sábado, 23 de agosto de 2014

Triunfo Arciniegas / La mano en el bosque


Fotografía de Triunfo Arciniegas
Chíchira, 2008

1

L
ucas Malerba, estudiante universitario y destacado atleta, encontró la mano mutilada cubierta de moscas en el bosque de sus ejercicios sexuales la tarde del 13 de noviembre de 1997. Por supuesto, no era la primera vez que recorría el bosque con la amiga de turno. Lo conocía a profundidad, casi árbol por árbol, hasta los rincones más secretos, donde no llegaba la curiosidad de los niños que burlaban la escuela, e incluso lo había recorrido alguna noche desnudo y sin extraviarse, y pretendía el mismo conocimiento con la hija del doctor Malaver. Habían bailado un par de veces en El Decamerón, habían visto televisión hasta tarde en la casa del doctor y apenas se habían tocado. La muchacha se quedaba dormida en el sofá de un momento a otro, a veces en la mitad de una frase. Lucas Malerba le quitaba los zapatos y se retiraba antes de que su padre terminara el turno en el hospital. Las películas de Tom Hanks la hacían llorar. Schwarzenegger, Stallone y otros machos de la pantalla, en cambio, le provocaban náuseas. Y se moría de risa cada vez que Meg Ryan simulaba ese fantástico orgasmo en la cafetería, frente al desamparado Billy Cristal. "Las parejas que atraviesan el bosque de la mano, quedan encantadas", dijo Lucas medio en broma, medio en serio. Ella le ofreció la mano y él la guió hacia uno de esos lugares secretos. Acababan de recostarse en la hierba, con un tabaco de marihuana, cuando descubrieron la mano mutilada entre los tréboles. La hija del doctor Malaver se desmayó y Lucas tuvo ante sí dos tareas: despertar a la muchacha y entregar la mano a la policía. Por suerte no la habían destrozado los perros ni la habían devorado las hormigas. De pronto, Lucas supo que la mano podía esperar y ni siquiera espantó las moscas. La mano no tenía prisa alguna: ningún saludo pendiente, ningún adiós, ninguna partida de naipes. Una mano de hombre con una uña pintada. Lucas fumó el tabaco despacio, regocijado, hasta quemarse los dedos, como dándole tiempo a la muchacha para que despertara por su propia cuenta. ¿Cuántos cuerpos había tocado esa mano, cuántos billetes, cuántas copas de vino? ¿Cuántos sexos húmedos, cuántas lágrimas, cuántos pies tibios? Y ahora, sólo una mano muerta, un desperdicio. Después de la última chupada y excitado por el lujurioso pasado de la mano, Lucas acarició el rostro de la bella durmiente, se atrevió a besarla, le separó los labios con la lengua y hasta la consagró con un trébol en la frente. "Soy un sapo, mi reina de tréboles", dijo con voz ronca. "Vas a desencantarme." Bajó a su cuello y, una vez abierto el cierre de la chaqueta, a sus senos. Mordisqueó los pezones dormidos y luego recorrió con la lengua un vientre pálido, suave y salado, y se extasió ante la profundidad del ombligo. Citó un verso de Neruda: "Soy más pequeño que un insecto". Estrechándose, aplanándose, la araña de su mano penetró en el más bello y profundo de los bosques, de breves, suaves y bien pulidos árboles, y exploró la fuente de los deseos. “El virgo es para el marido”, había dicho la hija del doctor Malaver en repetidas ocasiones, pero siempre riéndose, como si ya lo hubiese entregado a varios maridos. Con la garganta seca, Lucas Malerba deslizó el pantalón y los calzones por debajo de las nalgas mientras la muchacha realizaba un movimiento cómplice. Lucas descubrió y separó los muslos, y luego la hizo suya. Alguien gritó en la lejanía, al otro lado de los árboles, tal vez llamando a una vaca. La muchacha despertó toda empapada, gritando de pasión, y exigió la repetición de los hechos. En fin, llevaron la mano a la estación envuelta en un pañuelo, y un policía con cara de palo registró la información. "¿Qué hacían ustedes en el bosque?", preguntó el policía. "Caminar", dijo la muchacha. A pregunta idiota, respuesta ídem. Después de la penosa diligencia, se detuvieron en una heladería y, cuando Lucas quiso saber si se había desmayado de verdad, ella dijo con cierto placer: "¿Estás desencantado, lobo feroz?" Lamió con regocijo el helado de chocolate y añadió: "¿Para qué llevan las niñas al bosque?"

2

         Mientras la policía local adelantaba exhaustivas investigaciones, la mano sin dueño fue depositada en un frasco de alcohol. Alguien la fotografió a escondidas. La historia de la mano, cada vez más disparatada, hechizó a los lectores de la página roja de El Norteño durante tres días. El nombre de la hija del doctor Malaver fue sabiamente escamoteado mientras la mala reputación del atleta corrió a mil por hora pero no en su contra. Las muchachas lo buscaban para que les contara con pelos y señales la historia de la mano y se excitaban como locas en el sitio del hallazgo. "¿Qué hacen las niñas con una mano en el bosque?", bromeaban. Sobra decir que el dueño de la mano nunca fue encontrado y el misterio de la uña pintada se conservó para siempre. Mucho tiempo después un teniente borracho cambió el alcohol por ron. La mano se descompuso y fue arrojada a la basura.

3

         La hija del doctor Malaver prefirió gritar en otros lugares: una pensión, el apartamento de un amigo, un auto. Su vientre se hinchó de tantos gritos. Lucas Malerba, con razón, no se hizo responsable. últimamente la muchacha gritaba con quien fuera y donde fuera. Hasta se dijo que entretuvo con su lengua a dos negros debajo de una mesa en el bar de Osiris. Cosas así se murmuraban en las paredes y, con dibujos demasiado explícitos, en los baños públicos. Alguien le oyó a la hija del doctor Malaver la historia de una mano peluda que la asustaba por las noches. La pobre amanecía con los pelos en la boca. Escupía, vomitaba, maldecía. En su honor se compuso una canción obscena sobre los placeres de la mano. El doctor Malaver hizo borrar de las paredes los letreros que la hicieron famosa y la envió de vacaciones a Cartagena, donde su ansiedad no encontró alivio. Según se supo, diversas manos la enloquecieron. Después del parto, la encontraron desnuda en la playa, con su dedo pulgar en la boca. No recordaba ni su propio nombre.

4
                                                              
         ¿Lobo feroz? Lucas Malerba se había sentido en el bosque como un sapo encantado, como un insecto, como una araña tal vez, pero nunca como un lobo. Olvidó sin dificultad a la hija del doctor Malaver con una estudiante de matemáticas que lo acompañaba acezante por el bosque de sus ejercicios. Si se rezagaba, la veía como una oveja a punto de perder su lana, y si se adelantaba, como una perra en celo, mientras él sólo era otro de los tristes animales del deseo.


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