viernes, 17 de noviembre de 2017

Hilary Mantel / Terminal



Hilary Mantel

TERMINAL 


Traducción de José Manuel Álvarez Flórez


El 9 de enero, poco después de las once de una mañana oscura de aguanieve, vi a mi difunto padre en un tren que salía de Clapham en dirección a Waterloo.
Aparté la vista, pues no lo reconocí de inmediato. Estábamos en vías paralelas. Cuando miré otra vez, el tren había acelerado y se lo llevaba.

Mi mente se desplazó de inmediato hacia delante, hacia la confluencia en la estación de Waterloo, y el encuentro que estaba segura que debía producirse. Él viajaba en un tren antiguo, de los de seis asientos por vagón y pasillo, las ventanillas casi opacas por la acumulación del invierno y un decenio de mugre pegada a su metal. Me pregunté de dónde vendría: ¿Windsor? ¿Ascot? Te darás cuenta de que viajo mucho por la región y una llega así a conocer el material rodante.
No había luces en el vagón que él había escogido. (Las bombillas suelen ser objeto de robo o vandalismo.) Su rostro tenía un tinte desagradable; los ojos estaban intensamente ensombrecidos y la expresión era pensativa, casi taciturna.
Mi propio tren se puso en marcha al fin, liberado por la señal verde. El ritmo era majestuoso y pensé que mi padre debía de llevarme sus buenos siete minutos, desde luego más de cinco.
En cuanto lo vi, allí sentado triste pero erguido en el vagón de enfrente, mi mente volvió atrás a aquella vez que…, aquella vez que… Pero no. No volvió atrás. Lo intenté, pero no podía encontrar una vez. Aunque rebusqué en los rincones del cerebro, no pude dar con una. Me gustaría ser rica en anécdotas. Fértil para inventar. Pero no hay ninguna vez, sólo el conocimiento de que ha pasado un determinado número de años.
Cuando desembarcamos el andén estaba suavizado por el frío, resbaladizo bajo los pies. Había avisos de bombas pegados por todas partes, y también otros de advertencia a los mendigos y carteles que dicen «procura no resbalar ni caerte», que son ofensivos para el público, pues pocas personas lo harían si pudiesen evitarlo: sólo tal vez unos pocos que buscasen llamar la atención. Una decisión arbitraria había colocado a un hombre a recoger los billetes, así que actuaba con torpeza y mucho más despacio. Esto me irritó; quería acabar con todo aquel asunto, cualquier clase de asunto que fuese a ser.
Caí en la cuenta de que él había parecido más joven, como si la muerte le hubiese trasladado una etapa atrás. Había en su expresión, por melancólica que fuese, algo intencional; y yo estaba segura de esto: de que su viaje no era casual. Y fue así esa percepción, más que cualquier experiencia del pasado (¿es la experiencia siempre pasado?), la que me llevó pensar que acercándose a mí y luego alejándose, en su tren de Basingstoke o tal vez de tan lejos como Southampton, podría estar haciendo tiempo para un encuentro conmigo.
Escucha una cosa: si te propones encontrarte con alguien en la estación de Waterloo, traza bien tu plan y por adelantado. Formalízalo por escrito, como precaución extra. Me quedé allí plantada como una piedra en la zafia corriente, mientras los viajeros entrechocaban y se amontonaban a mi alrededor. ¿Adónde iría él? ¿Qué querría? (Yo no había sabido, válgame Dios, que los muertos andaban sueltos.) ¿Una taza de café? ¿Una ojeada al estante de éxitos de venta de bolsillo? ¿Algo de la parafarmacia Boots, una cura para el catarro, una botella de algún aceite aromático?
Algo pequeño y duro, que estaba dentro de mi pecho, que era mi corazón, se hizo entonces más pequeño aún. No tenía ni idea de lo que podría querer él. Las posibilidades ilimitadas que Londres proporciona… si pasara sin que le viese yo y consiguiera salir a la ciudad…, pero incluso entonces, entre las posibilidades ilimitadas, no se me ocurría ni una sola cosa que él pudiese querer.


Así que le busqué, eché un vistazo en W. H. Smith y en la boutique Costa Coffee. Mi mente intentaba aportar ocasiones a las que él pudiera volver, no se me ocurría ninguna. Me entraron ganas de algo dulce, una taza de chocolate para calentarme las manos, un barquillo italiano espolvoreado con polvo de cacao. Pero notaba mi mente fría y urgencia en mi propósito.
Se me ocurrió de pronto que él podría estar saliendo para el Continente. Podría coger el tren desde allí para Europa, y ¿cómo iba a seguirle yo? Me pregunté qué documentos era probable que él necesitase, y si llevaría dinero en efectivo. ¿Son administraciones diferentes? ¿Pueden pasar los puertos como fantasmas? Pensé en un tribunal de embajadores fantasmas, con carteras fantasmas metidas dentro de sus togas.
Hay un ritmo (tú lo sabes) al que se mueve la gente en cualquier gran espacio público. Hay una cierta velocidad que no es decisión propia sino que se pone en marcha todos los días, poco después de amanecer. Rompe el ritmo y lo lamentarás, porque te darán patadas y chocarán los codos. Farfulleo británico brutal de oh, perdón, perdón…, salvo que a menudo los viajeros están demasiado furiosos, creo yo, para la cortesía normal; vacila demasiado tiempo o cojea y te quitarán de en medio de un golpe. Se me ocurrió por primera vez que ese ritmo es un verdadero misterio, controlado no por los ferrocarriles ni por los ciudadanos sino por un poder superior; que es una ayuda para el disimulo, una guía para los que de otro modo no sabrían cómo actuar.
Porque, ¿cuántos de todos estos miles que surgen son sólidos y cuántos de esos supuestos son trucos de la luz? ¿Cuántos, pregunto yo, están conectados en todos los puntos, cuántos están total y convincentemente en el estado en que afirman estar: es decir, vivos? ¿Ese hombre cetrino, perdido, sin objeto, un extranjero con la maleta a la espalda; esa mujer cuya cara de hambre recuerda a una de las víctimas de las fosas comunes de la peste? ¿Los moradores de las casas marrones de Wandsworth, los habitantes de pisos con balcones y pasajes cubiertos; los usuarios de los trenes de cercanías congregados para Virginia Water, esos cuyas casas están encaramadas en terraplenes, o cuyos tejados satinados por la lluvia pasan volando por la ventanilla del viajero? ¿Cuántos?
Para distinguirme, ¿quieres? Distíngueme «la cosa distinguida». Tradúceme la textura de la carne. Indícame qué es, en el timbre de voz, lo que diferencia a los vivos de los muertos. Muéstrame un hueso que tú sepas que es un hueso vivo. Blándelo, ¿quieres? Encuentra uno y enséñamelo.


Siguiendo, miré por encima del refrigerador con sus comidas embalsamadas para viajeros. Capté el vislumbre de una manga, de un abrigo que pensé que podría ser familiar, y mi estrecho corazón brincó hacia un lado. Pero el hombre se volvió y su cara estaba empapada de estupidez, y era alguien distinto, y menos de lo que yo necesitaba que fuese.
No quedaban muchos sitios. Miré en el puesto de pizzas, aunque no creía que él comiese en un sitio público, y menos algo extranjero. (Mi mente se lanzó de nuevo hacia delante, hacia la Gare du Nord y las posibilidades de llegar a tiempo.) Ya había mirado en el bureau de change, y había apartado la cortina de la cabina fotográfica, que parecía vacía en aquel momento aunque pensé que podría ser un truco o una prueba.
Así que no quedaba ningún sitio ya. Considerando de nuevo su expresión (recordarás que sólo la había visto un momento y en sombras), discerní algo que no había visto al principio. Era, casi, como si su mirada se estuviese volviendo hacia dentro. Había una lejanía, un deseo de intimidad: como si él fuese el guardián de su propia identidad.
De pronto —el pensamiento nació en un segundo— comprendí: está viajando de incógnito. La vergüenza y la rabia me hicieron entonces apoyarme contra el cristal cilindrado, contra el escaparate de la librería; consciente de que mi propia imagen nada detrás de mí, y que mi fantasma, en su abrigo de invierno, se ve obligado a entrar en el cristal, obligado a estar allí y fijado para que cualquiera que pase lo mire, vivo o muerto, mientras yo no tenga fuerza o poder para moverme. Mi experiencia de la mañana, hasta entonces sin procesar y escasamente considerada, llegó en aquel momento dentro de mí. Había levantado la vista, había alzado los ojos, había mirado con curiosidad desnuda el vagón de la vía paralela y por una indecente coincidencia había dado la casualidad de que vi algo que jamás debería haber visto.
Parecía urgente ya ir a la ciudad y a mi encuentro. Me recogí la capa, mi atuendo habitual de negro solemne. Miré en el bolso para comprobar que todos mis papeles estaban en orden. Fui a un puesto y entregué una moneda de libra, por la que me dieron a cambio un paquete de pañuelos de papel en una funda de plástico fina como piel, y haciendo uso de mis uñas la arañé hasta que la membrana se partió y el papel propiamente dicho estuvo en mi mano: era una precaución, por la posibilidad de lágrimas impropias. Aunque el papel me tranquiliza, su tacto. Es lo que respetas.
Este es un invierno crudo. Hasta los viejos confiesan que es más frígido de lo habitual, y es bien sabido que cuando esperas en la cola de los taxis, te punzan los ojos los vientos de los cuatro puntos cardinales. Voy camino de una habitación gélida en la que hombres que podrían haber sido mi padre pero más cariñosos resolverán algunas resoluciones, transarán algunas transacciones, se pondrán de acuerdo sobre las actas: me doy cuenta de lo fácilmente que, en la mayoría de los casos, los comités se ponen de acuerdo sobre las actas, pero cuando somos singulares y vivimos nuestras vidas independientes discutimos (¿verdad que sí?) cada segundo que creemos poseer. No se está en general de acuerdo, no se percibe mucho el que la gente esté dividida por toda clase de cosas, y que, francamente, la muerte es la menor de ellas. Cuando las luces florezcan por los parques y por los bulevares, y la ciudad asuma una sagesse victoriana, yo estaré de nuevo en marcha. Veo que tanto los vivos como los muertos viajan en cercanías, usan sus trenes familiares. Yo no soy, como habrás advertido, una persona que necesite una falsa emoción, o una innovación simulada. Estoy dispuesta, sin embargo, a romper con el horario de los trenes y emprender algunas nuevas rutas; sé que encontraré en alguna terminal improbable una mano destinada a posarse en la mía. 


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