lunes, 8 de julio de 2013

Joël Dicker / La verdad sobre el caso Harry Quebert / El hábito de mentir


Joël Dicker

LA VERDAD SOBRE EL CASO 
HARRY QUEBERT

El hábito de mentir

La simplicidad o facilidad de 'La verdad sobre el caso Harry Quebert' es solo aparente

La novela de Dicker trata sobre la costumbre humana de simular, fingir y mentir




'La verdad sobre el caso Harry Quebert' se desarrolla en Aurora, una pequeña localidad costera inventada de Nueva Inglaterra. / DK LIMITED / CORBIS
El 30 de agosto de 1975, en Aurora, mínima ciudad de New Hampshire a orillas del Atlántico, desapareció Nola Kellergan, de 15 años, y mataron de un tiro a la anciana que la vio por última vez. Al cabo de tres décadas, el 12 de junio de 2008, encuentran el cadáver de la niña en el jardín de un clásico de la literatura angloamericana contemporánea, Harry Quebert, de 67 años. La víctima había sido enterrada con el manuscrito de la obra esencial del genio, Los orígenes del mal, “uno de los libros más vendidos de los últimos cincuenta años en Estados Unidos”. El escritor, acusado de dos asesinatos, ve desde la cárcel cómo su novela se convierte de pronto en literatura diabólica, eliminada de las bibliotecas y de los planes de estudio, perverso mensaje de amor para una niña.
Markus Goldman, joven estrella del negocio editorial, autor de una sola novela superventas y antiguo alumno del presunto asesino, acudirá en ayuda de su maestro, decidido a investigar y demostrar su inocencia. El nuevo fenómeno literario sufre en ese momento una insuperable crisis creativa, desesperado e incapaz de escribir una letra, mientras su editor le pide la novela que tenía comprometida y lo amenaza con una demanda millonaria por incumplimiento de contrato. Instalado en la mansión de Quebert, estudiando unos crímenes que sucedieron hace más de treinta años, ávido de información sobre las vidas ajenas, Goldman graba conversaciones con los vecinos de Aurora y entrevistas con el sospechoso en el locutorio de la cárcel, y un día se descubre escribiendo su nuevo libro. Escribir una novela resulta equivalente a investigar un doble caso de asesinato, y devolverle el buen nombre al supuesto criminal será también restituirle a la literatura la gloria perdida.

En la obra de Dicker
se cruzan, como mínimo, cuatro novelas distintas y distintas verdades sucesivas
La verdad sobre el caso Harry Quebert es la segunda novela de Joël Dicker (1985), suizo francófono, poseído por los misterios de la literatura popular desde su debut, Los últimos días de nuestros padres, intrigas en torno a la resistencia francesa y los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial. La historia de Harry Quebert me ha recordado dos novelas españolas innovadoras en su tiempo, Los dominios del lobo (1971), de Javier Marías, y La verdad sobre el caso Savolta (1975), de Eduardo Mendoza. Además de los clásicos enigmas policiacos, Joël Dicker domina la imaginería cinematográfica y televisiva de los últimos años, los clichés de las novelas juveniles para adultos, e incluso de los libros de autoayuda, porque entre las más de seiscientas páginas de La verdad sobre el caso Harry Quebert cabe también un breve manual de auxilio para escritores estériles. Pero lo más característico de esta novela es su aire de cuento de hadas, sus niños que se quejan perdidos en el bosque, lastimados por ogros, brujos y criaturas muertas. Dicker parece escribir después de ver alguna película del pionero del cine Louis Feuillade, Fantomas, por ejemplo, con su acumulación improbable y fabulosa de sorpresas. Hay algo fantástico en la precisión cinematográfica con que el narrador, el joven Markus Goldman, transcribe lo que ocurrió hace 33 años, día a día, con fecha, hora y momento exacto de cada acción y cada palabra.
El escritor Goldman disfruta de su investigación en la tranquila Aurora, sin dejarse asustar por amenazas anónimas ni pirómanos con instintos homicidas, mientras los vecinos le cuentan cómo celebraron en 1975 el día de la Independencia y el baile de verano entre excursiones a la playa y fiestas en el jardín, y cómo Nola Kellergan, la niña del clérigo, gritaba en su casa y el reverendo ponía jazz a todo volumen, siempre el mismo disco. Al drama se suma el humor, y a los consejos literarios del maestro paternal y posible asesino se añaden a través del teléfono las admoniciones prácticas de la desquiciada madre de Goldman. En La verdad sobre el caso Harry Quebert se cruzan, como mínimo, cuatro novelas distintas y distintas verdades sucesivas. “La responsabilidad del escritor es decir la verdad”, anota el narrador, pero tanto él como su modelo, Quebert, son dos farsantes confesos. La novela de Joël Dicker pertenece a ese tipo de literatura que genera literatura, es decir, que invita a continuar inventando novelas. Su simplicidad, sencillez o facilidad es solo aparente, y de eso trata el caso Quebert: de la costumbre humana de simular, fingir y mentir.

La verdad sobre el caso Harry Quebert. Jöel Dicker. Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Alfaguara. Madrid, 2013. 670 páginas. 22 euros (electrónico: 10,99)

Tilda Swinton enarbola la bandera arco iris frente al Kremlim


Tilda Swinton, en Moscú, durante la protesta.
Tilda Swinton, en Moscú, durante la protesta.

Tilda Swinton enarbola la bandera arco iris frente al Kremlim

La actriz protesta contra ley rusa que permitirá sancionar la información sobre "relaciones sexuales no tradicionales"


8 de julio de 2013

No hay duda de que Tilda Swinton, ganadora de un Oscar, es una actriz comprometida. Lo ha demostrado en más de una ocasión. Su último gesto ha sido fotografiarse enarbolando la bandera del arco iris frente al Kremlim de Moscú en defensa de la comunidad de lesbianas, gay, bisexual y transgénero (LGBT), que vive asediada de Rusia. La imagen se ha convertido en un fénomeno en viral en las redes sociales. "En solidaridad desde Rusia con amor”, declaró la actriz tras este gesto.

La Duma rusa acaba de aprobar casi por unanimidad (436 votos en una cámara de 450 diputados) la ley que permitirá sancionar la información sobre "relaciones sexuales no tradicionales", es decir, no se podrá dirigir a menores informaciones sobre la homosexualidad. Frente al edificio ha habido hoy martes por la mañana manifestaciones de los activistas en favor de los derechos de gais y lesbianas y la policía ha efectuado cerca de 30 detenciones. Los gais han sido perseguidos y golpeados por representantes de grupos ortodoxos radicales.

"Diputados, proteged al pueblo de los degenerados", se leía en una de las pancartas frente a la Duma Estatal de Rusia (cámara baja del Parlamento) donde apenas sin discusión se ha aprobado ley que prohíbe lo que considera propaganda de la homosexualidad entre los menores de edad. En otra pancarta había dos fotos, una de un desfile militar de soldados eslavos, todos con el mismo gesto marcial, y otra de un desfile de gais. "¿En qué desfile participarán nuestros hijos?", se preguntaba en el cartel.

Además, el pasado 18 de junio, Putin firmó una ley según la cual las parejas homosexuales extranjeras no podrán adoptar niños rusos. La prohibición se extiende también a los solteros de los países donde se ha legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Las nuevas restricciones han sido propuestas después de que una serie de países europeos adoptara leyes de unión homosexual.

Estas limitaciones a la adopción por parte de extranjeros se aprueban seis meses después de que entrara en vigor la ley que puso fin a la entrega de niños rusos a los estadounidenses. Pero si la llamada ley Dima Yákovlev (en recuerdo del niño ruso que pereció al ser olvidado por sus padres adoptivos en un auto a pleno sol) tenía en realidad motivaciones políticas y era una respuesta al acta Magnitiski promulgada en Washington, que castiga a funcionarios rusos relacionados con la violación de derechos humanos, las motivaciones de las nuevas restricciones son exclusivamente homófobas.

Rusia no permite el matrimonio entre personas del mismo sexo y las marchas del orgullo gay están prohibidas.

Otras celebridades también se han sumado a este movimiento en defensa de la comunidad  gay como Madonna y Lady Gaga.

EL PAÍS


DRAGON
Tilda Swinton: collaborative chameleon who doesn't court Hollywood

DANTE




domingo, 7 de julio de 2013

Lydia Davis / Variedad de malestares


Lydia Davis

Variedad de malestares




He estado escuchando lo que dice mi madre por más de 40 años y he estado escuchando lo que dice mi esposo durante tan solo 5 años, y habitualmente he pensado que ella estaba en lo cierto y que él no, pero ahora con frecuencia creo que él tiene razón, especialmente en un día como hoy, cuando acabo de tener una larga conversación por teléfono con mi madre sobre mi hermano y mi padre, y después una más breve conversación por teléfono con mi esposo acerca de la conversación que tuve con mi madre.

Mi madre estaba preocupada después de haber herido los sentimientos de mi hermano cuando él le dijo por teléfono que quería usar parte de sus vacaciones para ir a ayudarlos, dado que mi madre acaba de salir del hospital. Ella le contestó, aunque no estuviera diciendo la verdad, que él no podía ir porque no se sentía capaz de recibir a nadie en la casa sin ponerse en la obligación de preparar comidas, por ejemplo, y que ya tenía bastantes dificultades con sus muletas. Él replicó muy airado diciendo que ese no era el punto, que estaba fuera de toda lógica, y ahora su teléfono no responde. Ella tiene miedo de que le haya pasado algo, pero yo le digo que no creo que la haya pasado nada. Probablemente se ha tomado el tiempo de vacaciones que había apartado para estar con ellos y viajó a algún lado por su cuenta. Ella olvida que es un hombre cercano a los cincuenta años, pero me duele que hayan lastimado sus sentimientos de ese modo. Al rato que ella cuelga llamo a mi marido y le repito todo esto.

Alegando sentimientos propios para proteger sentimientos particulares de mi padre, mi madre hirió los de mi hermano, y dado que para mí era difícil rechazar los sentimientos particulares de mi padre, que me resultan bien conocidos, también me fue difícil dejar de pensar que no había habido otra forma de hacer las cosas de modo que la oferta de ayuda de mi hermano no fuera rechazada y él no resultara lastimado.

Ella lastimó los sentimientos de mi hermano mientras protegía a mi padre de ciertos sentimientos de malestar, anticipados por él si mi hermano llegaba a ir a su casa, mostrando, mi madre, ante mi hermano ciertos sentimientos de molestia propios, ligeramente diferentes. Ahora, mi hermano, al no contestar el teléfono ha causado nuevos sentimientos de malestar en mi madre y también en mi padre, sentimientos que son iguales o casi iguales en ambos, pero diferentes tanto a los sentimientos de malestar anunciados por mi padre como a aquellos aducidos por mi madre ante mi hermano. Y ahora, en su malestar me ha llamado mi madre para contarme sobre los sentimientos de mi padre, y los suyos, de malestar respecto de mi hermano, y haciendo esto ella ha provocado sentimientos de malestar en mí también, si bien un tanto más débiles y diferentes de los sentimientos ahora experimentados por mi padre y mi madre y de aquellos anticipados por mi padre y falsamente esgrimidos por mi madre.

Cuando le describo esta conversación a mi esposo, provoco sentimientos de malestar también en él, más fuertes que los míos y de diferente tipo que los de mi madre y mi padre, esgrimidos y anunciados por ellos oportuna y respectivamente. Mi esposo está molesto por el rechazo de mi madre a la ayuda de mi hermano, a quien le produjo así un obvio malestar, y por el relato que ella me hizo de su propio malestar, causando en mí un malestar más grande, según él me dice, de lo que alcanzo a darme cuenta, pero también en general está molesto por el malestar en general causado por ella, no solo en mi hermano sino también en mí, más denso de lo que imagino y más frecuente de lo que advierto, y cuando él dice todo esto causa en mí otro malestar, distinto en grado e intensidad de aquel causado en mí por lo que mi madre me contó, por ello el malestar es no sólo por mí y por mi hermano, y no sólo por mi padre y su anticipado y su actual malestar, sino también y sobre todo por mi madre misma, que ahora ha causado, como lo hace generalmente, demasiado malestar como mi esposo tiene razón en decir, aunque ella misma esté afectada por una pequeña parte de esto.

Lydia Davis 
“Varieties of Disturbance” en Varieties of Disturbance
Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2007, p. 83

Lea, además
BIOGRAFÍA DE LYDIA DAVIS


sábado, 6 de julio de 2013

Lydia Davis / Ya no escribo sobre broncas


Lydia Davis, 2009

Lydia Davis

"Ya no escribo sobre broncas, 

agoté el material"



Reverenciada traductora de Flaubert y Proust al inglés, a principios de los setenta estuvo casada con el escritor Paul Auster, pero la fama de Lydia Davis (Massachusetts, 1947) no es tangencial a la de estos novelistas: discurre en otro plano. Señalada como una de las voces más brillantes, experimentales y únicas del panorama literario estadounidense, su antología Cuentos completos (Seix Barral, en versión de Justo Navarro) fue aclamada por críticos como James Wood, que en las páginas de la revista The New Yorker destacó su peculiar mezcla de "lucidez, brevedad aforística, originalidad formal, taimada comedia, desconsuelo metafísico, presión filosófica y sabiduría humana". Dave Eggers, el escritor fundador de la revista y editorial McSweeneys, se cuenta entre sus devotos seguidores y con él publicó Davis uno de los cuatro libros de relatos reunidos en esta nueva colección. Desde 2003 la escritora forma parte de la American Academy of Arts and Sciences y aquel mismo año ganó la llamada beca de los "genios", la McCarthur, que David Foster Wallace recibió en 1997.

La escritora y traductora publica sus celebrados 'Cuentos completos'

"¿Cómo de breve puedes ser sin caer en la broma?", se pregunta la autora
Sentada frente a la mesa de madera de la cocina de su casa -el edificio de una antigua escuela al norte del estado de Nueva York, que compró y rehabilitó junto a su esposo, el artista abstracto Alan Cote- Davis, hija de un crítico literario y una novelista, explica que la recepción de su obra nunca fue un factor que tuviera en cuenta. "Siempre he hecho lo que he querido", explica. "Empiezas en la oscuridad y a nadie le importa lo que haces excepto a tus amigos y familia. No tengo muy claro cuál era mi ambición, era algo idealista, no quería exactamente la fama".
Sus primeros libros, publicados en pequeñas editoriales, le dieron el espacio y el tiempo para desarrollar su estilo sin preocuparse de las reseñas. Y así llegaron los cuentos de un párrafo; historias sin narrador que incluyen, por ejemplo, una lista; personajes sin nombre en lugares ignotos; relatos con forma de poema o en los que suena la música de rimas infantiles. "En 2000 comencé con los cuentos de una frase. Traducía a Proust y apenas me quedaba tiempo para escribir. En parte fue una reacción a ese trabajo. ¿Cómo de breve puedes ser sin caer en la broma, manteniendo un cierto peso?", pregunta.
A pesar de su aspecto discreto -media melena, gafas de concha, camisa de flores y rebeca, dentro de esta cocina que parece sacada de una estampa de la campiña inglesa- en la mirada y en las precisas respuestas de esta escritora hay una veta subversiva e inteligente que escapa a la convención. A Davis le gustan los retos, especialmente los que tienen que ver con las palabras. A menudo habla de la influencia de Beckett, autor que leyó por primera en la adolescencia, pero además hay un espíritu lúdico en su trabajo que recuerda a los grandes cuentistas latinoamericanos. "A Borges le leí en la universidad y me gustó su extraña imaginación", asegura escueta.
Cuando habla de su trabajo como traductora Davis se refiere a autodefinidos y crucigramas, y se define como "perfeccionista". Algunos de sus narradores hablan de la furia que les impulsa a escribir o de lo complicado y fatuo que puede resultar este esfuerzo de poner las cosas sobre papel. "Observo a la gente y a las cosas y también a mi misma. La escritura te permite coger distancia y me ayuda a entenderme", dice. "Si escribes sobre una situación muy emocional encuentras un cierto patrón, pones orden. Me gustan los patrones en el comportamiento y en la vida". Dice que "el material" dicta el tono y la forma de sus cuentos. Esta materia prima puede surgir a partir de un plato con vaho que cubre la polenta, de pensar en amigos aburridos o de tener que decidir que comida preparar para dar una cena. Sus últimos proyectos incluyen un serie de relatos construidos a partir de extractos de la correspondencia de Flaubert y un pequeño libro sobre las vacas que observa desde la ventana de su cocina.
Por debajo del amplio abanico de formas que cobran sus escritos -relatos-flash dicen algunos, ella habla de cuentos "muy, muy cortos"- subyace una aguda e irónica mirada sobre temas como la maternidad, la muerte de un ser querido, los celos, las discusiones y la conducta obsesiva a la que puede llevar el amor. "Ya no escribo sobre broncas porque creo que agoté todo el material, pero siempre arranco a partir de cosas que tienen poco que ver con la escritura, tienen más que ver conmigo".
Desde los 12 años guarda un diario, también tiene cuadernos de viaje y echa mano de cualquier trozo de papel si hay alguna observación que no quiere olvidar, incluso cuando conversa con su esposo, que le toma el pelo por ello. En el umbral de la puerta se despide y hace entrega de una bolsa con galletas para el camino de vuelta, tal vez un buen principio para un cuento.



viernes, 5 de julio de 2013

Joël Dicker / La Gran Novela Americana se pronuncia con acento francés




La Gran Novela Americana 

se pronuncia con acento francés

A pesar de esas 660 páginas que intimidan, la historia delineada por el escritor suizo atrapa al lector hasta el final: un escritor consagrado termina enredado en un asesinato con detalles y vueltas de tuerca que lo envuelven a él y a quien fue su discípulo.

5 de julio de 2013
Los libros son como la vida: nunca se terminan del todo. A veces el éxito se transforma en calvario y un escritor “ejemplar” puede basar su prestigio en una mentira piadosa. Hacer justicia no es trabajo exclusivo de la policía. Quién sabe si lo escrito en las primeras páginas será como una profecía autocumplida, si el mundo lector de habla hispana se rendirá al pie de la novela de La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara), del joven narrador suizo Joël Dicker –28 años recién cumplidos–, un nuevo fenómeno global presentado como un cruce de Larsson, Nabokov y Philip Roth. Al menos unos cuantos podrían repetir: “Su libro me tiene atrapado, Dicker, es imposible dejarlo”. ¿Por qué, desde el principio, se tiene la sensación de estar ante una especie de “milagro” de la ficción, al punto de que la herejía pasaría no por abandonar, quedarse en el camino o tirar la toalla, algo tan frecuente en la lectura, sino por no intentar la utopía de leerlo de un tirón, algo casi imposible debido a las 660 páginas? Todo comienza con una llamada a la central de policía. Un diálogo. Una emergencia. Una anciana de la inventada ciudad de Aurora, en New Hampshire, es testigo de un hecho: observa por la ventana de su casa cómo una joven es perseguida por un hombre en el bosque. Es el 30 de agosto de 1975, día en que Nola Kellergan, de 15 años, desaparece. Podría ser el preludio de un policial.
Las apariencias distan de ser ciento por ciento fiables. Luego de más de tres décadas de esta desaparición –33 años exactos, en junio de 2008– aparece el cadáver de Nola en el jardín de uno de los narradores americanos más leídos y respetados, Harry Quebert, de 67 años. La víctima había sido enterrada con el manuscrito de Los orígenes del mal, novela maestra publicada en 1976 que vendió más de quince millones de ejemplares y le permitió a Quebert obtener el National Literary Award y el National Book Award, dos de los premios literarios más prestigiosos del país. Una de las grandes figuras de la intelligentsia norteamericana –profesor universitario que además de dar clases en Burrows impartía numerosas conferencias–, entre lo mejor que había producido los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, es acusado oficialmente de haber matado a Nola y a la anciana Deborah Cooper, la última persona que vio con vida a la joven. Desde la cárcel, Quebert padece el oprobio de ser el único culpable de los dos asesinatos sin más pruebas que el manuscrito de su novela, encontrado junto a los huesos de Nola. “Escribir no es matar”, dice el abogado –curiosamente de apellido Roth– que tendrá que defenderlo.
Todo Estados Unidos, tras haberlo admirado, ahora lo abuchea y lo condena. Todos los diarios se refieren al reputado escritor como un depredador sexual por haberse enamorado de Nola cuando él tenía 34 años y por haber escrito esa obra maestra para ella. Inmediatamente, Los orígenes del mal –ahora una brasa que incomoda– es retirado de las librerías y de los programas de estudio. Antes de avanzar, conviene introducir una pieza fundamental del fenómeno Dicker: Marcus Goldman, joven escritor devenido promesa de la nueva literatura estadounidense gracias a su primera novela, un ex alumno del presunto asesino que –mientras combate con la terrible crisis de la página en blanco, ese síndrome que dicen que es frecuente entre los escritores que tienen un éxito inmediato, apremiado por la exigencia de entregar un segundo libro del cual no pudo escribir ni una línea, y amenazado por su editor con una demanda millonaria por incumplimiento de contrato– está convencido de la inocencia de su maestro. Sin Harry, Marcus no hubiera llegado a ser escritor. Siente que ese hombre que ahora es considerado un “criminal bárbaro” le salvó la vida cuando lo conoció en 1998. Que tiene una deuda con él. Que le debe todo.

La importancia de saber caer

Marcus, el escritor en crisis, viaja a Aurora y se entrega a una pesquisa literalmente vertiginosa. Pueblo chico, infierno grande. Los vecinos están convulsionados. A poco de andar preguntando, escarbando, tirando del hilo del pasado, ya recibe la primera amenaza: “Vuelve a tu casa, Goldman”, escribe una mano anónima en una nota. ¿Quién o quiénes temen que la investigación tome un curso que los comprometa? ¿Por qué es preferible que Harry Quebert siga siendo el asesino “ideal”? Afortunadamente para Marcus –y los lectores– está el sargento Gahalowood, huraño y terco como una mula, que pronto será como una especie de Watson, acompañante y asistente fundamental a la hora de desentrañar la compleja maraña de malentendidos, mentiras, mascaradas y engaños del caso en cuestión. Que la cuerda policial vibra es innegable. Es uno de los cimientos de la arquitectura de la novela que empieza a escribir Marcus mientras, ávido de información, graba las conversaciones con Harry en la cárcel. Y sin embargo, La verdad sobre el caso Harry Quebert, lejos de retacear el componente policial, pertenece a otra estirpe de libros. Es, sin duda, una novela sobre escritores: el maestro cascoteado –el otrora héroe para la sociedad pero especialmente para su discípulo– es un gran simulador que lanzará su prédica sobre el oficio de escribir y adyacencias. Las frases, pensamientos y reflexiones están diseminados en pequeñas cápsulas –31 consejos en total– a lo largo de la novela, muchas veces bajo la forma de diálogo.
“Harry, si tuviera que quedarme con una sola de todas sus lecciones, ¿cuál sería?”, se lee en el capítulo-lección número 28, en el lapso en que la novela recupera el período de formación de Marcus, en la Universidad de Burrows, entre 1998 y 2000.
–Le devuelvo la pregunta.
–Para mí sería la importancia de saber caer.
–Estoy completamente de acuerdo con usted. La vida es una larga caída, Marcus. Lo más importante es saber caer.

Primer round

“Escribir y boxear se parecen tanto... Uno se pone en guardia, decide lanzarse a la batalla, levanta los puños y se enfrenta al adversario. Con un libro es más o menos lo mismo. Un libro es una batalla”, define Harry en otra de sus lecciones. “Golpee ese saco, Marcus. Golpéelo como si su vida dependiese de ello. Debe usted boxear como escribe y escribir como boxea: debe dar todo lo que tiene porque cada pelea, como cada libro, puede ser la última.” Dicker escribió esta novela –la sexta y la segunda que publica– convencido de que si se seguían los rechazos –por entonces acumulaba cuatro– se dedicaría a otra cosa. Un giro radical le cambió la vida, el año pasado, cuando un octogenario editor francés, cuyo catálogo es ciento por ciento literario, publicó La Vérité sur l’Affaire Harry Quebert. Se trata de Bernard de Fallois (1926), presidente de Éditions de Fallois, quien canceló sus vacaciones cuando el escritor suizo le envió el manuscrito. En tiempo record puso la novela en las librerías francesas durante el mes de agosto, el momento menos indicado para lanzar una novedad. En una sola semana, con París casi desierta, un pequeño librero vendió 170 ejemplares del voluminoso libro de Dicker con esta propuesta: “Léalo, si no le gusta le devuelvo su dinero”. Dicen que sólo regresaron unos cuantos para pedir otro ejemplar.
El boca a boca comenzó a dispararse y la novela cosechó el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa 2012. Sólo por un voto quedó a las puertas de llevarse nada menos que el mítico Premio Goncourt. Pero se alzó con el Goncourt de los Estudiantes y el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa de 2012. En Francia vendió más de 750 mil ejemplares, cifra que ahora se multiplicará por la publicación en 33 idiomas. Alfaguara consiguió los derechos en español de esta obra en la Feria del Libro de Frankfurt del año pasado, tras una subasta muy reñida con ocho editoriales. A mediados del mes pasado se publicó en España, ya está circulando en Argentina, el resto de los países de América latina y Estados Unidos con su importante mercado editorial hispano. De Fallois no se cansa de repetir que Dicker ha renovado las esperanzas en la literatura francesa. Aunque parezca un narrador americano de pura cepa. La anterior novela del narrador suizo, Los últimos días de nuestros padres –ganadora del Premio de los Editores Ginebrinos en 2010–, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, fue publicada conjuntamente por el editor francés y Vladimir Dimitrijevic, de la editorial suiza L’Age d’Homme. Para completar los “antecedentes” de Dicker, parece que antes de que la suerte le sonriera, antes del giro radical, un jurado literario se negó a darle el premio al mejor cuento porque daban por sentado que era imposible que un chico de 14 años escribiera algo así. Que forzosamente lo había copiado. El cuento se titulaba “El tigre”, como el relato de Borges.
Aunque las comparaciones se hacen a cuenta y riesgo de la exageración o la desmesura, hijas dilectas del entusiasmo, se ha dicho que La verdad sobre el caso Harry Quebert remeda el estilo de Philip Roth. Es cierto que se podrán encontrar modestos homenajes, como el hecho de que Marcus es judío y nació en Newark –su madre insoportable es otro de los personajes secundarios memorables–, y que el boxeo –que practica el narrador junto con Harry, su maestro– es uno de los tópicos de interés del escritor estadounidense. “Hay homenajes a Roth, pero también a Nabokov, a Steinbeck, a Romain Gary, a Hemingway, a todos ellos”, admitió Dicker durante su gira promocional por España, “porque es un libro sobre un alumno y un maestro. Y por eso era divertido meter homenajes a todos esos escritores”. Entre los narradores que lo han marcado, el suizo colocó bien alto al autor de El mal de Portnoy. “Roth es el único todavía vivo; es cierto que es un escritor clave de la literatura moderna, posiblemente el mayor de los escritores vivos”, subrayó este joven narrador que se declara admirador sin fisuras de la gran novela americana. “Quizás es la literatura que conozco mejor. No digo que sea más importante que otra. Es una cuestión muy personal. A unos les puede interesar más la literatura sudamericana, a otros la china. A mí lo que me gusta de la literatura americana es que cuenta historias. Una historia, una aventura lineal y luego a través de ella una historia de Estados Unidos. Y eso es lo que me parece que la hace más interesante, más rica.”
En el lenguaje a veces apresurado y obvio de las impresiones posteriores a una primera lectura, la novela de Dicker parodia el anhelo de muchos jóvenes escritores de escribir “la gran Novela” con mayúsculas, con grandes ideas, deseo que no es monopolio exclusivo de los norteamericanos. Marcus tiene 30 años, pero aspira a todo o nada. Si no parodia el tópico, al menos lo tematiza con un tono jocoso. “¿Quiere usted ser desde ya una especie de cruce entre Saul Bellow y Arthur Miller?”, lo increpa Harry. “La gloria llegará, no sea impaciente. Yo mismo tengo sesenta y siete años y estoy aterrorizado: el tiempo pasa de prisa, ¿sabe?, y cada año que pasa es otro año que no puedo recuperar. ¿Qué se creía, Marcus? ¿Que iba usted a sacarse de la manga un segundo libro así, tal cual? Una carrera se construye, amigo mío.” Dicker logra, desde la pura ficción, retratar la idiosincrasia de un país que no le resulta ajeno. Ha pasado largas temporadas en Estados Unidos, entre 2006 y 2008, y que haya elegido como presente de la narración un año electoral como el 2008 no es un detalle menor. “El hecho de que fuera elegido Obama era el signo de un cambio que necesitaba Estados Unidos”, afirmó en una entrevista”. “Si hubiera sido elegido McCain, hubiera significado una vuelta atrás. Yo incluso llegué a pensar que si Obama no salía no volvería al país.”
¿Un escritor suizo, entonces, podría ser el autor de la “gran Novela” americana del siglo XXI? El destino de los libros y sus autores es un idilio perpetuo construido desde la fugacidad. Nada más imprudente y errático que intentar oficiar de “meteorólogo literario”. La verdad sobre el caso Harry Quebert es un formidable golpe en la mandíbula de los lectores.

Lydia Davis / Creo que los lectores son felices



Lydia Davis

"Creo que los lectores son felices

 cuando son muy activos"


Lydia Davis, escritora. La edición de sus cuentos completos 

confirma la altura de una autora breve, concisa y con mucho humor 



A Lydia Davis no le hacen falta muchas palabras para contar cosas. A veces basta con un par de frases, como en Compañera, una las historias de los Cuentos completos, que publica Seix Barral (en traducción de Justo Navarro). Dice así: "Nos sentamos juntas mi digestión y yo. Leo un libro y ella trabaja con ahínco en el almuerzo que acabé hace un rato".



Sería demasiado aventurado decir que Davis ha inventado un género literario propio, despojado de detalles, pero se encuentra entre los mejores. Sus personajes y los lugares no suelen tener nombre, pero eso no se convierte en un estilo frío. Todo lo contrario: historias, cálidas, llenas de humor e, incluso, ternura, tratan de temas mundanos (sin olvidarse ni siquiera de la escatología) o mucho más cercanos. Algunos han calificado sus escritos de "flash fiction".
Davis, hija del maestro y escritor Robert Gorham Davis y Hope Hale Davis, es también una reconocida traductora al inglés de las obras de Flaubert y Proust, dedicación que compartió con su exmarido Paul Auster. En Nueva York, a mediados de los setenta, los dos sobreviven como pueden con estas labores y Auster comienza a trabajar sobre Pour un tombeau d'Anatole, de Stéphane Mallarmé. Juntos también traducen Vida /Situaciones, de Jean Paul Sartre. La relación entre ambos acaba en 1981, en una relación deteriorada además tras la sequía más grave de Auster, que en ese año se casa con la escritora noruega Siri Hustvedt.
Lydia Davis vive en el norte del estado de Nueva York, cerca de la capital, Albany, donde enseña literatura en la universidad pública.
¿Cómo empezó a traducir libros del francés? Es una ocupación solitaria y la mayor parte del tiempo árida y muy poco reconocida en EEUU.
"La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede"
Me gusta mucho escribir en inglés. Me gusta escribir lo que otra persona ha escrito. La soledad... Me temo que escribir es una actividad solitaria o sea que eso no puede ser un problema. En cuanto al reconocimiento, creo que ahora está mucho más apreciado que antes. Pero EEUU está muy atrasado en el tema de las traducciones, y eso es una pena. En mis clases de ficción siempre digo a mis alumnos que deben traducir a autores extranjeros. Yo llegué al idioma francés, como muchas cosas en la vida, un poco por casualidad. Antes había aprendido alemán. Sólo tenía 7 años y me metieron en una escuela donde la única lengua extranjera era el francés. Tenía un buen profesor.
No es usted una autora convencional. ¿Esta antología de sus relatos, que aparece ahora en castellano, escritos a lo largo de más de 20 años, puede ayudar a entender mejor su trabajo?
Creo que sí. El crítico de la revista The New Yorker, James Wood, dijo [en un celebrado y elogioso artículo de cuatro páginas que publicaron al aparecer esta antología en EEUU, en 2009] que entendió mis relatos de forma muy distinta el día en que los vio todos juntos, porque algunos son cortos, otros muy cortos... a veces es difícil tener una idea global de lo que he querido decir.
"Mis personajes tienen mucha curiosidad por el mundo"
¿Le molesta que la califiquen de autora experimental?
Entiendo lo que quieren decir, pero no me gusta la palabra porque implica que el experimento ha fallado. La mayoría de los experimentos no acaban bien, a lo mejor uno de vez en cuando tiene éxito. También me han llamado atrevida o innovadora, esa palabra sí me gusta, porque parece que has hecho algo nuevo. Aunque hay precedentes de lo que hago, quizás no en la tradición estadounidense, sino más europea, estoy pensando en el escritor vienés Peter Altenberg (1859-1919). Escribía historias muy cortas, de una o tres páginas, transformaba experiencias propias, a veces las convertía un poco en ficción. Son historias muy bonitas, divertidas, raras, líricas. He traducido algunas para revistas literarias.
En sus relatos los silencios, todo lo que no cuenta, es tan importante como las palabras. ¿Cómo llega a calcular todo lo que no debe decir?
No es el resultado de un cálculo, es algo más intuitivo, depende de cómo me llegue historia. Mi reflexión gira alrededor de cuánta información es suficiente para una buena historia: lo que sobra y lo que falta, y cómo mantener el equilibrio mientras lo escribo. Pero soy incapaz de pensarlo con antelación, tampoco lo pienso luego ni pulo cosas. El autor debe mantener un equilibrio entre el control que ejerce y la actividad del lector. Leo a autores que ejercen demasiado control, que explican demasiadas cosas. Creo que los lectores son felices cuandohacen mucho, cuando son muy activos.
¿Cómo se consigue que en una sola frase pueda incluirse toda una historia?
Según la sensación de concreción que me transmite cuando la leo. Un sentido físico de que la historia es parte de otra historia. En las conversaciones me gustan las interjecciones, es decir, todo lo que puede llegar a decir un comentario corto sobre la persona que lo dice. La escritura siempre intenta ser todo lo más concisa que puede, incluso Marcel Proust decía que era muy conciso. Escribía páginas y páginas, pero no escribía más de lo que debía.
Sus historias también alargan el tiempo y sus personajes parecen congelados en un momento preciso de su vida
Algunos lectores me han dicho que siguen pensando en las historias más cortas, las que tienen una línea o dos, después de haberlas leído. De alguna manera crean sus propias historias que van más allá de lo que he escrito.
Sus personajes viven en una constante derrota su cotidianidad, ¿cree que están perdidos?
Quizás, pero sobre todo tienen mucha curiosidad por el mundo. Ellas, porque la mayor parte del tiempo son mujeres, se sienten intrigadas, intentan entender lo que les rodea, sus circunstancias de vida, etc. Están fascinadas por lo que pasa a su alrededor. Yo, por ejemplo, he publicado un pequeño libro sobre las vacas que viven del otro lado de mi casa.
¿Se ha visto tentada de volver a una narración más tradicional?
Sí, desde luego. Una de las historias, El paseo (parte de Variedades de perturbación), obedece justamente a ese impulso, porque me gusta la narración tradicional de las historias cortas.
En alguna ocasión ha explicado que ya está trabajando en una narración muy larga.
Hay un par de proyectos, pero mi próximo libro será, sin duda, de nuevo historias cortas. Pero si me decido a escribir algo largo será Historia, una historia de no ficción. Quiero cruzar la línea hacia otro tipo de narrativa. Tengo dos ideas en mente, una sobre la historia estadounidense antes de la revolución. Y otra es en Francia, en el siglo XIV. Son muy distintas, pero no soy historiadora, es un handicap, así que tendré que hacer mucha investigación.




Lydia Davis

La autora más breve y adictiva

Cruel
A pesar de que el humor siempre figure de alguna manera, aunque sólo sea para no tomarse demasiado en serio, Lydia Davis construye a partir del conflicto, y en ese terreno la familia es el campo de batalla. En el relato ‘La madre' describe una relación asfixiante entre una madre y su hija. De hecho, la presencia materna, sostenida a lo largo de estos 20 años de trabajo, siempre es inquietante. 
Derrota
Los héroes de Lydia Davis son gente de poca monta, son la mayoría. Y el material del que se nutren sus relatos, por tanto, es la inseguridad, los sueños incumplidos y las pérdidas. 
Doméstica
"No sabía si había sido él o el perro", es el arranque del cuento ‘Ventosear' al describir la primera cita de una pareja. Davis parte de lo trivial para transformarlo en un recurso para el asombro. Maestra en el retrato de vidas vulgares, vidas singulares. 
Moral
En ‘La casa de atrás' presenta el enfrentamiento entre vecinos, la versión del qué dirán en EEUU. Unos no se hablan con otros, pero todos opinan de todos. Violencia y silencio, prejuicios y rumores. "La costumbre provocará que la gente de atrás recobre su raída pulcritud, el cáustico cotilleo de todas las mañanas contra la gente de la casa de delante, la frugalidad en las pequeñas compras, su decencia sin riesgos". 
Presente
Directa y sencilla. Su estilo lima la retórica, desmiga la tercera persona y se olvida del recuerdo si no es para perfilar a sus criaturas. Todo en Lydia Davis es presente: "La comida de mi marido en la infancia era la ternera en lata. Lo descubrí ayer cuando vinieron unos amigos y empezamos a hablar de comida". 


http://www.publico.es/culturas/382215/creo-que-los-lectores-son-felices-cuando-son-muy-activos



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