Confieso que cuando decidí escribir este artículo sobre David LaChapelle, pensaba que me iba a tomar un par de horas.
Pero cuando, armado de computadora, de una silla cómoda, y con el café a la mano, comencé a reunir mis ideas sobre cómo contarte de este gran fotógrafo también me di cuenta de cuán ingenuo había sido.
¡Porque las fotografías de David LaChapelle son un Caos!
Muy “estudiado”, claro, pero siempre un Caos.
Él abruma el ojo y la mente y cada una de sus obras es una lluvia de color, una composición minuciosa; rica en detalles, como un cuadro de surrealismo, fascinante y, sin embargo, a menudo grotesco.
¡Con el resultado de que escribir de David LaChapelle no es nada simple!
Si el trabajo de un fotógrafo es el reflejo de su vida, creo que la suya debió haber sido, de hecho, un volcán que grita, un giro de anticonformismo que da escalofríos y se parece a las aventuras de las películas.
Entonces, para hacer un poco de ordén al interior de la confusión y del rumor que caracterizan su operar, quiero hablar sobre las fotografías de LaChapelle y las ideas que lo han motivado empezando precisamente por su vida.
Comenzada, por cierto, del modo más banal.
David LaChapelle: la vida en breve
Fui a la escuela de arte y siempre creí que me volvería un pintor. Desafortunadamente no terminé el liceo, pero también esto era parte del plan — D. LaChapelle
El internacional y super glamoroso David LaChapelle, clase 1963, nace en Fairfield, un oscuro pueblito de un pequeño estado americano, Connecticut.
Escapa pronto de ahí para seguir su pasión por el arte y, en particular, por la pintura.
Acude con escaso éxito a la “North Carolina School of the Arts” y luego, en un segundo momento, a la “School of the Arts” de New York.
Después de un rápido servicio en los Marines (¡!) y luego de un matrimonio en Londres, David LaChapelle vuelve a la “Gran Manzana” decidido más que nunca a dedicarse totalmente a su talento de fotógrafo.
Y son precisamente el interés por la vida mundana, caótica y sofisticada de la gran ciudad, unida a las posibilidades que esta puede ofrecer, los elementos fundamentales que revolucionan sus prospectivas y ambiciones.
Mientras que su primer amor, la pintura, es la que distingue su madurez estilística y se vuelve la “firma” inconfundible de sus fotografías más famosas.
Ya en las primeras exposiciones hechas en casa de amigos, David logra que se hable de el en toda la ciudad, llegando incluso a acariciar la curiosidad de Andy Warhol, que decide invitarlo a su revista “The Interview”.
Desde aquí, parte la explosión incontenible de su éxito.
El estilo y el mensaje de David LaChapelle
Nunca he visto alguna diferencia entre ser un fotógrafo o un artista. No me gustan estos esquemas. Si a alguien le gusta pensar qué mis fotogrfìas sean arte, es fantástico; dejaré que sea la Historia quien decida. – D. LaChapelle
Algunos, en realidad, no lo consideran ni siquiera un fotógrafo.
Muchos, en cambio, son avasallados y fascinados por las fotografías de David LaChapelle, por esa cacofonía de colores brillantes, de personajes de fábula y surreales, de significados siempre entre lo frívolo y lo profundo.
Porque así como otros fotógrafos, entre los que recordamos, por ejemplo a Martin Parr, él disfruta de la provocación para argumentar sus tesis de fondo.
Cada una de sus fotografías en primer lugar captura el ojo del observador y, luego, evoca una sensación de vago y familiar malestar.
Todo gracias al atento, casi maniaco estudio que se esconde detrás del telón de cada una de sus fotografías. (El caos “ordenado” al que me refería antes).
Un primer malestar de su particular técnica fotográfica, así descaradamente “pictórica”, se encuentra en los retratos de los famosos.
De hecho, fascinado por el Star System, David LaChapelle se convierte a su vez en una estrella.
Y así, la visita, la amistad y la confianza de las celebridades, le permite realizar fotografías de decenas y decenas de nombres conocidos: desde Naomi Campbell y Angelina Jolie hasta Madonna y Leo di Caprio.
Obviamente, sin embargo, a su modo.
Michael Jackson, de David LaChapelle
Aquí está Michael Jackson en el papel del Arcángel Miguel mientras acaba con el diablo. El famoso cantante, sujeto a numerosas controversias, había sido absorbido por un vórtice de chismes que lo había despojado de toda humanidad, arrojando su vida privada como carne para los lectores de tabloide. El retrato hecho por David apuntaba precisamente a restituir un alma al cantante, a regresar la atención a su lado más espiritual. Al mismo tiempo, dada la situación, no podía que resultar controversial y grotesco.
Se dedica activamente también a la realización de campañas publicitarias, tomando al vuelo la posibilidad de poder jugar e ironizar sobre el pomposo, exagerado y mentiroso mundo de la publicidad.
“Espresso and Fun”, de David LaChapelle
La nota impresa de café italiano LAVAZZA siempre ha dejado amplios márgenes de libertad a los fotógrafos responsables de la creación de sus calendarios. Cuando fue el turno de David para hacer uno, no dejó escapar la ocasión de parodiar la excesiva sensualidad y el absurdo de la mercadotecnia conectada con el café. Y lo representa así en un contexto grotesco y fetichista.
Pero el verdadero momento decisivo fue en el 2006, cuando David LaChapelle partió a Roma, donde tuvo la ocasión de visitar la Capilla Sixtina.
Allá, se queda profundamente impresionado por la belleza y la majestuosidad del arte sacro renacentista y decide abrir un hilo de narrativa fotográfica con la huella de este estilo.
“Deluge” (Diluvio), de David LaChapelle.
“Además de las formas y actitudes de los cuerpos, típicamente renacentistas, fuerte es la analogía con el cuadro del siglo XIX “La balsa de la medusa”.
La fotografía muestra una maraña de cuerpos desnudos que se extraen de la deriva de la civilizaciónen los abismos. La civilización aquí representada es, sin embargo, la de los casinos, de las luces de neón, de las “marcas”, de las tetas de silicón.
Obviamente, David LaChapelle interpreta también lo sacro a su modo.
Y así personajes sureales, grotescos y fuera de lugar se jactan de espectáculos de nacimientos, banquetes y paraísos, pero lejos de los que todos conocemos.
“La Última Cena” de David LaChapelle.
Esta fotografía ofrece una tanto inequívoca como absurda versión de “La Última Cena”. A pesar de que la imagen puede parecer profana, el intento del fotógrafo está en subrayar el absurdo presente en representaciones artísticas bien enraizadas en el imaginario colectivo.
En esta foto se juega, en primer lugar, con el tema racial, y está evidenciado en particular el estridente contraste entre la que podía ser la realidad y cómo en cambio, aparece en sus reproducciones eurocéntricas.
David LaChapelle nos pone frente a una realidad que creemos consolidada, fruto de nuestros condicionamientos culturales, y usa la provocación para estimularnos a reflexionar, para liberarnos de los esquemas mentales que solemos usar para sondear lo que conocemos y que para nosotros es familiar.
E intensifica en esta etapa su vena de crítica sutil pero omnipresente hacia los principios del capitalismo.
Capitalismo que conduce inexorablemente a la sociedad a una conducta superficial e desgradecida frente a lo que posee.
Sus trabajos prosiguen así, con tomas que revelan en clave irónica y estridente el lado absurdo y ridículo de nuestros estilos de vida.
“Gas station”, de David Lachapelle
¿Alguien de ustedes está interesado en un buen viaje en auto en el bosque tropical? En el mundo de David es posible, y la estación de servicio se eleva amenazadora como una pesadilla nocturna en medio de la naturaleza.
Odiar o amar a David LaChapelle
David LaChapelle está muy lejos del arte clásico de la fotografía.
Muchos, de hecho, ni siquiera consideran “verdadera fotografía” su obra.
Un poco por la construcción maníaca de las escenas, un poco por el uso abundante y sin prejuicios de efectos de post-producción.
Personalmente, yo que no soy, con certeza, un purista de la fotografía, adoro a David LaChapelle.
Pero puedo entender que muchos lo encuentren insoportable, artificial, estudiado en cada detalle.
Sin embargo, creo que todos, tanto quien lo ama como quien lo odia, pueden aprender algo del trabajo de este “colorido” fotógrafo.
Para comenzar, de hecho, David nos muestra cómo el arte puede ser el medio perfecto para afrontar los tabúes y hacer crítica y análisis social.
Además, se puede aprender de él su gran capacidad de trabajo, su perfeccionismo, su “obsesión” de buscar la imagen perfecta.
Y finalmente, porque eso es lo que en realidad lo distingue de sus “iguales”, se puede admirar y ser inspirado por su exagerada imaginación.
Y por la capacidad infinita que tiene de construir escenas donde se confunden la realidad y el absurdo.
Intento fotografiar lo infotografiable. Las imágenes me aparecen simplemente en la cabeza y las creo – D. LaChapelle
La fotografía de David LaChapelle, por lo tanto, no gira , como en vez para Cartier-Bresson, alrededor de la idea de encontrar el “momento perfecto”.
Gira, en cambio, alrededor de las historias que su imaginación incansable continuamente crea, ordena y “pinta” en la tela fotográfica. Como dice él mismo, “será la historia la que decida” si es verdadero arte.
En este mismo instante hay un hombre que sufre, un hombre torturado tan sólo por amar la libertad. Ignoro dónde vive, qué lengua habla, de qué color tiene la piel, cómo se llama, pero en este mismo instante, cuando tus ojos leen mi pequeño poema, ese hombre existe, grita, se puede oír su llanto de animal acosado, mientras muerde sus labios para no denunciar a los amigos. ¿Oyes? Un hombre solo grita maniatado, existe en algún sitio. ¿He dicho solo? ¿No sientes, como yo, el dolor de su cuerpo repetido en el tuyo? ¿No te mana la sangre bajo los golpes ciegos? Nadie está solo. Ahora, en este mismo instante, también a ti y a mí nos tienen maniatados.
Sus imágenes pictóricas y etéreas alejaron a la fotografía de moda de los estereotipos establecidos por la mirada masculina. Una exposición recorre el universo onírico de la artista francesa a través de su cine y su fotografía
GLORIA CRESPO MACLENNAN
2 OCT 2020 - 02:22 COT
La fotografía es una ficción para Sarah Moon, (Vernon, Francia, 1941), “un eco del mundo” donde resuena una rara y evocadora belleza construida a base de la insinuación; una ventana a través de la cual ha dado rienda suelta a un imaginario poético que oscila entre lo visible y lo invisible. “A menudo envidio a aquellos que saben fotografiar la vida. Yo la esquivo”, asegura la artista francesa que alejó la fotografía de moda de los clichés creados por la mirada masculina. “Empiezo de la nada. Me invento una historia que queda sin contar. Me imagino una situación que no existe, borro un espacio para inventar otro, cambio la luz, lo vuelvo irreal y luego lo intento. Atenta a lo inesperado, espero ver aquello de lo que no me acuerdo, deshago lo que uní, confió en la suerte, pero más que otra cosa, anhelo la emoción del disparo”.
Renovadora de la fotografía de moda, durante más de tres décadas ha ido dando forma a una obra personal a través de la fotografía, el vídeo y también el cine. Un universo donde el tiempo es continuo, el pasado se funde con el presente presintiendo el futuro, y al que nos abre las puertas PasséPrésent, la exposición que el Museo de Arte Moderno de París dedica a la artista. Alejada de cualquier planteamiento cronológico la muestra entrelaza temas, técnicas y etapas utilizando como hilo conductor una selección de las películas realizadas por Moon. Incluye también como apéndice una sala dedicada a la relevante figura del editor Robert Delpire (1926-2017), destacando su influencia en la vida de la autora de la que fue pareja durante cinco décadas.
Sus primeros retratos los realizó en Londres en 1968. De origen judío, llegó a la capital británica con su familia huyendo de una Francia ocupada por los nazis. Por aquel entonces era modelo, y había posado para Guy Bourdin, Helmut Newton o Irving Penn. Así mientras los swinging sixties llegaban a su fin y cansada de prestar su cuerpo a la cámara decidió observar el mundo desde el otro lado del visor. Atrás dejaba su nombre real, Marielle Hadengue, cuando comenzó a trabajar para las firmas Biba y Cacharel, dispuesta a liberar a la mujer de la mirada masculina imperante que la mostraba como objeto de deseo. Las fotógrafas Lillian Bassman y Deborah Turbeville la acompañaban en su empeño.
Su lenguaje fotográfico comenzó a distanciarse del glamur codificado y de todo cliché; cuerpos etéreos, miradas esquivas que se resisten a ser totalmente definidas por el espectador, perdidas en una atmósfera melancólica y romántica que evocan versiones oníricas de la realidad de claros tintes pictorialistas. De ahí que su obra haya sido descrita como un enigma interpretado desde la nostalgia. “¿Qué es la nostalgia?”, pregunta la escritora Dominique Eddé a la artista en uno de los textos que reúne el catálogo de la muestra. “Es el sueño de cualquier cosa que no existe. Es el sueño de un sueño”.
El punto de inflexión en su trayectoria artística se produjo en 1985, tras la muerte de su asistente Mike Yacel. Su nombre era ya un refrente en el mundo de la moda cuando comenzó a centrarse en sus proyectos personales, entregada a una tarea en solitario, más libre e imprevisible. De esta forma estableció dos líneas de trabajo que aunque obedecen a procesos separados su división es porosa. “Los contagios entre estos dos regímenes de imágenes continúan enriqueciendo las cuestiones que provocan las fotografías de Sarah Moon”, señala Schulmam.
Paisajes urbanos, relojes que parecen haber dejado de marcar las horas, animales, extrañas criaturas, plantas y hermosas mujeres envueltas en vaporosos vestidos, Caperucita posa en la ciudad tras un bosque imaginario. Un niño corre aterrado antes de ser capturado. Todo ello configura un mundo onírico. Instantes fugaces, también de pesadilla y de inquietud, envueltos en un aura de misterio. “En el corazón del drama de tus fotos existe un gran enigma”, escribe el fotógrafo Duane Michals a la artista.
Autodidacta como fotógrafa, aprendió a apreciar la fotografía en el cine, donde pasó tantas horas de su niñez y juventud. “Se aprecian las influencias estéticas del soviético Sergei Eisenstein, así como de los alemanes G. W. Bast, Carl Theodor Dreyer y F. W. Murnau. De ellos aprendió a jugar con la extrañeza”, destaca la comisaria. “Su búsqueda de la belleza es paralela a una profundidad que conecta con desaparición y también con la muerte. La belleza es algo muy evanescente que también puede hallarse en las sombras”. En la muestra predomina el uso del blanco y negro al que describe como el color de la memoria.
La estética del accidente perseguida por la autora se observa ya en algunos fotógrafos de la época victoriana como Julia Margaret Cameron. Una búsqueda fuertemente rechazada entonces por ser el éxito de un error y que entraría a formar parte del vocabulario de la fotografía de vanguardia a partir de los comienzos del siglo XX. "Siempre me ha gustado el pictorialismo, me han criticado bastante por ello, pero los fotógrafos que realmente me gustaron fueron Robert Frank, Diane Arbus y Henri Cartier-Bresson", aseguraba la fotógrafa en una conversación con Quentin Bajac. El conservador y experto en fotografía observa en esa tendencia a mirar hacia atrás de la autora no “la expresión de una nostalgia por el pasado, sino más bien un laboratorio formal de riqueza hasta entonces insospechada”.
Así, las alteraciones creadas a partir de los negativos de la cámara Polaroid: arañazos, huellas digitales y manchas, junto con los desenfoques contribuyen a que la imagen se distancie de la realidad. La materialidad de la fotografía parece más viva y visible al tiempo que dificulta al espectador la capacidad de situarla en una época concreta. “Moon persigue capturar un momento que esté absolutamente fuera del tiempo, que sea atemporal”, señala la comisaria. “A esto se añade el hecho de que algunas de las imágenes no han sido fijadas intencionadamente, de forma que están siendo borradas progresivamente por el tiempo y la luz. El tema de desaparición de la imagen se encuentra en el corazón de su búsqueda”.
Comenzó a trabajar en el cine a finales de los ochenta. Mississippi One (1991) sería su primer largometraje. Su trayectoria abarca desde la ficción hasta el cine documental. Cada sección de la exposición gira en torno a una proyección de las versiones de los cuentos de Charles Perrault y Hans Christian Andersen que la autora ha adaptado dentro de un contexto actual, entre ellos Caperucita Roja (Le chaperon noir, 2010) y Barba Azul (Le fil rouge, 2006). Dichas adaptaciones adquieren un tono bastante dramático que alude a la difícil acomodación de los niños al mundo adulto. "Al hacer películas, Sarah Moon elige historias que todos conocen, excepto ella”, escribe el actor y guionista Jean-Claude Carrière en el catálogo. “Al menos esa es la impresión que da, las descubre mostrándonoslas. En cualquier caso, descubre lo esencial. Su forma de mostrar, es decir, de ver, es la suya […] Sí, en las películas de Sarah Moon casi se podría decir que hay que mirar lo que no se ve. Este es uno de sus secretos”.
Una retrospectiva explora al autor y muestra los trabajos que él nunca hubiera exhibido
Paula Chouza
México, 28 de abril de 2015
Años antes de fundar la agencia Magnum, cuando aún la capital de México se parecía más a una ciudad de provincia, la Leica de 35 milímetros de Henri Cartier-Bresson buscaba a las prostitutas del barrio comercial de La Merced. Corría el año 1934 y el joven francés de 26 años, muy influido entonces por sus charlas con los surrealistas Salvador Dalí, André Bretón o Max Ernst, había llegado al país para hacer un registro fotográfico de la carretera Panamericana. El proyecto se frustró, pero Cartier-Bresson decidió quedarse en México y se instaló cerca del gran mercado de la urbe, fascinado por el bullicio de la actividad comercial por las mañanas y el vocerío de las mujeres que de noche trabajaban en la calle.
Vivió 96 años, entre 1908 y 2004, recorrió varias veces el mundo con su Leica y combatió en primera línea por el surrealismo, el comunismo y el reporterismo. Además de fotógrafo, Henri Cartier-Bresson fue pintor y dibujante, cineasta y actor ocasional, reportero de hielo y militante de fuego, poeta, antropólogo y emprendedor. Antes y después de cofundar la Agencia Magnum en 1947, retrató a los miserables y a los olvidados, a sus mujeres y sus amigos, guerras y revoluciones, el inconsciente y el fugaz instante decisivo. Sin palabrería ni adornos, a base de instinto, generosidad y pulso de cirujano, dio la espalda a los poderosos y puso el objetivo en los vencidos y la naturalidad.
No sabía decirlas, no podía; porque jamás las pronunciará antes, juntas así. La angustia la mataba, imposible aguantar aquel anhelo que era dolor cruel de tan agudo. Y las palabras nunca dichas fueran el único remedio en aquel trance que alteraba su cuerpo: de la piel, hasta lo más profundo. Con voz rota ella pide: ¡oh tú, por caridad ayúdame a decirte que... Palabras.
Ellen Von Unwerth es una fotógrafa nacida en Alemania en 1954 consagrada al erotismo y el glamour femenino. Su carrera profesional comienza en el Circo de Munich, donde trabaja como ayudante del mago, el payaso y el lanzador de cuchillos. La casualidad la sacó de esta vida bohemia cuando un fotógrafo la descubrió por la calle. Así comenzó su carrera como modelo que, según confiesa, no le divertía mucho “aunque sí que era interesante y un poco frustrante”.