sábado, 19 de diciembre de 2020

François Sagan / Jean Paul Sartre



François Sagan
JEAN PAUL-SARTRE

Escribí esta carta en 1980 y la publiqué en L'égoïste, el bonito y caprichoso diario de Nicole Wiesnieck. Por supuesto que primero pedí permiso a Sartre, a través de otra persona, porque no nos habíamos visto desde hacía veinte años y, para entonces habíamos compartido algunas comidas con Simone de Beauvoir y mi primer marido, comidas algo forzadas; algunos encuentros divertidos en agradables lugares de perdición, por la tarde, en los que Sartre y yo fingíamos no vernos; y en un almuerzo con un encantador industrial algo entusiasmado por mi persona, que le propuso dirigir una revista de izquierda que él mismo financiaría con sumo placer, pero cuando el industrial, entre el queso y el café fue a cambiar el tiket de aparcamiento, Sartre se sintió desanimado y con ganas de reírse; en todo caso, de Gaulle ya iba llegando y aquel irrealizable proyecto, naufragó definitivamente.

Después de esos pocos y breves contactos, no nos habíamos visto durante veinte años y durante todo ese tiempo, siempre deseé decirle lo mucho que le debía.

Sartre, ya ciego, pidió que le leyeran mi carta y dijo que quería verme y cenar conmigo a solas. Fui a buscarlo al Boulevard Edgar-Quinet, lugar por el que ahora nunca puedo pasar sin sentir tristeza. Fuimos a La Closerie de Llilas. Yo lo llevaba de la mano para que no tropezara y tartamudeaba de timidez. Creo que formábamos el dúo más curioso de las letras francesas y los camareros revoloteaban ante nosotros como cuervos asustados.




Todo esto ocurrió un año antes de su muerte y fue la primera de una larga serie de cenas, que yo no imaginaba entonces. Pensé que solo me invitaba por amabilidad y también creía que yo moriría antes que él.

Después seguimos comiendo juntos cada diez días. Yo iba a buscarlo. Él ya estaba preparado en la entrada, con su chaquetón con capucha y salíamos como ladrones, cualquiera que fuera la compañía. Debo confesar que contrariamente a lo que cuentan sus allegados en los recuerdos de aquellos últimos meses, nunca me sentí mal ni molesta por su manera de comer. Por supuesto que todo eludía su tenedor, pero era a causa de su ceguera, no por torpeza. Me dan mucha rabia los que se han quejado en artículos o libros, apenados o despectivos con respecto a aquellas comidas. Hubieran debido cerrar los ojos si eran tan delicados y reducirse a escuchar cuanto decía aquella voz alegre, valiente y viril, y la libertad con que hablaba.

Lo que le gustaba en nosotros, me decía, era que nunca hablábamos de los demás ni de nuestras relaciones comunes: conversábamos como viajeros en un andén de estación. Lo echo de menos. Me gustaba tenerlo de la mano y que él me tuviera atada por el espíritu. Me gustaba hacer lo que me indicaba y me importaban poco sus torpezas de ciego. Me admiraba que hubiera podido sobrevivir a su pasión por la literatura.

Me gustaba tomar su ascensor, llevarlo a pasear en coche, cortarle la carne, tratar de alegrar nuestras dos o tres horas, hacerle el té, llevarle whisky a escondidas, oír música con él y más que nada escucharlo. Me daba mucha pena dejarlo ante de su puerta, se quedaba allí parado, mientras de alejaba, con los ojos vueltos en mi dirección y un aire desconsolado. Cada vez tenía la impresión, a pesar de nuestras citas precisas y próximas, de que no nos volveríamos a ver; que se hartaría de la "revoltosa Lili" – que era yo - y de mis balbuceos. Temía que nos sucediera algo, a cualquiera de los dos. Y sin embargo, la última vez que lo vi, en la última puerta, esperando conmigo el último ascensor, me sentía tranquila. Pensaba que dependía un poco de mí, y no pensaba que de pronto tendría que depender tanto de la vida.

Recuerdo aquellas extrañas comidas en restaurantes discretos del distrito XIV.

-¿Sabe?, me leyeron su carta de amor -me dijo al principio-, y me gustó mucho. Pero ¿cómo pedir que me la releyeran continuamente para deleitarme con sus elogios?. ¡Me creerían paranoico!" 

Entonces le grabé mis propias declaraciones -tardé seis horas, tal era mi timidez-, y pegué una cinta adhesiva a la cassette para que la reconociera al tacto. Después me aseguró que la escuchaba a veces cuando estaba solo en sus noches de depresión, pero sin duda fue para agradarme.

Decía también: 

-Está empezando a cortarme el filete en trozos demasiado grandes. ¿No será que va perdiéndome el respeto? Y al oírme atareada con su plato se echaba a reír. 

-Usted es muy amable, ¿no es cierto? Es un buen signo. Las personas inteligentes siempre son amables. Solo he conocido un tipo inteligente y malo; era pederasta y vivía en el desierto. También estaba harto de los hombres, de esos antiguos muchachos que lo reclamaban como padre a él, a quien sólo le gustaba y nunca le había gustado otra cosa que la compañía de las mujeres, 

-Oh me tienen cansado! -decía- ; qué culpa tengo de Hiroshima ... qué culpa tengo de Stalin, qué tengo que ver con la pretensión que tienen, con su idiotez? ... Y se reía de todos los subterfugios de esos falsos huérfanos intelectuales, que lo querían por padre. ¿Padre, Sartre? ¡Qué disparate! ¿Marido, Sartre? ¡Tampoco! Amante, quizá. Esa soltura, esa calidez, que aún ciego y medio paralizado, mostraba hacia una mujer, eran reveladoras. 

-¿Sabe? Cuando me quedé ciego y comprendí que no podía seguir escribiendo –escribía desde hacía cincuenta años diez horas al día, y fueron los mejores momentos de mi vida–, cuando comprendí que eso había terminado para mí, me sentí muy afectado y hasta pensé en matarme.

Como no dije nada y notó que me asustaba aquella idea, añadió: 

-Pero luego, ni siquiera traté de hacerlo. Ya ve, toda mi vida he sido tan feliz; hasta ese momento era un hombre, un personaje en tal forma hecho para la felicidad, que no iba a cambiar de golpe mi papel. Continué siendo feliz, por costumbre. 

Y yo, mientras él decía eso, oía también lo que no decía: no destruir, para no entristecer a los míos, a las mías, y sobre todo a esas mujeres, que a veces le telefoneaban por la noche cuando volvíamos de nuestras comidas, o por la tarde cuando tomábamos el té y que parecían tan posesivas, tan dependientes de ese hombre impedido, ciego y desposeído de su oficio de escribir. Esas mujeres que por su misma desmesura le devolvían la vida, su vida de hasta aquel momento, su vida de hombre mujeriego consumado, mentiroso, compasivo o comediante.

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sarte



Se fue de vacaciones ese último año; vacaciones compartidas durante tres meses, con tres mujeres, que afrontó con fatalismo y una amabilidad sin tacha.

Durante todo el verano lo creí un poco perdido para mí. Luego volvió y nos vimos de nuevo, pero esta vez ya no sería –pensé-, para siempre; para siempre mi coche, su ascensor, el té, las casetes, aquella voz divertida, a veces tierna, aquella voz segura.

Otro para siempre lo estaba esperando ... sólo para él.

Fui a su entierro sin poder creer que era cierto. Pero fue, no obstante, un hermoso entierro, con miles de personas de todo tipo que también le amaban, le respetaban y que lo acompañaron durante kilómetros hasta su última morada. Personas que no habían tenido la desventura de conocerlo y verlo durante todo un año, que tenían en la mente cincuenta clichés desgarradores de él, personas que no lo extrañarían cada diez días, todos los días; personas a las que yo envidiaba y compadecía al mismo tiempo.

Y sí, por supuesto, luego me indigné con esos relatos que causaban vergüenza, de un Sartre gastado, hechos por algunas de las personas que lo rodeaban. Aunque dejé de leer algunos recuerdos sobre él, nunca olvidé su voz, su risa, su inteligencia, su coraje y su bondad. 

Verdaderamente creo que jamás me recuperaré de su muerte. Porque ¿qué hacer, a veces?, ¿qué pensar? Sólo ese hombre aniquilado podría decírmelo; era la única persona en la que podía creer. 

Sartre nació el 21 de junio de 1905 y yo el 21 de junio de 1935, pero no creo -y por otra parte no tengo ganas de hacerlo-, que pueda pasar otros treinta años sin él en este planeta.



François Sagan



Jean-Paul Sartre murió en París el 15 de Abril de 1980 y Simone de Beauvoir, también en París, el 14 de Abril de 1986. François Sagan falleció 24 años después que Sartre, en Calvados, el 24 de Septiembre de 2004.


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