sábado, 11 de julio de 2026

Charles Dickens / “Quiero más”

 


Charles Dickens
“Quiero más”

Caminaba el señor Bumble muy deprisa, y el pobre Oliver trotaba a su lado asido con fuerza a su bocamanga galoneada. Cada cuarto de milla que recorrían le preguntaba si llegarían pronto. El señor Bumble contestaba siempre con sequedad y dureza, pues la influencia bienhechora que en su carácter operara el refresco se había evaporado, y volvía a ser el estirado bedel.


    Un cuarto de hora apenas habría transcurrido desde que Oliver penetrara en el recinto del hospicio y no había hecho más que acabar de triturar entre sus dientes el segundo bocado de pan, cuando el señor Bumble, que al entrar le había confiado a los cuidados de una vieja, volvió para decirle que era noche de junta y que ésta le mandaba que se presentara ante ella.
    Como el pobre Oliver no tenía noción exacta de lo que era una junta, quedó admirado al oír la noticia y sin saber con precisión si debía reír o llorar. Verdad es que no le concedió mucho tiempo para hacer grandes reflexiones el señor Bumble, quien le dio con el bastón, un golpecito en la cabeza para indicarle que se levantase, y otro en la espalda para despertar el movimiento de sus piernas, mandándole a continuación que le siguiese y conduciéndole a una habitación blanqueada de grandes proporciones, donde se hallaban sentados alrededor de una mesa ocho o diez señores muy gruesos, presididos por otro de mayor corpulencia y de cara redonda y colorada, que ocupaba un sillón más elevado que los de los demás.
    —Saluda a la Junta —dijo Bumble.
    Secó Oliver dos o tres lágrimas que rodaban por sus mejillas, y saludó.
    —¿Cómo te llamas, niño? —preguntó el señor del abdomen más desarrollado.
    La vista de tantos caballeros intimidó a Oliver, de quien se apoderó un temblor que le privó del uso de la palabra; pero a bien que allí estaba el señor Bumble para soltarle la lengua. Aplicóle un golpe en la espalda que le hizo llorar, y el miedo a las caricias del bedel, y el miedo a los señores de la junta, fueron acicates que obligaron al niño a responder, bien que con voz temblorosa. Uno de aquellos señores, que llevaba chaleco blanco, dijo a Oliver que era un imbécil, el más excelente medio para animarle y tranquilizarle.
    —¡Niño! —dijo el señor del alto sillón—. Escúchame: supongo sabrás que eres huérfano.
    —¿Qué es eso, señor? —preguntó el infeliz Oliver.
    —Este chico es idiota... lo habría jurado en cuanto le vi —exclamó el del chaleco blanco.
    —¡Silencio! —dijo el que había hablado primero—. Sabes que no tienes padre ni madre, y que te ha criado la parroquia, ¿no es cierto?
    —Sí, señor —respondió Oliver llorando amargamente.
    —¿Por qué lloras? —preguntó admirado el del chaleco blanco.
    Cosa extraordinaria, en verdad; ¿por qué había de llorar el mimado de la fortuna?

    —Supongo que rezas todas las noches —observó otro de aquellos señores con tono gruñón—, y que ruegas por los que te alimentan y cuidan de ti, como buen cristiano que sin duda eres, ¿no?
    —Sí, señor —balbuceó el niño.
    Sin darse cuenta, el que acababa de hablar había dicho una gran verdad. Hubiera sido muy de cristiano, pero de cristiano excepcionalmente perfecto, rezar por los que alimentaban y cuidaban de Oliver. Este, sin embargo, no lo hacía, sencillamente porque nadie le había enseñado a rezar.
    —Muy bien —repuso el señor de cara extracolorada, el del alto sillón—. Te hemos traído aquí para que recibas una educación conveniente y aprendas un oficio útil.
    —Así, pues, mañana a las seis comenzarás a recoger leña —añadió el del chaleco blanco.
    La combinación feliz de los dos beneficios que a Oliver se concedían, la educación y la enseñanza de un oficio útil, en una operación tan sencilla como la de recoger leña, bien acreedora era al agradecimiento más profundo. El niño hizo a la junta una reverencia profundísima, obedeciendo órdenes del bedel, y salió conducido por el mismo guía a una gran sala, donde se le permitió pasar la noche sollozando o riendo, como quisiera, tendido sobre una cama dura como un guijarro. ¡Ejemplo notabilísimo de la dulzura de los reglamentos de nuestra cariñosa Inglaterra! ¡Permiten dormir a los pobres!
    ¡Desventurado Oliver! Lejos estaba de pensar, mientras dormía en la dichosa ignorancia de lo que alrededor suyo pasaba, que aquel día mismo había tomado la junta una resolución que debía ejercer una influencia material inmensa en sus destinos futuros. El acuerdo estaba adoptado y era el siguiente:
    Los miembros de la junta eran varones eminentemente sabios, eminentemente profundos y eminentemente filósofos, y como consecuencia, al fijar su atención en el hospicio, no pudieron menos de ver lo que espíritus superficiales nunca hubieran sospechado: ¡Los pobres huerfanitos tenían cariño a la casa! El hospicio venía a ser para ellos un lugar de recreo, una fonda donde no tenían que pagar; un almuerzo, comida, merienda y cenas gratis asegurado para todo el año, un lugar encantador, un cielo de mampostería donde todo el mundo se divertía y nadie trabajaba.
    —¡Se acabó! —dijo la junta, como quien ha resuelto un gran problema—. Nosotros pondremos las cosas en su punto, haremos que cese el abuso, y lo haremos enseguida.
    Y, en efecto, a reflexión tan cuerda, siguió el acuerdo, que vino a ser principio fundamental en la Casa: todo huérfano podía elegir libremente (a nadie se obligaba, téngase esto muy presente) entre morirse de hambre poco a poco y por grados, si permanecía en el hospicio, o rápidamente y de una vez saliendo de él.
    Con ese objeto a la vista, contrataron con la administración de aguas cantidad ilimitada de este precioso líquido, y con un contratista de trigo, el suministro periódico de cantidades insignificantes de harina de avena. Hecho esto, señalaron a cada huérfano tres ligeras raciones al día de gachas muy claras, a las que se añadiría una cebolla dos veces por semana y medio panecillo los domingos. Con las mujeres, pues el establecimiento, a la par que hospicio era asilo, se tomaron así mismo otras disposiciones tan sabias como humanitarias, que no es necesario mencionar. La junta, llevando a extremos inconcebibles su bondad, acordó tomar a su cargo la obra de divorciar a los pobres casados, a fin de evitarles los gastos enormes y molestias de un proceso entablado ante el tribunal eclesiástico, y en vez de obligar al marido a sostener con su trabajo a la familia, le separaron de ella, convirtiéndolo en soltero.
    Es incalculable el número de personas de todas las clases sociales que se hubieran aprovechado de esas dos ventajas, si no hubiesen ido aparejadas con la necesidad de ingresar en el establecimiento. Los miembros de la junta, hombres de gran talento y previsión, obviaronla dificultad. Para disfrutar de los beneficios era indispensable someterse al régimen de gachas, perspectiva que, como es natural, horripilaba a todos.
    A los seis meses de la llegada de Oliver al hospicio-asilo, el nuevo sistema estaba en pleno vigor. Al principio ocasionó muchos gastos, pues hubo necesidad de pagar más al empresario de pompas fúnebres, así como también al sastre, quien hubo de estrechar los vestidos de todos los pupilos, cuyos cuerpos, adelgazados y reducidos a la condición de esqueletos vivos de milagro, después de una semana de alimentarse con gachas, daban a aquéllos aspecto de trajes vacíos ambulantes. En cambio, el número de pupilos disminuyó notablemente, y los señores de la Junta estaban sumamente contentos.
    Comían los niños en una gran sala, en cuyo extremo veíase una descomunal caldera, junto a la cual, el jefe de cocina, cubierto con un delantal, repartía, ayudado por dos mujeres, las gachas a las horas de comer. Cada niño tomaba una escudilla llena de gachas, nunca más, salvo los días de grandes festejos públicos, en que se les daban, además, dos onzas y un cuarto de pan. No era necesario fregar las escudillas, pues los niños las limpiaban y hasta les sacaban brillo con sus cucharas; y una vez terminada esta operación, que nunca duraba mucho por ser las cucharas tan grandes como las escudillas, quedaban sentados mirando con avidez tal a la caldera, que demostraban harto elocuentemente el placer con que hubieran devorado hasta el cobre de que estaba hecha, y chupando al propio tiempo sus dedos a fin de no dejar en ellos ni un átomo de gachas.
    Por regla general, los niños disfrutaban de un apetito excelente. Tres meses hacía que Oliver Twist y sus compañeros sufrían las torturas de una consunción lenta, y el hambre concluyó por extraviarlos hasta extremo tal, que un muchacho, ingresado ya muy talludito en el benéfico establecimiento, y no habituado a semejante régimen alimenticio (su padre había sido dueño de una modesta casa de comidas antes de dejarle huérfano), dijo un día a sus compañeros que, si no le daban otra escudilla de gachas per diemademás de la reglamentaria, era más que probable que acabase por devorar alguna noche al niño que ocupaba la cama inmediata a la suya que acertaba a ser muy corto en años y más corto todavía en fuerzas.

    Como al hablar de esta suerte, miraba con hosquedad a sus compañeros, creyéronle éstos. Celebraron junta, deliberaron, echáronse suertes para saber quién sería el que aquella misma noche, a la hora de cenar, pediría al jefe de cocina una ración más que la de costumbre, y la suerte designó a Oliver Twist.
    Llegada la hora, los muchachos ocuparon sus puestos. El jefe de cocina, embutido en su delantal, se colocó al lado de la caldera. Los asilados se pusieron en fila; fue servida y consumida la ración y se dieron gracias. La cena estaba terminada; pero los chicos comenzaron a cuchichear entre sí, hicieron guiños y señas a Oliver, y los que estaban más cerca de éste le empujaron disimuladamente con el codo. Oliver, aunque niño, sentía el acicate del hambre; el exceso de miseria le había exasperado; y dejando su puesto, resuelto a todo, bien que un poquito asustado ante su propia temeridad, se adelantó hacia el jefe de cocina, llevando la escudilla en una mano y la cuchara en la otra.
    —Tengo hambre, señor; hágame el favor de darme un poco más —dijo.
    Grueso y coloradote era el jefe de cocina; pero la sorpresa le dejó pálido. En su estupefacción, mantuvo clavadas sus miradas atónitas sobre el pequeño rebelde por espacio de buen número de segundos. Las mujeres que le ayudaban dirigíanse miradas de estupor; los niños temblaban de espanto.
    —¿Qué dices? —preguntó al fin el jefe de cocina, con voz débil.
    —Que tengo hambre, señor; que necesito más.
    El jefe de cocina tiró el cucharón la cabeza del muchacho, agarró éste entre sus brazos y llamó a grito herido al bedel.
    Estaba la junta reunida en sesión solemne, cuando penetró en el salón el señor Bumble, presa de una excitación terrible, y, dirigiéndose al presidente, dijo:
    —¡Perdóneme el señor Limbkins si le interrumpo! ¡Oliver Twist ha pedido más ración!
    Estupefacción general; expresión de horror en todos los semblantes.
    —¿Que ha pedido más? —contestó el señor Limbkins—. Tranquilícese usted, señor Bumble, y contésteme con claridad. ¿Significan sus palabras que pidió más después de recibir la ración señalada por el reglamento?
    —Sí, señor —respondió Bumble.
    —Ese niño morirá en la horca —dijo el miembro del chaleco blanco—. Aseguro que ese niño ha de morir ahorcado.
    A nadie se le ocurrió contradecir la opinión profética de aquel caballero. Sobrevino una discusión acalorada. Oliver fue recluido inmediatamente en el calabozo del establecimiento, y a la mañana siguiente, un anuncio, pegado a la puerta exterior del edificio, ofrecía cinco libras esterlinas de premio al que quisiera librar a la parroquia de la persona de Oliver Twist. Más claro: el anuncio ofrecía cinco libras, juntamente con la persona de Oliver, a todo hombre o mujer que necesitara un aprendiz para cualquier oficio, industria o empleo.
    —Si en mi vida he estado alguna vez convencido de una cosa, es ahora —decía el caballero del chaleco blanco al día siguiente, al llegar al hospicio y ver el anuncio pegado en su puerta. Estoy convencido, firmemente convencido, de que ese niño ha de morir ahorcado.
    Como quiera que en el curso de esta historia me propongo dar a conocer si se cumplió o no el vaticinio del caballero del chaleco blanco, sería despojar a esta narración de todo interés, suponiendo que alguno tenga, insinuar aquí si Oliver Twist tuvo fin tan desastroso.


Charles Dickens
Oliver Twist, cap. ll







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