viernes, 17 de noviembre de 2017

Hilary Mantel / El QT largo








Hilary Mantel

El QT largo

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez



Él tenía cuarenta y cinco cuando su matrimonio terminó, sin remisión, un cálido día de otoño, el último del tiempo de las barbacoas. Nada de aquel día lo planeó él, nada se lo propuso él, aunque más tarde podías ver que todos los elementos del desastre estaban en su sitio. Estaba en su sitio sobre todo Lorraine, de pie al lado del cavernoso refrigerador americano, dando golpecitos en sus pulidas puertas de acero con las puntas de sus dedos lacados. 

—¿Nunca te metes en él? —preguntó —. En un día que hace calor de verdad, quiero decir… 

—No sería seguro —dijo él—, podrían cerrarse las puertas. 

—Jodie te echaría de menos. Te abriría. 
—Jodie no me echaría de menos. — No cayó en la cuenta de lo que decía hasta que lo dijo—. De todos modos, no ha hecho tanto calor como para eso — añadió. 
—¿No? —dijo ella—. Lástima. 
Se estiró y le besó en la boca. 
Aún tenía el vaso de vino en la mano y él lo sintió rodar, fresco y húmedo, por la parte posterior del cuello, y desencadenar un culebreo espina dorsal abajo. La atrajo hacia sí: un movimiento de generoso aprecio, rodeando con ambas manos su trasero. Ella susurró algo, estiró un brazo para bajar el vaso, luego le otorgó su atención total, su boca abierta. 
Él había sabido siempre que ella era asequible. Pero no la había encontrado nunca sola, en una tarde de calor, su cara un poco ruborosa, a tres vasos de vinho verde de la completa sobriedad. Nunca sola porque Lorraine era el tipo de chica que se movía en un grupo de chicas. Era rolliza, amable, de nivel bajo para el barrio y no tenías que esforzarte para que te gustase. Decía cosas graciosas, como: «Es tan triste tener nombre de quiche…». Olía deliciosamente a cosas de cocina: ciruelas y vainilla, chocolate. 
La soltó, y al hacerlo oyó tintinear en el suelo de nuevo sus tacones. 
—Eres una muñequita —dijo. Se irguió cuan alto era. No podía imaginarse su propia expresión mientras bajaba la vista hacia ella: burlona, tierna, divertida; casi no se reconocía. Ella seguía con los ojos cerrados. Esperaba que la besara de nuevo. Esta vez la cogió más elegantemente, por la cintura, ella de puntillas, lengua jugueteando con lengua. Despacio y suave, pensó. Sin apresuramiento. Pero luego su mano, como si tuviese voluntad propia, culebreó toscamente rodeando la espalda de ella. Sintió la cinta del sostén. Pero un giro, un sobresalto le dijo ahora no, aquí no. Entonces ¿dónde? Difícilmente podían pasar los dos entre los invitados y subir al piso de arriba. 
Sabía que Jodie andaba trajinando por la casa. Sabía (y lo reconoció más tarde) que podría irrumpir en cualquier momento. A ella no le gustaban las fiestas que incluían puertas abiertas e invitados pasando entre la casa y el jardín. Podrían entrar desconocidos, y avispas. Era demasiado fácil plantarse en el umbral con un cigarrillo encendido, charlando, ni dentro ni fuera. Te podían robar sin que te dieras cuenta. Pasaba recogiendo vasos entre los grupos de invitados, invitados que se reían y se pasaban entre ellos teléfonos móviles, invitados que estaban, por amor de Dios, intentando relajarse y disfrutar de la velada. Había gente que la complacía apurando lo que le quedaba en el vaso y entregándoselo. Si no, ella decía: «Perdona, ¿has acabado con eso?». A veces hacían pequeñas pilas de vasos, para ayudar, y decían: «Aquí tienes, Jodie». Le sonreían indulgentes, sabiendo que estaban ayudándola en su hobby. La veías allí retirada en su pequeño mundo propio, de espaldas a todos, cargando el lavaplatos. Se daba el caso, era algo sabido, de que había veces que completaba un ciclo de lavado antes de una hora de fiesta. Llegaba el momento, después de anochecer, en que las esposas se ponían sensibleras y los maridos arrogantes y belicosos, en que estallaban disputas sobre la enseñanza privada y las raíces de los árboles y los permisos de aparcamiento; entonces, decía ella, cuantos menos vasos hubiera, mejor. Él decía: «Haces que parezca una pelea de bar por una herencia». «Por amor de Dios, mujer —le decía él—, deja ya el pulverizador de las avispas». 
Pensaba todo esto mientras mordisqueaba a Lorraine. Ella lo acarició, le desabotonó la camisa, le deslizó la mano sobre el cálido pecho y dejó que los dedos se detuvieran sobre el corazón. Si aparecía Jodie, él simplemente le pediría con calma que no montara una escena, que respirase hondo y que fuese más francesa con el asunto. Luego, cuando la gente se hubiese ido a casa, ya le explicaría: era hora de que aflojase las riendas. Él era un hombre que había conseguido llegar a la cima y debía tener alguna compensación. Gracias a sus esfuerzos como profesional, podían disfrutar de cocinas artesanales. Estaba haciéndose con una cantidad que superaba con mucho todo lo que ella pudiese haber esperado, y su sagacidad los había situado casi a cubierto de la maldita crisis; ¿quién podía decir lo mismo entre los conocidos? Además, estaba dispuesto a ser justo: «No es una calle de una sola dirección», le diría. Ella era una agente libre, lo mismo que él. Podría querer tener también una aventura. Si podía conseguirla. 
Bajó la cabeza para susurrarle a Lorraine al oído: 
—¿Cuándo follamos? 
Ella dijo: 
—¿Qué tal la semana que viene, el martes? 
Fue entonces cuando llegó su mujer, y se paró en la entrada. Sus brazos desnudos eran tallos caídos, y de las puntas de los dedos colgaban vasos como frutos. Lorraine respiraba cálidamente sobre su pecho, pero debió de notar que él se ponía tenso. Intentó separarse, susurrando: «Oh, mierda, es Jodie, métete en el refrigerador». Él no quiso separarse de ella; la sujetó por los codos, permaneció inmóvil un instante y miró furioso a su esposa por encima de la mullida cabeza de Lorraine. 
Jodie avanzó unos dos pasos en el interior de la cocina. Pero se detuvo, mirándolos, y pareció quedarse congelada. Colgó en el aire un leve tintineo al temblar los vasos en sus dedos. No dijo nada. Movió los labios como si fuese a hablar, pero sólo brotó un chillido. 
Luego abrió las manos. El suelo era de piedra caliza y el cristal estalló. El estruendo, el grito de la otra mujer, la luz astillada a sus pies: todo esto pareció conmocionar a Jodie y hacerla reaccionar. Emitió un pequeño gruñido, luego un jadeo, y apoyó la mano derecha, ya vacía, en la encimera de pizarra; luego se arrodilló. «¡Cuidado!», exclamó él. Se hundió en los fragmentos de cristal con la misma suavidad que si fuesen de raso, como si fuesen nieve, y la piedra caliza brillaba a su alrededor como un helero, cada mosaico con su borde hinchado almohadillado, cada uno con un dibujo oscuro leve como el aliento. Resolló. Parecía aturdida, aporreada, como si hubiese roto un espejo metiendo la cabeza en él. Extendió la mano izquierda y estaba cortada y afloraba en ella un pozo de sangre ramificado en afluentes por la palma. Lo miró, casi despreocupadamente, y emitió un jadeo ahogado. Se dobló limpiamente hacia atrás sobre los talones. Cayó de lado, con la boca abierta. 
Él pisó los cristales para acercarse a ella haciéndolos crujir como si fuera hielo. Pensó que aquella era su oportunidad para abofetearla, que ella estaba fingiendo para asustarle, pero cuando le tiró del brazo estaba inerte, pesado, y cuando gritó «Dios Todopoderoso, Jodie» ella no se inmutó, y cuando le volvió la cabeza brutalmente para verle la cara tenía ya los ojos vidriosos. 
Así le pareció más tarde, cuando tuvieron que repasar los acontecimientos de la noche. Él quería llorar sobre el hombro de los de la ambulancia y decir «sólo la curiosidad y una leve lujuria me llevaron a eso, y una especie de rebeldía infantil, y el hecho de que estuviese allí para mí, en bandeja, ¿comprende lo que quiero decir?». Dijo: «Tenía pensado pedirle que fuera francesa. Probablemente no lo habría sido, pero no pensé que fuera a caerse de aquel modo… Quiero decir, ¿cómo podía saberlo? ¿Cómo iba a imaginar eso? Y que se arrodillase, que se arrodillase en el cristal». 


Durante el primer día o así no estuvo coherente. Pero nadie se interesó por su estado mental; no como lo habrían hecho si lo hubieran detenido por matar a su mujer de un modo más obvio. Un médico se lo explicó, cuando le pareció que ya podía asimilarlo. Síndrome de QT largo. Un trastorno en la actividad eléctrica del corazón, que provoca arritmia y, en determinadas circunstancias, parada cardíaca. Genético, probablemente. Infradiagnosticado en la población general. Los médicos podemos tomar muchas medidas si lo detectamos a tiempo: marcapasos, betabloqueantes. Pero nadie puede hacer gran cosa si el primer síntoma es una muerte súbita. Puede causarla una conmoción, dijo, o una emoción fuerte, una emoción fuerte de cualquier tipo. Puede ser horror. O repugnancia. Pero no tiene por qué ser eso. A veces, dijo, la gente se muere riendo.









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