domingo, 3 de abril de 2011

O. Henry / El regalo de los reyes magos


Karina Marandjian

O. Henry
EL REGALO DE LOS REYES MAGOS


Un dolar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dolar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad. Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos amueblados de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal. Abajo, en el vestíbulo de la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al apartamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young". La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un apartamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió el color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia su cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia. La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle. Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los comercios en busca del regalo para Jim. Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún comercio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca. A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?"
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne. Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita". La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña. Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento. Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

sábado, 2 de abril de 2011

Millôr Fernandes / Lo importante no es pensar

Pensador con payaso y paloma
Buenos Aires, 24 de junio de 2009
Fotografía de Triunfo Arciniegas
LO IMPORTANTE NO ES PENSAR

• La apertura política es indiscutible. Ya estamos viendo las tropas y los tanques al final del túnel.

• Algo a favor del alcoholismo: nunca vi a cien mil borrachos de un país que quisieran acabar con cien mil borrachos de otro país.

• “Aborigen” es la manera peyorativa con que los conquistadores se refieren al dueño de la propiedad.

• Academicismo: ¿por qué el baile no es hablado?

• Morir, por ejemplo, es una cosa que siempre se debe dejar para después.

• Adulterio: ruptura de contrato vitalicio, civil y religioso, con sustitución del socio sin aviso previo (Eufemismos).

• Afinidad: Cuando dos personas odian a la misma persona, tienen la impresión de que se estiman.

• Todos nos dan tremendo apoyo moral, cuando lo que necesitamos justamente es una pequeña ayuda canalla.

• Toda alegría es así: ya viene envuelta en el fino papel de una tristecita.

• Hablan del alma dañada. Pero ¿no está siempre el alma dañada?

• Es indiscutible que a los veinte años todos somos tremendos idiotas. Como también es indiscutible que, con el paso del tiempo, nos transformaremos en idiotas mucho más viejos.

• Es fácil para la gente conformarse con lo que tiene. Lo difícil es conformarse con lo que no tiene.

• Si Dios me da fuerza y salud, pienso probar que no existe.

Eterno en el amor tiene el mismo sentido que permanente en el pelo.

• Pues sí, nací con talento melódico en una época en que el personal sólo se interesaba por la percusión.

• Analista es un sujeto que partiendo de premisas falsas consigue llegar a conclusiones perfectamente equivocadas.

• Anatomía es esa cosa que los hombres también tienen, pero que en las mujeres queda mucho mejor.

• Impresionante cómo esos grandes escritores del pasado ya citaban a tantos escritores modernos.

• La Gloria no queda, no eleva, no honra, ni consuela.

• El mayor anticonceptivo es el mal aliento.

• A la hora del hambre todo revolucionario acaba aceptando una buena sopa reaccionaria.

• La ingenuidad del antimilitarista es no comprender que se puede matar sin odio.

• Lo importante no es pensar; es tener expresión de pensador.

• La muerte siempre está más o menos lejos, pero nadie sabe a qué velocidad ni en qué vehículo viaja.

• Conozco personas que pensaban tener el activismo del Che y la filosofía de Marx y tenían apenas el asma del Che y los furúnculos de Marx.

• Aire: materia en que la naturaleza fue extraordinariamente generosa para evitar que los pobres murieran por falta de.

• Hay personas que tienen una manera en extremo desagradable de no decir las cosas.

• El pie de atleta es una enfermedad fácilmente curable. El cerebro de atleta no tiene cura.

• En política, lo que te dicen nunca es tan importante como lo que oíste sin querer.

• Cada vez que ella, en la intimidad de su baño, quedaba desnuda, se moría de la risa de sus admiradores.

• Quien vive de esperanzas muere muy flaco.

• “Buenos días”, dice la autocrítica, “vine a presentarte a ti mismo contigo mismo”.

• ¿Por qué nunca ningún país erigió un monumento autocrítico, el Arco de la Derrota?

• Jamás soportaría como amigo a un tipo que me dijera el 10% de lo que me digo a mí mismo en ciertas madrugadas de insomnio.

• Soy la plaga que ayudó a destruir el árbol genealógico de la familia.

• Quien no tiene buena apariencia encuentra que las apariencias engañan.

• El hecho de que una persona sea una gran autoridad no elimina la posibilidad de que acierte de vez en cuando.

• Autoritario es el sujeto que te da la respuesta sin que le hayas hecho la pregunta.

• “Por favor, no evalúen mi honestidad con el listón mediocre de su salario mínimo” (frase debidamente apócrifa que puede ser dicha por varios ministros de Economía).

• Hacía como el avestruz: para no tener conocimiento de la realidad metía la cabeza en el televisor.

• De repente, leyendo sobre la vida de los primeros colonos en América, quienes morían en torno a los cuarenta años, me doy cuenta de que el abuelazgo es una invención muy reciente.

• Cuando sean comunes los viajes interplanetarios lo difícil será descubrir a qué planeta fueron a parar nuestras maletas.

• Cuando se habla de bancos y robos, pregunto de inmediato: ¿de afuera para adentro o de adentro para fuera?

• Sólo en el baño tenemos paz y tiempo suficientes para la autocrítica y la desnudez necesaria para el frustrante sentimiento de que nuestros cuerpos no fueron hechos según la ambición de nuestras almas.

• Hay personas que sólo beben en circunstancias muy especiales. Pero consideran especiales todas las circunstancias en que beben.

• La belleza es la inteligencia a flor de piel.

Black out= Los negros no entran (Traducciones televisivas).

• El amanecer es el precio que paga el bohemio por vivir en el sistema solar.

• El camello es un animal que, después de permanecer varios días sin comer ni beber, consigue pasar por el ojo de una aguja y entrar fácilmente en el reino de los cielos (Falsa cultura).

• Es como decía el calvo, ¡la peluca es una cosa que nunca me pasó por la cabeza!

• La felicidad conyugal sólo es posible entre tres.

• A los trece años, con un par de senos nuevos, ella comprendió que su cuerpo ya no cabía en la moral de sus padres.

• Cuando un baterista muere debe hacerse un minuto de ruido.

• La tontería del comediante se ve cuando quien ríe de último está sentado en la primera fila.

• Los hombres son moralmente peores que las mujeres. Hay hombres que no asisten al nacimiento de sus hijos. No conozco una mujer que tuviese ese deplorable comportamiento.

• Antiguamente el sexo era más sucio, pero en compensación el aire era más limpio.

• Un gobernante que se rodea de asesores más competentes que él es más competente que ellos.

• Acepto con ternura las vacilaciones de los que nunca abdicarán.

• El gobierno afirma que no hay miseria en Brasil; ése es un complot de las imágenes de la televisión amangualadas con los editoriales de los periódicos y con unos cincuenta millones de personas hambrientas y agresivas que vagabundean por las calles.

• No entiendo por qué persiguen a los comunistas. ¿Acaso la Constitución no permite la libertad de cultos?

• Confesión es aquello que el criminal hace espontáneamente después de unas horas de paliza.

• No, no soy popular. Mi casa vive llena de gente que viene a visitar mi whisky.

• Jamás tilde de imbécil a un amigo. Es preferible pedirle dinero prestado y no pagar.

• La belleza no sirve la mesa. Y desarregla la cama.

• Consuélate, amigo: el sol da todo ese espectáculo al comenzar el día y la mayor parte de la planeta continúa durmiendo.

• Estás borracho cuando empiezas a sentir solidaridad y no consigues pronunciar esa palabra.

• Constitución brasileña: Todo ser humano tiene derecho a la muerte, la prisión y la búsqueda de la infelicidad.

Consummatumest= La consumición está incluida (Traducciones televisivas).

• Amor con amor se pega.

• Mucho científico social considera que es facilísimo convencer a los demás con dos o tres patadas ideológicas.

• La cosa que más separa a un hombre y a una mujer es vivir juntos.

• Es como la patricia romana que le decía a la hija que llegaba de madrugada: “Muy bien, hasta las tres estuviste en la bacanal. ¿Y después qué? ¡No me digas que te metiste de nuevo en una reunión cristiana!”.

• La prueba de la absoluta credulidad humana es que cada vez que anuncian “la mejor película de todos los tiempos” la gente se lo cree un poquito.

• Ciertos crepúsculos, se nota con facilidad, quieren ingresar a la Academia de Bellas Artes.

• No es que el crimen no pague. Es que, cuando paga, cambia de nombre.

• Es como decía el hijo de la bella actriz: “Nací en 1964, dos años después que mi madre”.

• El delator se gana el pan con el sudor de su dedo.

• El verdadero milagro brasileño: una democracia completamente exenta de demócratas.

• La democracia es la creencia en que una multitud de idiotas juntos puede resolver problemas mejor que un cretino solo.

• La democracia comienza a la hora de votar. Y termina a la hora de contar.

• Si el radio hubiera sido inventado después del televisor, nos parecería genial un aparato que no nos obliga a ver la cara de los locutores.

• El dedo del destino no deja huellas dactilares.

• El que nace para ahogado nunca llega a nadador.

• Un político: “Con verdadera indignación y no menos alboroto vi que la prensa publicó exactamente lo que yo había dicho”.

• Hay tipos que dejan instrucciones detalladas sobre cómo debe ser su entierro. Yo no; quiero que mis amigos me den una sorpresa.

• Dios existe. Pero no trabaja full time.

• ¿Por qué se empeñan los autores teatrales en escribir diálogos naturales si en la vida es rarísimo que una persona hable con naturalidad?

• La diferencia entre el hombre y la mujer es ínfima, pe­ro aumenta cuando los dos se aproximan.

• La diferencia entre el ladrido de un perro y su mordida está en que esta última es personalizada.

• En la oscuridad de la plaza encontré a Diógenes buscando a un hombre. Una linterna en una mano, una Magnum en la otra (Diógenes 1981).

• Responda de prisa: ¿por qué, bajo una dictadura, sólo acontecen cosas impublicables?

• Algunas cosas que hacen envejecer prematuramente: el exceso de trago, el exceso de comida, los excesos sexuales, el exceso de trabajo —y la ausencia de cualquier exceso.

• La diferencia fundamental entre derecha e izquierda es que la derecha cree ciegamente en todo lo que le enseñaron, y la izquierda cree ciegamente en todo lo que enseña.

• “La belleza es superficial”. La feúra no.

Dolcefarniente= No hay postre (Traducciones televisivas).

• Una de esas reuniones artísticas donde la gente encontraba hombres y mujeres de todos los sexos.

• Conducir borracho, advierten las autoridades, es en extremo peligroso. ¿Y atravesar sobrio las calles?

• ¿Por qué será que cuando marcamos mal un número nunca está ocupado?

• Mi epitafio: “No cuenten más conmigo”.

• Nuestros corruptos son tan incompetentes que sólo consiguen robarle al gobierno. Si fueran ladrones de iniciativa privada se morirían de hambre.

• ¿Eutanasia? Es la última cosa que haría en la vida.

• Podré no ser un buen ejemplo, pero soy un buen aviso.

• “Soy su mayor admiradora”, como me decía la jovencita de uno cincuenta de estatura.

• La felicidad hace a la persona generosa. La generosidad la hace infeliz.

• Ser pobre no es un crimen, pero ayuda a llegar hasta allí.

• Estás realmente viejo el día en que la despampanante vecina abre la puerta, te ve solo frente al televisor y dice: “¿Qué, no hay nadie en la casa?”.

• Está probado: no existe intestino respetable.

• La fobia es un miedo con Ph.D.

• Toda fotografía antigua es una puñalada.

• Misterios económicos: ¿cómo es que un padre, pobre, cansado, mal instruido, consigue mantener a cuatro o cinco hijos, y cuatro o cinco hijos, una vez criados y educados, no consiguen mantener a un padre?

• Ya escuché mil historias de gente sacando genios de las botellas. Nunca oí una de gente obligándolos a entrar de nuevo.

• El primer requisito para ser un gran hombre es estar muerto.

• El colmo de la hipocondría es sufrir de epidemia y neurosis colectiva.

• Los icebergs son montañas de hielo que viven en el Polo Norte y salen de noche para atacar trasatlánticos de lujo.

• Inflación: donde comían dos no come ni uno.

• Todos los días, por la mañana, abro la ventana, miro al mundo con supremo desdén y comienzo a contar: “10-9-8-7-6-5-4-3-2...”. Un día acertaré.

• El corrupto, cuando cambian al ministro, no por eso necesita cambiar su porcentaje.

• Basta mirar alrededor para advertir que la honestidad no es una cosa natural. Todas las personas honestas tienen un aire extremadamente resentido.

• La humildad es una especie de orgullo que le apuesta al perdedor.

• El actor en decadencia me decía que, a estas alturas de la vida, acepta hasta un papel higiénico.

• ¿Por qué será que vine al mundo para sentarme en la última fila detrás de esta columna?

• ¿Cortejar mujeres? Después de cierta edad el caballero puede apenas cortejar el ridículo.

• El día en que descubrió que era un brasileño puro tuvo un ataque de nervios.

• En el Nordeste una familia que come dos veces al día ya es considerada pequeñoburguesa.

• Las ideologías son insaciables: cada vez exigen más sacrificios humanos.

• Dicen que cuando un idiota muere en un accidente, toda una telenovela pasa delante de sus ojos.

• Cuando te sientes un perfecto idiota estás dejando de serlo.

• Si no fuese por la ignorancia, ¿qué sería de los diccionarios?

• Lo peor no es morir. Es no poder espantar a las moscas.

• Como decía mi abuelo, que no creía en la santidad: “¿Cómo se impide que un misionero, camino del cielo, sea devorado por un antropófago, camino del infierno?”.

• Y pensar que fueron necesarios millones de años de evolución de la especie para hacer un animador de televisión.

Tábula rasa= mesa bajita (Traducciones televisivas).

• De indignidad en indignidad uno acaba de alto dignatario.

• Soy del tiempo en que el sexo era hecho a mano.

• Cuando alguien a tu lado comience a hablar de integridad intelectual, principios morales inatacables y conducta ejemplar, cuidado con la billetera.

• Las esposas que leen con demasiado interés detalles de crímenes pasionales corren el serio riesgo de quedar viudas.

• La informática creó una cosa realmente maravillosa: errores cada vez más grandes cometidos en lapsos cada vez más breves.

• Con una docena de comunistas se hacen diez buenos socialistas, y todavía sobra material para dos tremendos reaccionarios.

• Todo el mundo me dice que la vida es cada vez más insoportable. Pero yo quiero ver quién salta primero.

• Ya lo intenté todo, pero todo nunca quiso nada conmigo.

• Finalmente se descubrió para qué sirve un intelectual: para conferir respetabilidad a los culos en las revistas para hombres.

• Cuando un intelectual para de hablar, parece desempleado.

• Antiguamente un padre tenía por lo menos diez hijos. Hoy un hijo tiene por lo menos seis padres.

• Tristemente me doy cuenta de que soy el hijo pródigo que no huyó de casa.

• Tengo realmente la más sincera admiración por las personas que saben perder. Sobre todo cuando estoy del lado opuesto.

• Al final quien gana es el agente funerario.

• ¿Qué es más erróneo: juzgar a una persona por lo que no es o exactamente por lo que sí es?

• Cuando acabemos de comernos el queso vamos a darle al pueblo todos los huecos.

• Lo importante es escandalizar a la juventud, tan conservadora.

• Dicen que Judas, además de traidor, eran tan mezquino que, al final de la Última Cena, pidió su cuenta por separado (y ya tenía los treinta denarios en el bolsillo).

• Una cosa que lamento de mi educación es no haber estado nunca en una facultad. ¡Adoraría haber sido expulsado de una!

• El poder ejecutivo supone que una ley vale por la rapidez con que es aprobada.

• Nuestra libertad comienza donde podemos impedir la del otro.

• Están usando la lengua como siempre. Pero cada vez usan menos el idioma.

• Primero es necesario combatir a nuestro propio lado.

• Cuando alguien, maliciosamente, te pregunte si te gustan las mujeres, responde: ¿comparadas con qué?

• Marxismo actualizado: “Ya que no podemos hacer nada por los miserables, necesitamos, por lo menos, disminuir la gritería de los contentos”.

• ¿Qué es peor: la falta de asistencia médica o su exceso?

• El camino más corto entre dos bares es el zigzag.

• Cuando el médico te diga que no tienes más de tres meses de vida, dile que no tienes con qué pagar la cuenta. Te dará más de tres meses.

• Responda de prisa: ¿cuando un médico muere, la tasa de mortalidad del país aumenta o disminuye?

• La puntualidad es una larga soledad.

• El fuego de la pasión, como cualquier otro fuego, no vive sin oxígeno. Ahora díganme qué significa el oxígeno en esta parábola que acabo de inventar.

• Noé fue el primero en creer en las predicciones meteorológicas y el último en no decepcionarse con ellas.

• El meteorólogo es un tipo que siembra vientos y recoge días bellísimos.

• Inaugurado en Moscú el primer Marx Donald.

• Loado sea Dios que media hora después da una erección de nuevo.

• No llega a ser una crisis ministerial; apenas un cambio de cómplices.

• Las modas van y vienen, cambian siempre; el ridículo es permanente.

• Se llama monogamia a la capacidad de ser infiel a la misma persona toda la vida.

• Los monumentos sólo son para celebrar las victorias. En las derrotas se queman los archivos.

• Moral o inmoral, ambos acaban cometiendo las mismas inmoralidades. La diferencia es que el moralista no se divierte.

• Los que están contra la desobediencia civil están naturalmente a favor de la obediencia militar.

• El mal de la vida es que todo el mundo tiene dónde caer muerto.

• Multinacional es la patria de los que no tienen ninguna.

• Esa caída de la manzana en la cabeza de Newton fue muy fructífera (Falsa cultura).

• Desde los portugueses, siempre fue así: llamar al Cabo de las Tormentas Cabo de Buena Esperanza y asunto arreglado.

• Y, al final, el decapitado se casa con la mocha: una historia sin pies ni cabeza.

• La telenovela era tan mala que la estrellita joven le preguntó a la vieja: “Marcia, por favor, ¿a quién se lo tengo que dar para salir de esta mierda?”.

• ¿Y después de todo eso que hacen en público también se van para la cama?

• El ajedrez es un juego que desarrolla la inteligencia... para jugar ajedrez.

• La piedra, que sobre el papel es incapaz de dibujar una línea recta, en el agua dibuja círculos perfectos.

• ¿Qué es más difícil: aceptar al más fuerte, soportar al más rico o reconocer al más bonito?

• Tan incompetente como el ángel de la guarda de los Kennedy.

• Para distinguir a un mentiroso de un cojo basta, naturalmente, con salir corriendo detrás de los dos.