martes, 4 de octubre de 2022

John Banville / El Príncipe de las dos caras



John Banville
Ilustración de T.A.

John Banville, el Príncipe de las dos caras

El escritor irlandés, autor de El mar y conocido en el mundo de la novela negra como Benjamin Black, se hace con el galardón imponiéndose a escritores como Haruki Murakami o James Salter.

ELCULTURAL.es | 04/06/2014 



El escritor irlandés John Banville ha ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras imponiéndose a otros escritores que, junto a él, venían sonando como favoritos durante las horas previas al fallo, como Haruki Murakami, Ian McEwan o James Salter. El jurado, presidido por el director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua y compuesto, entre otros, por el escritor Fernando Sánchez Dragó; los periodistas Juan Cruz, Manuel Llorente y Álex Grijelmo, ha declarado en su acta de concesión que "la prosa de John Banville se abre a deslumbrantes espacios líricos a través de referencias culturales donde se revitalizan los mitos clásicos y la belleza va de la mano de la ironía". Al mismo tiempo, los miembros del jurado han destacado de la obra del irlandés "su análisis intenso de complejos seres humanos que nos atrapan en su descenso a la oscuridad de la vileza o en su fraternidad existencial", para terminar diciendo que "cada creación suya atrae y deleita por la maestría en el desarrollo de la trama y en el dominio de los registros y matices expresivos, y por su reflexión sobre los secretos del corazón humano".

John Banville / Un Kafka diferente

 

Franz Kafka


Un Kafka diferente

Dos biografías recientes buscan entender a Kafka como un producto de su tiempo y su entorno. Ambas retratan de modo desconcertante al escritor más enigmático del siglo XX.

BIOGRAFÍA DE JOHN BANVILLE



John Banville
19 de marzo de 2014


¿Cómo debemos entender a Kafka? Claro que no como él se entendía a sí mismo, o más bien, como él quería hacernos creer que se entendía a sí mismo. En una carta a su sufrida prometida Felice Bauer, le declara: “Estoy hecho de literatura; no soy nada más y no puedo ser nada más.”1 Este fue un tema constante en sus años de madurez, y uno que amplió en una significativa entrada de su diario en agosto de 1914: “Mi inclinación a describir mi onírica vida interior ha desplazado al reino de lo accesorio todas las demás cosas, las cuales se han atrofiado de un modo horrible y no cesan de atrofiarse.”2

lunes, 3 de octubre de 2022

John Banville / "Mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen"


John Banville

BIOGRAFÍA

 "Mi mayor ambición sería escribir 

una novela negra sin crimen"

Con su seudónimo noir, Benjamin Black, el escritor resucita 
en La rubia de ojos negros al mítico detective 
Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler

Fernando Díaz de Quijano
28 de febrero de 2014





John Banville
Por encargo de los herederos de Raymond Chandler, Benjamin Black -seudónimo noir de John Banville- ha resucitado al célebre detective Philip Marlowe en La rubia de ojos negros (Alfaguara). El autor irlandés (Wexford, 1945) ha devuelto al sabueso solitario a las calles de Bay City -trasunto de Santa Mónica, California- para investigar una desaparición que, como suele pasar, esconde una trama mucho más compleja de lo que parece. Nuestro querido detective lo huele desde el minuto uno, pero acepta el caso porque el nuevo Marlowe conserva su conocida atracción por las femmes fatales, igual que conserva intactos su sarcasmo, su negro sentido del humor y su aura de perdedor.

Black / Banville lo ha conseguido con creces: no sólo ha resucitado a Marlowe, sino que ha recreado a la perfección el estilo de su autor original. Eso decía la crítica incluso antes de que el libro se publicara oficialmente ayer en todo el mundo y un día antes en España. Por eso no es raro que durante la entrevista, Banville diga Marlowe cuando quiere decir Chandler y viceversa. Todo es uno.

Pregunta.- ¿Mr. Black o Mr. Banville?

Respuesta.- Como quieras: Banville, Black, Chandler...

P.- ¿Cuál es la historia de este encargo?

R.- Resulta que mi agente es el mismo que el de los herederos de Chandler, y por medio de él me lo propusieron. Así de sencillo.

P.- ¿Por qué han decidido ellos resucitar ahora al detective Philip Marlowe?

R.- Para hacer dinero, supongo.

P.- ¿Se le habría ocurrido a usted revivir el personaje si no hubiera sido un encargo?

R.- No creo, pero si hubiese pensado en revivir un detective de otro autor que no fuera yo, habría sido Marlowe.

P.- ¿Dijo que sí a la primera?

R.- No, me lo propusieron hace tres años y no quise, no recuerdo por qué. Pero el verano pasado me apeteció y me puse a ello. Además, quería darle un descanso a mi personaje el doctor Quirke.

P.- Ya que lo menciona, ¿qué similitudes comparten Quirke y Marlowe?

R.- Ambos son seres solitarios, de cuarenta y tantos años. Quirke es más oscuro, es un personaje más dañado. Marlowe no es tan solitario, pero se siente solo. Intenta ser duro, pero es blando, porque es un anticuado. Por eso me gusta, a mi edad uno no tiene más remedio que ser anticuado.

P.- ¿Qué ha querido aportar al Marlowe de Chandler?

R.- Al principio quise actualizarlo, desarrollar el personaje, pero cuando releí los libros de Chandler, me di cuenta de que eso no tenía sentido. Era perfecto tal como era. Aparte de eso, mi Marlowe no hace tantas bromas de listillo como el original y a lo mejor se me ha colado por ahí algo de acento irlandés...

P.- Y varios guiños a su tierra. La familia de la rubia de ojos negros, Clare Cavendish, procede de Irlanda, y en uno de los capítulos Marlowe visita un bar irlandés, de esos cargados de tópicos.

R.- Sí, lo hice para divertirme. Ahora tenemos bares irlandeses hasta en Irlanda. Como dijo Jean Baudrillard, ya no existe el mundo, sólo su mapa.

P.- Ya se leen críticas que dicen que no sólo ha conseguido revivir a Marlowe, sino la voz del propio Chandler.

R.- Si es así, me siento halagado. Siento una gran admiración por Chandler porque inventó un nuevo género de ficción: la novela negra literaria.

P.- ¿Y cómo hizo Chandler para darle esa nueva altura a la novela negra?

R.- Cuando empecé a escribir el libro, leí cartas de Chandler en las que dejó constancia de sus métodos, sus objetivos y sus ambiciones al escribir novela negra. Cuando empezó a escribir en revistas pulp, lo editores tachaban los párrafos de descripciones, pero él les demostró que estaban equivocados, que los lectores no sólo querían acción, sino también profundidad en los personajes, emociones generadas por los diálogos.


Tópicos y transgresiones


P.- Entonces, ¿no hay reglas irrompibles en el género policiaco?

R.- Bueno, tiene que haber un crimen, pero mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen. Además de eso hay un montón de tópicos, como el del héroe con una vida privada difícil. El arquetipo es un detective divorciado interpretado por Al Pacino. Su mujer le hace la vida imposible y cuando saca a su hija a comer pizza, ésta le dice: “Oye, papá ¿cuándo volverás a casa con mamá y conmigo?”, y él le responde: “Es complicado, hija, es complicado...”

P.- Dice que, como John Banville, puede escribir unas 200 palabras al día, pero como Benjamin Black, esa cifra llega a 2.000.

R.- Son dos autores y dos tipos de libros muy diferentes. Banville necesita una concentración profunda, se lo cuestiona todo. Black tiene que ser de otra manera, asume riesgos que Banville nunca asumiría. Quizá le den el Nobel a Black antes que a Banville...

P.- Ahora que lo dice, aunque sea con ironía, ¿qué crédito le da a las voces que lo consideran un futuro Nobel?

R.- No puedo hacer ningún comentario al respecto...

P.- ¿Qué otros autores, además de Chandler, inspiran a Benjamin Black?

R.- Simenon, que fue el padre del género. Me gustan especialmente sus romans durs (novelas duras). Son poco conocidas, pero están entre los mejores libros del siglo XX. También leo mucho a Richard Stark y a James M. Cain, dos escritores poco conocidos pero maravillosos.

P.- ¿Y entre las influencias de Black no se cuela alguna de las de Banville?

R.- No, están completamente separados, también en eso. Eso no quita para que un martes a las tres de la tarde, cuando me entra sueño, Banville le ponga una mano en el hombro a Black y le diga: “Esa frase es interesante, vamos a profundizar un poco en esa idea”, a lo cual Black se niega. Pero en el fondo, sí que se cuelan un poco cada uno en lo que escribe el otro.

P.- ¿Qué tienen los años 50 que son tan atractivos para la novela negra?

R.- Fue una época extraordinaria. Tras una guerra devastadora a la que sobrevivimos por casualidad -menos mal que Hitler no consiguió la bomba atómica-, de 1945 a 1950 hubo una explosión de alegría de haber sobrevivido. A partir de los 50 todo se volvió más complicado por la Guerra Fría y volvimos al terror. La guerra lo había destrozado todo menos el carácter férreo de las ideologías, ni del catolicismo -dos caras de la misma moneda-. Vivíamos bajo ese yugo, con miedo e infelicidad, pero alegría a pesar de todo. Es una época ideal para la novela negra porque fue un tiempo de secretos. Había dos mundos: el de Doris Day y Rock Hudson en las películas de “teléfono blanco” -como decían los italianos- en las que todo era idílico, y el mundo real, violento, represivo e hipócrita, como siempre.


Un Beethoven por cada Hitler


P.- ¿Cree que ese peso de las ideologías antagónicas se ha diluido hoy?

R.- Ahora estamos en caída libre, es difícil encontrar tierra firme donde posarse. Es una época interesante para vivir. Pero estamos equivocados en una cosa: no va a haber ningún cambio profundo. Sí habrá grandes progresos tecnológicos -como lo han sido la odontología o la cisterna del retrete- y hallaremos una solución para el cambio climático, porque tenemos una gran habilidad para resolver problemas. Somos seres crueles, violentos, mentirosos, hipócritas, y aun así somos capaces de hacer cosas increíbles. Por cada Hitler hay un Beethoven.

P.- ¿Y es una época interesante también para la novela negra?

R.- La ficción no puede tratar la actualidad. A la gente se le olvida que las grandes novelas del siglo XIX eran históricas. Nadie pensaba en escribir sobre su propia época. La nuestra es una época maravillosa sobre la que escribir, pero dentro de 50 años.

P.- ¿Habrá más entregas de este nuevo Marlowe?

R.- No lo sé, quizá... Lo que puedo asegurar es que he disfrutado mucho escribiendo este. Aunque en general, para mí el trabajo es más divertido que la diversión.

P.- ¿A qué se refiere?

R.- A que cuando mi familia me obliga a ir de vacaciones, me pongo nervioso. Nunca sé qué va a pasar cuando me levanto por la mañana.

P.- Aun así, ¿qué lugares le gusta visitar cuando va de vacaciones?

R.- ¡España! Si estuviéramos en Francia, diría: “¡Francia!” Bromas aparte, me encanta venir al Sur. Hace poco estuve en Niza con mi mujer. Cenamos sopa de pescado, calabacín con ricota y vino. Y pensé: a pesar de los problemas que tienen los países del Sur, han solucionado el problema de vivir.

P.- ¿Qué escribe ahora?

R.- Siempre estoy escribiendo como Banville, y en verano escribiré otro libro como Black.

P.- ¿Y de qué va el próximo?

R.- El próximo lo firmaré como John Banville y se llamará La guitarra azul. Va de un pintor que ya no puede pintar más y se mete a ladrón. Pero no para ganar dinero, sino por el subidón que le da robar. También le roba la mujer a su mejor amigo, hasta que alguien le quita la suya y experimenta lo que se siente cuando te roban algo. En fin, otro libro de luz y alegría típico de Banville... 


EL CULTURAL



John Banville y las frases criminales




JOHN BANVILLE Y LAS FRASES CRIMINALES


BIOGRAFÍA


John Banville, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014, tuvo un doble acto de encuentro y reconocimiento con sus lectores, acompañado por la complicidad de Rodrigo Fresán




Abel H. Pozuelo
23 de octubre de 2014

No fue un baño de masas pero se le pareció bastante. Un baño en un mar de gente moviéndose como oleaje tranquilo y apacible. Ayer cuando la tarde ya había caído, el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014 John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), tuvo en Gijón un encuentro de proximidad con lectores y fans. En la costera ciudad del norte de España se habían reunido alrededor de mil miembros de muchos de los clubes de lectura de Asturias y de algunos de Cantabria y Galicia que llevan leyendo varias de las obras principales del escritor irlandés desde que, a principios del pasado mes de junio, se supo que el galardón había recaído sobre él en lugar de sobre otros que también sonaban como favoritos poco antes del fallo del jurado (MurakamiMcEwanSalter...).

La puesta en escena de tal suave encuentro tuvo dos actos. El primero discurrió durante aproximadamente una hora sobre el escenario del teatro Jovellanos. Sin demasiados preámbulos en los que el escritor argentino Rodrigo Fresán presentó al autor de El Intocable, Eclipse, Imposturas, Los infinitos o Antigua Luz como “El mejor estilista en idioma inglés y casi en cualquiera”, pisó las tablas, menudo, traje oscuro y largo pañuelo o bufanda fina de color rojo, el galardonado novelista irlandés. Ambos mantuvieron una deliciosa charla con la clase de complicidad intrigante pero no exenta de atractivo de aquellos que se traen cierto pequeño secreto entre manos.

Desde la incómoda comodidad de sendos sillones orejeros girados hacia la platea, ante unos asientos abarrotados donde la expectación y el asentimiento podían percibirse en el aire, hablaron sin rigideces saltando con la facilidad de los buenos novelistas desde lo autobiográfico hasta lo literario. Durante un rato se centraron en novelas firmadas por John Banville, sin perder de vista a John Banville, el hombre. Muchos de los asuntos, de hecho, se arremolinaron como papelitos en una corriente de aire en torno a El mar, la novela de 2005 por la que recibió el Premio Booker y Premio Irish Book. Se detuvieron en su título tan sencillo puesto sin pensar, en la evocación de los tiempos del primer tránsito hacia la edad adulta de aquellos veranos junto al océano, en los mismo tiempos en que el niño lector comenzó a amar a las mujeres y supo que sería escritor, justo entonces, cuando el adolescente Banville empezó a descubrir que en realidad la naturaleza le asustaba ("El mar me aterrorizaba y lo sigue haciendo. El cielo, el mar, es tan plano... los elementos que no sean humanos... sé que son muy bellos pero me aterran".), que el amor dolería un poco y se estaría hecho de ausencias y que la vida acaso no podía explicarse si no era desde esa simulación, esa maqueta a escala, que es la literatura. 

La charla se levantó con el telón de fondo de esa infancia donde llovía mucho y la mitad del tiempo se estaba metido en “el mar, el lugar de donde venimos y a donde, gracias al cambio climático, vamos”; ese tiempo donde “la comida era asquerosa y los sándwiches de plátano eran lo mejor que podías comer”. Y de la mano de la infancia llegó la reflexión sobre el pasado: los recuerdos como algo que nos va atrapando a todos a medida que transcurre nuestra vida, el pasado como “una colina donde estamos sentados que crece y crece y que no recordamos sino que imaginamos, inventamos”...

De particular interés fue el tiempo en que ambos escritores se enzarzaron con Freud y el psicoanálisis. Banville explicó que para él Freud es “un detective de la existencia... cuya grandeza es que nos presentó a todos a la burguesía a través de la extrañeza de la vida: lo admiro como escritor de ficción pero no creo en la psicología... Los seres humanos son misteriosos, sorprendentes... No quiero conocerme a mí mismo... No tengo sensación de ser narrador. Sólo veo superficies y sólo puedo reflejar lo que veo. Creo que en la superficie es donde está la profundidad”. Un miedo oceánico.

Después, claro, pusieron el foco sobre Benjamin Black, esa otra firma que ha salido de Banville para escribir, de otra forma, novelas negras. Sobre lo diferente de ese alter ego literario o más bien escritor dentro de Banville, que se ha revelado contra la exactitud de cada frase escrita lentamente con prodigiosa caligrafía en cuadernos artesanales de éste. Black que se erige como el que trae el pan a casa, el que sacude la mente de Banville con descargas eléctricas para que confiese en tres o cuatro meses una novela que tendrá suficiente éxito. En especial se detuvieron en ese juego de espejos que es La rubia de ojos negros, la reciente novela escrita por Banville como Benjamin Black como Raymond Chandler, donde el escritor irlandés continuó la saga del detective Philip Marlowe por invitación de los herederos del novelista norteamericano. Banville pasó revista a Chandler como escritor “que se despreciaba a sí mismo... pensaba que no era todo lo bueno que debía" y la ambigüedad de Marlowe, incluso sexual. La misma sexualidad de “esos actores y actrices tan bellos”. La belleza teñida del color plateado de las balas, del claroscuro del crimen. Así hasta desembocar en un arranque insospechadamente freudiano: “Ser adulto es ser un criminal porque matamos a nuestros padres... luego cuando nosotros somos padres intentamos destruir la vidas de nuestros hijos, que también tratan de destruirnos”.

Poco después, como ante la señal que guía un truco de mago, Fresán pisó suavemente la pequeña fogata de la charla hasta dejarla extinguida y humeante y dio comienzo el segundo acto del encuentro de Banville con los lectores. En una modesta coreografía, el premiado autor irlandés y su cicerone argentino salieron casi del brazo del teatro y entraron en el aledaño café Dindurra, abarrotado por el resto de los miembros de los clubes de lectura. Banville tomó una copa de vino blanco en una versión encogida de la charla teatral y le fue entregado un libro titulado Palabras para Banville. Una selección de sus frases, esas mismas frases perfectas por las que Banville dijo que sería capaz de matar, de vender a sus hijos, de malgastar su vida.

EL CULTURAL

John Banville / "Escribir es un trabajo de temer, sudar y gemir"

 

John Banville


JOHN BANVILLE Los otros territorios literarios

"Escribir es un trabajo de temer, sudar y gemir"



Rodrigo Fresán
19 de diciembre de 2006

Cuando el año pasado subió a un estrado de Londres para recoger su Premio Booker por la novela El mar, las primeras palabras del "agradecimiento" de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) fueron: "Es bueno ver que una obra de arte ha sido reconocida". Muchos aplaudieron y algunos guardaron un silencio escandalizado. Y es que el magistral Banville -y sus formidables novelas que combinan lo mejor de Nabokov y Beckett con destellos criminales y en las que, casi siempre, un narrador poco confiable confiesa la culpa de un secreto o el secreto de una culpa perdiéndose y encontrándose por los pasillos de la memoria- no es un autor cómodo o complaciente. Así, hasta el éxito de El mar (Anagrama) -para muchos su libro más "sencillo"- el autor de El libro de las pruebas (1989), El intocable (1997), Eclipse (2000) e Imposturas (2002), entre otras, fue eso que, para bien o para mal, se conoce bajo el noble estigma de "escritor de escritores".

"Los escritores no somos otra cosa que bebés enormes, sentados en nuestras habitaciones, jugando a nuestros juegos mientras el gran mundo acontece en otra parte"

PREGUNTA. ¿Molesta esa suerte de "letra escarlata"?


RESPUESTA. "Escritor de escritores" es una desafortunada etiqueta que me han colgado del cuello o, mejor dicho, atado a mi cola, como una lata a un gato. Supongo que es lo que los críticos cansados dicen cuando no tienen tiempo para digerir un libro antes de reseñarlo. En lo que a los escritores como especie se refiere, diré que me aburren profundamente. Quiero decir que su compañía me resulta aburrida y, seguro, ellos piensan lo mismo de mí. En lo que hace a la variedad irlandesa, somos iguales que en cualquier otra parte: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres.


P. ¿Y un premio importante cambia algo de eso?


R. El Booker da miedo de tan influyente. Ganarlo es algo maravilloso, desde el punto de vista comercial, para todo escritor. Pero terrible para los que lo pierden. En lo personal, como escritor, no te cambia en nada salvo que tu banquero deja de tener pesadillas contigo. El Nobel no estaría mal en cuanto a lo económico, pero uno debería tener la opción de permanecer anónimo, como los que ganan la lotería. ¿Por qué ganó El mar y no El libro de las pruebas, que también fue finalista; o El intocable, para mí un típico "libro Booker"? Bueno, a la hora de la verdad todo es puro azar combinado con una gota de venenosa politiquería cultural, supongo.


P. A esta altura de su carrera, ¿qué piensa de un panorama editorial donde se busca con desesperación y se pagan sumas millonarias por primeras novelas y donde los escritores que entienden la literatura como "carrera de fondo" tienen cada vez menos chances de llegar a la meta?


R. Lo cierto es que no puedo responderlo. No tengo mucha idea de lo que sucede allí fuera. El mundo del libro siempre ha sido un lugar difícil poblado por ángeles y por seres poco angélicos. Yo me he preocupado en hacer lo mío sin esperar demasiado. La escritura siempre ha sido un trabajo de temer, sudar y gemir buscando el sitio exacto donde ubicar la palabra justa. El que varios de mis libros estén organizados en secuencias quizá tenga que ver con eso, con la triste esperanza de querer hacerlo mejor, de acercarme un poco más cada vez... Los escritores podemos escribir con gran sabiduría acerca de la vida, pero no somos muy buenos para vivir la realidad. Los artistas no somos otra cosa que bebés enormes, sentados en nuestras habitaciones, jugando a nuestros juegos mientras el gran mundo acontece en otra parte.


P. ¿Y está al tanto de lo que se escribe en otra parte?


R. Si se refiere a la literatura en español, me avergüenza confesar que estoy muy mal informado. Pero también estoy poco al tanto de los contemporáneos en mi propio idioma. He leído a Roberto Bolaño, espero que se traduzcan más libros suyos, pero ya puedo afirmar que se trata de un grande. Borges, en cambio, ha dejado de ser para mí la figura que fue en los sesenta y setenta. Me temo que estoy de acuerdo con Nabokov cuando dijo que Borges nos parece en principio una maravillosa mansión pero acaba siendo tan sólo un vistoso pórtico.


P. Semanas atrás usted ha publicado su primer libro bajo el seudónimo de Benjamin Black: el policial Christine Falls (que publicará Alfaguara), primero de varios thrillers protagonizados por el patólogo Quirke. Una de las diferencias fundamentales es que ha dejado de lado su característica primera persona narradora. ¿Pero por qué la súbita necesidad de ser otro?


R. Esa primera persona -o última persona, según Beckett- es algo que arrastro desde mediados de los años ochenta y que, me parece, ahora voy dejando dirigiéndome hacia una luz al final del túnel. Christine Falls era, en realidad, un guión de televisión que no fue producido y que convertí en novela. No estaría mal que Benjamín Black ganase el Booker, ja, ja. Quirke surge de los romance durs -no los Maigret- de Simenon. Los leí por primera vez no hace mucho y me impresionó lo que conseguía con un estilo tan simple y una narración tan directa.


P. ¿El estilo es rey y la trama soldado raso? ¿O viceversa?


R. El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies.


John Banville ha publicado en España El libro de las pruebas (Anagrama), Eclipse (Anagrama), Copérnico (Edhasa), Kepler (Edhasa), Imposturas (Anagrama), El mar (Anagrama).


EL PAÍS



domingo, 2 de octubre de 2022

Raúl Gómez Jattin / Yo tengo para ti mi buen amigo




Raúl Gómez Jattin
YO TENGO PARA TI MI BUEN AMIGO

Yo tengo para ti mi buen amigo
un corazón de mango del Sinú
oloroso
genuino
amable y tierno
(Mi resto es una llaga
una tierra de nadie
una pedrada
un abrir y cerrar de ojos
en noche ajena
unas manos que asesinan fantasmas)
Y un consejo
no te encuentres conmigo


Raúl Gómez Jattin / Pequeña elegía

 



Raúl Gómez Jattin
PEQUEÑA ELEGÍA

Ya para qué seguir siendo árbol
si el verano de dos años
me arrancó las hojas y las flores
Ya para qué seguir siendo árbol
si el viento no canta en mi follaje
si mis pájaros migraron a otros lugares
Ya para qué seguir siendo árbol
sin habitantes
a no ser esos ahorcados que penden
de mis ramas
como frutas podridas en otoño




Raúl Gómez Jattin / He recorrido hospitales mitigando la locura

Raúl Gómez Jattin

Raúl Gómez Jattin
HE RECORRIDO HOSPITALES MITIGANDO LA LOCURA

Raúl Gómez Jattin / I have gone from hospital to hospital



He recorrido hospital mitigado la locura
Una locura que durante muchos años
ayudó a mi imaginación en mi poesía
pero que después se volvió amenazante
y puso en peligro mi vida
Ahora sin ella - escribo estos versos
y no sé si he ganado o perdido
No sé si tú lector - notarás este cambio
y lamentarás que mi verso
se haya vuelto reposado y tranquilo
Ojalá que natura de mí se haya apiadado
y no eches de menos el fervor de otros días




sábado, 1 de octubre de 2022

Joyce Carol Oates / El Presidente y la Actriz Rubia: la cita






Joyce Carol Oates
El Presidente y la Actriz Rubia: la cita


    ¡La llamaron a la semana siguiente a la Pascua de 1962!
    «¿Dudaba de él? No.»
    Por favor, vista discretamente, señorita Monroe, le habían dicho. Una voz masculina sin identificar, por teléfono. Había habido una serie de mensajes telefónicos, algunos bastante directos y otros, en clave. Ella intuía que se estaba embarcando en la más emocionante y significativa aventura de mi vida de mujer. De modo que se había preparado en privado para la experiencia. Ni maquillador profesional, ni un sastre de guardarropía. Se había comprado ropa (a crédito, en Saks, Beverly Hills) en discretos tonos crema y brezo, y aunque acababa de darse un baño de brillo en el pelo rubio platino, lo llevaba parcialmente oculto bajo un elegante casquete. Sólo el pintalabios brillaba, pero ¿no brilla siempre? Era Lorelei Lee, pero sus modales serían comedidos y juiciosos, dignos de una amiga del Presidente, habida cuenta de que ese hombre es un aristócrata estadounidense. A pesar de todo, los tipos del servicio secreto asignados para escoltarla la miraron con una reprobación que poco a poco se convertiría en indignación y asco, como si hubiese cuajado.

Vargas Llosa / Javier Marías


Javier Marías
Ilustración de Fernando Vicente

Mario Vargas Llosa

Javier Marías

Fue un escritor de verdad, en las buenas y en las malas, al que hay que releer para entenderlo bien, y captar con sabiduría los oscuros mensajes que dejó, y que iban dirigidos sobre todo a los jóvenes, a los continuadores de aquello que fue su vida



17 de septiembre de 2022


Javier Marías era tan discreto que se las arregló para morir en medio de la muerte real de la reina de Inglaterra, pensando tal vez que la noticia aparecería desapercibida en medio de la trompetería televisiva y periodística sobre la muerte de Isabel II. En esto se equivocaba, porque rara vez he visto yo tantos artículos sobre la muerte de una persona, como sobre la suya, en la prensa de España.

Javier Marías / Mujeres fugitivas

 

Ilustración de Fernando Vicente


Javier Marías
MUJERES FUGITIVAS

Lady Hester Stanhope,

la reina del desierto

    Lady Hester Stanhope pagó cara su vena satírica, aunque también podría decirse que a ella debió indirectamente su leyenda y su fama. El periodo más satisfactorio de su vida fue el de los años en que vivió y estuvo al frente de la casa de su tío William Pitt, primer ministro de Jorge lV. AI parecer se convirtió en alguien imprescindible, por su discutible belleza, su conversación tan brillante como abrumadora y su capacidad para organizar y amenizar cenas políticas de muy altos vuelos. Sin embargo su inclinación por la sátira le creó tantos enemigos que a la muerte de Pitt, en 1806, se encontró con un gran vacío a su alrededor, si bien con la bolsa bastante llena: el Estado le concedió una generosa pensión vitalicia, es de suponer que para compensar en la sobrina los desvelos patrióticos del muy leal tío.

Javier Marías / Madame du Deffand ante los idiotas

 


Javier Marías
Madame du Deffand ante los idiotas


    La vida de Madame du Deffand fue sin duda demasiado larga para quien consideraba que la mayor desgracia era la de haber nacido. Sería erróneo, sin embargo, concluir que se pasó sus casi ochenta y cuatro años esperando la muerte. En más de una ocasión expresó el problema con claridad: «Vivir sin amar la vida no hace desear su fin, y apenas si disminuye el temor a perderla». Nunca fue una desesperada, como su amiga y enemiga Julie de Lespinasse, ni seguramente padeció heridas profundas de ningún género. Era solamente que se aburría.