
Los aplausos, la verdadera droga que mató a Charles Dickens
En su nuevo ensayo, el escritor francés Philippe Delerm indaga en los diez últimos años de vida del autor de 'Grandes esperanzas'
Laura Gómez Ruiz
Barcelona, 7 de julio de 2026
¿Qué es lo que mata a un escritor, más allá de los achaques propios de la edad? Si bien esta es una pregunta muy amplia, Philippe Delerm (Auvers-sur-Oise, Francia, 1950) cree tener una respuesta para el caso concreto de Charles Dickens:la vanidad. O, lo que es lo mismo, el deseo excesivo de ser admirado. No le hace falta más que 93 páginas para desarrollar su explicación, publicadas en forma de ensayo de la mano de Navona: El suicidio exaltado de Charles Dickens.
En su libro, Delerm detalla cómo en sus últimos años de vida Dickens sentía la necesidad de entregarse al público, como si de una rock star literaria se tratase. El hecho de sentirse amado por los lectores fue su mayor motor de vida y, a la vez, aquello que lo llevó al límite, pues entregaba cuerpo, voz y alma. “Su fama como autor no le bastaba. Anhelaba estar en el escenario, experimentar una conexión directa con el público”, explica a La Vanguardia por correo electrónico.
Su fama como autor no le bastaba”
Escocia, Inglaterra, Estados Unidos… Las giras no cesaban. Su necesidad de aplausos provenía de lo más profundo de su ser. “Le afectó la indiferencia de su madre, la irresponsabilidad de su padre y el hecho de que se favorecieran los talentos artísticos de su hermana mientras él era enviado a trabajar, siendo un niño, a una fábrica de betún para zapatos”.
No ayudaba tampoco su situación en casa ya de adulto: “Su discordia con su esposa, su decepción al no encontrar en sus numerosos hijos ninguna de las cualidades que había esperado, probablemente reforzaron su sentimiento de soledad y su deseo de encontrar en otro lugar el amor que no hallaba en la vida”. De hecho, Dickens reconoció en más de una ocasión a la prensa preferir a sus personajes que a sus propios hijos.

Ese “fracaso” desde sus inicios en su vida personal le llevó a querer quemar gran parte de su correspondencia, para que no quedara rastro alguno de lo que él consideraba una debilidad. “La correspondencia, a su juicio, era una fuente potencial de comentarios que podrían haber distorsionado la fuerza y verdad de su obra”.
El miedo a la muerte también le llevó a buscar consuelo fuera de casa. Un temor que fue a más tras sufrir un accidente ferroviario en el que murieron muchos de los pasajeros que iban en su mismo tren. El convoy descarriló al cruzar un viaducto en reparación y el vagón del escritor quedó colgando al borde del abismo, pero pudo salvarse sin apenas rasguños. “Es indudable que la embriaguez del escenario era para él una forma de alejar la idea de la muerte, paradójicamente, ya que también constituía una clara forma de suicidio postergado”, señala Delerm.
Es indudable que la embriaguez del escenario era para él una forma de alejar la idea de la muerte”
A la vista está que el público era pues su droga y su escape para alejar temores e incomodidades. Tanto, que cuando su salud ya no le permitía subir al escenario, por excesivo cansancio y dolores físicos varios que, tal y como recuerda Delerm, “llegaron a ser insoportables”, Dickens aceptó tomar lo que fuera con tal de poder cumplir su propósito. Así pues, encontró una segunda dependencia, el láudano, un potente analgésico ampliamente recetado en el siglo XIX que hoy en día es considerado altamente adictivo y ya no se receta.
Cada vez que Delerm habla a sus amigos o en alguna presentación literaria sobre los últimos años de Charles Dickens y su ansiedad por encontrar el calor de la gente, se topa con caras de incredulidad. “Me di cuenta de que la pasión de Dickens por las lecturas públicas, durante unos diez años al final de su vida, era completamente desconocida. Ahí radicaba el secreto de una vulnerabilidad que, a la vez, era fuente de profunda alegría, una especie de adicción que lo llevaba a abandonar toda cautela”, cuenta el autor, que rápidamente vio que de ahí podía nacer un ensayo.
El escritor francés confía en que tanto su libro como las anécdotas que se cuentan en él sirvan para que las nuevas generaciones se acerquen a Dickens. “Muchos autores considerados entre los más grandes son, en realidad, poco leídos hoy en día. Pero el caso de Dickens es especial. Su nombre está tan estrechamente ligado a la infancia, al cine y a los musicales, que cuando se menciona su nombre, la gente siempre dice: ‘Debería releerlo’, como si perteneciera a su mundo infantil”.
Pero el formidable humor de Dickens —insiste — es muy difícil de comprender antes de los doce o trece años. Y, como ocurre con tantos otros autores, existe esa sensación de saber demasiado sobre alguien a quien realmente no se conoce”. ¿Se cumplirá el propósito de Delerm de que la gente pueda conocer mejor al genio literario? De nuevo, esta es una pregunta que solo el tiempo solventará pero, como mínimo, el lector tendrá la oportunidad de conocer las dos caras del autor. Una tendencia, la de exponer las vulnerabilidades (y no solo los éxitos), que parece que va a más en la producción ensayística y que ayuda a humanizar a quienes hasta hace no tanto parecían inalcanzables.
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