domingo, 26 de abril de 2020

Volker Schlöndorff / Los fantasmas surgen de la arena



Volker Schlöndorff
LOS FANTASMAS SURGEN DE LA ARENA



El viernes 4 de agosto de 2017 se estrenó en las carteleras españolas "Regreso a Montauk", dirigida por Volker Schlöndorff y  protagonizada por Stellan Skarsgård, Nina Hoss y Susanne Wolff.

La premisa se centra en el escritor Max Zorn, que regresa a Nueva York para la promoción de su última novela. Allí le espera su joven esposa Clara, quien lleva unos meses trabajando en la ciudad neoyorkina. Por otro lado, el libro cuenta una historia de amor que ocurrió en esta misma ciudad hace 17 años. Max vuelve a ver a Rebecca, la mujer de la que se enamoró entonces. Ella, reticente al principio, le invitará a acompañarla a Montauk, al final de Long Island, donde vivieron su romance: un lugar donde solo quedan el mítico faro, el cielo y una playa interminable.

Su director Volker Schlöndorff, responsable de haber dirigido la estimable "Diplomacia", nos habla largo y tendido sobre su interesante última película, a través de una entrevista proporcionada por Golem.


El regreso a Montauk / Tráiler en español

"Ella fue mi gran oportunidad, la que importaba."

"Cuando estoy en esta ciudad, las esquinas de todas las calle me recuerdan a ella."


Volker Schlöndorff

"Regreso a Montauk" tuvo un largo periodo de gestación.

Así es. Hace unos cinco o seis años, RainerKölmel me propuso por primera vez hacer una película basada en Montauk, de Max Frisch. Si hubiera sido posible adaptar la novela, hace mucho que lo hubiera hecho. Max y yo habíamos hablado de ello cuando trabajábamos en la adaptación de El viajero, a partir de su novela Homo Faber, y ambos estábamos de acuerdo: demasiado autobiográfica, demasiado próxima a un ensayo. No es un relato cinematográfico. Sin embargo, unos años después pensé: "¿Y si solo usamos la trama?" Un escritor llega a Nueva York para promocionar su nueva novela. Durante su estancia se cruza con personas del pasado y del presente, dando pie a una historia bastante sencilla que transcurre durante una semana, sin mensaje, como la novela de Max Frisch. Este fue el punto de partida.




Pasarán varios años antes de que quede satisfecho con el guion.

Max Frisch dijo: "Basta con echar una mirada atrás para tener la sensación de que la vida de cada uno es una novela". Necesitaba que me ayudara un escritor para este guion y recurrí a Colm Tóibín, al que conozco desde hace varios años. Después de las primeras conversaciones, Colm escribió un primer tratamiento todavía muy próximo a Max Frisch. El proyecto nos rondó - puede que no me crea - cinco años. Nos reuníamos los dos en Nueva York, en Berlín, y escribíamos "a cuatro manos", probábamos los diálogos a gritos. Con el tiempo, acabamos decidiendo, gracias a una sugerencia de Peer von Matt, el albacea de Max Frisch, que nos alejaríamos completamente de la obra del autor para que "Regreso a Montauk" se convirtiese en un trabajo independiente. Y a medida que se independizaba, se hacía más personal. Acabamos por crear el doble retrato de un escritor porque tanto Colm Tóibín como yo integramos experiencias que habíamos vivido.

Regreso a Montauk / Melodrama euroamericano



Susanne Wolf y Stellan Skarsgard


REGRESO A MONTAUK

Melodrama euroamericano


Carlos Rodríguez Martínez de Carneros
26 de octubre de 2017
La nostalgia en un reencuentro con un amor perdido constituye el leitmotiv de la última película de Volker Schlöndorff, Regreso a Montauk. Basada en la novela titulada Montauk, de Max Frisch (1975), la película adapta el tono autobiográfico literario de una forma que hace reflexionar sobre el mismo aspecto autobiográfico que el director quiso impregnar en su obra. Y es que a ratos la maquinaria con la que se mueve el ritmo del filme parece estar estructurada como si de un diario audiovisual de Volker Schlöndorff se tratara. La premisa argumental remite al segundo episodio que dirigió Richard Linklater en su trilogía amorosa europea, Antes del atardecer (2004). Los diversos subtextos que rodean la cinta alemana y el fuego lento que incrementa la tensión sexual entre los personajes principales tampoco son muy diferentes de la relación que establecían Jesse y Celine nueve años después de su primer encuentro en Viena. También puede recordar al Woody Allen de Interiores (1978) por su melodrama europeo profundamente americanizado.

El adulterio según Graham Greene


El adulterio según Graham Greene

Los personajes del escritor británico son buenos perdedores, pues el autor fue un católico de izquierda que consideraba el triunfo algo grosero


Santiago Gamboa
15 de marzo de 2020

¿Cuántos estilos de mujer hay en la literatura? Probablemente tantos como tipos humanos hay en la extensa vida que esa misma literatura observa, interroga y persigue. Pero una de las más intrigantes, en todo lo que llevo leído, se llama Sarah Miles, y es la protagonista de El fin de la aventura, de Graham Greene, una extraordinaria novela que, en mi clasificación personal, contiene uno de los mejores primeros párrafos de la Literatura del siglo XX. Vayan a leerlo. El argumento es clásico y corresponde, según la tipología de Tzvetan Todorov, al siguiente paradigma: “Dos quieren estar juntos y muchas cosas se interponen”, patrón narrativo que puede incluir desde La Odisea hasta Doctor Zhivago, pasando por Romeo y Julieta o La Celestina, pero también a las largas telenovelas latinoamericanas, cuya extensión suele depender de la siguiente pregunta: “¿Cuántos obstáculos puede haber en la vida para el amor?”. Porque el amor, claro, es el motor de la historia. Es la historia. Según los biógrafos de Greene, El fin de la aventura –también traducida en castellano como El fin del romance o El final del affaire– le sirvió para sacarse la espina de un amor triste y doloroso, pues toda novela, en el fondo, es también de autoayuda.

Graham Green / Max Frisch / El mes más cruel

Graham Green
Ilustración de Triunfo Arciniegas


El mes más cruel

El País
5 de abril de 1991

"ABRIL ES el mes más cruel". El célebre verso del poeta anglosajón T. S. Eliot viene a resumir la impresión que en el mundo de la cultura literaria europea han dejado las muertes sucesivas de dos de los escritores que con su obra y su testimonio han ayudado a formar la conciencia crítica del continente, los dos desde perspectivas diferentes, uno con el arma del pesimismo, Max Frisch, y el otro, Graham Greene, con el convencimiento de que no está todo perdido porque queda la fe. Ninguno de los dos mereció, sin embargo, el galardón más importante que se da en este mundo a aquellos que son capaces de trasladar con palabras la emoción de una época. Max Frisch y Graham Greene fallecieron desposeídos del Premio Nobel, y acaso ha sido esa cicatería de la cultura oficial la que ha engrandecido aún más el sentido de la independencia con que crearon su obra.
Marx Frisch, 1967
Ilustración de Otto Dix

Los de estos escritores muertos en abril fueron libros en los que se reflejaba la perplejidad ante la miseria humana, en un universo donde los adelantos técnicos y económicos iban siempre por delante de la compasión y de la solidaridad. Tanto Frisch como Greene fueron personajes comprometidos con su tiempo, y los dos combatieron a favor de la libertad cuando el continente se partió en dos y conoció el centro de la barbarie. El escepticismo de ambos nunca fue consecuencia del abandono de los principios por los que lucharon como europeos: su literatura consolidó también una manera de ser que es hija del repudio de aquella barbarie, y en todas sus obras se puede rastrear el desprecio común por los tiranos. El humor -la paradoja de Max Frisch, el distanciamiento de Greene- era, por otra parte, consecuencia de su conocimiento de la cultura, y ésta fue siempre reflejo de una sensibilidad europea.

‘Los amantes del Círculo Polar’ cumple 20 años sin perder su magia


‘Los amantes del Círculo Polar’ cumple 20 años sin perder su magia
'Los amantes del círculo polar' cumple dos décadas.

‘Los amantes del Círculo Polar’ cumple 20 años sin perder su magia

La película de Julio Medem se convirtió, desde su estreno en septiembre de 1998, en un film de culto y sinónimo del amor más arrebatado. Pero, ¿sigue manteniendo su encanto o ha sido (otra) víctima más del paso del tiempo?

 | 11 SEP 2018 10:30
En una secuencia de El árbol de la sangre, la nueva película de Julio Medem que se estrenará el próximo 1 de noviembre, dos estudiantes de cine y amantes (Ursula Corberó y Álvaro Cervantes) comparten una habitación universitaria que está decorada con  pósters de Volver, de Pedro Almodóvar; Pan negro, de Agustí Villaronga; y Alas de mariposa, de Juanma Bajo Ulloa. Como el director donostiarra no suele dejar nada al azar en sus películas, está claro que ahí hay un mensaje (poco) cifrado para sus fans: sus propios gustos cinematográficos. Pero si hubiera sido realista tendría que haber colocado una imagen de Los amantes del Círculo Polar, porque su película es, desde su estreno ahora hace veinte años, uno de los pocos títulos de culto que ha dado el cine español recientemente. Y, además, sigue sumando fans entre las nuevas generaciones.

sábado, 25 de abril de 2020

Mujeres encerradas / Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió encerrada 41 años en un apartamento del Village



Djuna Barnes.
ILUSTRACIÓN DE ANA REGINA GARCÍA

MUJERES ENCERRADAS

Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió 41 años encerrada en un apartamento del Village

'Mujeres recluidas'- capítulo 8: Amiga de James Joyce y estrella de círculos bohemios y lésbicos. Susan Sontag y Anaïs Nin hacían guardia fuera de su casa para poder verla y hablar con ella.

En De Profundis, la epístola dirigida desde la prisión de Reading a Alfred Douglas, el que fuera su amante, Oscar Wilde se lamentaba de haber «escogido los árboles de lo que me parecía ser la franja soleada del jardín y esquivar los otros por su sombra y su oscuridad». En la zona luminosa, los frutos codiciados: los placeres carnales, el brillo social, el éxito literario, la riqueza; en la zona sombría, su envés: el sufrimiento, el escarnio público, el olvido, la pobreza. Esta dicotomía, prefigurada en muchos de los cuentos de Wilde, parece uncida a la vida y la obra de muchos escritores. Está el caso de los escritores que se retiran de la vida para poder escribirla. Un caso paradigmático es el de Proust, que después de derrochar su juventud en saraos con la ‘crema’ del quartier Saint-Germain, sin apenas obra publicada, abandona toda vida social y se encierra en casa para embarcarse hacia la que será una de las galaxias más fascinantes de la literatura universal, En busca del tiempo perdido. Nunca sabremos si a Proust lo recluyó en su habitación (y en la escritura) el asma o si, más bien, fue el cansancio por la vida lo que le condujo a encerrarse, so pretexto de estar enfermo, para recobrar el tiempo perdido (re)escribiéndolo. Ya lo dijo Semprún en uno de sus títulos: la escritura o la vida.
Existe otro tipo de escritores que, tras una vida profusa, obra considerable y gran reconocimiento por parte de sus cofrades, se sumergen en el silencio. Me viene a la cabeza Rimbaud. Y también la que, en sus propias palabras, fue la escritora desconocida más famosa del siglo XX: Djuna Barnes.
Djuna Barnes
La escritora, en 1922 a su regreso a Nueva York desde Francia en el trasatlántico SS La Lorraine. FOTO: GETTY
Barnes nació en Cornwall-on-Hudson (Estado de Nueva York) en 1892, año en el que un todavía exitoso Wilde estrenaba en Londres El abanico de Lady Windermere. A los 20 años se muda a la ciudad de Nueva York con su madre y tres de sus hermanos y asiste durante una breve temporada al prestigioso Instituto Pratt de Brooklyn, donde estudia arte y literatura. Como sustento económico de su familia pronto se ve obligada a buscarse la vida como periodista en el Brooklyn Daily Eagle, un periódico amarillista de la época. Su presentación ante la redacción fue: «Sé escribir y dibujar; si no me contratáis, seríais idiotas». Para esa gaceta escribe artículos llamativos como Qué se siente siendo alimentada a la fuerza, experiencia a la que se ofrece como cobaya, texto al que acompaña una fotografía de ella misma en una camilla rodeada de doctores que, mientras le sujetan las extremidades, le hacen ingerir alimento a través de un rudimentario sistema de tubos, una técnica a la que por entonces se sometía a las sufragistas en huelga de hambre. Otras veces escolta los artículos con sus propios dibujos, bajo la influencia del decadentista Aubrey Beardsley, ilustrador de la Salomé de Wilde. En muchos de estos escritos para la prensa, que tocan temas como el boxeo o las ball parties e incluyen una entrevista a James Joyce para Vanity Fair, Djuna descifra, de manera desenfadada y atrevida, algunos de los puntos clave de la represión femenina.
En poco tiempo, se hace un nombre entre la bohemia de Greenwich Village y publica ficción y poesía. Entre las obras de esta época está el poemario en forma de chapbook The Book of Repulsive Women, muy influido por el decadentismo fin de siècle, cuyas protagonistas son mujeres socialmente consideradas ‘repugnantes’, como una cabaretera o los cadáveres de dos suicidas en la morgue. Más tarde renegaría de esta obra, considerándola «estúpida», mera juvenalia.
Djuna Barnes
Dos imágenes de los años treinta que reflejan el estilo de la autora. FOTO: GETTY
En 1921 Barnes se traslada a París, capital mundial de la vanguardia artística y literaria y refugio de la ‘generación perdida’ estadounidense. Llega a la ciudad con una carta de recomendación de James Joyce, del que se ha hecho amiga, escritor cuya influencia será notable y del que llegó a decir, tras leer su Ulises, que nunca volvería a escribir una sola línea, porque «quién osaría». Por suerte no fue así, y en esos años redacta Ryder, novela de autoficción inspirada en la peculiar historia de su familia (con escabrosos episodios donde se cuenta lateralmente la posible violación de su padre y la relación incestuosa con su abuela), y El almanaque de las mujeres, pastiche inspirado en el círculo sáfico del célebre salón literario de Natalie Barney, abierta «lesbiana de letras» cuya obra es un referente temprano del feminismo, el pacifismo y la promiscuidad, tanto sexual como sentimental. Ambas obras, publicadas en 1928, son atrevidas en temática y en estilo, mezclando el modernismo de Virginia Woolf, Nathanael West o su admirado Joyce con formas arcaicas y paródicas de clásicos como Chaucer y Rabelais.
Durante sus años parisinos, Barnes, además de relacionarse con muchos de los grandes nombres, en su mayoría expatriados, que vivían en la ciudad y de escribir los dos libros anteriormente mencionados, se volvió una frecuentadora de los espacios noctámbulos y, tras ser presentadas por la fotógrafa Berenice Abbott, inició una relación con la escultora estadounidense Thelma Wood, el gran amor de su vida. La ruptura, acontecida a finales de los años veinte, sumió a Barnes en una profunda depresión, literariamente silente, e hizo arreciar su adicción a la bebida, compañía de la que no se separaría hasta mucho más tarde. Toda su historia con Thelma se cuenta à clef en la que es su novela más conocida e importante, El bosque de la noche, redactada durante los veranos de 1932 y 1933 bajo el auspicio de Peggy Guggenheim, amiga y mecenas, en su casa de campo de Inglaterra, Hayford Hall, conocida entre sus residentes, vividores y bebedores, como Hangover Hall. La novela fue publicada por Faber & Faber en 1936, con prólogo de T. S. Eliot, que calificó a su autora como «el genio más grande de nuestros días».
Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Barnes regresó a los Estados Unidos. Alquiló un pequeño apartamento en el número 5 de Patchin Place, en pleno Village neoyorquino, y allí permaneció 41 años, hasta su muerte en 1982 –gracias al estipendio de Peggy Guggenheim, de otros amigos y de una beca tardía de la National Endowment for the Arts–.
Durante este segundo período de descubrimiento de los secretos en la franja oscura del jardín, Barnes se convirtió en una ermitaña. En 1950, mientras escuchaba un programa de la radio, se dio cuenta de que su alcoholismo le imposibilitaba trabajar. Así logró abandonar su adicción y se puso a escribir, aunque su afán perfeccionista y el sol negro que teñía de sombra sus días hicieron que solo viesen la luz The Antiphon (1960), una obra de teatro escrita en verso de imbricado estilo neoisabelino, y una colección de poemas, Creatures in an Alphabet, publicada un par de años antes de su fallecimiento. A lo largo de sus años de confinamiento voluntario, el carácter de Barnes se agrió, volviéndose una misántropa que solo recibía, o atendía por correo, a sus muy conocidos.
Djuna Barnes
Algunos de los libros de Barnes publicados en español. FOTO: GETTY
Entre las nuevas generaciones de escritores, especialmente entre las lesbianas, «la Garbo de las letras», como era conocida, se convirtió en un mito, con todos los estímulos de los misterios velados. A la puerta de su edifico hizo guardia Carson McCullers, que fracasó varias veces en su intento por verla surgir de entre los muertos. Tampoco fueron fructuosos los intentos de Anaïs Nin –a uno de cuyos personajes llamó Djuna, algo que molestó profundamente a la homenajeada– por que participase en el debate de una revista a propósito de la escritura femenina. Bartha Harris le dejaba rosas acompañadas de notas en su buzón, pero jamás recibió respuesta. Susan Sontag, que tras leer El bosque de la noche escribió en sus diarios que no solo había sido una «lectura imprescindible, sino un hechizo», se desviaba de sus itinerarios habituales por el Village hasta llegar a Patchin Place, donde merodeaba con la única intención de cruzársela y ser testigo del milagro.
Si alguna vez Barnes asomaba la cabeza por su ventana era para gritar: «Quien sea que esté llamando al timbre, que se vaya al infierno». Otras veces, pocas, respondía a las cartas de sus admiradores en tono irritado, concluyéndolas con peticiones de dinero. Entre sus escritos no publicados, en su mayoría poemas, hay un sinfín de borradores, que desvelan una reescritura obsesiva, nunca satisfactoria.
Djuna Barnes
Uno de los últimos retratos de Barnes. FOTO: GETTY
En El pensamiento heterosexual y otros ensayos, obra referencial del lesbofeminismo, Monique Wittig, reflexionando sobre el canon literario, afirma que un texto escrito por un escritor minoritario solo es eficaz si consigue que el punto de vista minoritario se haga universal, es decir, si logra ser un texto literario importante. En busca del tiempo perdido es un monumento de la literatura francesa a pesar de que la homosexualidad es el tema del libro. La obra de Barnes es una obra literaria importante a pesar de que su tema central es el lesbianismo. Y continúa Wittig: «Por una parte, el trabajo de estos dos escritores ha transformado –como debe ser en todo trabajo importante– la realidad textual de nuestro tiempo. Pero como obras de miembros de una minoría, sus textos logran cambiar el criterio de categorización, afectando la realidad sociológica de su grupo, al menos afirmando su existencia. Antes de Barnes y Proust, ¿cuántas veces han sido elegidos personajes homosexuales o lesbianas como tema de la literatura en general? ¿Qué ha habido en literatura entre Safo y El almanaque de las mujeres y El bosque de la noche de Barnes? Nada».
Djuna Barnes murió en su casa de Nueva York seis días después de cumplir los 90 años. Parece ser que de inanición. Nadie pudo alimentarla forzosamente. El silencio de sus 40 años de clausura produce el abismo de los paréntesis abiertos en el tiempo, entre los que vienen a situarse tantos días, uno tras otro, sin apenas registro.
EL PAÍS


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Mujeres encerradas / Teresa Wilms Montt, la poeta chilena encerrada por adulterio en un convento



Ilustración de Ana Regina García

MUJERES ENCERRADAS

Teresa Wilms Montt, la poeta chilena a la que encerraron en un convento tras acusarla de adulterio

'Mujeres recluidas'- capítulo X: Sospechosa de espionaje durante la I Guerra Mundial, inmortalizada en un cuadro por Julio Romero de Torres y miembro de la bohemia de Buenos Aires, Madrid y París a principios del siglo XX, la autora nació muchos años antes de que la sociedad pudiera aceptar un alma tan libre como la suya.

-¿Qué hubiera querido ser usted?
-Lo que soy. De cualquier otro modo me habría aburrido más.
Así respondió Teresa Wilms Montt a la periodista Sara Hübner meses antes de su muerte. Y lo recoge Alejandra Costamagna en el maravilloso perfil que escribe sobre ella en Preciosa Sangre, diarios íntimos de Teresa Wilms Montt (La Señora Dalloway, 2017). Según todo lo que dejó escrito esta poeta chilena, en sus 28 años de vida se aburrió poco. Pero no lo tuvo fácil. Nació en Viña del Mar en 1893 en una familia de la aristocracia chilena. Su padre era descendiente de la realeza prusiana y su madre estaba emparentada con varios presidentes de la república. Teresa fue la segunda de siete hermanas y siempre sintió un trato diferente. En sus diarios cuenta cómo de pequeña la castigaban a copiar cientos de veces el verbo obedecer. «Lo sabía de sobra gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo», escribió.
Aunque pronto aprendió inglés y francés, no la dejaban leer todo lo que ella deseaba. «Me han prohibido los libros. ¡Está bien! Los robaré ahí donde los encuentre y los leeré, de noche, cuando duerme todo el mundo», contaba. Sin el consentimientos de sus progenitores, se casó a los 17 años con Gustavo Balmaseda. Tuvo dos hijas y se fueron a vivir a la ciudad norteña de Iquique. Allí Teresa escribía en prensa con el pseudónimo de Tebal, participaba en la vida bohemia intelectual y conquistó ese espacio público reservado solo para los hombres. «Yo era la única del sexo femenino en aquellas reuniones (…) abusaba del licor, de los cigarrillos, del éter, etc. (…) También me gastaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la religión (en contra), y participaba de las ideas de la masonería. Escribía para los diarios, daba conciertos. Mis visitas eran a los hospitales, a las imprentas, acompañada de una tropa de médicos pijes y de pijes sin oficio, que me adulaban y ponían por las nubes».
Teresa Wilms Montt
Teresa Wilms Montt, hacia 1920. 
Su inteligencia, actitud y belleza eclipsaban cualquier reunión. Los celos no tardaron en aflorar en Balmaseda y, según retratan algunos libros y la película Teresa: Crucificada por amar, empezó el maltrato. Teresa buscó refugio en Vicente, primo de su marido y se enamoró de él. Al descubrir una correspondencia privada entre ambos, Balmaseda convocó un tribunal familiar con sus padres y suegros. Entre todos decidieron encerrar a Teresa en el convento de la Preciosa Sangre de Santiago de Chile en octubre de 1915 y la tutela de sus hijas recayó en los abuelos paternos.
El convento contaba con una sección para enfermas mentales y otra para recluidas por castigos morales. Teresa permaneció ocho meses en segundo grupo y, durante este tiempo, no cesó de escribir en sus diarios. En ellos narra las visitas que recibe de sus amigos, sus cartas de amor a Vicente, sus angustias existenciales y su gestión del divorcio procurando no firmar ningún papel que acreditara la locura que su familia deseaba atribuirle. «Han querido hacer de mí una pervertida y se encontrarán con que puedo darles lección de nobleza», dejó escrito en aquellos días. En junio de 1916, gracias a la ayuda del poeta Vicente Huidobro, escapó del convento disfrazada de viuda. Los dos escritores eran de la misma edad, pertenecían a una aristocracia que no les comprendía y juntos pusieron rumbo a Argentina con el anhelo de dedicarse a vivir de sus palabras.
Teresa Wilms Montt
Dos ediciones actuales de su obra.
En Buenos Aires se plantó en la redacción de la revista Nosotros, famosa entonces por publicar a escritores consagrados de la talla de Gabriela Mistral, Unamuno o Azorín y se convirtió en colaboradora. En 1917 publicó sus primeros libros, Inquietudes sentimentales y Los tres cantos, ambos con el nombre de Thérèse Wilms Montt. Y la crítica aplaudió su prosa poética alzándola como la figura literaria del momento. Entonces sucedió uno de los episodios que marcaron la vida de la escritora. Un joven al que bautizó como Anuarí se enamoró perdidamente de ella. Y al no ser correspondido como él esperaba, se suicidó delante de la escritora. Tras este hecho, Teresa sintió que necesitaba huir y cambiar radicalmente de vida. Y se subió a un barco rumbo a Nueva York para hacer prácticas en un hospital de la Cruz Roja en plena Primera Guerra Mundial.
El primer día del año de 1918 intentó tirarse por la borda pero un pasajero lo impidió. Y nada más pisar suelo estadounidense fue detenida policía. Sus apellidos, el pelo rubio, los ojos azules y el hecho de viajar sola hicieron sospechar a los agentes de la policía estadounidense de que se encontraban frente a una espía alemana (Mata Hari había sido fusilada por eso mismo meses antes en Francia). La retuvieron dos días en Ellis Island. «Les perdono, después de todo me han proporcionado momentos de emoción», recogió en sus diarios. Pero esas 48 horas fueron suficientes para darse cuenta de que no quería pasar ni un minuto más en ese país. Y se subió a otro barco con destino a España. En el Madrid de principios del siglo XX alcanzó notoriedad en los círculos bohemios. Valle-Inclán prologó su tercer poemario Anuarí en 1918 (reeditado Ediciones Torremozas en 2009), en el que comenzaba diciendo: «¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud?». Julio Romero de Torres inmortalizó la exótica belleza de la chilena en un cuadro. Y ella continuó publicando en prensa con pseudónimos.
Teresa se entera de que sus hijas vivirán en París con su abuelo al que destinan allí y rápidamente se muda a la Ciudad de la luz para poder verlas. En la capital francesa contacta con Max Ernst, Bretón y Paul Éluard. Se halla de nuevo en el epicentro de las vanguardias aunque lo que la mantiene viva es la ilusión de los encuentros semanales con sus hijas. Duran poco. Al año, la familia tiene que regresar a Chile y se llevan a las niñas. Teresa Wilms Montt no soporta esta última despedida y cae en depresión. El 22 de diciembre de 1921 ingiere un frasco de veronal y fallece dos días después en el hospital Laënnec de París. Tenía solo 28 años y un pasado lo suficiente extraordinario (y escrito por ella) como para alimentar su mito que sigue vivo.

DE OTROS MUNDOS

Siri Hustvedt / Vivo con miedo, imagino el futuro


Siri Hustvedt


Vivo con miedo, imagino el futuro

La autora estadounidense, último premio Princesa de Asturias de las Letras, relata su enfermedad y confinamiento en Nueva York. También reflexiona sobre lo que se pudo prever antes y lo que podría pasar después


¿Qué querían decir el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, cuando anunciaba su inmunidad al coronavirus porque es “un atleta”, o el presidente de México, López Obrador, AMLO, cuando animaba con toda tranquilidad a la población a salir a comer en restaurantes y seguía estrechando manos? Antes de infectarse él mismo con el virus, Boris Johnson recomendaba para su país la “inmunidad colectiva”.

Siri Hustvedt
3 de abril de 2020

La última vez que hice vida normal en Nueva York fue el 6 de marzo. El virus había llegado, pero la clase que doy todos los meses a residentes de psiquiatría en el Weill Cornell Medical College de Manhattan no se había cancelado. En el hospital se permitían aún reuniones de grupos inferiores a 30 personas. Esta semana leía en The New York Times la siguiente frase: “Un médico del ­Weill Cornell Medical Center describía la perturbadora experiencia de pasar a diario por delante de una compañera de poco más de 30 años, intubada y en estado crítico, preguntándose quién será el siguiente”.
Un viejo amigo mío se encontraba tan enfermo que acudió al hospital. Lo mandaron a casa. Se puso peor. Cuando volvió a urgencias, lo ingresaron y pasó varios días con un respirador. Tuvo suerte. Pronto no habrá respiradores para todos los que los necesiten. Tengo amigos enfermos que languidecen en casa con fiebre alta. En circunstancias normales, habrían ido al hospital. Ahora sopesan las consecuencias que tendría esa decisión. Cinco días después de dar mi clase, enfermé. Mi marido sucumbió unos días después. Ninguno de los dos estábamos graves. Nos recuperamos. A la gente como nosotros no le hacen pruebas. No sabemos qué teníamos, si fue la Covid-19 u otra cosa. Sigue habiendo muy pocas pruebas diagnósticas.
El tiempo se ha estirado y colapsado debido a la emoción. Mi seminario del 6 de marzo pertenece a otra época, en la que la ciudad tenía tráfico, aceras abarrotadas y ruidosos vagones de metro en los que los neoyorquinos se apretaban pecho con mejilla, axila con nariz, codo con codo, en los que la cabeza dormida de un viajero agotado podía caer de repente sobre el hombro del desconocido sentado junto a él, y ese contacto fugaz no significaba nada. Estos recuerdos tienen ahora una índole alucinatoria, a la vez familiar y lejana. La ciudad que recuerdo ha desaparecido, al igual que un sinnúmero de ciudades y pueblos de todo el mundo que se han convertido en caparazones, vacíos de vida. Desde el comienzo de mi enfermedad, estoy encerrada en casa. Escribo como siempre, pero vivo en suspenso, con miedo. Imagino el futuro. ¿Será una restauración de lo que hubo o una realidad completamente distinta?
“Ha proyectado una sombra sobre la tierra, y ha golpeado a tantos que es imposible atenderlos adecuadamente, atestando todos nuestros hospitales; y ha demostrado ser mortal en tantos casos que ha sido imposible cavar tumbas con suficiente rapidez para enterrarlos a todos. Nuestra hermosa ciudad ha sufrido enormemente por ello, y ha hecho necesario como medida de precaución cerrar las escuelas, los teatros y las iglesias, y prohibir a toda la población reunirse tanto en interiores como al aire libre”. Así hablaba el reverendo Francis Grimké a su congregación de la Iglesia presbiteriana de la calle 15 en Washington DC, a raíz de la pandemia de gripe de 1918 que mató a unos 50 millones de personas en todo el mundo.
“Nadie había visto jamás algo así”, declaraba el presidente de Estados Unidos el 19 de marzo, y el día 26 volvía a decir: “Nadie habría pensado jamás que pudiera ocurrir algo así”. Estas declaraciones se produjeron tras semanas de negación irracional. El virus, había dicho, estaba controlado; desaparecería. El “nadie lo ha visto jamás” es un tic verbal recurrente en el limitado repertorio trumpiano; forma parte de su estilo de prosa hiperbólico, inconexo y autoengrandecido, pero también es una prueba de la relación de este hombre con el pasado y el futuro, que a todos los efectos prácticos no existen.
Otto Kernberg, psicoanalista y profesor de psiquiatría, nació en Viena. Huyó de ese país y de los nazis con su familia en 1938. Ha escrito extensamente sobre el narcisismo, que pasa por un trastorno de personalidad antisocial, también llamado psicopatía, una forma extrema de narcisismo. Kernberg señala que las personas así, además de las mentiras, la grandiosidad y la falta de sentimiento de culpa y de empatía habituales, “carecen del sentido de transcurso del tiempo, de planificación para el futuro… Su incapacidad para aprender de la experiencia pasada es una expresión de la misma incapacidad para concebir su vida más allá del momento inmediato”. Durante más de tres años, el mundo ha visto a un presidente estadounidense atrapado en su propio presente espontáneo y volátil, con un narcisismo patológico y alimentado a diario por innumerables medios de comunicación, mientras millones de seguidores, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, aprueban sus mensajes virales, xenófobos, racistas y misóginos, pero rotundos. Uno de los últimos: el virus es “chino”.
El coronavirus, que viaja de huésped en huésped e infecta las células humanas, se mueve de acuerdo con su propio tiempo de aceleración, indiferente a la etnia, la clase o el sexo, a la propaganda y al prejuicio. Francis Grimké era el hijo del dueño de una plantación, blanco y viudo, Henry Grimké, y una esclava mestiza, Nancy Weston. Sus padres vivieron juntos como pareja de hecho. Cuando el padre falleció durante una epidemia de tifus, Francis y sus dos hermanos fueron traicionados por uno de los hijos blancos de Henry, que incumplió los deseos de su padre y esclavizó a sus hermanastros. Francis y su hermano Archibald consiguieron finalmente escapar a su destino. Más tarde, las hermanas feministas y abolicionistas de su padre los acogieron y los ayudaron a costear su educación. En el sermón pronunciado el 3 de noviembre de 1918, Grimké preguntaba: “¿Se paró la epidemia a ver si su piel era blanca o negra antes de infectarlo? ¿Qué valor ha tenido la piel blanca durante estas semanas de sufrimiento y muerte?”. Las ideas virales no tienen impacto sobre la enfermedad viral. Al virus no lo intimidan las fanfarronadas o los postureos racistas o machistas, ni la grandilocuencia antiintelectual. Francis Grimké esperaba que la pandemia sirviera de lección ante las estupideces del racismo.
Una cosa es segura: “Esto” ya lo hemos visto antes. Llevamos siglos viendo los estragos causados por las enfermedades infecciosas, y sus efectos sobre las ciudades parecen curiosamente los mismos. “Pero qué pocas personas veo ahora”, escribía Samuel Pepys acerca de las calles de Londres durante la pandemia de 1665, “y las que hay caminan como si se hubieran despedido del mundo”. La pandemia ha sido vista, imaginada y prevista. El mundo es más pequeño ahora que en el siglo XVII. Los viajes largos duran horas o días, no meses o años. Pero en el último medio siglo hemos visto, entre otros virus, el sida, el ébola, el SARS, la H1N1, el MERS y la gripe aviar, que han matado a cientos, miles y millones de personas. Los virólogos sabían que un nuevo virus podría causar una pandemia y sabían cómo era probable que empezase. En The Journal of Virology, L. W. Enquist escribía en 2009, el año de la H1N1, un subtipo de la gripe, acerca de futuros virus: “En humanos, esas infecciones serán probablemente zoonóticas (es decir, transmisiones de virus de animales salvajes o domésticos a humanos)”. Los epidemiólogos han establecido modelos de trayectoria sobre posibles pandemias y esbozado las respuestas necesarias. Seguimos desconociendo muchas cosas sobre los virus y los mecanismos biológicos implicados, pero decir que “nadie habría pensado jamás” que una pandemia de ese tipo acechaba en el horizonte es ridículo.
Ayer, en la emisora de radio de la BBC, oí a un representante del Gobierno del primer ministro indio, Narendra Modi, remedando a Trump: “Ningún país podría haber imaginado esto, ni haberse preparado para ello”. Es mentira o ignorancia pura y dura. O peor, una mentira conveniente que se aprovecha de la ignorancia de ciudadanos que albergan un menosprecio populista hacia los expertos y que buscan un hombre fuerte o un líder carismático que personifique el poder del que creen haber sido despojados, por las mujeres o los negros, o los inmigrantes, o los judíos, o los musulmanes o algún otro grupo amenazador. Este desprecio está profundamente arraigado en la historia de mi país, pero no se limita a Estados Unidos, y tampoco puede separarse del creciente ímpetu autoritario que se extiende por el mundo, un ímpetu relacionado con la dominación masculina y la misoginia.
¿Qué querían decir el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, cuando anunciaba su inmunidad al coronavirus porque es “un atleta”, o el presidente de México, López Obrador, AMLO, cuando animaba con toda tranquilidad a la población a salir a comer en restaurantes y seguía estrechando manos? Antes de infectarse él mismo con el virus, Boris Johnson recomendaba para su país la “inmunidad colectiva”. Que se mueran. A lo mejor, Alexandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia, cree que la arrogancia machista compensa la baja posición de su país en el mundo. Sobre el virus, comentaba: “Mejor morir de pie que vivir de rodillas”. ¿Cómo debemos interpretar no solo la tolerancia masiva, sino incluso la celebración de bufonadas como estas, si no es como una forma de hipnosis masiva, una fantasía colectiva de virilidad narcisista?
Los neoyorquinos están pagando un alto precio por las fantasías virales mezcladas ahora con la plaga de un virus real que está superando a los profesionales de nuestros hospitales. No pueden atender a todos los enfermos y no tienen mascarillas, batas ni guantes para protegerse. Para reducir gastos, el Gobierno de Trump disolvió en 2018 el equipo estadounidense encargado de la respuesta a las pandemias. Ha despedido a burócratas, científicos y diplomáticos experimentados, y vaciado de expertos un departamento tras otro. Trump ha llenado su Gobierno de adulones incompetentes y serviles. Ha mentido repetidamente a la ciudadanía, llegando a prometer que el virus desaparecería “como por milagro”. “Cualquiera que quiera hacerse la prueba, la tendrá”. Ha divagado sobre una decisión después de otra, ha negado respiradores disponibles bajo su control a Estados que los necesitaban. Ha desairado incluso a su propio Ejército, cuando este ofreció su ayuda para la crisis. Ha demostrado que no tiene la más mínima percepción del tiempo, ni memoria del pasado inmediato — lo que dijo ayer—, ni anticipación del futuro inmediato —qué aspecto tendrán mañana sus mentiras de hoy—. Su única urgencia es desfilar para las cámaras ahora.
Parafraseando ligeramente las palabras de Francis Grimké, a esta ciudad le queda poco tiempo para que la enfermedad resulte mortal en tantos casos que será imposible cavar tumbas con suficiente rapidez para enterrar a nuestros muertos. Los esfuerzos heroicos de nuestro gobernador, nuestro alcalde y nuestros sanitarios no compensarán la incompetencia y la estupidez en la cumbre. No espero un milagro.
El virus ha convertido nuestra interdependencia en algo asombrosamente evidente. Todos somos seres naturales, vulnerables a la enfermedad y a la muerte. Las plagas son unos igualadores maravillosos, siempre que les hagamos caso.
Traducción de News Clips.