lunes, 10 de febrero de 2020

Kirk Douglas / Suya es la gloria, Espartaco



Suya es la gloria, Espartaco

Cuando Kirk Douglas desaparezca habremos perdido al último símbolo de un cine legendario


CARLOS BOYERO
10 DIC 2016 - 06:25 COT

Se llama Issur Danielovitch, pero el hijo de aquel trapero judío llegado de Rusia decidió por estrategia, o conveniencia, o porque su nombre resultaba demasiado hebraico (aunque Hollywood lo inventaran ellos y lo sigan reinventando), que sería mejor cambiarlo por algo tan contundentemente estadounidense como Kirk Douglas. Y siempre existían mil agradecidas y admirativas razones para recordarle, pero en esta ocasión se debe a algo tan insólito como que cumpla 100 años mañana viernes. No sabemos cómo ha afectado su longevidad a su estado físico y mental. Lo único que deseo es que alguien que nos ha transmitido sensaciones tan intensas, que nos regaló con su presencia y su arte algo parecido a la felicidad, tenga una ancianidad plácida, que el dolor y la devastación no se hayan ensañado con él, que aún pueda disfrutar de ciertas cosas de la vida. Cuando él desaparezca habremos perdido al último símbolo de un cine legendario, en blanco y negro y en color, de una época en la que el público pagaba la entrada para ver actores y actrices que le ofrecían algo hipnótico, mágico y veraz, gente en perpetua posesión de algo llamado magnetismo, independientemente de la calidad del producto. Nos quedará la memoria y la posibilidad de revisar en formatos que ya no pertenecen a la sala oscura el talento y la personalidad de histriones a los que amaremos siempre.

Kirk Douglas
Además de haber sido con naturalidad un dios, de comerse la pantalla, este señor tuvo la suerte o la intuición de que una cantidad apabullante de grandes directores exigiera su presencia. La lista acojona: Wilder, Hawks, Mankiewicz, Tourneur, Huston, Wyler, Minnelli, Hathaway, Vidor, Kubrick, Preminger, Fleischer, Aldrich, Sturges, Frankenheimer, Donen, Ritt, Kazan, De Palma, Mann y otros ocasionalmete meritorios. De acuerdo, falta John Ford, no se puede tener todo, pero la carrera de Douglas si poseyó casi todo. Si añadiera algunos nombres de directores europeos, e incluso algún oriental, yo disfrutaría el resto de mis días y pasaría en Arcadia todas las noches volviendo a ver la obra de esos señores que dirigieron a Kirk Douglas.

Ninguna de sus interpretaciones fue bendecida con el Oscar. Tampoco se lo otorgaron a Cary Grant. Creo que a ambos pretendieron consolarles al final de su carrera con el honorífico. ¡Qué vergüenza para el Oscar! No premiaron a un actor dotado de una energía proteica, creíble en múltiples registros, alguien que desprende electricidad, capaz de otorgar autenticidad y fascinación al heroísmo pero igualmente al lado oscuro, a trepas, canallas, obsesos, crueles, cínicos, manipuladores y outsiders, a matices sobre el bien y el mal, dueño de una fuerza expresiva impresionante en movimiento o parado, en primer plano y en plano general, mirando, escuchando, hablando, retando, en réplica y contrarréplica. Alguien contó que, si Douglas era fotografiado en medio de un grupo de gente, la mirada de un espectador virgen inevitablemente se iba a concentrar en él, porque la cámara le amaba. Son los atributos y el perpetuo misterio que distinguen a las grandes estrellas. Y de acuerdo en que era un hombre guapo y musculado, que el hoyuelo de su barbilla molaba mucho, pero lo más atractivo de él nacía de su cabeza, su sensibilidad, su corazón, su inteligencia, su estilo, su clase.

Tendría un grave problema si me preguntaran cuáles son las interpretaciones de Kirk Douglas que prefiero. Ha tocado el cielo muchas veces con una tipología tan variada como atractiva, de bueno o de malo, de atormentado o de racional, de intimista o de épico, pero incluso en sus películas más débiles o convencionales, yo pertenezco a ese público que salía contento por el goce de ver actuar a ese señor llamado Kirk Douglas. Y tampoco olvido que, gracias a él, las infames listas negras perecieron, cuando impuso que en el guion de Espartaco apareciera el nombre de Dalton Trumbo, su verdadero y hasta entonces clandestino autor. Quiero pensar que además de un actor genial este tipo se comportara alguna vez en su vida como un hombre valiente, justo y honrado. Creo que esta noche veré un programa grande. O sea: Cautivos del mal, El gran carnaval y Espartaco. Felicidades, señor Douglas y que se muera cuando usted quiera.


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