lunes, 25 de septiembre de 2006

Rosa Montero / Las irritantes manías conyugales

Matrimonio, 1958
Rufino Tamayo


Las irritantes manías conyugales



ROSA MONTERO
24 SEP 2006



Sostiene la sabiduría popular (que a veces es muy sabia y a veces tontísima) que las personas que viven solas se llenan de manías, de tics, de pequeñas rutinas e intolerancias. Pues sí, puede que sea así. Pero yo más bien creo que todos los humanos nos vamos petrificando en nuestras neuras, que nos vamos haciendo más y más picajosos a medida que envejecemos, independientemente de si estamos solos o acompañados. Y aún diría más: tengo la sensación de que las parejas corren más riesgos de adquirir comportamientos maniáticos que aquellos individuos que viven solos. La convivencia es un criadero de chifladuras.
Me refiero, claro está, a la inexorable aparición de las rutinas conyugales, esas raras costumbres que cada pareja va desarrollando a su modo y manera. Lo habitual es que los tics se solidifiquen con el tiempo, de manera que suele haber más manías cuanto más larga sea la convivencia. Por ejemplo, muchas parejas viven instaladas en el relato a dos. No se dan ni cuenta de lo que hacen, pero son incapaces de dejarle contar al otro ni una sola anécdota sin meter baza en ella. Y así, uno de ellos dice, por ejemplo: "Una vez me robaron en casa, cuando vivía en París", y el otro añade inmediatamente: "Era estudiante y tenía una beca en la Sorbona". El primero prosigue: "Vivía en una buhardilla pequeñísima, la típica chambre de bonne debajo del tejado, y un día llego y voy a abrir la puerta y de repente…", momento en el que el otro puntualiza: "Había subido andando porque no había ascensor". El narrador original, sin mirar a su pareja, continúa impertérrito: "El ladrón sin duda había oído mis pasos en la escalera porque…". Y así sigue la cosa, en sonido estereofónico, hasta el final del relato. Da lo mismo que la anécdota sólo la haya vivido uno de ellos, porque el hecho es que, a fuerza de oírsela contar, el otro la ha hecho suya, e incluso cree que la sabe mejor, de ahí que corrija y añada detalles.

Hablando de repeticiones, lo de haberle escuchado al otro dos mil veces la misma cosa es una de las fuentes de mayor desasosiego conyugal. Todos solemos tener un pequeño puñado de recuerdos o de reflexiones repetitivas que, a poco que se descuide nuestra pareja, zas, se las volvemos a soltar como si no se las hubiéramos endilgado antes. Uno de mis ex, por ejemplo, cada vez que íbamos en coche al pueblo de su infancia (y fuimos muchas veces durante los años que duró nuestra relación), señalaba los fragmentos de la vieja carretera que quedaban todavía visibles a ambos lados de la nueva cinta de asfalto y siempre repetía: "Mira, mira, ese era el dibujo de la antigua carretera, ahora está toda rectificada, pero antes no sabes las vueltas que daba". Creo que esta pequeña información la escuché unas cien veces. Y seguro que yo también le aburrí con frases recurrentes, sólo que no sé cuáles. Uno nunca es consciente de sus partes pelmazas.
Por no hablar, claro, de las manías conyugales más exasperantes, a saber, esas pequeñas rutinas del otro que al principio de la convivencia no advertimos (o que incluso, horror, nos hacen gracia), y que al cabo de unos años despiertan en nosotros ansias asesinas. Por ejemplo: ese pequeño y periódico carraspeo que hace tu pareja, un ruidito casi inaudible que verdaderamente no tiene ninguna importancia, pero que te saca de quicio. O que se moje el dedo para pasar las páginas del diario. ¡Que masque chicle abriendo la boca! (da igual que sólo coma un chicle al año y que sólo abra la boca una de cada cinco masticadas, de todas maneras lo matarías). Que apriete metódica y meticulosamente el tubo de la pasta dentífrica de abajo hacia arriba, doblando con todo cuidado la parte vacía (¡será maniático y estrecho y aburrido!). O que apriete el tubo dentífrico por cualquier lado y de mala manera, retorciendo el envase y dificultando el uso (¡será desordenado y desastroso y egoísta!).
Las fobias conyugales, lo que nos irrita del otro, puede llegar a ser verdaderamente descabellado por nuestra parte. Por ejemplo, nos puede poner de los nervios la manera en que revuelve su café por las mañanas y el ruidito que hace la cuchara. ¿Y luego dicen que vivir solo te convierte en un maniático? Vamos, hombre: para manías atrabiliarias, las de la vida a dos. En eso consiste el verdadero amor: en detestar al otro por tantas pequeñas cosas y a pesar de todo insistir en quererlo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de septiembre de 2006

lunes, 18 de septiembre de 2006

Philip K. Dick / El vigilante vigilado


El vigilante vigilado

Justo Navarro
18 de septiembre de 2006


El estreno de A scanner darkly devuelve a las pantallas la imaginería de Philip K. Dick, uno de los más renombrados escritores de ciencia-ficción. El autor de Blade Runner ha producido personajes memorables, sometidos a los contradictorios rigores de la ley, las drogas y la paranoia. La película, que se estrenará en España el 20 de octubre, recrea a los personajes en forma de cómic, figuras de Hollywood como Wynona Ryder, Keanu Reeves, Robert Downey Jr. y Woody Harrelson.

Hemos ido de los replicantes de Blade Runner a los infiltrados de A scanner darkly, de los años ochenta del siglo pasado a estos días, dos novelas de Philip K. Dick (1928-1982); dos películas, la del inglés Ridley Scott y la del americano Richard Linklater, de las imágenes de la realidad a los dibujos animados electrónicos. A scanner darkly, de 1977, se llama en español Una mirada a la oscuridad, traducción de César Terrón para Acervo, o de Estela Gutiérrez para Minotauro. Trata de drogas, drogados, traficantes y policías en Los Ángeles. La droga es una mala experiencia, decía Philip K. Dick, que vivió drogado antes de contarlo fidedignamente en una novela de ficción científica.


La droga de A scanner darkly es la sustancia "d", o "m", de death, muerte. Las autoridades encarcelan o matan a todo el que la venda o la tome. Un policía secreta, Fred, compra y consume la sustancia para convivir entre toxicómanos a los que tiene que capturar. Fred es Bob Arctor en el mundo de los drogados, Keanu Reeves filmado y convertido después en dibujo, líneas y manchas de colores. Fred es un verdadero policía, pero Bob es un drogadicto de verdad, medio novio de una traficante drogada. Fred, como policía, debe informar sobre el drogado Bob Arctor, es decir, sobre sí mismo. Si no informara, la policía lo identificaría con el agente Fred, ultrasecreto, en Los Ángeles, donde las bandas dedicadas a la droga quizá controlen los aparatos represivos. Los policías sólo se presentan ante la policía envueltos en membranas computerizadas que los convierten en masas difusas, irreconocibles para los suyos.
Las paradojas de Philip K. Dick son de un humor horripilante. Bob resulta el más sospechoso de los sospechosos: maneja dinero que nadie sabe de dónde sale, porque es el sueldo del policía Fred. Va y viene misteriosamente (a la comisaría). A Fred se le encomienda la misión de seguirlo. La casa de Bob, o de Fred, es vigilada con holocámaras y micrófonos. Para soportar la tensión, el policía Fred tiene que aumentar la dosis de pastillas, y lo que más teme un agente secreto antiadictos es volverse un adicto, según el cliché del policía que adquiere todas las taras de sus perseguidos para perseguirlos mejor. El policía Fred sabrá qué hacen las 24 horas del día los que viven en su casa, tres amigos intoxicados, incluido él mismo. "Observaré a mi propio yo", dice Fred, que examina cientos de cintas para ver lo que Bob ha hecho, con encargo específico de detenerlo cuanto antes. Así descubre que habita una casa en ruinas, llena de la mugre propia de los drogadictos.
Los agentes secretos tienen que drogarse para cumplir con su deber. Fred, analizado por los inspectores médicos, teme ser relevado de sus misiones: se le está disgregando el cerebro. Quieren separarlo de Bob Arctor. El trabajo es insoportable, pero, si lo deja, otro recibirá el encargo de seguir a Bob, le tenderá trampas, le meterá droga en la casa. Bob no será ya un sospechoso, sino un blanco para los francotiradores del FBI. Philip K. Dick pasó la vida alucinado, aterrorizado, real o supuestamente perseguido por el FBI, la CIA, Hacienda, el KGB, sus mujeres sucesivas. Vivía desdoblado químicamente, entre los estimulantes y los tranquilizantes. Sus policías son tan invasores que en Minority Report, de Steven Spielberg, sobre un cuento de Dick, detienen a los que pecan de intención o de pensamiento. Dick era católico, duplicado en permanentes exámenes de conciencia, o desdoblado entre estimulantes y tranquilizantes, en la comunión de la droga, que no une, sino separa.


El agente secreto Fred ya es dos Bob, vigilado por Fred. Perseguido y perseguidor, vigilante y vigilado. Lo vuelvo a leer ahora, más de veinte años después de la primera vez, cuando me entero de que la fábula de Dick se ha convertido en película de dibujos, y me parece más real que en los años ochenta. ¿Quién soy yo? ¿Fred o Bob?, dice el policía, y recuerdo a Paolo Fabbri citando a Pascal: "Esta duplicidad del hombre es tan visible que hay quienes han pensado que teníamos dos almas". Ahora Fred vigila a Bob como si no fuera Fred. Philip K. Dick hablaba de lo falso. El héroe de A scanner darkly es un falso drogadicto que es un verdadero drogadicto y dejará de ser un verdadero policía. Pero también es cierto que el círculo tóxico-policial que fabula Dick parece un homenaje a las células terroristas formadas exclusivamente por agentes del orden que inventaba G. K. Chesterton.

Winona Ryder

Convertir en dibujos electrónicos los movimientos de Keanu Reeves, Winona Ryder y Robert Downey Jr. añade un desdoblamiento más, entre lo real y lo dibujado. La materia de las películas no es ya la realidad física, sino otras películas, los videojuegos, los tebeos, esas ficciones habituales que poco a poco sustituyen a la literatura, a las novelas. La obra maestra del nuevo género ha sido Sin City, del dibujante Frank Miller y Robert Rodríguez, con decorados virtuales y personajes deformados por un blanco y negro de página de cómic, luces y vendas, momificados o heroificados en movimientos terribles.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de septiembre de 2006

sábado, 9 de septiembre de 2006

Georg Trakl / Bajando el sendero derruido


Bajando el sendero derruido

Cecilia Dreymüller
9 de septiembre de 2006


La poesía enigmática, marcada por la conciencia de la quiebra del mundo, y el lenguaje deslumbrante del malogrado Georg Trakl se aprecia en su libro póstumo Sebastián en sueños y otros poemas. El de un sucesor directo de Hölderlin y Rimbaud.


La poesía de Georg Trakl cumple la sentencia de Adorno sobre el arte como promesa de felicidad que se rompe. Es imposible, en su caso, abandonarse a la belleza del verso, al que aún invitaba, en la misma época, la poesía de Rilke. En Trakl pesa demasiado la conciencia de quiebra del mundo y una herencia tenebrosa; el horror asoma, con su máscara distorsionada. Trakl "desciende el sendero derruido" y no se permite solaz alguno: la naturaleza permanece muda, el amor es culpable, la religión no consuela: "Este tiempo respira lágrimas más oscuras, / perdición cuando el corazón del que sueña / rebosa de arrebol del crepúsculo,/ de la melancolía de la ciudad humeante; / un áureo frescor orea al caminante / al extranjero, desde el cementerio, / como si un cadáver delicado lo siguiese en la sombra".






SEBASTIAN EN SUEÑOS Y

 OTROS POEMAS

Georg Trakl
Traducción de Jenaro Talens
Galaxia Gutenberg/Círculo
de Lectores. Barcelona, 2006
503 páginas. 21 euros






MÁS INFORMACIÓN



Tras su temprana muerte en

1914 por sobredosis de cocaína, Trakl, cuya vertiginosa trayectoria literaria fue truncada por la Primera Guerra Mundial, dejó preparada para la publicación Sebastian en sueños, que completaría la escasa obra poética, empezada a publicar el año anterior. En este libro la dicción poética se ha depurado a la máxima sencillez; la visión del mundo, en cambio, se ha ensombrecido hasta límites extremos; algunos poemas, como 'Última nota' o 'Silencio', ya anuncian la decisión final. Aunque en el último año de su vida, emancipado de su familia, Trakl fue acogido entre los intelectuales austriacos, la relación incestuosa con su hermana Gretl, que se suicidaría tres años después, no dejó de atormentarle. En 'Septeto de la muerte', 'En la oscuridad' o 'Canción del que ha muerto', los recuerdos de la infancia, del sosiego del jardín nocturno, de las veladas musicales con la hermana, desembocan en deseos de muerte. El Trakl tardío es radicalmente terminal, enigmático y ardientemente inclinado hacia el más allá. Como último reducto de proyección queda la ensoñación: los delirios del alcohol, del opio o de la cocaína, que nutren las visiones del poeta. En los poemas de la última época, reunidos en el presente volumen, la experiencia con las drogas se expresa con evidencia: "Sobre negra nube, tú / cruzas ebrio de opio / el estanque nocturno, // todo el cielo estrellado".
Trakl es sucesor directo de Hölderlin, Baudelaire y Rimbaud: el tono litúrgico que anhela pureza se entrelaza con una prosa impregnada de sensaciones de asco en turbadores cuadros atmosféricos, cuya penetración racional fracasa ante la fuerza sugestiva de la libre asociación. Wittgenstein fue el primero en reconocer el desconcierto que provoca la obra de este poeta malogrado: "No llego a entender la poesía de Trakl, pero su lenguaje me deslumbra". Hacer justicia a este lenguaje deslumbrante, al ritmo del verso de Trakl, a sus pausas y vacíos, supone una dificultad considerable para el traductor. La labor de Jenaro Talens, probado traductor y estudioso de la obra de Trakl, ha dado aquí óptimos resultados. Su edición bilingüe se desmarca de las versiones publicadas en Hiperión, Visor y Trotta por una espléndida ductilidad y fidelidad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006

jueves, 7 de septiembre de 2006

James Ellroy / Un adiós de sangre


Josh Hartnett y Scarlett Johansson, en una escena de <i>La dalia negr</i>a<b>.</b>

Josh Hartnett y Scarlett Johansson, en una escena de La dalia negra.


Un adiós de sangre

JUSTO NAVARRO
07 SEPT 2006 - 17:00 COT



James Ellroy dedicó La dalia negra a su madre, Geneva Hilliker Ellroy (1915-1958): "Madre, 29 años después, este adiós de sangre". En Los Ángeles, ciudad del cine negro, un día de enero de 1947, La dalia negra aparece cortada en dos en un descampado, desnuda, "biseccionada a la altura del ombligo", dice el forense. El peor crimen de mi vida, jura un policía veterano. La madre de Ellroy apareció estrangulada en un callejón de Los Ángeles el 22 de junio de 1958, y nunca se detuvo al criminal. La muerta de 1947 será La Desconocida 31 hasta que los periódicos la llamen dalia negra por sus trajes de raso. Es lo más explosivo desde la bomba atómica, sentencia un periodista, mientras en los cines triunfa La dalia azul, de George Marshall, con Alan Ladd y guión de Raymond Chandler. El mito de la novela negra es una invención del cine negro.

jueves, 31 de agosto de 2006

Desesperadamente buscando a Peter Handke


Peter Handke

Desesperadamente buscando a Peter Handke

FÉLIX ROMEO
31 de agosto de 2006

Fresc Co.
Me siento en una mesa pequeña, de espaldas a la gran cristalera que da a la calle. Como si estuviera castigado. Pienso en Cristina, mi mujer, pero me viene a la cabeza Peter Handke. Pienso en toda la historia que ha sucedido con el Premio Heine y con su apoyo a Milosevic y con el rechazo del Premio. Pienso que quizá Peter Handke esté en Soria, el lugar al que marchó para escribir su Ensayo sobre el jukebox. Es una idea que no tiene ninguna base real, una intuición. Un disparate: Peter Handke se habría podido refugiar en Soria para huir de todo el follón relacionado con el premio Heine.
José Comas escribió en El País: “La concesión a Handke del Premio Heine, dotado con cincuenta mil euros, desencadenó una enorme polémica en Alemania. La decisión del jurado indignó a muchos y desencadenó una fuerte reacción política y entre los literatos, por las tomas de postura de Handke a favor de Serbia en las guerras balcánicas y del fallecido presidente de ese país, Slobodan Milosevic, juzgado como criminal de guerra en La Haya, y por haber asistido y tomado la palabra en su entierro”.
El primer ministro de Renania del Norte-Westfalia, el democristiano Jürgen Rüttgers, abrió el fuego y condenó en un discurso la concesión del premio a “un autor que relativiza el Holocausto”. Concejales de todos los partidos reaccionaron escandalizados y anunciaron que votarían contra Handke en la reunión del concejo prevista para tratar el tema el 22 de junio.
A favor de Handke se pronunciaron varios intelectuales, como la Nobel austriaca Elfriede Jelinek o el director de cine Wim Wenders. Ulla Unseld-Berkewitz, la jefa de la editorial Suhrkamp, que publica a Handke y que le concedió un premio hace un año, escribió que “proscribir de esa forma a uno de los más grandes escritores es un signo de la amenazante bancarrota de nuestra cultura”. Dos miembros del jurado dimitieron porque no querían permanecer por más tiempo “en un jurado que no apoya lo que votó. No podemos seguir a disposición de una ciudad que convoca a un jurado independiente especializado y después desaprueba políticamente sus decisiones”.
Peter Handke fue uno de los escritores que más leí cuando era adolescente. Me fascinaba. Me gustó mucho Desgracia indeseada, en la que contaba la historia de su madre y su suicidio. En Dibujos animados, plagié uno de los minicapítulos del libro de Handke, y puse al principio de la novela una cita sacada de ese libro: “El horror es algo que pertenece a las leyes de la Naturaleza: el horror vacui de la conciencia. La representación se está preparando en estos momentos y de repente advierte uno que no hay nada que representar. Entonces esta representación se cae como un personaje de dibujos animados que se da cuenta que lleva ya mucho tiempo andando por los aires”.
Me distancié de Handke y dejó de interesarme cuando decidió apoyar al gobierno serbio de Milosevic, aunque nunca he dejado de leer las traducciones de sus libros.
No fui el único para el que Peter Handke dejó de tener interés. En los periódicos y en las revistas en las que antes se le prestaba atención dejaron de prestarle atención, y pasó a aparecer sólo cuando las noticias con él relacionadas tenían que ver con la guerra de Yugoslavia o con Milosevic. Dejó de ser un escritor para ser el exegeta de un tirano. Un tirano que había sido detenido, que sería juzgado, que murió en prisión en lo que al principio parecieron extrañas circunstancias pero que más tarde dejaron de serlo.
Como ensalada de escarola, y pienso que aunque encuentre a Peter Handke en Soria, posibilidad que me parece a cada instante más imposible, será difícil que nos entendamos. Salvo para la policía del Reino Unido, a quien mi inglés le había parecido perfect momentos antes de proceder a mi detención, nadie más logra entenderme cuando hablo en ese idioma. No sé alemán. Y Peter Handke tampoco sabe castellano, o no suficiente para mantener una conversación.
Y el idioma, me parece mientras bebo un poco de gazpacho, tampoco será la barrera: aunque logre encontrar a Handke en Soria me parece imposible que a él le apetezca hablar conmigo, un desconocido, un freak que va a Soria a buscarle, sobre Milosevic, sobre el Premio Heine o sobre la duración o sobre el día logrado o sobre el cansancio.
También ha escrito José Comas en El País: “Se consuela Handke con que podrá ir con tranquilidad a la tumba de Heine, en el cementerio de Montmartre en París, que no queda lejos de la aldea donde reside”.
¿Qué sentido tiene ir a buscar a alguien al lugar en el que se supone debe estar?

Babel
Cuando cuento el proyecto de viaje a Soria para buscar a Handke, a mis amigos les entra la risa. Les parece una broma. ¿Handke? ¿En Soria?
Ignacio dice que hago todo lo contrario de lo que suele hacerse: “en lugar de ir a buscar al campeón, vas en busca del derrotado, del apestado”.
Luego dice: “tienes que titular tu artículo ‘Buscando a Handke desesperadamente’”.
Estamos en la terraza del bar Babel de la calle Zurita. Es de noche. Hace calor. Nos reímos. Y pienso que tiene toda la razón: ¿cuál es el motivo por el que quiero encontrarme con Handke? ¿Recriminarle que me haya abandonado? ¿Que haya dejado solo al adolescente que quería ser escritor y que leía cada una de sus palabras como si fueran una biblia

Mr. Dumbo
Mr. Dumbo es un bistró de comida sirio-libanesa. Preparan un buen humus y un buen baba ganus y unas buenas hojas de parra y unos estupendos falafel. Cenamos con Félix y Eva en la terraza, en un chaflán que une las calles López Allué y Cortes de Aragón. López Allué fue un escritor costumbrista oscense que tuvo éxito con su novela Capuletos y Montescos, versión montañesa de Romeo y Julieta.
Félix es de Soria, y cuando cuento mi proyecto de viaje para buscar a Handke, me ofrece las llaves de su casa. (Cuando me dé las llaves, unos días más tarde, me entregará también un plano a color de Soria en el que viene detallado el lugar exacto de su casa: Ronda don Eloy Sanz Villa, junto a Santa Teresa de Jesús, junto a los Jardines de Gustavo Adolfo Bécquer, junto a la calle de Los Linajes de Soria.)
A Félix y a Eva no les parece tan disparatado el proyecto de viaje. Me escuchan como si estuviera diciendo algo racional, lógico, inevitable: ir a Soria a buscar a Handke. Aunque ellos vayan habitualmente a Soria y nunca hayan visto a Handke en Soria.
Les pregunto por un restaurante chino del que habla Handke en Ensayo sobre el jukebox.
Félix me dice que en Soria hay dos restaurantes chinos, pero que el más antiguo, del que habla Handke, está muy cerca de su casa, muy cerca de la Alameda de Cervantes.
Les digo que entraré en el restaurante chino con una fotografía de Handke y preguntaré a los camareros si han visto a ese tipo. Les digo que mi padre fue policía. Es posible que haya heredado su gen policiaco.
Se ríen. Cristina también se ríe, y dice que sí que es posible que tenga madera de policía.

Hyundai Matrix
Ismael me dice que coja discos, que los que tiene en el coche los tiene demasiado oídos. Su coche es un Hyundai Matrix azul, diseñado por Pininfarina. Me gusta mucho viajar en este coche. Ismael se queja de que tiene poco reprís y
de que es difícil adelantar en carretera. Piensa en cambiarse de coche.
Cojo una bolsa de Los portadores de sueños, la librería de Félix y de Eva, y la lleno de discos. Los discos que más he oído estas semanas. Un disco de Antònia Font, un disco de Pauline en la playa, un disco de Dean Martin, un disco de July Delpy, un disco de Françoise Breut, un disco de Tachenko, un disco de Mogwai, un disco de Camera Obscura, un disco de Belle & Sebastian y veinte discos más.
Nos perdemos al salir de Zaragoza y en lugar de coger la autopista, cogemos la carretera. La carretera tiene un tráfico denso. Miles de camiones. No podemos adelantar. Yo miro el paisaje e Ismael tararea las canciones.
Hacía mucho tiempo que no viajaba por esta carretera. Por ella se extiende la ciudad en un inmenso arrabal de más de veinte kilómetros. Sólo después de pasar Pedrola, y su restaurante castillo, la ciudad desaparece y empieza el campo. Cereal, viñedo, árboles, montes, tierra labrada, tierra yerma.
El Moncayo es el monte que parte Aragón y Castilla. Desde el lado aragonés parece un monte de Japón, como el Fujiyama, porque se eleva desde el valle del Ebro, como un hongo, sin rivales.
En cada pueblo recordamos a los escritores del lugar. En Magallón recordamos a Lázaro Carreter. Lázaro Carreter escribió los manuales escolares de lengua y literatura con los que estudiamos Ismael y yo de la editorial Anaya. Lázaro Carreter escribió, vergonzosamente, con seudónimo, La ciudad no es para mí, uno de los grandes éxitos de Paco Martínez Soria: primero, obra de teatro y después, una de las películas de más éxito de la historia del cine español.
En Borja recordamos a Braulio Foz, que está enterrado en el cementerio, junto a la carretera.
Pocos kilómetros más adelante, en Bulbuente, recordamos a Julio Alejandro, que tiene una calle junto a la carretera. Julio Alejandro fue un guionista brillante. Firmó para Luis Buñuel los guiones de Viridiana, de Tristana, de Simón del desierto, de Nazarín... De seguir vivo, Julio Alejandro habría cumplido cien años. Nació en Huesca, se hizo marino, escribió poemas que prologó Antonio Machado, escribió teatro, se exilió en México y murió en Jávea, mientras charlaba con Manuel Vicent, con José Luis García Sánchez y con Rafael Azcona.
Julio Alejandro me envió una postal a la cárcel: con su letra grande me hablaba de la libertad. Pocos días más tarde, falleció. Me siento muy culpable porque nunca le respondí.
En Trasmoz ambientó Bécquer uno de sus cuentos de brujas. Miguel Mena, que ha escrito varias novelas sobre secuestros, la última Días sin tregua, sobre el secuestro del fut-
bolista Quini, tiene casa en Trasmoz y vive muy cerca del lugar donde eta tuvo secuestrado al padre de Julio Iglesias.
Buscamos a un escritor, pero encontramos a otros escritores, que no son Peter Handke.
Al cruzar la frontera con Castilla, queda a nuestra derecha el camino a un pueblo que se llama Montenegro de Ágreda.



Ismael bromea: “ya estamos un poco más cerca de Peter Handke. Montenegro acaba de conseguir en referéndum independizarse de Serbia”.
Así lo contó Europa Press: “Montenegro declaró la independencia de su unión con Serbia el pasado 3 de junio, después de que sus habitantes así lo decidieran en un referéndum celebrado un mes antes. Croacia reconoció a su vecino el pasado 12 de junio”.
Cuando el Duero se pone a nuestro lado empiezo a cantar, como un perro, una famosa canción de Gabinete Caligari: “Voy Camino Soria, tú hacia dónde vas... Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán, y por los dos sabrás que a la ribera del Duero existe una ciudaaaaaad”.
Ismael se ríe. Ismael ha traído un libro de Handke para que Handke se lo firme cuando nos encontremos con Handke.
Al llegar a la ermita de San Saturio, uno de los lugares por los que paseaba Machado, uno de los lugares por los que pasea Handke cuando va a Soria, obligo a Ismael a realizar una maniobra peligrosa para que gire a la izquierda.
Nos paramos en la puerta del camino que lleva a la ermita. Tendremos que caminar más de un kilómetro, bajo árboles. Cuando salimos del coche una bofetada de calor reduce nuestras expectativas. Decidimos que Handke no está en la ermita de San Saturio.
Me gusta cruzar el río a la entrada de Soria. El puente es de un solo sentido y hay un semáforo que regula su tránsito. Cuando era niño me gustaba esperar en ese semáforo y ver el río, abajo, corriendo. Hace unos días, Nacho, primo de Cristina, me ha dicho que soy acuático, que se nota en mis artículos: siempre hablo de agua y de piscinas. Él no es acuático, y por eso le llama la atención que hable tanto de agua.
Esta carretera de Soria la crucé muchas veces cuando era niño, camino de Aranda de Duero, donde vivían mis tíos y donde solía pasar algunos días de verano.
Soria es una ciudad en la que hace mucho frío y en la que yo siempre he pasado calor. Deteníamos un momento el coche y comprábamos pan en un horno que había junto a la carretera. El pan de Soria.
Las calles de Soria están completamente desiertas: no hay coches circulando ni personas caminando. Aparcamos fácilmente en el centro de la ciudad. Es fiesta. San Juan. Todos los comercios están cerrados. Sólo están abiertos los bares. Aunque están bastante vacíos, porque hoy se celebra La Saca. En La Saca, doce toros son trasladados desde los corrales del Monte Valonsandero hasta la plaza de La Chata. Más de cien caballistas y toda la gente que quiera ayudar se encargan del recorrido, que tiene una extensión de unos seis kilómetros.

China Town
Antes de sentarnos a beber algo, vamos al restaurante chino China Town, que está en la calle Nicolás Rabal, en uno de los laterales del parque. Es la una de la tarde. En el restaurante sólo hay una familia comiendo: una familia latina que se queda muda cuando entro en el restaurante y pregunto al camarero, enseñándole la fotografía de Handke de la solapa del Apéndice de verano a un viaje de invierno, si ha visto a ese tipo. Se arremolinan todos los trabajadores en torno a mí, queriendo mirar la fotografía: nadie lo ha visto. No lo conocen. La familia latina sigue atenta a la escena.
En la fotografía, a blanco y negro, Peter Handke lleva el pelo largo, media melena oscura, y lleva gafas de pasta, bastante grandes, y lleva bigote, que parcialmente se tapa con la mano.
En la contraportada del libro se lee:

¿Quién quiere comprender? ¿Hay alguien que quiera comprender? Estudiar la historia anterior, o la historia en general, tenerla ante los ojos y ponerla de manifiesto podía a ayudar a aclarar algo, sin duda, y llevar la cuestión un par de peldaños por encima del redoble de actualidades. Pero ello –y esto es, por lo menos, una experiencia personal al estudiar la historia, la de Yugoslavia, durante los últimos tres o cuatro años– no aportó claridad alguna, no aportó ninguna luz, todo lo más una centella pasajera o más bien una mera lucecita. De la mano (¿mano?) del estudio de la historia, ¿no acababa uno moviéndose sólo en círculo, o más bien en zigzag y, en lugar de ver más con la ayuda de aquel, acababa uno moviéndose en un laberinto, en un laberinto casi sin luz?

Lo leo, y me pregunto qué demonios quería decir Handke, aunque sé qué demonios quería decir Handke.
Muy cerca del China Town está la comisaría de policía. No es difícil pensar que los trabajadores del restaurante chino y que la familia latina hayan pensado que yo, vestido completamente de negro, sea un policía secreto.
A Handke le gustaba ir al restaurante chino de Soria porque pensaba que esos chinos eran los únicos que en Soria eran más extranjeros que él. Cuando Handke vino a Soria era finales de los años ochenta o comienzos de los noventa. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Cuando Handke vino a Soria era invierno, y hacía frío.

Terraza alameda Cervantes
Sentados en la terraza del parque leemos la prensa local. La edición soriana de Heraldo y la edición soriana de El Mundo. Vemos las fotografías de las fiestas. Comenzaron ayer. Por los altavoces de la terraza suenan canciones sorianas.
La camarera que nos atiende es latina.
Pienso que si Handke está ahora en Soria será uno más de los extranjeros de la ciudad, y no tendrá necesidad de ir al restaurante chino.

Bar Asador Ecus
En el Bar Asador Ecus comemos cangrejos y cochinilla asada. Somos los únicos clientes del restaurante. Luego, se sentará una pareja cerca de nosotros: la chica es latina. La camarera de la barra es rumana. En el salón hay una enorme pantalla con imágenes de una televisión local, sin volumen. A todo volumen, suena una retransmisión radiofónica de La Saca: en directo. Los locutores se tratan de usted. Parece que la bajada de los toros no es como debería ser: se detienen, se dispersan, no atienden a los caballistas. Ismael y yo nos miramos. No podemos hablar. Nos reímos.
El camarero nos pregunta si estaba buena la cochinilla. Lo pregunta porque nos hemos dejado casi toda la carne en el plato.
Le pregunto, enseñándole la fotografía de Handke en la solapa del libro, si conoce a ese tipo.
Nos responde, después de mirar atentamente la fotografía, que no. Nos pregunta si lo buscamos por alguna razón.
Le respondo que la razón de buscarle es encontrarle.

Casino de la Amistad Numancia
Las calles de Soria están desiertas. Caminamos solos. Callejeamos solos. En silencio. Entramos en los hoteles. En muchos de ellos tenemos que llamar al timbre porque la puerta principal está cerrada. Enseño la fotografía de Handke. Nos miran raro. Nos dicen que no. Siempre es no.
En los escaparates de las librerías hay libros de Machado, de Bécquer, de leyendas sorianas, de César Ibáñez, que ha creado un detective soriano, el comisario Maroto, que espero que tenga más suerte que yo en sus pesquisas. De Sánchez Dragó, Muertes paralelas, que cuenta la investigación que lleva a cabo sobre el asesinato en la Guerra Civil de su padre, Fernando Sánchez Monreal, y con ella podría haber escrito un buen texto. Lo tenía todo. Tenía un asombroso golpe de efecto inicial: cuando él había crecido creyendo que los asesinos de su padre habían sido los “rojos”, descubre por boca del comisario Conesa, que le está interrogando en la Puerta del Sol, que a su padre lo mataron los “nacionales”. Tenía un personaje potente: Fernando Sánchez Monreal, de veintitantos años, periodista de acción. Tenía una época tan sangrante como propicia para las historias, reales e imaginarias: la Guerra Civil. Tenía un caso: la desaparición y muerte de Fernando Sánchez Monreal, y de su compañero de desdicha, el también periodista Luis Carreño. Tenía emoción: pues su búsqueda implica enfrentarse a todos los afectos y a todos los odios. Y, también, y no en menor grado, tenía que defender la rehabilitación pública de su padre.
Utiliza todos esos elementos, pero tan caóticamente que a menudo se disuelven, o se entierran, chocando unos con otros. Decidió que la investigación sobre la muerte de su padre tenía que ser una “obra en marcha”: escribe conforme recibe la información, y cuando recibe información que contradice lo que ha escrito lo reescribe todo, una y otra vez. Esta “obra en marcha” debería ser fresca, pero está llena de pesadez barroca. Sánchez Dragó no ahorra al lector ninguna de sus averiguaciones... pero hay algo que alienta en esa búsqueda que es verdadero y que tiene mucha fuerza.
Ricardo Piglia ha escrito que toda la literatura es o una investigación o un viaje.
Como hay pocos socios esta tarde calurosa de San Juan, un camarero latino nos deja sentarnos en la terraza del Casino de la Amistad Numancia. A nuestra derecha hay sentados en torno a una mesa tres ancianos y a nuestra izquierda hay sentado en otra mesa un anciano que fuma un gran puro con boquilla de plástico y que llevas gafas de sol.
El camarero latino no ha visto a Peter Handke, aunque nos dice que el nombre le suena. Sonríe. Sonreímos.
Los tres ancianos de la mesa de la derecha hablan de pesca. Uno de ellos dice que una vez pescó una trucha. Pero luego dice, para que nadie piense que está mintiendo, que la trucha estaba herida. Otro de ellos, laringectomizado, golpea en la cabeza del tercero con un periódico enrollado.
En la entrada del casino hay una placa en la que se recuerda que frecuentaron el lugar Antonio Machado y Gerardo Diego. No hay una placa que recuerde que Peter Handke también ha estado aquí. Si todavía sigue aquí, escondido más allá de las mesas de billar, en las que nadie juega.