viernes, 8 de marzo de 2019

Salinger / Honestidad brutal



Salinger, honestidad brutal

La contrapartida de una película sin estilo sobre un escritor de estilo único, quizá el mayor de sus defectos, es que, a pesar de todo, la historia es siempre interesante

JAVIER OCAÑA
3 MAY 2018 - 16:17 COT






REBELDE ENTRE EL CENTENO
Dirección: Danny Strong.
Intérpretes: Nicholas Hoult, Kevin Spacey, Zoey Deutch, Sarah Paulson.
Género: biografía. EE UU, 2017.
Duración: 106 minutos.

La figura de J. D. Salinger está inevitablemente asociada a una obra maestra de la literatura, el desencantado retrato de la adolescencia El guardián entre el centeno, y también, en su amargo reverso, a la foto de un anciano huraño, puño cerrado en posición de golpeo lateral, profundos surcos de vida marcados en la frente, ojos de camión a punto de atropellar a la cámara. Un mito con una aparente doble cara que no es sino la misma, honestidad brutal en su letra y en su espíritu, al que se acerca desde las posiciones más convencionales el novel Danny Strong con Rebelde entre el centeno, biografía cinematográfica del escritor, centrada en sus inicios en la escritura, en la publicación de su fundamental novela, y en los síntomas familiares, físicos, sociales, morales y mentales que lo llevaron al exilio autoimpuesto.

Elvira Lindo / Salinger y Joyce Maynard






Las 14 cartas de Salinger a Joyce Maynard fueron vendidas por 150.000$.
Las 14 cartas de Salinger a Joyce Maynard fueron vendidas por 150.000$. REUTERS


Cambie de opinión, hombre

Salinger pidió a una joven que se fuera con él. Y ella pagó contarlo


Elvira Lindo
8 de septiembre de 2018

Una chica prodigio, de 18 años, que posee desparpajo escribiendo, es contratada por The New York Times Magazine para escribir sus desvelos generacionales. El primer artículo se publica en 1972 con una foto de su cara simpática, sin maquillaje, y una melena alborotada de quien ha sido sorprendida en un descanso entre clases. Es Joyce Maynard, estudiante de Yale, de futuro académico prometedor. A los pocos días, Joyce recibe una carta: la voz que le habla es idéntica a la de un personaje adorable, Holden Caulfield; el que la firma, un hombre de 53 años, J. D. Salinger. El venerado escritor le pide: “Deja la universidad, ven a vivir conmigo, ten niños, colaboraremos en obras que podremos representar juntos y sé mi pareja para siempre”.

jueves, 7 de marzo de 2019

J.D. Salinger / Justo antes de la guerra con los esquimales


J.D. Salinger
BIOGRAFÍA
Justo antes de la guerra
con los esquimales



  Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba de toda la clase-en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor-, pero al mismo tiempo no había nadie como Selena para traer continuamente nuevas cajas de pelotas de tenis. Su padre las fabricaba, o algo por el estilo. (Una noche durante la cena, para ilustración de toda la familia Maddox, Ginnie había evocado la visión de una comida en casa de los Graff; la escena suponía un criado perfecto que servía a todos por la izquierda, aunque en lugar de un vaso de jugo de tomate dejaba una lata de pelotas de tenis.) Pero esta historia de dejar a Selena en su casa con un taxi después del tenis y luego cargar-en cada ocasión-con el pago de todo el importe del viaje, era algo que a Ginnie le estaba alterando los nervios. Después de todo, la idea de coger un taxi en lugar del autobús había sido de la propia Selena. Y ese quinto sábado, mientras el taxi arrancaba dirigiéndose hacia el norte por la avenida York, Ginnie dijo de pronto:
  -Oye, Selena...
  -¿Qué? -dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi-. ¡No encuentro la funda de mi raqueta!-se lamentó.

J. D. Salinger / El hombre que ríe

Francis Bacon
J.D. Salinger
BIOGRAFÍA
EL HOMBRE QUE RÍE



En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Richard Ford / Entre ellos / Reseña


Richard Ford

ENTRE ELLOS

Mirar hacia fuera

Richard Ford escribe de la muerte de su padre y su madre en 'Entre ellos', que ilustra la evolución de un autor que ha depurado su estilo y amansado el ego hasta hacerse grande



CARLOS ZANÓN
29 ENE 2018 - 06:19 COT



Rcihard Ford, visto por Sciammarella.
Rcihard Ford, visto por Sciammarella.

Richard Ford (Jackson, 1944) ha reunido en este volumen dos piezas escritas con una diferencia de más 30 años. La primera, dedicada a su padre, que murió de un ataque al corazón cuando él tenía 16 años, y la segunda, a su madre, muerta de cáncer ya en la vejez, en 1981, fue escrita al poco de fallecer ésta. Además del placer de leer a un escritor de la talla del norteamericano, esa diferencia de tres décadas y media de escritura nos muestra cómo un buen escritor puede depurar su estilo y amansar el ego hasta convertirse en un gran escritor, más atento a mirar y preguntar que a explicar(se).
El libro tiene también otros intereses y muchos méritos, en especial la parte dedicada a su padre, Parker, un comerciante de almidón, un hombre de otra época. Ford realiza un portento en cuanto fondo y forma en esta pieza. Y lo hace con amor y rigor pero al mismo tiempo reconociendo —con sus padres muertos y él, sin descendencia y de edad avanzada— que el misterio nunca es desvelado. La línea recta de aprovechar el tiempo para saber quiénes son los tuyos, con los que compartes casas, biografía, anécdotas y cataclismos, es recta, sí, pero nunca se cubre, porque siempre hay otras cosas que hacer porque la vida consiste en eso, hacer. El Ford anciano sabe más de la imposibilidad de acceder al otro en sus deseos y frustraciones. Un hombre es más que un cuerpo, pero también más que una cabeza. La vida, para la lucidez de Ford, son los hechos. No tus propósitos, intenciones o sueños. Y el escritor se pregunta sin contestar qué sentían sus padres cuando él aún no estaba, cuando el comerciante llegaba solo a una habitación de hotel y encendía un cigarro, o aquella vez que su madre le dejó llorando en un parque, abrumada de desarraigo y lloros de un crío que llegó 15 años tarde —deseado, esperado pero no imprescindible—. El retrato es certero porque la ficción no impone respuestas. No sabemos nada más que estuvieron y se quisieron y no estropearon a un niño. El misterio es postergado, nunca hay tiempo, no sabemos cómo hacerlo si no es desde querer y ser querido sin argumentario ni periodo de devolución por garantía.
El libro también es un retrato de un mundo muy distinto al nuestro. Con reglas, ritos y convenciones que indicaban que las cosas eran como habían de ser. Una manera correcta y algunas incorrectas. Un mundo más de mirar y mirarse hacia y desde fuera. La conducta y la vivencia eran casi el mismo sendero. Uno era lo que hacía y a eso se le llamaba comerciante, yerno, marido, padre, vecino, soldado o estafador. Ford mira a sus padres desde y hacia fuera, con ese soberbio tono seco marca de la casa, de latido limpio y preciso. Huecos en blanco asumiendo que hay acciones y planteamientos que, simplemente, sus progenitores nunca se plantearon. Las cosas eran, pasaban, se hacían o se soportaban. O no. El abuelo paterno del escritor se suicidó ante una ruina por malas inversiones, por ejemplo, pero suicidarse también es hacer algo, contribuir a que la vida de los otros se mueva. En ambas piezas elegiacas, sin ajustes de cuentas ni pornografía emocional, Ford comparece sólo como testigo, nunca víctima o denunciante. Anécdotas, casas, coches, intuiciones, ciudades, equívocos, sacrificios, trabajos, lucha y buena educación. Algo así como la vida.



Eduardo Cote Lamus / Elegía a mi padre

Alcaparral, montañas de Pamplona
15 de septiembre de 2008
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Eduardo Cote Lamus
BIOGRAFÍA

ELEGIA A MI PADRE


A mis hermanos
Una vez tendido le dio por morirse como
antes le había dado por vivir,
por talar los eucaliptos y hacer la casa
y se echó a morir porque sabía
que de esa no pasaba.

Acaso, cuando los bueyes se cansaron
de arar, ¿no se había puesto alguna vez
en la nuca y en los hombros la coyunda?
Y la tarea quedó cumplida mucho antes
que la sombra, ya que las estrellas.
Tenía que terminar también su asunto
a cabalidad y como fuera.

En su mano derecha la firmeza
como empuñando un arma
o dirigiendo el surco o trazando
el círculo de su vida, cerrado,
arbitrario, pero tan propiamente suyo
como el bastón de tosco palo,
como el sombrero o los zapatos
o la ropa que llevaba, que ya era suya,
hecha por él, como sus actos.

Su mayor riqueza consistía en ver los potros
galopar libres bajo en ancho cielo
o enlazar alguno con certero silbo,
marcarle el anca y darle nombre,
un nombre fácil: Cascofino, Dulcesueño, El Palomo,
Enjalmar la mula, hablar de las heladas.

La tierra vino a él más no en su ayuda.
Y decía palabras, preguntaba
por amigos que allí no se encontraban
y de sus brazos que iban y venían
como alentando el fuego del herrero
de su propia existencia, le caía
fuerza, sudor como yunques, dominio;
desde sus abrazos le caían los días
que vivió, uno a uno, a borbotones.

Pero murió porque le vino en gana,
porque tenía que hacer del otro lado
junto con su mujer, la que le tuvo
los días listos para su trabajo,
dulzura en la mañana, el pan servido
al alcance del corazón, la ventana abierta
cuando volvía hecho trigo de los campos.

Yo no te cuento pero debo contarte:
te llevamos a una casa con amigos
del alma, te acompañamos, ya lo sabes,
y al otro día tuviste tres entierros
como te correspondía: en la mañana
te llamabas más Pablo aún, respondías
más a tu nombre: eras silencio.

Por el aire te pusimos en las manos
de otros recuerdos, y tu tierra era entonces
tan cercana. Río arriba, entre los climas,
te nos hiciste piedra en el pecho,
te nos ibas hundiendo pecho adentro
porque tú estabas en él y te nos ibas.

Entraste a Pamplona como si lo hubieras hecho
a caballo: tomamos el potro de las bridas
y descabalgaste igual que siempre, entre cipreses.

Como estabas muy alto tus hermanas
no podían verte y una de ellas trajo una banqueta
sobre la que subieron y te llamaron Pablo Antonio,
te nombraron paulatinamente Pablo entre las lágrimas.

Pero estabas de espaldas como un río.
En la cuesta tu cuerpo se hizo plomo:
poco después el peso fue liviano
como si hubieras tú metido el hombro
y te llevaras a enterrar tú mismo.

Te colocamos con cuidado, con flores, con ternura.
Yo creo que tenías entre tus manos
una cuerda y un trompo y una espiga
y un rumor de mucho cielo en tus oídos.

Sabes muy bien lo que te cuento
pero te lo digo. Estaban
con el sombrero en la mano
a pesar de la llovizna
todos los que te querían:
el que te venía la carne,
el que te compraba el trigo
y el hombre de azadón que respetabas.

¿Hallaste allí la paz? es mi pregunta.
Mas yo no debo preguntarte nada.
Tú no querías la paz sino la dura
tierra para sembrar, el aire para
vencer con los árboles, cosas difíciles.

Viejo campesino. Padre mío,
en palabra y en acto igual que el hierro:
tan de una vez, tan para siempre:
viejo de a caballo, viejo macho.

Pablo eras no más y Pablo somos.
Padre, qué poco Antonio te llamabas.

martes, 5 de marzo de 2019

Antonio Machado / Anoche cuando dormía



Antonio Machado
Anoche cuando dormía
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
de donde nunca bebí?
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas
blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.


Antonio Machado / La saeta


Cristo Mutilado
David Alfaro Siquerios

Antonio Machado
La saeta
Dijo una voz popular:

«Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?»

Oh, la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar.
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.

Cantar de la tierra mía

que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores
!Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!


Antonio Machado / Retrato


Antonio Machado

Antonio Machado
 Retrato
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignò Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñò el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansiòn que habitò,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


lunes, 4 de marzo de 2019

Margaret Drabble / Llega la negra crecida / Reseña de Marta Sanz




Margaret Drabble

LLEGA LA NEGRA CRECIDA

Sin ingenuidades

Margaret Drabble explora, a través de una escritura serena y sin dramatismos, la conciencia de que la vejez y la muerte llegarán


Marta Sanz
28 de enero de 2019




Una pareja lee el periódico en unas mecedoras.
Una pareja lee el periódico en unas mecedoras.  CLASSICSTOCK / GETTY


Cuando acabé de leer los últimos relatos de Alice Munro llegué a la conclusión de que los personajes de nuestras narraciones a menudo maduran al mismo ritmo que sus artífices. Puede haber escritoras casi niñas que reflexionen sobre la psicología de un anciano o autores ancianos que perfilen personajes en una madurez perfecta, pero lo habitual es percibir cierta sintonía entre la edad de quien escribe y la de los seres que retrata. La fascinante Margaret ­Drabble de La piedra de moler, que abordaba con vitalismo y sin retruécanos la maternidad solitaria, se ha transformado en una Margaret Drabble que en 2016 —­fecha de publicación original de Llega la negra crecida— aborda con vitalismo y sin retruécanos el asunto de que envejecemos y vamos a morir.

Jeanette Winterson / El corazón puede ser otro órgano



El corazón puede ser otro órgano

Para Jeanet­te Winterson, escribir es un ejercicio de riesgo y curiosidad, la exigencia de experimentar y ser artísticamente ambiciosa


MARTA SANZ
5 ENE 2018 - 11:50 COT

"Eso es lo que la literatura ofrece: un lenguaje suficientemente poderoso para decir las cosas como son. No es un escondite. Es un lugar de encuentro”. Tanto esta cita de Jeanette Winterson (Mánchester, 1959) como la lectura de las dos obras que Lumen, con preciosas ilustraciones de Ana Juan, ha editado en español, Fruta prohibida (1985), su primera novela autobiográfica, y Escrito en el cuerpo (1992), me han llevado a recordar el debate sobre la conveniencia de que los escritores —las escritoras también— practiquen la crítica. He vislumbrado el peligro. Porque yo no fui adoptada por una familia evangélica pentecostal ni soy lesbiana ni inglesa ni jamás mi madre me habría dicho¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (2012), una frase de mamá Winterson que titula las memorias de la autora. Sin embargo, me he identificado tanto con estos textos que caigo en la tentación de justificar cada palabra. Entiendo íntimamente de dónde provienen sus decisiones estilísticas. Leo desde un lugar privilegiado, pero no sé si ese lugar es crítico. Me parece honesto aclararlo igual que me parece honesto reconocer las similitudes en la concepción autobiográfica, en algunas asociaciones quizá tan obvias como la que enlaza clavícula con clave o en la centralidad del cuerpo que se encarniza en escritura y, a la vez, según Wikipedia, ha convertido a Winterson en dueña de una charcutería. Puede ser un fake, pero el asunto tiene gracia.

Lucia Berlin / Contra lo normal


Lucia Berlin


Lucia Berlin, contra lo normal

En los relatos de ‘Una noche en el paraíso’, la autora estadounidense fractura el canon opresor de las mujeres, los fetiches del héroe, amor romántico, conyugalidad ejemplar


Marta Sanz
12 de noviembre de 2018

Mi madre escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco. (…) Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta”. Así acaba Mark Berlin, el hijo de la escritora, el prólogo de este volumen. Tiene razón: si leemos los cuentos de Una noche en el paraíso y los cotejamos con el apunte biográfico sobre Lucia Berlin, nos damos cuenta de que estas historias se cosen en una extensa narración autobiográfica. Madres alcohólicas mantienen impecable la cocina; los maridos abandonan a sus esposas y otros maridos, músicos de jazz, se pinchan heroína; mujeres sin pareja estable limpian casas, ejercen de profesoras y se rehacen para sacar adelante a unos hijos que las conocen y no las culpan: Berlin forja una mirada, escondiéndose y mostrándose simultáneamente, y fundiendo los hitos de su experiencia con máscaras, heterónimos, personajes-Frankenstein, voces en primera y tercera persona.

Ian Manook / “Mi detective solo tiene sentido en Mongolia”






Ian Manook
El escritor francés Ian Manook en una librería del barrio de San Telmo (Buenos Aires). GUSTAVO BOSCO


Ian Manook: “Mi detective solo tiene sentido en Mongolia”

El escritor francés relata cómo se le ocurrió situar en ese país asiático, encajonado entre Rusia y China, al protagonista de su exitosa serie novelística


ENRIC GONZÁLEZ
28 de febrero de 2019

A veces es bueno apostar. Tatuaje, la novela que hizo de Pepe Carvalho el gran detective barcelonés, surgió de una apuesta. Algo parecido ocurrió con Khaltar Yeruldelgger, un detective convencional en un escenario tan poco convencional como Mongolia. Patrick Manoukian, antiguo periodista de viajes, empresario de éxito, llevaba años escribiendo sin terminar nunca nada. Una de sus hijas le desafió: ¿sería capaz escribir cuatro libros en dos años, cada uno de un género diferente, cada uno firmado con un pseudónimo distinto? Manoukian lo hizo. El cuarto libro fue un policial llamado Muertos en la estepa. Manoukian lo firmó como Ian Manook. Ahora, el detective mongol protagoniza ya una trilogía de gran éxito internacional.

domingo, 3 de marzo de 2019

Un lujo llamado Willem Dafoe


Un lujo llamado Willem Dafoe


Julian Schnabel, pintor muy cotizado, es realizador de un cine que jamás me ha conmocionado, pero su protagonista tiene sobriedad, profundidad, matices


Carlos Boyero
1 de marzo de 2019





Willem Dafoe, en 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad'. En vídeo, la crítica de Boyero. VÍDEO: EPV
Ámsterdam posee múltiples y heterodoxos encantos. Para algunos visitantes, sus canales. O el exotismo erotómano del Barrio Rojo. O esos coffee shops en los que se puede fumar toda la variedad de hierbas prohibidas sin que ningún policía se mosquee. O pasar embelesado tiempo en el Rijks Museum viendo la pintura de Vermeer y de Rembrandt. De otros también, pero sobre todo de estos dos. E imagino que para mucha gente su primera y más anhelada visita es el museo Van Gogh. Es imprescindible encontrar un horario en que no esté abarrotado, evitar las excursiones de turistas, poder saborearlo. Y la impresión es tan fuerte como duradera.

Willem Dafoe / “Actuar consiste en aprender a ser una persona decente”


Willem Dafoe: “Actuar consiste en aprender a ser una persona decente”

El intérprete encarna en 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad' al genio holandés

Se pasó las tardes del rodaje pintando para entender al artista



TOMMASO KOCH
Madrid 1 MAR 2019 - 02:34 COT

Willem Dafoe estira el dedo y apunta hacia un lado de la habitación. “Allí yo no veo una silla”, afirma. Le daría a uno por decir que sí, que ahí está, al lado de la mesa. Aunque el actor lo tiene claro. En teoría, para su nueva película, se ha transformado en Vincent van Gogh. Pero, por el camino, parece haberle contagiado Claude Magritte: “La mente conceptual mata la experiencia. Nombrar algo es anularlo. Ahora, si miro, me fijo en los colores, sus vibraciones, los reflejos sobre los demás objetos y sobre mí, las sombras”. Porque, para comprender a uno de los artistas más controvertidos y celebrados de la historia, Dafoe (Appleton, 1955) abrazó la vía empírica. En cuanto tuvo el guion, también cogió el pincel.