miércoles, 28 de diciembre de 2016

Johnny Depp y Amber Heard pelean por la plata del divorcio

Johnny Depp y Amber Heard

Johnny Depp y Amber Heard 

pelean por la plata del divorcio

Ella le pide que le abone los siete millones de dólares que le debe a modo de compensación; él le exige que pague el costo del proceso judicial.

Este divorcio, sin duda, ha sido la mejor actuación de Amber Heard.

Por: Bang Showbiz
22 DIC 2016 - 4:55 
En agosto pasado Johnny Depp y Amber Heard llegaron a un acuerdo para cerrar el proceso de divorcio, cuyos términos disponían que el intérprete debía abonarle a su exmujer siete millones de dólares a modo de compensación. 

martes, 27 de diciembre de 2016

Lucia Berlin / Lavandería Ángel


Lucia Berlin LAVANDERÍA ÁNGEL



Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí.


Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves.

La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo.

Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera.

El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos.

Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS.

En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos. 

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos.

La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?».

El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda.

Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca.

Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado.

—Hermano, créeme, sé lo que es... He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes.

Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso.

La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior».

La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s.

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca.

Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.

Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves?

—Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos.

Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares.

—¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó.

—No, ¿por qué?

—Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja.

Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde.

—¿Una bala?

No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente.

Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato.

—Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN.

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía.

Pasó un tren. Me dio un codazo.

—¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez.

Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería.

Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos.

Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos.

—¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda!

—Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache?

No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho.

—¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo.

—¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer?

—Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo.

Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ).

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules.

Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas.

Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa.

No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

Lucia Berlin
Manual para mujeres de la limpieza






lunes, 26 de diciembre de 2016

El libro de 2016 / Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

El libro del año: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

Traducción de News Clips

En sus relatos, poblados por alcohólicos y adictos, resuenan las devastadoras experiencias de su vida



ELIZABETH GEOGHEGAN
16 DIC 2016 - 14:36 COT



La escritora norteamericana Lucia Berlin.

Lucia Berlin no era políticamente correcta. Y no era New Age. Nunca me habló de “recuperación” o de “karma”. Nunca hablamos de los 12 Pasos. Se sobrentendía: ya no bebía. No hacía falta hablarlo. Especialmente cuando podía escribir sobre ello. En sus relatos, poblados por alcohólicos y adictos, retratados con empatía, repugnancia y despiadado ingenio, resuenan las devastadoras experiencias de su propia vida. Había pasado del aislamiento a la abundancia, a la desintoxicación y vuelta a empezar, y Boulder, Colorado —inundado de fisioterapeutas, atletas de alto rendimiento y veganos—, era un lugar extraño en el que acabar para alguien como ella. Pero pasó allí buena parte de la última década de su vida. Primero en una típica casa de madera victoriana bajo las rocas rojas de Dakota Ridge; y después, cuando la enfermedad casi la dejó en la ruina, en un parque de caravanas, a las afueras de la prístina ciudad.

La segunda vida de Lucia Berlin





La segunda vida de 

Lucia Berlin

Creció entre Texas y Chile, estudió con Ramón J Sender, y una década después de su muerte se ha convertido en la nueva sensación literaria


ANDREA AGUILAR
30 NOV 2015 - 08:50 COT

Su vida transcurrió entre Alaska, Texas, Santiago de Chile, Nuevo México, California, Nueva York, DF y Colorado. Se apellidaba Berlin. De nombre, Lucia. Hablaba bien español. Publicó 77 cuentos, recogidos en media docena de libros. De los últimos se vendieron menos de mil ejemplares. 

domingo, 25 de diciembre de 2016

Lisandro Duque Naranjo / Pepe Sánchez


Pepe Sánchez

LISANDRO DUQUE NARANJO 

Pepe Sánchez


25 DIC 2016 - 9:00 PM

No obstante ser esa una edad avanzada, este hombre nos dejó a todos los que lo admirábamos —entre quienes se cuentan millones de televidentes de varias generaciones que se gozaron su talento, sin saberlo, pues la dirección se hace desde atrás de la cámara— la sensación de que todavía le quedaba mucho por darnos, como si se tratara de un muerto joven. Y todo porque en sus últimos años seguía por la vida maquinando historias, descubriendo personajes, haciendo puestas en escena en el aire, solo que el medio al que le dio prestancia durante 50 años, la televisión, ya no estaba ahí. O se había vuelto un mazacote de vulgaridad al que su genio le estorbaba y frente al cual no claudicó, por simple alergia estética. El propio Pepe, hace pocos meses, pronunció una sentencia con la que clausuró sus expectativas de un regreso al set: “Nunca me imaginé que la televisión se iba a morir antes que yo”. Pero no se quedó cruzado de brazos, sino que se puso a la cabeza, junto a Mario Mitrotti, de una patota de veteranos de la eterna guerra audiovisual y fundaron Directores Audiovisuales Sociedad Colombiana (DASC), para pelear como se debe, al menos en este país —en el Congreso, contra el lobby de los canales garosos—, por los pagos pendientes de las regalías que se les adeudan a los creadores colombianos, especie de cesantías que se acumulan a su favor en varios países desde cuando el Aroma de café, la primera serie nacional —qué casualidad, hecha por Pepe—, les abrió las puertas del público internacional al resto de obras audiovisuales de esa época en adelante. Contra su voluntad, pues era un hombre recatado, esa iniciativa, que va viento en popa, fue bautizada como la Ley Pepe Sánchez. Ya cuando el nombre de uno se lo ponen a una ley, o a una avenida…
Pepe era un artista tocado por la gracia de aquella década libertaria de los años 60. Esa sustancia ideológica, ya puede decirse sin temor a delatarlo, lo hizo partícipe del primer documental hecho en Colombia sobre la gesta de Marquetalia, dirigido por el francés Bruno Muel, en el que se reveló el rostro, joven aún, y en pleno combate, de Manuel Marulanda. Fue en el 65, y a causa de esa intrepidez, Pepe debió exiliarse por varios años en Chile, donde formó parte de la tripulación que hizo un clásico fílmico latinoamericano, El chacal de Nahueltoro. El documentalista Carlos Álvarez, cuando ni se pensaba que Pepe tenía los días contados, logró entrevistarlo hace dos o tres meses. Contó todo, desprendido ya de cualquier cautela, virtudes de estas vísperas de una paz que a veces como que se nos embolata.
Nunca entendí por qué Pepe echaba tanto de menos el cine, si él se la pasaba haciéndolo en televisión. Como ésta le quedaba chiquita, y casi le parecía tan desechable como servilletas de papel, él, sin esforzarse, y a punta de frescura —nunca levantó la voz—, la construía como un origami y engastaba piezas memorables que se quedaron como clásicos a perpetuidad: La historia de Tita, San Antoñito y, sobre todo, Don Chinche, esa honorable serie de ciudadanos del pueblo, compendio de la oralidad y de la picaresca del barrio bogotano de los años 80, al que comenzaban a llegar rebuscadores de la vida del resto del país: el boyacense, el costeño, el opita…
Qué contraste el que marca un artista cuya obra televisiva es de película, y estos horrores criollos que se estrenan por diciembre en salas de cine, hágame el favor el descaro, que no son más que capítulos de Sábados felices.
Con razón eso no le daba la talla a Pepe. Que no sea el cine el que empiece a morirse después de él.



Los 10 mejores libros de 2016



Los 10 mejores libros de 2016

Críticos, escritores y libreros eligen para Babelia los hitos literarios del año que termina


1. Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin 
Lucia Berlin no era políticamente correcta. Y no era New Age. Nunca me habló de “recuperación” o de “karma”. Nunca hablamos de los 12 Pasos. Se sobrentendía: ya no bebía. No hacía falta hablarlo. Especialmente cuando podía escribir sobre ello. En sus relatos, poblados por alcohólicos y adictos, retratados con empatía, repugnancia y despiadado ingenio, resuenan las devastadoras experiencias de su propia vida. Había pasado del aislamiento a la abundancia a la desintoxicación y vuelta a empezar, y Boulder, Colorado —inundado de fisioterapeutas, atletas de alto rendimiento y veganos— era un lugar extraño en el que acabar para alguien como ella. Pero pasó allí buena parte de la última década de su vida. Primero en una típica casa de madera victoriana bajo las rocas rojas de Dakota Ridge; y después, cuando la enfermedad casi la dejó en la ruina, en un parque de caravanas, a las afueras de la prístina ciudad. Las noticias sobre la caravana me deprimieron hasta que conseguí visitarla y la encontré a sus anchas en medio de las cochambrosas casas de metal. Es probable que Lucia se hubiese sentido más cómoda viendo a un toro sangrar en una plaza de Ciudad de México, o metida en un corro de borrachines en Oakland, de lo que jamás se sintió en su primera casa en el lujoso barrio de Mapleton Hill. Pero fue allí donde estuvimos casi todo el tiempo que pasamos juntas. Normalmente, sentadas en su cocina… 
Por ELIZABETH GEORGHEAN (escritora estadounidense amiga de Berlin)
ALFAGUARA



3. Kafka, de Reiner Stach Todos los elogios que se prodiguen a esta biografía inigualable se quedarán cortos. El Nobel Imre Kertész dijo de ella que es “lo máximo que se ha conseguido en este género, justo una novela”. ¿Novela? Aún mejor, puesto que aquí no cabe la ficción. Stach dedicó 18 años a empaparse de Kafka, a explorar su mundo y conocerlo tan bien como si él mismo hubiera estado allí. Narra lo que realmente descubrió con un ágil estilo literario y con eficaz perspicacia psicológica, por eso la visión que transmite de Kafka es fresca y humana; muy alejada de interpretaciones académicas. Hay un antes y un después de esta inmensa obra que da nueva vida al escritor más singular del siglo XX. Por LUIS FERNANDO MORENO CLAROS

Lectores 2016 / Las lectura de Javier Marías, Elvira Lindo, Sara Mesa, Martín Caparrós, Eduardo Mendoza




LECTORES 2016

Las lecturas de Elvira Lindo, Elsa Mesa, Martín Caparrós, Eduardo Mendoza, Cristina Fernández Cubas, Javier Marías...

16 DIC 2016 - 18:03 COT





Eduardo Mendoza

Premio Cervantes 2016



Este año, como todos: caos y propósitos incumplidos. Últimamente, en vez de releer, como correspondería a mi edad y a mi elevada categoría intelectual, me dedico a leer libros importantes que (me avergüenza decirlo) aún no había leído. Verbigracia: el Paraíso de la Divina comedia. ¿Me ha entusiasmado? No es la palabra. Satisfecho del deber cumplido, eso sí. De cuando en cuando, Balzac, Thomas Mann, un Dickens del fondo del baúl. Para alternar, novela negra especialmente sangrienta. Como con la comida basura, se empieza con ardor y se acaba con ardor, pero de estómago. Prefiero no dar nombres. A los amigos, no por obligación, sino por gusto: El punto ciego, de Javier Cercas; La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas; Patria, de Fernando Aramburu; No en mis días, de Pere Gimferrer, y el Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, de Javier Pérez Andújar. Que me perdone alguno si lo omite mi mala memoria. El resto, picoteo. Algo de ficción nacional y extranjera, más extranjera que nacional (me gusta leer en idiomas que conozco mal), algo de filosofía (que no entiendo), poesía, historia, ensayo y prensa, pero no deportiva. No sigo estrictamente las novedades. A veces leo títulos que fueron éxitos hace unos años y hoy todo el mundo ha olvidado, como quien sale a la calle con un pantalón ancho cuando se llevan estrechos, o al revés. ¿Leo en papel o en soporte mecánico? Eso es tema para otro día.







Elvira Lindo
Escritora

En 2016 descubrí los formidables cuentos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza. Leí y prologué dos libros de experiencias memorables: La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley, y El valor de la memoria, de Mercedes Núñez Targa, la vida fascinante de una mujer que pasó por las cárceles franquistas y por el campo nazi de Ravensbrück. Uno de historia que me entusiasmó: Victoria Kent y Louise Crane en Nueva York,de Carmen de la Guardia, sobre el exilio de la política española y su relación con la americana Crane. Y unas memorias publicadas en 2003, A Fly in the Soup, de Charles Simic.






Sara Mesa
Escritora

Mis lecturas han sido dispares y caóticas (novedades, lagunas, obsesiones…). Ha sido un año de libros excéntricos escritos por mujeres excéntricas. Pienso en los cuentos de Grace Paley o en las novelas de Ivy Compton-Burnett, en Ingeborg Bachmann, en el descubrimiento de Marianne Fritz, en El chal, de Cynthia Ozick. Estoy leyendo El hombre que amaba a los niños, de Christina Stead. Si el escritor es siempre un ser extraño, estas mujeres tienen el plus de haber roto con lo que se esperaba de ellas. Son magníficas.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Lucía Rivadeneyra / Rescoldos



Lucía Rivadeneyra
RESCOLDOS

nada
no hay nada
como llevar rescoldos
de tu amor
entre mis muslos
y sentir el viento
mientras camino
pegajosa
por las calles
de Coyoacán




Otros poemas


Vargas Llosa / Fernando de Szyszlo / La vida sin dueño



Fernando de Szyszlo

La vida sin dueño

Un aliento de libertad recorre las memorias del gran pintor Fernando de Szyszlo, que se quedó en Perú cuando Nueva York y París decidían los prestigios artísticos


MARIO VARGAS LLOSA
BIOGRAFÍA
24 DIC 2016 - 18:00 COT






FERNANDO VICENTE

Las memorias que ha publicado Fernando de Szyszlo son tan hermosas como el título de su libro: La vida sin dueño. Un aliento de libertad recorre, en efecto, todas estas páginas en las que evoca su vida, sin eufemismos, desplantes ni censuras, con tanta franqueza como inteligencia y lucidez. Su palabra guía al lector por una rica experiencia de nueve décadas en la que su vocación de pintor y la pintura son los protagonistas, y, junto a ellas, grandes artistas e intelectuales que conoció y frecuentó en Europa y en América, también muchos que lo fueron sólo en ciernes, la cultura y la política peruana en el último siglo, su vida pública y privada, las alegrías y desgracias, las ilusiones y frustraciones, y los amores apasionados —tres, precisamente— que encendieron esa larga existencia.

Laura Yasan / Bad Girl


Laura Yasan
BAD GIRL

                                                  
                                                    primero hay que saber sufrir
                                                   después amar, depuse partir
                                                   y al fin andar sin pensamiento
                                                   
                                                  Virgilio y Homero Expósito
  
querías posesión
cubrirme entera con tu sombra de macho
comer la pulpa
exhibir el trofeo del carozo

y yo
que siempre fui una chica mala
te di a beber la triste historia
poniendo especial énfasis
en las noches de frío
con las medias mojadas

la jugué hasta el final
hasta verte perder el equilibrio

quisiste darme entonces
amparo paternal
tu ancha condición de estar de vuelta
pero yo
siempre fui una chica mala
the bad latin girl

te escribí versos que chorreaban
ahogué tu corazón en leche dulce
lo dejé evaporarse sobre el fuego
querías el poder
partir mi mundo con tu perfil de tango

eras patético
un eterno domingo con fútbol y tabaco
y yo
que siempre fui una mala chica
te idolatré para cuidar tu confusión
te permití ostentar tu sueño macho
y antes de irme
te concedí creer que era gratuito

que sería gratuito

hoy todavía
seguís pagando con noches de temblor

Laura Yasan
Cambiar las armas
Buenos Aires, Editorial Botella del Mar, 1997