su último trabajo, Los viejos amigos (Anagrama), que, según dijo, cierra un ciclo novelístico porque cuenta el final de una generación, la suya, que "soñó con cambiar el mundo, pero aplazó el momento", lo que hizo que ya no sirviera para nada.
Chirbes (Tabernas de Valldigna, Valencia, 1949), autor de La larga marcha y La bella escritura, novelas en las que refleja la época franquista y sus consecuencias para España, termina ahora con Los viejos amigos una etapa de su vida literaria. "No sé si será mi última novela o no, lo que sé es que me he quedado vacío". La obra de Chirbes parte del encuentro de un grupo de viejos camaradas que se reúnen para una cena, años después de haber tenido un proyecto común que no llegó a ninguna parte.
Los amigos hacen repaso en esa reunión de sus vidas y el tiempo les devuelve la imagen de unas existencias vividas provisionalmente, en las que el vacío se llena a menudo de culpa, desengaño, rencor o traición; en definitiva, de vida. Los comensales y actores principales de esta novela son un constructor, un pintor que trabaja de vigilante en un hotel, una profesora, una publicitaria y un novelista fracasado que vende apartamentos a los turistas, cuyas vidas se contradicen y ponen en evidencia el vacío de ciertos discursos ideológicos.
Los viejos amigos, según Chirbes, son personas que, en el fondo, "son todos yo". El novelista acepta que "pinto poco en este mundo", en el que prolifera mucha basura en todos los frentes, incluido el literario, donde la gente escribe de lo que la gente quiere leer, aunque precisó que todavía quedan algunos que hacen cosas diferentes.


viernes, 23 de mayo de 2003

Clint Eastwood / El tren irrefrenable del destino

 


El tren irrefrenable del destino

Daniele Creamer
Cannes,23 de mayo de 2003

"La historia trata sobre la fuerza del destino, que es como un tren irrefrenable del cual uno no se puede bajar, te guste o no". Clint Eastwood justificó así la violencia y la fatalidad que envuelven Mystic River, una adaptación del thriller psicológico homónimo de Dennis Lehane. "A los estudios no les interesó en un principio la trama pues no se trataba de Mystic River reloaded", dijo, "sino de cosas serias para adultos. Ya estoy muy viejo para hacer ese tipo de producciones artificiales, o cómics, que son los que más dinero producen".

Eastwood llegó ayer a Cannes acompañado por gran parte de su elenco estelar: Tim Robbins, Kevin Bacon y Laura Linney, quienes se declararon profundamente satisfechos de su participación en la película. "A Sean Penn le fue imposible venir por motivos de agenda", aclaró el cineasta. "Habría recitado hasta la guía telefónica con tal de trabajar con Clint", dijo riendo Linney. "Ni siquiera tuve que leer el guión para aceptar este papel". "Yo sí lo hice, y enseguida continué con el libro, pues me parecía un sueño estar involucrado en esta historia", afirmó Bacon. "Incluso como iniciativa nuestra, seguíamos haciendo lecturas del guión después de cada día de rodaje, aunque no estuviera presente Clint", señaló Robbins. "Y yo los elegí a todos ellos porque yo me veía demasiado joven para la película", continuó bromeando a su lado Eastwood.




También aclaró que en esta ocasión, no ejerce de actor porque "ha sido más descansado estar solo detrás de la cámara. La idea inicial de alternar los dos trabajos era precisamente ésa: una suave transición de la interpretación a la dirección. Con Mystic River lo he conseguido. Pero, ¿retirarme del cine? Lo he pensado durante 30 años, y aquí me tienen. Listo para mucho más".

Además, la Unesco concedió ayer la Medalla de Oro Fellini a Clint Eastwood y al director de Sri Lanka Lester James Peries, informa Efe. Este premio fue creado en 1995 para distinguir "grandes carreras cinematográficas e iniciativas originales tendentes a hacer vivir el séptimo arte". Ambos cineastas recibirán el galardón hoy en Cannes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 23 de mayo de 2003.

EL PAÍS



Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush



Clint Eastwood hace en 'Mystic River' una dura réplica a la América de Bush

Interpretación apasionada y corrosiva de Sean Penn y Tim Robbins en un 'thriller' modélico



ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Cannes, 23 de mayo de 2003

Es Mystic River uno de los grandes trabajos de Clint Eastwood como director. Es un thriller que rompe los límites del género y que invade -con la persuasión de la sugerencia- territorios centrales de la vida en EE UU y de su cristalización en modelos de comportamiento propios de una sociedad en conflicto consigo misma. No es un filme político, sino un relato negro modélico, pero con tan poderosas calidades metafóricas que, sobre todo a través de las presencias corrosivas de Sean Penn y Tim Robbins, contiene una respuesta durísima al fantoche de esa "patria americana" que G. Bush maneja como banderín de enganche a su política ultraconservadora.

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Representa Mystic River un complicado tejido de historias cruzadas a lo largo de un cuarto de siglo en una barriada de Boston. Arranca de un día de finales de los años setenta en que un niño de 10 años es secuestrado, ante los ojos desencajados de dos amigos suyos, por dos pederastas que lo violan en un bosque cercano. Ahora, 25 años después, los tres niños son adultos situados en tres vértices de un esquemático triángulo de prototipos de ciudadanos encerrados en el barrio periférico bostoniano donde transcurren sus vidas.

Uno, Kevin Bacon, es un recto y atildado funcionario, un policía de homicidios herido por un mal matrimonio; el segundo, Sean Penn, se ha convertido en el cacique local de una organización mafiosa y en padre satisfecho de tres chicas adolescentes; y el tercero, el que fue secuestrado y violado, Tim Robbins, es un asalariado común, no cualificado, y un hombre perturbado e inseguro que sobrevive con una esposa y un hijo que le aman, mientras su cerebro, con la memoria estancada en el crimen de que fue víctima, va hacia atrás, a la deriva.

Un día, la intromisión del crimen en sus vidas vuelve a cortar el aliento de los tres hombres y rompe el precario equilibrio de ese triángulo social del que son vértices. La hija mayor del capo mafioso Sean Penn es brutalmente asesinada; el detective Kevin Bacon recibe el encargo de la investigación del crimen y su busca le abre ante los ojos un cúmulo de indicios de que el asesino es el tercer amigo, Tim Robbins. Y el dispositivo argumental se dispara con este cambio de roles hacia la metáfora.

Es la metáfora que teje la tela de araña de una siniestra componenda de hipocresía y de cinismo desatados, bajo el que asoma, como la parte visible de un enorme iceberg, una visión de la vida ahora mismo en Estados Unidos que, a través de continuos giros en la apasionante intriga, de sutiles llamadas al espectador para que entre en el juego de la excepción y la norma y de signos de un diagnóstico psicológico y social que convierte la trama del filme -desplegada de manera insuperable por el gran guionista Brian Helgeland, al que en España conocemos por L. A. Confidential, y elevada con formidable maestría a la pantalla por Clint Eastwood- en un jarro de vitriolo contra el rostro de ese fantasma de América soñado por la pesadilla de George Bush.

No es, no puede serlo, ajena a la causticidad y al pesimismo y la negrura de esta réplica a la pesadilla política que se cierne sobre los Estados Unidos, la presencia en la pantalla de dos rostros con fuerza de iconos -Sean Penn y Tim Robbins- en la respuesta abierta y frontal de una heroica minoría de las gentes del cine estadounidense a los caminos que está abriendo el apoyo de sus paisanos a la aventura militar, que no ha hecho más que comenzar, de los dueños del poder de Washington en el planeta. Ambos hacen en Mystic River una interpretación apasionada y eminente, y se tiene la tentación de añadir a la de Tim Robbins el inefable destello de lo que está fuera de norma, de lo excepcional, incluso de lo genial.

Y ahora, mientras engordan las listas negras de una nueva caza de brujas -anteayer, sin ir más lejos, los portavoces del poder en Hollywood, Variety y Hollywood Reporter, proclamaron sin rubor el disparate de que la película del danés Trier Dogville es "un ataque a toda la nación americana", lo que no hace falta ser un lince para interpretar como una temible y desalmada advertencia a la díscola Nicole Kidman de que debe atenerse a las consecuencias- admira que el coraje de Robbins y Penn y la fuerza de convicción que transmiten, ponga de manifiesto que ambos están respondiendo con elocuencia y dando la cara con las armas de su talento a esas "consecuencias".

Más a ras de suelo, tras Mystic River, el concurso siguió con el ambicioso y frustrante poema visual Padre e hijo, del ruso Alexandr Sokurov. El austero discípulo del gran Andréi Tarkovski sigue erre que erre en busca de la química de lo exquisito. Y casi lo alcanza, pero sólo en instantes fugaces, que se desvanecen en el hermetismo del conjunto. Y más atrás queda una muy pobre adaptación de La gaviota, de Anton Chéjov, con el título de La pequeña Lilí, por el francés Claude Miller. Desde fuera no se ve sentido a esta profanación de un drama sagrado, pero por la tibia respuesta que obtuvo aquí parece que también los franceses cerraron los ojos viéndola. 


sábado, 5 de abril de 2003

La Audiencia de Barcelona obliga a Galaxia a retirar un libro de Borges


Jorge Luis Borges


La Audiencia de Barcelona obliga a Galaxia a retirar un libro de Borges


Barcelona
5 de abril de 2003

La Audiencia Provincial de Barcelona ha dictado una sentencia en la que reconoce la coautoría de Norman Thomas di Giovanni y de Jorge Luis Borges de la obra Un ensayo autobiográfico, que Galaxia Gutenberg (Grupo Bertelsmann) publicó únicamente con el nombre de Borges; el de Di Giovanni consta en el libro como colaborador.
La Audiencia condena a Galaxia a cesar en "la explotación de la obra, a indemnizar económicamente a Norman Thomas di Giovani y a publicar la sentencia en tres diarios de distribución nacional por haber editado y comercializado el libro sin su autorización". Fuentes de Galaxia informaron ayer de que publicaron el libro con el consentimiento de María Kodama, la viuda de Borges. En un primer juicio se les dio la razón a ellos, pero Di Giovanni recurrió. Tanto Kodama como Galaxia, según esta editorial, entendieron que el único autor de libro fue Borges y que Di Giovanni colaboró como anotador.
Un ensayo biográfico, aparecido en inglés en The New Yorker en 1970, fue traducido y publicado por Galaxia en 1999, con motivo del centenario de Borges, con fotografías del escritor argentino suministradas por Kodama, un texto de ella y prólogo del especialista Aníbal González.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de abril de 2003


viernes, 4 de abril de 2003

Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte


Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte

El actor protagoniza, con el cantante Johnny Hallyday, 'El hombre del tren'


OCTAVI MARTI
París 4 ABR 2003


El actor francés Jean Rochefort ha rodado más de ochenta filmes, con directores como Luis Buñuel o Robert Altman, por ejemplo, pero también a las órdenes de compatriotas de cuyos equipos es casi un habitual, como es el caso de Bertrand Tavernier, Philippe de Brocca o Patrice Leconte. Con este último ha trabajado en cinco oportunidades, la última de ellas en El hombre del tren.
"No siempre le digo que sí a Patrice. Todo depende del guión, y en este caso el de Claude Klotz era muy bueno. Con él existe una relación de amistad casi familiar, como si fuésemos primos y de niños hubiésemos pasado juntos varias vacaciones. No siempre estamos dispuestos a embarcarnos juntos en una aventura, pero cuando lo hacemos es siempre con placer", explica Rochefort con su proverbial elegancia verbal. "No crea, hablar con precisión y riqueza es una característica que algunos asocian con el amaneramiento. Esta mañana un periodista ruso no ha cesado de interrogarme sobre mi relación homosexual con Johnny Hallyday hasta que me he levantado y le he besado en la boca".




A Rochefort le encanta resolver los embrollos aumentando el caos. Forma parte de su peculiar sentido del humor. En El hombre del tren, Leconte puede explotarlo a fondo. "Claro. Mi personaje es el de un profesor de Literatura que lleva toda la vida viviendo en su ciudad de provincias natal y en la misma casa familiar. Nunca ha cesado de soñar con una vida aventurera y un día el azar hace que ésa irrumpa en su domicilio a través de un gánster en decadencia, Johnny, que sólo piensa en abandonar las pistolas para calzarse unas pantuflas y descansar sentado ante el fuego de la chimenea". Son destinos que se cruzan, personalidades que se intercambian, admiración por quienes habitan en un mundo e imaginan otro radicalmente opuesto. "El gran mérito de Patrice es haber sabido estilizar la historia, convertirla en un western a base de depurar la trama y la imagen hasta dejarla justo en lo imprescindible. Sabe crear lirismo con muy pocos elementos, darle trascendencia a lo cotidiano". Eso queda muy bien explicado desde la llegada de Johnny Hallyday al pueblo: todas las tiendas cierran a su paso, no vemos a nadie, pero también cuando Rochefort decide enfrentarse con los gamberros locales en el bar, de pronto metamorfoseado en saloon. "La idea de filmarlo todo en scope y de iluminar los lugares con focos rasantes, crepusculares, contribuye a darle a la historia el tono adecuado".
Una vez más, Leconte obliga a Rochefort a cortarse el pelo. "Y lo mejor es que en este caso no hay una razón real para ello, como sí la había en Ridicule. Nadie está a salvo; La maté porque era mía, El marido de la peluquera o Cómicos en apuros.Patrice envidia mi fama de seductor heterosexual y piensa que cortándome el pelo, como Sansón, voy a perder mi potencia. Se equivoca", dice muy serio, pero escapándosele la risa por los ojos cuando ve a un colega japonés que anota su respuesta sin darse cuenta de que a él también le divierte tomar el pelo a los periodistas. "En la filmografía de Patrice, normalmente las películas complicadas, con muchos actores y localizaciones, van precedidas y seguidas de otras mucho más intimistas. Lo cierto es que se maneja muy bien en los dos casos, es alguien que rueda con mucha seguridad, que te hace sentir cómodo en el plató. Eso, para mí, que he vivido la experiencia traumática del Quijote de Terry Gilliam, durante un rodaje en el que creí morir y en el que descubrí que muchos querían que realmente muriese para que la compañía de seguros pagase todos los problemas derivados de la anulación del proyecto, esa comodidad es muy importante".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003


El hombre del tren / La amistad del poeta y el samurái



EL HOMRE DEL TREN

La amistad del poeta y el samurái


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
4 ABR 2003

Es El hombre del tren un reconfortante tú a tú -engarzados sus talentos por la generosa mirada de Patrice Leconte- entre dos rostros tan poderosos como antitéticos. Por un lado, el hervidero de signos expresivos del flaco y alargado gesto quijotesco de Jean Rochefort, uno de los grandes del cine francés; y, por otro, la jeta pálida, marmórea, seca y peligrosa, quizá hostil o quizá secretamente tierna del viejo rockero Johnny Hallyday, que se asoma a la pantalla y encuentra frente al espejo que le ofrece Rochefort una sorprendente (para un actor curtido, pero ocasional) capacidad de réplica. No es fácil estar a la altura de un genio de su oficio, y Hallyday lo está.

Es todo un hallazgo, toda una sacudida de originalidad, de gracia y de fuerza esperpéntica, el encuentro, el idilio y el choque de un pistolero aficionado a la poesía, que por azar se instala en su casa, con un poeta aficionado a las pistolas. Saltan chipas de ingenio de este dúo, que discurre apaciblemente, entre apacibles meandros de la vida cotidiana -y merece la pena detenerse en las inefables escenas de la cena, del tiro al blanco y de la panadería, entre muchas más-, en una pequeña ciudad francesa, hasta que el relato se acelera y conduce a una tacada de acción y violencia que, por desgracia, está resuelta de forma onírica casi metafórica, cosa que desentona y choca con un discurso cinematográfico previo lleno de fisicidad y de concreción.

EL HOMBRE DEL TREN

Dirección: Patrice Leconte. Guión: Claude Klotz. Intérpretes: Jean Rochefort, Johnny Hallyday, Charlie Nelson, Pascal Parmentier, Isabelle Petit-Jacques, Jean François Stévenin. Género: drama. Francia, 2002. Duración: 90 minutos.
Pero se trata sólo de un discutible remate de unos minutos confusos a hora y media de cine nítido y que rebosa inteligencia. Eso sí, con la inoportunidad de que tan hueca salida ocurre al final, como si la escritura de Claude Klotz hubiera buscado y rebuscado otro desenlace en acuerdo formal con el desarrollo y no lo hubiera encontrado, eligiendo como vía intermedia y mal menor un rizo literario para un planteamiento nada literario, que obedece a una austera ecuación entre gesto e imagen. Esto se pone de manifiesto en el hecho de que Patrice Leconte filma y da lógica al guión mediante largos encadenamientos de planos cercanos, de encuadres medios, que obligan a ese aludido y eminente tú a tú entre los intérpretes a tomar la batuta de la creación de fondo. De ahí que sea justo insistir en la generosidad de Leconte al cederles el mango de la sartén, o la autoría.

Una película de estas características sólo puede ser sostenida por sus intérpretes si éstos a su vez son sostenidos desde la escritura por un juego de réplicas y contrarréplicas que les deje devanar la madeja de la idea y de las situaciones a que conduce esta idea, y con su hilo tejer la secuencia graduando el gesto en el borde de la sobreactuación, pero sin caer en sus redes. Y eso hacen Rochefort y Hallyday, dar una lección de cómo conjugar con tacto las luces y las sombras de dos rostros capaces de representar formas hondas y crispadas de soledad y extraer de ellas formas igualmente hondas de amistad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003