miércoles, 13 de agosto de 2008

Alvaro Mutis / 204


Alvaro Mutis
"204"

I

Escucha Escucha Escucha

la voz de los hoteles,
de los cuartos aún sin arreglar,
los diálogos en los oscuros pasillos que adorna una raída
alfombra escarlata
por donde se apresuran los sirvientes que salen al amanecer
como espantados murciélagos.

Escucha Escucha Escucha

los murmullos en la escalera; las voces que vienen de la cocina
donde se fragua un agrio olor a comida que muy pronto
estará en todas partes, el ronroneo de los ascensores.

Escucha Escucha Escucha

a la hermosa inquilina del “204” que despereza sus miembros y
se queja y extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su
cuerpo sale un vaho tibio de campo recién llovido.

¡Ay qué tránsito el de sus noches tremolantes
como las banderas en los estadios!

Escucha Escucha Escucha

el agua que gotea en los lavatorios, en las gradas que invade un
resbaloso y maloliente verdín. Nada hay sino una sombra,
una tibia y espesa sombra que todo lo cubre.

Sobre esas losas-cuando el mediodía siembre de monedas el
mugriento piso-su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse,
dócil para las lides del tálamo y conocedor de los más variados
caminos. El auga lavará la impureza y renovará las fuentes
del deseo.

Escucha Escucha Escucha

a la incansable viajera, ella abre las ventanas y aspira el aire que
viene de la calle. Un desocupado la silba desde la acera del frente
y ella estremece sus flancos en respuesta al incógnito llamado.

II

De la ortiga al granizo
del granizo al terciopelo
del terciopelo a los orinales
de los orinales al río
del río a las amargas algas
de las algas amargas a la ortiga
de la ortiga al granizo
del granizo al terciopelo
del terciopelo al hotel

Escucha Escucha Escucha

la oración matinal de la inquilina
su grito que recorre los pasillos
y despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del “204”:
¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!




martes, 12 de agosto de 2008

Alvaro Mutis / Moirologhia

Ilustración de Ahmad Mir
Alvaro Mutis
MOIROLOGHIA

Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande…” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materia que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieses soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
¡Oh surto en las losas del ábside!

* Moirologhia es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor del féretro
o la tumba del difunto.




lunes, 11 de agosto de 2008

Alvaro Mutis / Amén




Álvaro Mutis

AMÉN

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.


AMÉN
EN LA VOZ DE ÁLVARO MUTIS






domingo, 10 de agosto de 2008

Alvaro Mutis / Las infantas no dan premios

Álvaro Mutis con su hijo Santiago Mutis Durán en 1995
Álvaro Mutis
LAS INFANTAS NO DAN PREMIOS
Por Héctor Abad Faciolince


 La primera cita es a las diez de la mañana, en su casa de ciudad de México. La calle es estrecha, apacible, y el barrio, San Jerónimo, apartado y tranquilo, algo insólito para la metrópolis más poblada del mundo. Debe haber delincuencia, eso sí, pues encima de los altos muros que rodean la casa, cinco hilos electrizados intentan disuadir a los ladrones. A las diez en punto, aun antes de tocar el timbre, abre la puerta Mutis en persona. Su aspecto me recuerda no a Maqroll, sino a otro de sus personajes, tal como está descrito en uno de sus libros: “Es un hombre corpulento, de bigote entrecano y porte altivo. Sus manos tiemblan ligeramente. Habla con voz pausada y ronca.” El bigote es reciente, de hace dos años. La voz ronca, en cambio, viene desde su experiencia como  locutor de radio, hace varios decenios; el temblor no tiene nada que ver con el paso del tiempo (“tiemblo desde los nueve años”). El porte altivo, la corpulencia y la apostura juvenil parecen desmentir, también, que haya nacido en 1923 y que ya sea no solamente abuelo, sino también bisabuelo. El vozarrón es cálido y sus amplias carcajadas dan cierta placidez e inspiran confianza. No intenta intimidar con sus palabras, las respuestas son muy seguras y le brotan ya hilvanadas, como en buena prosa.
Está de buen humor, sin duda, y no es para menos. Acaba de ganarse varios premios seguidos, dos de las tres distinciones literarias más importantes que se otorgan en España: el Príncipe de Asturias y el Reina Sofía. No suelen dar estos premios el mismo año a la misma persona, de ahí que García Márquez comente por teléfono: “Lo mejor sería que los españoles se enloquecieran del todo y le dieran de una vez también este año el Premio Cervantes.” En esto de sus premios todos meten baza. Incluso su nieto Nicolás, de apenas ocho años, que dijo lo mejor: “Te has ganado el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía… Abuelo: ¿Y las infantas no dan premio?”
No, parece que las infantas no dan premio. Porque Mutis, en España, ha recibido premios hasta de los reyes de la edad media. “Yo tengo la gran cruz del rey Alfonso X el sabio, una condecoración para mí muy importante, casi sagrada, de un rey que fue poeta, jurista, músico, y con detalles de humanidad increíbles.” En todo caso, fuera de los españoles, hay también un premio italiano por reclamar, el Grinzane Cavour, el cual debe ir a recibir en Turín por estos días. Llegamos, pues, en el mejor momento. Aunque también en el peor. En el mejor, porque nos toca presenciar el entusiasmo y compartir la euforia de Mutis. En el peor, porque el teléfono no deja de sonar ni un instante.
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“Me vas a tener que perdonar, viejo,  pero esto es la locura, no me han dejado en paz ni un momento; empiezan a llamar desde las seis de la mañana, a veces incluso en la mitad de la noche, porque en Europa hay periodistas que parece que no entienden lo del huso horario.”
A las llamadas de felicitación se añaden las llamadas para fijar entrevistas y ajustar detalles del viaje a Italia. Llama todo el mundo: radio Deutschewelle, el embajador de España, el presidente Samper, el marqués de no sé qué, el presidente Zedillo, poetas y poetisas, desconocidos que se hacen pasar por íntimos, verdaderos amigos de infancia, ex presidentes, ministros, secretarios… Lo bueno es que mientras contesta las llamadas se puede explorar la casa. Libros innumerables, cuadros de Botero y Obregón, poemas manuscritos de De Greiff, fotos de familiares y de amigos (muchas de Gabo), tres gatos vivos, curiosos altares monárquicos, el retrato del rey Juan Carlos con su rosa fresca al frente. El resto de la decoración es sobria y elegante; no en vano Carmen, su mujer, estudió decorado varios años.
Durante las treguas del timbre del teléfono, logro lanzarle las preguntas. En realidad, más que preguntas, lo que hago es proponerle temas.
-Ahora que los conoce a fondo, ¿qué piensa sobre el éxito y sobre la fama?
Mutis: Ay de la persona que de veras crea en eso. Pobre de la persona que crea en el éxito. Es una especie de nube creada por la frivolidad y la novelería de la gente, dura lo que un bizcocho en la puerta de una escuela. Fíjate: hoy hablé con una persona amiga, y me quejé de la cantidad de llamadas telefónicas, de las entrevistas, de los periodistas. Me decía, “es el precio de la fama”. Le contesté: No, el  verdadero valor de la fama sería el día en que pudiera decirle no a toda esa gente, y poderme quedar con mis amigos o como se me dé la gana. Que hagas eso y no pase nada.
-Pero la fama servirá al menos para que lo lean más.
Mutis: Se ha creado una especie de obsesión, que es muy grave, por el éxito. Yo no quiero hacer de virtuoso ni el papel de ejemplar en nada, y menos en lo que voy a decir, pero a mí no me interesa, de verdad, si mis libros se venden o no se venden. Me interesa que algunos amigos en el mundo los lean, eso sí. Contados amigos. Me emocionan casos más simples: la señora que se me acerca y me dice “¿usted no es Álvaro Mutis?” Sí, yo soy. “Ay sus libros me encantan y tal, y fíjese que me los llevé de vacaciones y me hicieron mucho bien.” Eso es escribir. Eso da satisfacción. Y probablemente la señora ni siquiera ha comprado el libro, se lo prestaron.
Yo nunca me he considerado eso que llaman un intelectual, jamás. Tampoco me he sentido el famoso “yo poeta”, ni ahora el “yo novelista”. Yo escribo cuando se van cargando dentro de mí una serie de imágenes, de situaciones, de visiones, y me siento a escribirlas, pero no me siento cumpliendo con el deber de escribir una obra o de continuar una obra. Nunca he sabido qué contestar cuando los periodistas me preguntan “bueno, maestro, ¿y ahora en qué está usted?” No tengo ni idea, no estoy en nada, llevo casi dos años sin escribir, salvo poemas de vez en cuando. Yo no vivo una vida de escritor o de intelectual. Yo leo vorazmente mucho de historia, y oigo música, y cuando me siento a escribir no me siento cumpliendo el deber de un escritor o cumpliendo mi destino de escritor. Nunca lo he sentido. Una vez me pasé 8 años sin escribir. Yo lo que hago es reconstruir a Coello, la finca de mis abuelos, ahí como puedo. Lo que estamos escribiendo está destinado al olvido o a las más absurdas interpretaciones.
-Usted llegó a quemar dos novelas ya escritas.
Mutis: Quemé una novela sobre Bolívar porque, aunque era válida, estaba mal planteada. Se notaba mucho mi deseo de demostrar algo, y en una novela no puedes tratar de demostrar nada. Después, como yo fui amigo de Camilo Torres cuando era sacerdote y el caso suyo me interesó mucho, resolví escribir una novela sobre la violencia en Colombia, que era la historia de un sacerdote que va al Tolima, de cura párroco, y se encuentra con la guerrilla, llega el ejército, que pesca a la guerrilla y empieza a torturar a los guerrilleros. El sacerdote no resiste y le quita en un momento una pistola a un oficial que está al lado y mata a la persona que está torturando. Esto en un sacerdote es inconcebible. De pronto me di cuenta de que ese inconcebible tienes de veras que creerlo a fondo, o si no no sirve. La quemé en 1962. Se llamaba Cuando Dios bajó a Anagaima. Las dos novelas fueron quemadas sin dolor ninguno; al contrario, con un sentimiento de liberación. Las maté, me libré de ellas.
-El olvido y la muerte son temas muy suyos.
Mutis: Desde luego la muerte ha sido un tema que ha estado en mi poesía desde los primeros poemas. He sido un lector muy fiel de Rilke. La primera vez, cuando leí los Cuadernos de Malte Laurids Brigge a los 17 años, encontré por fin, en una fórmula casi, lo que a mí me obsesionaba de la muerte, y es, aunque puede parecer un lugar común lo que voy a decir (pero hay que tener cierta fe en los lugares comunes porque por algo existen) que nosotros llevamos la muerte, nuestra propia muerte, la llevamos con nosotros desde el instante en que nacemos. Ahora, Rilke sostiene que debemos ir diseñando, preparando, construyendo la muerte que nosotros merecemos, o más que merecemos, la muerte que nos pertenece, la que va con nosotros, la que termina de verdad nuestro destino. Y eso se construye día por día, dice Rilke. Esa idea de que llevamos nuestra propia muerte y de que debemos cultivarla y diseñarla para que esté en armonía con ciertas convicciones que tenemos, me parece muy bella y me ha acompañado todo el resto de mi vida.
-Tal vez en el suicidio es cuando el hombre diseña más precisamente su propia muerte. ¿Qué piensa del suicidio? Hay muchos suicidas en sus libros.
Mutis: El suicidio es uno de los grandes misterios para mí. La decisión del suicida es muy misteriosa. Yo soy cristiano, católico, romano, con todas las dudas y las luchas que es normal que tenga una persona que tiene la fe. Hay días en que amanezco en blanco y en fin, ahí me agarro como puedo. Entonces, ya sé que atentar contra tu vida y quitarte la vida es muy grave. Porque, desde luego, si llega a haber algo al otro lado, imagínate lo que has hecho, llegas allá en pelota. Pero de todas maneras, contra el dogma y contra los principios de la Iglesia, yo creo que hay momentos en que nosotros tenemos el derecho y la absoluta libertad, y a veces el deber de quitarnos la vida.
-En Un bel morir hay una frase interesante sobre el envejecimiento: “Pensó que la verdadera tragedia de envejecer consiste en que allá, dentro de nosotros, sigue un eterno muchacho que no registra el paso del tiempo”.
Mutis: En agosto cumplo 74 años. Yo no los veo, porque yo sé que mi vida se detuvo a los 25 ó 30. Yo he tenido siempre una obsesión, y la he mencionado muchas veces, que es conservar vivo el niño que fui. El llegar a adulto, para mí, ha sido sencillamente llegar a un estado de sandez tolerable, para poder entrar con los otros sandios a vivir. Pero el que mate a ese niño, el que diga “no, yo no tengo nada qué ver con ese niño, yo soy un hombre maduro”, pobre de él, está matando, marchitando la mitad de su posibilidad de disfrutar el mundo y de gozar las cosas. El adulto razona, que es la peor cosa que se puede hacer, es la sandez más grande. Conservar ese niño y conservarlo con todas las imágenes es lo que me propongo: yo cierro los ojos y empiezo a recorrer Coello cafetal por cafetal y camino por camino. Antes podía hacerlo con mi hermano, ahora me toca hacerlo solo.
-¿Y el cuerpo?¿Le importa el paso del tiempo en el cuerpo?
Mutis: Al cuerpo yo no le hago caso. Mira como tengo las manos. Muestra algunas falanges levemente torcidas por la artritis. Yo no le pongo bolas a esto. Eso son vainas del cuerpo.  No le hago caso al cuerpo. “Vea, que me duele aquí, que siento esto más acá…” No, qué va, el cuerpo que se joda. Hay que dejar el cuerpo en su lugar. Es un instrumento, una carcaza que va a oler muy mal después.
-Es una actitud como de místico, Mutis. ¿Usted cree en Dios?
Mutis: Sí, sí.
-¿Y cree que el diablo existe?
Mutis 1Mutis: Claro que el diablo existe, pero no ese tipo con cuernos. El diablo  –eso lo define muy bien Julien Green–, el diablo está en todas partes, basta ver un rato la televisión, ahí está el diablo. En el Internet. Ya el internet está sirviendo para fomentar la prostitución infantil. Ese es el diablo. Que está también en la bolsa de valores. El tipo con cuernos es un símbolo, pero hay una presencia de un mal constante, de algo que hace daño al hombre.
-¿También va a misa?
Mutis: No. Yo voy a  misa cuando la dicen en latín y de culo. No soporto la misa y las oraciones en esta versión de un español paupérrimo. Y que no vengan a decirme que la gente no entendía el latín, porque eso es una mentira enorme. Primero, entendían una gran parte. Y además, toda religión tiene un lenguaje sagrado y secreto. Estas misas en español, de frente y con las señoras comentando los sombreros de las otras señoras, y con los tipos contándole al compañero de banca lo mal que le fue en un negocio, no.
-¿Le gustan las ceremonias?
Mutis: Las adoro. Amo, por ejemplo, el rito de la iglesia ortodoxa rusa por la belleza de la ceremonia. Toda ceremonia me parece a mí maravillosa. Rodear la cotidianidad de los actos humanos de ceremonia es darles una nobleza y una permanencia extraordinaria y necesaria. La peor cosa que he visto me acaba de tocar en un matrimonio católico al que asistí por razones familiares en donde en el momento en que el sacerdote los declara marido y mujer, el público aplaude, con el Santísimo Expuesto. Eso es atroz, de un mal gusto espeluznante.
-Usted es muy duro también con los protestantes.
Mutis: Yo no puedo tolerar herejías, viejo.
-El cristianismo también es una herejía, del judaísmo.
No, no. Jesús es un profeta, enviado por Dios, hijo de Dios, que estaba ya anunciado por David y por todos ellos. Ahora si tú resuelves, que ese no era y lo matas, te quedas esperando el que no va a venir nunca. Además yo estoy en contra de los protestantes también por la terrible hipocresía de su puritanismo. Justifica una serie de violencias y de violaciones a la intimidad y a la persona. Además sus teorías endiosan y sacralizan el dinero. Según la creencia en el Destino manifiesto, si tú eres inmensamente rico,  te va muy bien en los negocios y llegas a hacerte un Rockefeller, entonces esto es una muestra de la bondad y de la presencia de Dios. Esto es monstruoso, esto es sacralizar lo más despreciable que hay, que es el dinero, y la forma como se gana el dinero en la sociedad capitalista, y en general en todas partes, que consiste en vender por 10 algo que vale 5.
-¿Cómo es su relación con el dinero? Dicen que despilfarra.
Mutis: Despilfarrador no sería nunca, porque me parece de mal gusto. Pegarse al dinero y justificar decisiones de orden moral por el dinero, eso me parece que no tiene justificación ni perdón. La codicia es el vicio y el pecado que a mí más me repugna. Tampoco lo boto. Me aterraría ser pobre en el mundo actual, en esta sociedad es brutal ser pobre. Me gusta comer y tomar bien. Me gusta vivir bien.
-¿Alguna vez fue pobre?
Mutis: Paupérrimo, paupérrimo. Durante épocas aquí pasé momentos muy difíciles, de los cuales nunca fui muy consciente.
-Usted tiene buen humor y se ríe mucho. Maqroll no se ríe nunca. ¿Por qué?
Mutis: Maqroll existe porque ha ido hasta el final de la cuerda, ha bajado hasta el fondo del pozo, y ahí se acaban las ganas de reír. No por tristeza o por amargura, sino porque él ha vivido experiencias que yo llamo finales, terminales, absolutas.
Es cierto que tengo buen carácter, y tal vez esto se debe a un principio que está también en Maqroll: el principio de la aceptación y el nunca juzgar. No convertirte en juez de tus semejantes, porque en el momento en que lo haces estás siendo juez de ti mismo. Yo no tengo por qué juzgar. Tampoco discuto. Siempre desde niño he tenido una intuición de la absoluta inutilidad de discutir; no quiero convencer a nadie de nada. De ahí mi falta de interés por la política. Nunca me ha interesado la política, no creo que tengamos la fórmula para salvar a nadie ni para llevar a ningún país a nada distinto del desastre en el que están todos los países y que es muy evidente (basta abrir un periódico para saberlo).
-No le interesa la política, pero se dice monárquico.
            Mutis: Lo que siento por la monarquía es devoción. Siempre la gente lo toma como un gesto de esnobismo o de desafío, o para épater le bourgeois, unaboutade. En mí es una convicción profunda, aunque admito que es algo que está perdido. Yo lo sé, yo no quiero proponer un reino para Honduras y otro reino para el  Paraguay y otro para Suiza, no, eso se terminó, eso fue un momento de la historia que a mí me interesa enormemente porque yo no acepto ningún poder, ni ninguna regla, ni ningún código que no venga de un origen que nos trascienda, de un origen más alto. Entonces cuando estos decretos, sistemas, tienen una carga mítica, yo los acepto, yo juego ese juego.
Además ser monárquico en los tiempos actuales es una actitud totalmente anarquista. La monarquía hoy en día es imposible, a partir del racionalismo, cuando toda la gente resultó pensante y con derechos para resolver su fórmula para hacer felices a los hombres.
Para cambiar de ambiente salimos al jardín de la casa. Allí Mutis ha reconstruido en algo el paisaje vegetal colombiano. Hay dos matas de café (una ya muy maltrecha, la otra aguantando), una enredadera de curuba, está el rosal para las rosas frescas del retrato del rey. Hay también un moral, un brevo, un limonero. Vive en esta casa desde febrero de 1980. Los cinco hijos de sus tres matrimonios vienen a visitarlo aquí. A un lado, en el garaje, se ve el enorme Ford Elite azul oscuro, modelo 82, que Mutis conduce con parsimonia. El ambiente del jardín, como al día siguiente el del restaurante típico mexicano donde almorzamos, se presta para proponerle un juego de preguntas más simple. Yo le digo nombres de personas o simplemente le propongo una palabra para que Mutis dé un concepto muy corto. Acepta el juego y empiezo por su segundo hijo.
-Santiago Mutis Durán:
Es muy buen poeta y su poesía no tiene nada que ver con la mía. No conozco nada más distinto ni más distante que su poesía de Mutis 3la mía, pero la admiro mucho, y no es el papá hablando. Tiene, además, algo de santo.
-Carmen Mutis:
Una persona indispensable en mi vida, desde luego. Ella tiene algo que en catalán tiene un nombre que es más profundo que juicio o inteligencia, y es difícil de traducir: seny, que es saber exactamente dónde estás parado, y eso es fundamental para la vida de un hombre.
-Carmen Balcells:
Un personaje inolvidable en la vida de cualquier escritor que esté en sus manos. La forma como ella se ocupa de colocar y manejar mis libros, en un aspecto en el cual yo sería de una torpeza patética, no tengo cómo agradecerla. Es otro caso de seny y de gran criterio comercial, y me libera de algo en donde yo hubiera sido un verdadero desastre.
Por enésima vez vuelve a sonar el teléfono. Aprovecho cuando cuelga para preguntarle por ese aparato.
-El teléfono:
Lo detesto. Nunca por teléfono tú podrás decir los auténticos sentimientos, nunca podrás decir por teléfono nada distinto de una hora, una cantidad de dinero, banalidades. Cuando quiero decir algo fundamental por teléfono, siento que no lo estoy diciendo bien.
-Bogotá:
Yo nunca he sido muy bogotano. Llegué a Bogotá de 9 años. Lo primero que me extrañó fue su manera de hablar, que siempre me daba la sensación que era como fingida. Además yo viví en un nucleo antioqueño, y yo salía de la casa a otra ciudad. Tuvo para mí cierto encanto por mis amigos, por las primeras publicaciones que hice allí. Tengo algo en contra de Bogotá: esa ciudad mató al más grande poeta que ha tenido Colombia, y a uno de los poetas más grandes del idioma, a José Asunción Silva, lo mató la mezquindad bogotana, las calumnias, los chistes estúpidos. No le perdonaron que no se emborrachara ni que no fuera donde las putas, por eso resolvieron acabar con él. En su posición, yo me hubiera pegado el tiro también.
-Francisco Franco:
Detestable. Ese señor representa todo lo que yo más odio: la derecha. Representa la mediocridad oscura del amargado militarito español que hizo su carrera en África, sin haber entendido el mundo musulmán, en una aventura colonial pestífera. Ahí está el diablo, en ese ser siniestro, mediocre, criminal, delirante, sin ninguna idea clara de nada.
-La Derecha:
Es el ejercicio de un poder en manos de los burgueses, en juego –como lo hizo Hitler– con los grandes industriales y los banqueros. Es ese mundo del banquerito, del comerciante, que va subiendo en eso que llaman la escala social. Ese mundo pestífero de la especulación bancaria, la que acaba de perder en Francia.
-¿Y la Izquierda?
¿Sabes lo que me aburre de la izquierda? Que tienen respuesta para todo, y saben todo. Yo nunca he visto a un tipo de izquierda que me diga, no estoy seguro de algo. ¿Por qué sabrán todo? Ya tienen la solución para todo.
-El Ejército:
Hay un aspecto del mundo militar que yo admiro, que es el espíritu de sacrificio. Creo, sin embargo, que ese ideal se dañó completamente, hace mucho tiempo. Cuando el ejército empieza a hacer la función de policía y no la de defender las fronteras y la integridad de un país, entonces es un policía, y eso es lo que yo más odio: la gente que impone castigos y que decide quién es bueno y quién es malo y que por eso lo matan.

-Bolívar
Es uno de los seres y personajes históricos más conmovedores que ha existido. Bolívar es un personaje de Byron, es un romántico desaforado y yo lo acompaño en todos sus gestos de romántico. Ahora, como buen romántico destruyó sus propios sueños. Tiene la idea de la Gran Colombia, que era la idea perfecta, crear ese bloque entre el sur y el norte. La crea, le funciona, y pone a sus tres peores enemigos en los tres países: a Páez en Venezuela, a Santander en Colombia y a Flórez en el Ecuador. ¿Qué quería que pasara? “Aré en el mar y edifiqué en el viento”, esa es una de las frases más conmovedoras, más ciertas, más lúcidas de un hombre que está al borde de la muerte.

MutisA estas alturas ya estamos comiendo en la Guadalupana, una cantina-restaurante en Coyoacán. Mutis pide chiles rellenos, lo mismo que Carmen, su mujer, lo mismo que el fotógrafo y testigo Óscar Monsalve. El único que no pide comida mexicana es el único mexicano del grupo, Mario Morales, el chofer, que pide una milanesa. Mutis me propone o me propina un delicioso cabrito casi entero, bañado con media botella de tequila purísimo de Jalisco, traída de su casa. Mientras comemos y bebemos, la conversación vuelve sobre temas de las monarquías y Mutis me relata anécdotas de Luis XIV, de Felipe II, de los Saboyas-Carignano, de los Borbones, de Fernando VII, de los Estuardos, del zar Nicolás II. A ratos se conmueve, a ratos suelta carcajadas. A ratos parece que de verdad se ha pasado a vivir a otro siglo. Yo lo miro con el tonto estupor de los que no entendemos.Y ahí, en esas hazañas de la realeza (y después de ocho horas de entrevista) confieso que me pierdo, sobre todo por ignorancia, pero también por lo difícil que resulta disimular la ignorancia cuando se tiene el estómago lleno de cabrito y la cabeza llena de tequila. Mutis comprende que no entiendo y menea la cabeza como diciéndose, “qué se puede esperar de alguien que confunde a Felipe II con Felipe IV”. Tal vez por eso, cuando poco después le suplico que me deje probar uno de sus famosos Dry Martini, cotizados en todas sus entrevistas entre los mejores de mundo, me contesta:
-No, viejo, eso es un premio. Eso tienes que ganártelo.
El Dry Martini es un premio, me imagino, como el de las infantas. Y parece que las infantas no dan premios, como dijo el sabio Nicolás, primero.



sábado, 9 de agosto de 2008

Alvaro Mutis / La mestría del descalabro


Álvaro Mutis

La maestría del descalabro


Como los grandes marinos, Álvaro Mutis encuentra una patria donde desembarca. Nació en Colombia y fue de los primeros entusiastas de un periodista que escribía en el sopor de Cartagena, Gabriel García Márquez. Su épico sentido del afecto ha reunido a una constelación dispersa de grandes escritores, del venezolano Juan Sánchez Peláez al chileno Gonzalo Rojas. Desde hace 45 años vive en México, donde se volvió famoso como el tronante narrador de la serie Los intocables y donde ha escrito la mayor parte de la obra impar que ha sido señalada con el Premio Cervantes.
En 1953, Mutis publicó un libro de poemas con un título que podía leerse como una carta de creencia: Los elementos del desastre. La caída moral, la descomposición orgánica, la inutilidad de toda empresa eran algunos de sus temas. En este libro memorable aparece por primera vez Maqroll el Gaviero. En su intervención inicial como personaje pronuncia una elegía irritada, donde el escarnio hace las veces de alabanza: 'Señor... haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia'. Las heridas son los rezos de quien se encomienda al trabajo destructor de la materia. Maestro del descalabro, Mutis concibió a un protagonista capaz de sobrevivir a todas las desgracias, incluida la de la muerte.


De modo logico, su siguiente libro se situó en un sanatorio. Reseña de los hospitales de ultramar transita por territorios intermedios, entre el poema y el relato, la vigilia y el sueño, el frenesí de la agonía y la torva supervivencia. En la atmósfera espesa de los hospitales, los muertos viajan más que los vivos: un tren cargado de cadáveres baja a la costa sobre rieles oxidados. En esta estética de los residuos, todo lo orgánico posee una energía misteriosa. Los hombres, fijos en su suerte, son asediados por la inquietante lección de las cosas: 'Una hoja es el vicio, dos hojas son un árbol, todas las hojas son, apenas, una mujer'.
Pocos autores han castigado a un personaje con tan fecunda diversidad. ¿De dónde provienen estos malestares? La infancia perdida y la proximidad de la muerte son los extremos que determinan las elocuentes penurias de Maqroll.
La poesía de Mutis se desplazó con ritmo tranquilo hacia la narrativa, y en muchas de sus mejores páginas la prosa regresa sin sobresaltos al verso. La mansión de Araucaíma entrega una historia contada por muchas voces poéticas, donde la trama recomienza con la aparición de cada personaje. En los relatos de Caravansary, El Gaviero se pierde en una mina donde escucha el 'manso llamado de la muerte'; también deambula por el estrecho pasillo de una taberna marcado con rudas sentencias poéticas: 'Dos metales existen que alargan la vida y conceden, a veces, la felicidad. No son el oro, ni la plata, ni cosa que se les parezca. Sólo sé que existen'.
La taberna se llama La Nieve del Almirante y anuncia la novela que Mutis publicaría en 1986, donde el frenesí adánico de su poesía se mezcla con una historia de interminables posposiciones. Ahí, Maqroll embarca como Conrad y se mantiene a bordo como Kafka. ¿Por qué insiste en estos recorridos sin recompensa? En aguas salobres, junto a un motor ronco, el piloto impone un orden singular, navega sin otro propósito que demostrar que eso es posible. En ocasiones naufraga en sitios que son una rigurosa inversión del océano. Amirbar se ubica en una mina. Encerrado bajo la tierra, el marino practica una navegación del desasosiego.
Un personaje lúcido y atormentado, el fraile de La mansión de Araucaíma, comenta: 'Mis palabras necesitan ser escritas porque son la mentira, y sólo escrita es ésta, valedera como verdad. La oración la sabemos todos de memoria y no necesita escribirse en ninguna parte'.
Contra las obviedades que sabe la memoria, se alzan los poemas y las novelas de Álvaro Mutis, la verdad rebelde que debe ser escrita.




Santiago Gamboa / Geografía de la sospecha


Geografía de la sospecha


La novela negra ha roto sus fronteras. Desde los barrios bajos de Estados Unidos ha saltado al Mediterráneo, los países nórdicos y Extremo Oriente. El nuevo género mezcla ficción e investigación y habla del terrorismo, el choque de culturas y la corrupción.
La novela negra tradicional narra la historia de una anomalía. Alguien mata a alguien. Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Alguien huye por las cocinas de un restaurante chino. El detective investiga y persigue y por lo general llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes despiadadas despiertan al monstruo que duerme en ciertos seres frágiles. La corrupción y el delito campean. Hemos perdido el decoro, la medida humana de las cosas, la decencia. El detective, bebiendo un vaso de bourbon, lo constata una vez más y luego, en silencio, camina entre las sombras de la calle. En el fondo él es tan frágil y solitario como los monstruos que persigue.
En Italia, como dice el ex juez De Cataldo, la novela es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo Hoy trata de comprender la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías
Pero la figura del detective ha ido cambiando. Nace con Auguste Dupin, personaje de Allan Poe, en los Crímenes de la Rue Morgue: un hombre elegante y brillante que se mueve por los salones de la aristocracia. Es el modelo de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y el crimen es sobre todo un enigma que reta su inteligencia. Son novelas de salón y el mayordomo es sumamente sospechoso. Estamos aún entre tazas de té y copas de jerez o Bristol Cream. La respuesta llega de pronto a la mente del detective a través de un indicio que desata una complicada álgebra mental, y al final todo está muy claro. Los criminales usan también objetos refinados, como dagas y estatuillas, y su móvil, en ciertos casos, es poético o filosófico: buscan el crimen perfecto, por ejemplo.
La novela negra norteamericana cambia las cosas. Suben los grados de alcohol, pasamos al whisky o la ginebra. Los asesinos no son aristócratas sino personas desesperadas y marginales. Aparecen los barrios bajos de Los Ángeles, Chicago y Nueva York. Las afueras de Baltimore. Chandler y Hammet pululan por ahí y sus detectives son solitarios, miembros de la internacional de la triple D: divorciados, depresivos y dipsómanos. Su trabajo es obsesivo y tienen un fuerte sentimiento de culpa. También ocultan algo. Sus aventuras muestran la vida y retratan las calles y sus gentes. Está la inmigración, la mafia, la prostitución, el vicio... Está la verdad desnuda. La novela latinoamericana parte de ahí y le suma el compromiso político, o el compromiso con la realidad: Paco Ignacio Taibo II contra las fuerzas oscuras del Estado mexicano. Sasturain en Buenos Aires, Leonardo Padura en Cuba, Rodrigo Rey Rosa en Guatemala. En Colombia aparece el mundo sicarial de Rosario Tijeras, de Jorge Franco, y la oscura demencia de un veterano de Vietnam, en Satanás, de Mario Mendoza, entre otros.
Pero hay que dejar claras ciertas consideraciones. La primera es que la novela negra es ante todo novela y debe responder por ello. La coartada del subgénero no le da ventaja alguna. Por eso debe ser buena y también creíble. Debe estar tan bien escrita que sea imposible detenerse. Debe llevarnos a comprender mejor el mundo y la vida y debe instalar en nosotros la duda y el deseo de que la realidad siga siendo explicada o revelada a través de palabras. En suma, debe ser excelente, una buena novela que tiene la característica de ser, después, de género negro, así como hay novelas excelentes que son históricas o románticas o epistolares. Buenas novelas, buena literatura.
¿Nuevos escenarios? "Hoy las novelas negras describen los problemas del mundo contemporáneo, y la intriga, en el fondo, es la arquitectura que usa el novelista para mostrar mejor, con más eficacia, cómo funcionan nuestras sociedades, sus problemas y sus taras, en un ambiente generalmente urbano y de marcado realismo", me dice Anne Marie Métailié, directora de Editions Métailié, en París, una de las editoriales que más ha investigado el tema y que traduce un amplio espectro de autores europeos y latinoamericanos.
El escenario privilegiado es la ciudad, pero esto no es nuevo. El caso de Italia es particularmente llamativo. Carlo Lucarelli, Wu Ming, Giancarlo De Cataldo, Roberto Savinio. En esa privilegiada península en la que todo es bello, donde se gestó el Renacimiento y se inventó la forma poética del soneto, donde vieron la luz el queso parmesano y la pintura de Da Vinci y Raffaello, también suceden cosas muy graves, y la literatura las registra. Ha pasado tiempo desde El zafarrancho aquel de vía Merulana, de Carlo Emilio Gadda. Hoy se habla y se denuncia a la Mafia, y los novelistas, en ocasiones, requieren de guardaespaldas. Es nuevo que algunos autores, como Giancarlo De Cataldo, provengan de la burocracia de la justicia. Su historia es curiosa: un ex juez que transforma los archivos de un caso en novela, Romanzo criminale, para contar el ascenso de una pequeña banda de ladrones que llega a controlar a políticos y empresarios de Roma con los métodos salvajes del capitalismo y la globalización. También son globalizados y neoliberales los métodos de la Camorra de Nápoles descrita en la exitosísima novela Gomorra, de Roberto Savinio, otro escritor italiano que, antes de escribir, pasó diez años investigando a esta gran empresa criminal cuyo objetivo es la optimización de recursos y suministros, muy a la vanguardia de la economía mundializada, por cierto, con negocios que llegan hasta China y presencia en actividades como la industria textilera, todo rigurosamente cierto y, sobre todo, rigurosamente creíble, lo que hace de Gomorra una gran novela que da la razón a De Cataldo cuando afirma que la novela negra de hoy, en Italia, es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo, algo que otros llaman el Noir Mediterráneo o novela negra mediterránea, mezcla de investigación y ficción en dosis fuertes.
Un poco más al Norte, siguiendo el trazado de una imaginaria proyección de Mercator, podríamos decir que algunos novelistas de Islandia también intentan comprender el mundo de hoy a su manera, con el paso violento de una sociedad campesina a la más aterradora modernidad. Le ocurre a Arnaldur Indridason, en Jar City, y a su detective Erlendur, cuya hija escucha música rock y consume drogas de diseño en los bares más aterradores de Reikiavik. Cosas que él no comprende. Mientras tanto, Erlendur debe indagar el crimen de un anciano pedófilo y violador y para hacerlo debe vencerse a sí mismo. Desprecia a la víctima pero sigue adelante. El mundo ya no es lo que era y él debe llegar a la verdad, pues es un viejo que cree en la justicia y la rectitud humana. Algo similar piensa Kurt Wallander, el detective del sueco Henning Mankell, un autor de éxito y una referencia de la novela negra nórdica, de ese grupo de novelistas que vienen del frío, como vino también el danés Jens Martin Eriksen, representante del "realismo obsceno", o Hakan Nesser, apodado el Simenon de Suecia, con su inspector Barbarotti, o el también islandés Arni Thorarinsson, todos ellos asediando este extraño espacio que habitamos.
Un mundo raro e incómodo también para Hannelor Cayre, autora francesa, que en su novela Abogado de oficio cuenta las pobres vidas de los abogados lumpen que defienden a los marginales e inmigrantes pobres de París, lejos de los grandes estrados y alegatos donde domina la palabra y el espíritu de la ley. O más al Sur, el griego de Estambul Petros Markaris y su detective Costas Charitos, implacable a la hora de desentrañar los crímenes de las mafias que trafican con personas, del Este al Oeste. Y por cierto, allá en el Este está Anna Marínina, novelista rusa, ex policía de Moscú y ex criminóloga del Ministerio del Interior, quien transfiere a sus novelas sus propias experiencias en la piel de Anastasia Pavlovna Kaménskaya, inspectora de la Petrovka, la policía criminal de Moscú, pero también gran intelectual, especialista en informática y joven que persigue la corrupción política y empresarial ligada a las poderosas mafias de su país.
Es el Noir Mediterráneo en las estepas rusas, o la novela negra de hoy a secas, al fin y al cabo, en su búsqueda por comprender mejor la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías, pero también otros problemas como el choque de culturas y generaciones, la violencia terrorista, la inmigración desatada y cruel, la nostalgia del miedo y del horror de los grupos neonazis que en la noche recorren como huestes prehistóricas las calles de Copenhague, Estocolmo o Bakú, en fin, novelas negras y buenas, cuando lo son, que dan cuenta de la realidad, piensan mal del prójimo y se llenan de sospechas que por lo general están muy bien fundadas. -
Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de la novela policiaca Perder es cuestión de método (Mondadori). Su libro más reciente es El síndrome de Ulises (Seix Barral).




viernes, 8 de agosto de 2008

Rafael Conte / Mutis sigue navegando

Alvaro Mutis

Mutis sigue navegando

RAFAEL CONTE 13 DIC 2001


Alguna otra vez lo he dicho: Álvaro Mutis es un lujo de las letras hispánicas de nuestro tiempo, algo que hoy el Premio Cervantes acaba de consagrar del todo, en una concesión que no creo que en esta ocasión vaya a ser muy discutida, dada la calidad de su obra y la discreción, parsimonia y cortesía que la acompañan desde siempre. Cachaco de Bogotá, nacido el día de san Luis Rey de Francia en 1923, descendiente de una estirpe ilustre e ilustrada -fray Celestino Mutis, que describió la flora de sus países en el siglo XVIII, era uno de sus ancestros-, educado en Bruselas, crecido después en Coello, una finca cafetera familiar que fue el paraíso de su adolescencia, disipó sus estudios a través de amistades literarias, las clases del poeta Eduardo Carranza y los billares de los alrededores, hasta que publicó medio folleto poético en 1948, justo la víspera del día en el que la revuelta popular denominada el bogotazo arrasó la capital de su país con motivo del asesinato del candidato presidencial Jorge Gaitán Durán. Se acercó después a los medios literarios de los diarios La Razón y El Espectadory al grupo de la revista Mito -de entonces data su estrecha amistad con Gabriel García Márquez- para trasladarse después a México, donde su labor como poeta llamó la atención de Octavio Paz, que asimismo contribuyó a la difusión de sus primeros poemas, desde Los elementos del desastre y Los trabajos perdidos hasta Reseña de los hospitales de ultramar, que fueron ya penetrando profundamente en todos los ámbitos de las letras hispánicas de aquellos años.
En 1973, Barral Editores le publicaba en España su poesía completa hasta entonces, bajo el título varias veces repetido y aumentado de Summa de Maqroll el Gaviero, pues fue precisamente en uno de sus primeros poemas donde apareció por vez primera este personaje que le haría después famoso y que monopolizaría gran parte de su obra en prosa; ya en su primer folleto aparecía una Oración de Maqroll que terminaba con estas emocionantes palabras: 'Recuerda, Señor, que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro. Amén'. Aquel mismo año, la editorial Sudamericana de Buenos Aires publicaba su primer libro de cuentos, La mansión de Araucaíma, un 'relato gótico de tierra caliente' que en su última edición española lleva anejo otro texto primero clandestino y luego célebre, el Diario de Lecumberri (hoy titulado Cuadernos del Palacio Negro), breve y estremecedora descripción de una estancia en la cárcel mexicana de dicho nombre a causa de un calumnioso pleito empresarial del que al final salió justamente absuelto. Pues en aquellos años Álvaro Mutis se ganó la vida de muchas maneras, entre otras cosas doblando al español la célebre serie televisiva de Los intocables,donde su voz era la del célebre narrador.
Ya desde mediados de los ochenta se impone en su obra la recurrente figura de Maqroll el Gaviero, a la que hasta llegó a matar quizá en uno de sus poemas, pero tuvo que dar marcha atrás ante la réplica indignada de uno de sus amigos, el poeta chileno Gonzalo Rojas, que amenazó con llevarle a los tribunales si no lo resucitaba. Maqroll, personaje marinero, vagamente contrabandista, aventurero, solterón, frecuente visitante de burdeles y casas de mala nota, protector de los desvalidos, lector de antiguos libros y viejas ediciones históricas, de las memorias del cardenal de Retz, de Chateaubriand y hasta de Simenon, no es exactamente un alter ego del escritor, ni su portavoz, pero sí un resumen de las cosas en las que siempre ha soñado este lector de Conrad, de Stevenson y de Kipling que es Álvaro Mutis, que se autodefine como un 'gibelino, monárquico y legitimista' (y por cierto, un pelín castrista) que nunca ha votado además. Su personaje viene de Stevenson quizá, atraviesa los marinos de Conrad y llega hasta Corto Maltés, aunque defendiendo siempre las causas perdidas. Su saga -recientemente recopilada en un grueso volumen en Alfaguara- cuenta con seis novelas y tres cuentos, bajo el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que ya ha sido traducida a 11 idiomas y le ha cargado de premios por doquier, de Colombia a México, de París a Roma, del Príncipe de Asturias al Reina Sofía de poesía entre nosotros. Mientras tanto, Álvaro Mutis se pasea por el mundo que va desde el Renacimiento hasta Felipe II, donde su mayor catástrofe fue la de la caída de Constantinopla en 1453. Lo que les dije: un lujo de verdad.